Arrastran los pies. Todos ellos. El sonido que producen las suelas contra la acera se asemeja demasiado a las uñas del muerto contra la madera del ataúd. Lo pude escuchar en el cementerio de La Almudena, poco antes de que se convirtiera en plaga lo que al principio fue un episodio aislado. Tras el último estertor, la señora Etxeberria abrió los ojos. El sufrimiento había desaparecido de sus facciones, y con una tez relajada observó a su alrededor. Los médicos no daban crédito, pues el último suspiro ronco es la señal estipulada para declarar cadáver a una persona. No hablaba, sólo miraba, con la actitud de una persona viva. Tras unos minutos de confusión se sentó en la cama del hospital y comenzó a quitarse las vías con tranquilidad. El Doctor Uriarte, con suma calma, puso una mano en su hombro y le invitó a tumbarse de nuevo, creyendo que la enfermedad continuaba ahí, y que era inevitable un segundo estertor. La anciana rehusó el ofrecimiento y continuó con su propósito de levantarse. Los fluidos corporales habían comenzado a abandonar su cuerpo, junto con el vaciado intestinal y el enfriamiento de la piel, signo inequívoco de que el fallecimiento había acontecido. Ninguno de los presentes entendían lo que estaba pasando y tan solo contemplaron la extraña escena. Nada hacía que el miedo les asaltara, pues pese a ser una muerta, no había comportamiento violento ni demoníaco en sus movimientos. Y así fue como la primera muerta salió del hospital. Con el paso de los días muchos de los fallecidos abrieron sus ojos y sin decir una sola palabra, abandonaron el lugar en el que les sorprendió la muerte y comenzaron a caminar. Al final comprendimos que sólo se comunicaban entre ellos y que el resto sólo aparecíamos como objetos que esquivar. Al final, las autoridades decidieron enterrarlos pese a su apariencia de vivos. Era extremadamente sencillo, pues no oponían resistencia, y de ese modo empezaron a meter los cuerpos en nichos, en tumbas, o en los panteones que les correspondían, tal como si fueran auténticos muertos. Pero pronto empezaron los ruidos de uñas contra madera y se convirtieron en insoportables, por ello se decidió habilitar un campo de concentración en el que pudiesen deambular e interactuar entre ellos. Y ese es el motivo de que yo escuche como arrastran los pies, porque me encomendaron la labor de vigilante de una de las docenas de prisiones. Se les ve felices, sin comer, sin beber, únicamente recorriendo las hectáreas acotadas por vallas de alambre trenzado y conversando en silencio entre ellos. Es por eso que pienso que el paraíso se llenó de almas y alguien decidió que desde ese momento la vida eterna se acometiera en la tierra hasta que por falta de espacio se deba buscar otro lugar.
sábado, 6 de abril de 2013
domingo, 23 de septiembre de 2012
Las moscas de la fruta
Eran las tres de la mañana de una noche especialmente calurosa. La niebla se había depositado a escasos metros del suelo, concentrando ahí toda la humedad, por lo que era imposible no sudar. Silver se despertó empapado, y pese a su corta edad, tan solo seis años, y su afasia, consiguió emitir algunos sonidos para llamar a su madre. En tan solo unos segundos el pequeño percibió el sonido de las zapatillas de su madre al recorrer el pasillo. Era un sonido que calmaba sus pesadillas, que las devolvía a ese profundo pozo del olvido del que nunca debían salir. Por desgracía volvían, siempre volvían. Moscas, moscas y más moscas. Eran recurrentes en sus pesadillas. Pequeñas pero incontables moscas de la fruta. La puerta de la habitación se abrió suavemente, produciendo un chasquido característico desde que una de las bisagras se había aflojado. Silver se sobresaltó, como si aquél ruido fuera desconocido para él. Alcanzó a ver la sombra de su madre, pero ésta permaneció inmóvil unos segundos, antes de cruzar el oscuro umbral de la puerta. Al niño se le hicieron eternos, y en ese corto espacio de tiempo su imaginación le devolvió seres dantéscos y espeluznantes monstruos. Era tal su imaginación que si su madre no hubiera entrado en ese preciso momento, aquellos seres lo habrían devorado o algo peor.
- Hijo, ¿estás bien? - dijo su madre acercándose a la cabecera de la cama.
Silver sonrió con la cara aún congestionada por los inmerecidos sueños.
- Tienes calor, ¿verdad? - y esbozando una sonrisa se dispuso a abrir la ventana.
El niño comenzó a temblar y a emitir unos sonidos que pese a la incomprensión de su madre llevaban implícito el terror a la acción que pretendía su madre. Así que ella le tranquilizó al tiempo que encendía la lámparita de la mesilla.
- ¿Mejor así?
Y la sonrisa fue la respuesta que esperaba. Vanesa, se puso en pie, se inclinó para besar su frente y se despidió dejándole la luz encendida.
La indecisión de Vanesa al entrar en la habitación se debía a que su marido no estaba en la cama cuando se despertó. Supuso que debido al calor habría bajado al piso inferior y que posiblemente se hubiera quedado dormido en el sofá, así que descendió las escaleras y se dirigió a la sala contínua al recibidor. Las dos puertas de madera se hallaban abiertas de par en par, pero Alberto no estaba en el sofá. Se percató en este momento de que la luz del porche estaba encendida, y con una sonrisa se encaminó a la puerta, la abrió, salió al exterior y la cerro con suavidad. Alberto estaba dormido en su butaca de mimbre en una postura un tanto incómoda.
- Alberto... Alberto... - dijo con su dulce voz.
Alberto se removió perezosamente en la silla y abrió lentamente los ojos antes de hablar.
- Hola cariño, me quedé dormido. - dijo.
- Ya lo veo. Silver se ha despertado de nuevo con las pesadillas. ¿Volvemos dentro?
Alberto dio un pequeño salto de la butaca.
- ¡Dime que has cogido las llaves!
- No...
- Maldita sea. Salí a tomar un poco de aire y la puerta se cerró, yo tampoco tengo llaves.
- Silver... - a Vanesa es lo primero que le vino a la cabeza.
Sin tiempo a pensar la forma de entrar, la niebla fue espesando, hasta cubrirlo todo con un manto opaco a través del cuál no se veía absolutamente nada, y acto seguido comenzaron los gritos de Silver. Pensaron que se trataría otra vez de las malditas pesadillas.
- ¡Hay que entrar! - espetó Alberto, mientras empezó a probar suerte con cada una de las ventanas.
A Vanesa se le congestionaba más la cara con cada nuevo chillido de su hijo y los nervios la tenían tan atenazada como una soga invisible.
- ¡Está todo cerrado! - maldijo Alberto.
El niño no paraba de gritar y tanto el padre como la madre daban absurdas vueltas sobre sí mismos sin saber cómo actuar. Pero pasó algo tan inaudito que Alberto agarró de repente la butaca arrojándola contra la puerta con fuerza. Silver había gritado claramente "Mamá". Era la primera palabra que pronunciaba en seis años y pese a que significara una leve mejoría en su afasia, no les hizo ninguna ilusión. Asustados golpearon la puerta con todas sus fuerzas hasta que ésta cedió con el estrépito de la madera al crujir. Con las manos desnudas arrancaron poco a poco trozos de la puerta y, primero Alberto y después Vanesa, subieron las escaleras a toda prisa. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Silver el corazón se les encogió como una ciruela seca. Miles o tal vez millones de pequeñas moscas formaban la silueta de un ser que tenía levantado a Silver por el cuello, flotando este a unos setenta centímetros del suelo. La cabeza de moscas se giró y con el hueco que debían ocupar los ojos les escrutó durante unos segundos. Alberto, sin pensar, se abalanzó sobre las moscas y sostuvo a su hijo y mientras Vanesa se interpuso en mitad de todas aquellas pequeñas y negras moscas. Con un desagradable zumbido la silueta se desvaneció y la nebulosa de moscas desapareció por la puerta, descendió las escaleras y abandonó la casa.
Silver lloraba mientras su padre lo abrazaba, Vanesa lloraba también presa del miedo. La noche se consumió con ese abrazo infinito y el sol les sacó del aterrador letargo en el que habían estado. Todos se miraron de nuevo ante la luz del día y volvieron a fundirse en un cálido abrazo. Recordando el grito de Silver, el padre le preguntó para tratar de volver a la normalidad.
- Silver, antes has llamado a mamá ¿verdad?
Pero Silver miró extrañado a su progenitor y negó con la cabeza. Trató de llamarla en ese instante y sólo se produjeron una serie de sonidos indescifrables. Alberto y Vanesa se miraron y se dijeron con la mirada que seguramente esa llamada no se volvería a producir. Cuando clavaron de nuevo la vista en el pequeño, vieron como una de esas pequeñas moscas salía por el lacrimal del niño y se posaba en la pared. Vanesa, asustada, volvió a abrazar con fuerza a su pequeño y Alberto, con un golpe certero, la aplastó contra la pared. Al menos esa maldita mosca ya no volvería.
- Hijo, ¿estás bien? - dijo su madre acercándose a la cabecera de la cama.
Silver sonrió con la cara aún congestionada por los inmerecidos sueños.
- Tienes calor, ¿verdad? - y esbozando una sonrisa se dispuso a abrir la ventana.
El niño comenzó a temblar y a emitir unos sonidos que pese a la incomprensión de su madre llevaban implícito el terror a la acción que pretendía su madre. Así que ella le tranquilizó al tiempo que encendía la lámparita de la mesilla.
- ¿Mejor así?
Y la sonrisa fue la respuesta que esperaba. Vanesa, se puso en pie, se inclinó para besar su frente y se despidió dejándole la luz encendida.
La indecisión de Vanesa al entrar en la habitación se debía a que su marido no estaba en la cama cuando se despertó. Supuso que debido al calor habría bajado al piso inferior y que posiblemente se hubiera quedado dormido en el sofá, así que descendió las escaleras y se dirigió a la sala contínua al recibidor. Las dos puertas de madera se hallaban abiertas de par en par, pero Alberto no estaba en el sofá. Se percató en este momento de que la luz del porche estaba encendida, y con una sonrisa se encaminó a la puerta, la abrió, salió al exterior y la cerro con suavidad. Alberto estaba dormido en su butaca de mimbre en una postura un tanto incómoda.
- Alberto... Alberto... - dijo con su dulce voz.
Alberto se removió perezosamente en la silla y abrió lentamente los ojos antes de hablar.
- Hola cariño, me quedé dormido. - dijo.
- Ya lo veo. Silver se ha despertado de nuevo con las pesadillas. ¿Volvemos dentro?
Alberto dio un pequeño salto de la butaca.
- ¡Dime que has cogido las llaves!
- No...
- Maldita sea. Salí a tomar un poco de aire y la puerta se cerró, yo tampoco tengo llaves.
- Silver... - a Vanesa es lo primero que le vino a la cabeza.
Sin tiempo a pensar la forma de entrar, la niebla fue espesando, hasta cubrirlo todo con un manto opaco a través del cuál no se veía absolutamente nada, y acto seguido comenzaron los gritos de Silver. Pensaron que se trataría otra vez de las malditas pesadillas.
- ¡Hay que entrar! - espetó Alberto, mientras empezó a probar suerte con cada una de las ventanas.
A Vanesa se le congestionaba más la cara con cada nuevo chillido de su hijo y los nervios la tenían tan atenazada como una soga invisible.
- ¡Está todo cerrado! - maldijo Alberto.
El niño no paraba de gritar y tanto el padre como la madre daban absurdas vueltas sobre sí mismos sin saber cómo actuar. Pero pasó algo tan inaudito que Alberto agarró de repente la butaca arrojándola contra la puerta con fuerza. Silver había gritado claramente "Mamá". Era la primera palabra que pronunciaba en seis años y pese a que significara una leve mejoría en su afasia, no les hizo ninguna ilusión. Asustados golpearon la puerta con todas sus fuerzas hasta que ésta cedió con el estrépito de la madera al crujir. Con las manos desnudas arrancaron poco a poco trozos de la puerta y, primero Alberto y después Vanesa, subieron las escaleras a toda prisa. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Silver el corazón se les encogió como una ciruela seca. Miles o tal vez millones de pequeñas moscas formaban la silueta de un ser que tenía levantado a Silver por el cuello, flotando este a unos setenta centímetros del suelo. La cabeza de moscas se giró y con el hueco que debían ocupar los ojos les escrutó durante unos segundos. Alberto, sin pensar, se abalanzó sobre las moscas y sostuvo a su hijo y mientras Vanesa se interpuso en mitad de todas aquellas pequeñas y negras moscas. Con un desagradable zumbido la silueta se desvaneció y la nebulosa de moscas desapareció por la puerta, descendió las escaleras y abandonó la casa.
Silver lloraba mientras su padre lo abrazaba, Vanesa lloraba también presa del miedo. La noche se consumió con ese abrazo infinito y el sol les sacó del aterrador letargo en el que habían estado. Todos se miraron de nuevo ante la luz del día y volvieron a fundirse en un cálido abrazo. Recordando el grito de Silver, el padre le preguntó para tratar de volver a la normalidad.
- Silver, antes has llamado a mamá ¿verdad?
Pero Silver miró extrañado a su progenitor y negó con la cabeza. Trató de llamarla en ese instante y sólo se produjeron una serie de sonidos indescifrables. Alberto y Vanesa se miraron y se dijeron con la mirada que seguramente esa llamada no se volvería a producir. Cuando clavaron de nuevo la vista en el pequeño, vieron como una de esas pequeñas moscas salía por el lacrimal del niño y se posaba en la pared. Vanesa, asustada, volvió a abrazar con fuerza a su pequeño y Alberto, con un golpe certero, la aplastó contra la pared. Al menos esa maldita mosca ya no volvería.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Scargots
La suave textura en su paladar le reconforta. Palillo y dedos sucios. Mastica el viscoso cuerpo del caracol, que aún mantiene sus estrábicos ojos abiertos, y traga.
- ¡María! Coge uno, mujer.
- Prefiero las ancas.
- Mañana compramos si podemos. Cocinas tú.
- Es la hora. Me voy.
Mueve sus caderas al andar. Y al situarse junto al siguiente banco, agita el canastillo, en el que descansan algunas monedas cobrizas. Todo ha cambiado, piensa mientras de reojo va sumando los céntimos. Se escucha un ‘Amén’.
- Amén. – gritan los fieles casi al unísono, produciéndose una breve cacofonía.
Antes de salir de la iglesia hinca la rodilla en el suelo y se santigua; pide perdón entre dientes por los céntimos de más que le acompañan a casa.
- ¿Cuánto hemos sacado? – pregunta desde el sofá su dolor mientras se chupa los dedos.
- Seis euros.
- ¿Y una hora para sacar sólo eso? Mañana no hay ancas, otra vez caracoles.
Se queja y bosteza. El colchón de la habitación lo orinaron en otra casa. El hedor no lo quita María ni frotando una tarde entera. Por eso siempre están en el sofá. Roto está, pero no huele mal.
Y María se anima a faltar al respeto. Se quita el sudario del alma.
- ¿Cuándo vas a buscar un trabajo?
- ¡No hay! ¡Ya lo sabes! ¿No estamos en crisis?
- Sí, sí. Voy a limpiar caracoles.
Él, viscoso, no saca los cuernos al sol. Siempre cubierto con ese caparazón de ladrillo. Cómo se asemeja a un caracol, piensa María. Y piensa también en el asco que le dan; muertos. Sangran sus costados.
Hay muertos vivientes caminando por las calles, entrando a las iglesias, robando los cepillos, visitando supermercados para comprar sin pagar, apostando a cinco o seis números sin saber que no tocará. O tal vez sí lo sepan, pero hay que apostar.
- ¿María?
Pero María ya no está. Está a siete infiernos de aquí, saltando en colchones limpios, con ángeles caídos.
Y el caracol, de una vez, saca sus malditos cuernos al sol y muge.
martes, 4 de septiembre de 2012
Destruyendo tus besos
Caí desde una altura considerable. Al impactar contra el suelo sangré como sangran los ojos de los boxeadores después cortarlos con afiladas cuchillas. Pese a que la acera estaba caliente e invitaba a descansar, despegué la boca de los cementosos adoquines y tras escupir trozos de marfil, esculpí en mi cabeza un monumento en tu honor, aunque no te lo merezcas.
En el mercado negro se venden las pistolas por cuatrocientos euros, y te regalan seis balas lijadas, por si se te antoja disparar. Si no quieres matar no necesitas un arma. La defensa es la mayor ofensa, la mayor mentira que te puedes contar. Eres un asesino.
Cinco pisos más arriba ni siquiera te asomas a la ventana para ver como me voy cojeando. Pero soy incapaz de pensar mal y supongo que no te has enterado de mi suicidio frustrado. ¿Como puedo haber fallado? Cinco pisos, catorce metros, y sigo vivo. Mis ojos, indignados, supuran agua salada mezclada con venas rotas. Y me difumino entre las farolas sin que nadie se de cuenta, dejando tan solo un rastro escarlata que refleja una luna que simula ser una uña mordida.
En el mercado negro uno se llama Manuel. Tiene de todo. De todo lo que no se debería tener, porque las guerras no las provocan los hombres sino las armas, si no, no serían guerras sino peleas. Y Manuel me tiende el hierro frío y el regalito, y me sonríe. El muy mierda me sonríe.
Después de dos lunas te miro de frente, pero entre tus ojos y los míos, una cruz negra se interpone, y te suelto mordiscos con el dedo índice, destruyendo tus besos, como piedra contra tijera, y cuando revive el silencio me asomo de nuevo al vacío del quinto piso.
Y Manuel seguirá sonriendo y contando.
En el mercado negro se venden las pistolas por cuatrocientos euros, y te regalan seis balas lijadas, por si se te antoja disparar. Si no quieres matar no necesitas un arma. La defensa es la mayor ofensa, la mayor mentira que te puedes contar. Eres un asesino.
Cinco pisos más arriba ni siquiera te asomas a la ventana para ver como me voy cojeando. Pero soy incapaz de pensar mal y supongo que no te has enterado de mi suicidio frustrado. ¿Como puedo haber fallado? Cinco pisos, catorce metros, y sigo vivo. Mis ojos, indignados, supuran agua salada mezclada con venas rotas. Y me difumino entre las farolas sin que nadie se de cuenta, dejando tan solo un rastro escarlata que refleja una luna que simula ser una uña mordida.
En el mercado negro uno se llama Manuel. Tiene de todo. De todo lo que no se debería tener, porque las guerras no las provocan los hombres sino las armas, si no, no serían guerras sino peleas. Y Manuel me tiende el hierro frío y el regalito, y me sonríe. El muy mierda me sonríe.
Después de dos lunas te miro de frente, pero entre tus ojos y los míos, una cruz negra se interpone, y te suelto mordiscos con el dedo índice, destruyendo tus besos, como piedra contra tijera, y cuando revive el silencio me asomo de nuevo al vacío del quinto piso.
Y Manuel seguirá sonriendo y contando.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Agua y fuego
Pese a su incredulidad y falta de fe, el señor Newman cada día reza más. A duras penas se arrodilla junto a su desvencijado camastro, polvoriento y maloliente, y junta sus manos entrelazando sus dedos mientras apoya los codos sobre la asquerosa colcha que cubre el incómodo colchón. No tiene sábanas de franela o algodón con las que evadirse de la mierda de vida a través del tacto de sus dedos. Recuerda la suave sensación que recorría como un escalofrío su alma cuando tan sólo era un niño, cuando su cama olía bien, cuando la colcha cubría unas impolutas y sedosas sábanas que cubrían a su vez un colchón que le regalaba sueños tan dulces como el algodón de azúcar. La primera vez que se orinó en la cama sintió vergüenza, pese a la soledad; las siguientes la tristeza le mordió por dentro como una boca afilada y le invitó a sentirse terriblemente mal. Así comenzó a descender en su propio infierno, incapaz de controlar sus esfínteres, ni el temblor de sus manos, ni el sentimiento de culpa. Y por eso reza, a un dios en el que no cree, para ir a un paraíso que intuye que no existe, y lo hace siempre antes de sacar el viejo revólver del cajón de la mesilla y de metérselo en la boca, antes justo de apretar con suavidad el gatillo, como cuando acariciaba el algodón, cuando dormía a gusto, y lo saca de la boca y lo vuelve a dejar dónde estaba cuando comprueba que sigue vivo. Y piensa que cuándo se cumplirá eso de que las armas las carga el diablo.
sábado, 28 de julio de 2012
Camino de las cien cruces
"Llueve. Siempre llueve."
Hay caminos que guardan las huellas como una cámara acorazada en el corazón del infierno. Huellas imborrables, impertérritas; huellas que no se pintan sobre la tierra sino que permanecen flotando sobre los guijarros, como el permanente y estático polvo en el hogar deshabitado. Y uno de ellos es este sobre el que arrastro los pies como un condenado a vagar eternamente.
Lucía silbó para llamar a su perro. Los ladridos del can se escuchaban cada vez más lejos, perdidos entre matorrales y árboles espesos. Pronto dejaron de escucharse, y tan solo permaneció en el aire el sonido del crujir de la hojarasca peleando con el viento. Lucía corrió entre las sombras de las copas, pero no había ases en su jugada y al cabo de varias horas lo dio por perdido. Sus ojos se aguaron en el preciso instante en que dio media vuelta para retornar sola por el camino andado en pareja.
En una casa al borde del monte de los laureles, por el que se accede al camino de las cien cruces, hay una mujer en la ventana. Una mujer que es madre y cuenta nerviosa las horas, porque Lucía nunca se ausentaría por tanto tiempo sin avisar de ello. El eco de los ladridos le devuelve la sonrisa, pero esta queda truncada al ver que Troy vuelve sin la compañía de su querida hija.
- ¿Dónde está, Troy? - solloza mientras lo abraza.
Y el perro ladra y se gira esperando que ella lo siga.
Lucía no cuenta el tiempo, tan solo camina, y es curioso que la tierra no guarda constancia de sus pisadas. Camina y llora, y piensa en su amigo de cuatro patas. Pero el paisaje no cambia desde hace mucho, y pese a que le es familiar, la distancia no lo es.
La madre de Lucía comienza a llorar en el mismo instante en el Troy se para al borde de una sima. Y al asomarse se quiere morir, desea con todas sus fuerzas ser ella la que no camina, ni llora, ni sufre. No existe la magia, así que continúa llorando y sufriendo, mientras los ladridos bajan de volumen y se difuminan en su pena.
Lucía se para, porque caminar no le ha servido de nada. Y sabe que si antes eran cien cruces ahora serán ciento una.
Y llueve sobre el perro y la mujer que regresan corriendo a casa. Y llueve dentro ellos igual que lo hace por fuera, porque llueve, siempre llueve.
Hay caminos que guardan las huellas como una cámara acorazada en el corazón del infierno. Huellas imborrables, impertérritas; huellas que no se pintan sobre la tierra sino que permanecen flotando sobre los guijarros, como el permanente y estático polvo en el hogar deshabitado. Y uno de ellos es este sobre el que arrastro los pies como un condenado a vagar eternamente.
Lucía silbó para llamar a su perro. Los ladridos del can se escuchaban cada vez más lejos, perdidos entre matorrales y árboles espesos. Pronto dejaron de escucharse, y tan solo permaneció en el aire el sonido del crujir de la hojarasca peleando con el viento. Lucía corrió entre las sombras de las copas, pero no había ases en su jugada y al cabo de varias horas lo dio por perdido. Sus ojos se aguaron en el preciso instante en que dio media vuelta para retornar sola por el camino andado en pareja.
En una casa al borde del monte de los laureles, por el que se accede al camino de las cien cruces, hay una mujer en la ventana. Una mujer que es madre y cuenta nerviosa las horas, porque Lucía nunca se ausentaría por tanto tiempo sin avisar de ello. El eco de los ladridos le devuelve la sonrisa, pero esta queda truncada al ver que Troy vuelve sin la compañía de su querida hija.
- ¿Dónde está, Troy? - solloza mientras lo abraza.
Y el perro ladra y se gira esperando que ella lo siga.
Lucía no cuenta el tiempo, tan solo camina, y es curioso que la tierra no guarda constancia de sus pisadas. Camina y llora, y piensa en su amigo de cuatro patas. Pero el paisaje no cambia desde hace mucho, y pese a que le es familiar, la distancia no lo es.
La madre de Lucía comienza a llorar en el mismo instante en el Troy se para al borde de una sima. Y al asomarse se quiere morir, desea con todas sus fuerzas ser ella la que no camina, ni llora, ni sufre. No existe la magia, así que continúa llorando y sufriendo, mientras los ladridos bajan de volumen y se difuminan en su pena.
Lucía se para, porque caminar no le ha servido de nada. Y sabe que si antes eran cien cruces ahora serán ciento una.
Y llueve sobre el perro y la mujer que regresan corriendo a casa. Y llueve dentro ellos igual que lo hace por fuera, porque llueve, siempre llueve.
martes, 24 de julio de 2012
Moscas
Pude oírlas. De verdad que lo hice.
Inhalé y exhalé el humo del cigarro tantas veces que, cuando quise darme cuenta, una colilla se incineraba sobre mis dedos índice y corazón. Aún estaba en un estado tan incorpóreo que no fui consciente hasta más tarde de la quemadura. Ahora prefiero que fuera así, pues las quemaduras sanan.
Un ser tan repugnante como minúsculo giraba alrededor de uno similar pero algo más grande. Ambos frotaban sin cesar sus ojos compuestos con las propleuras de sus patas delanteras. Eran hembras. Y hablaban. Deduje por la conversación que se trataba de una despedida. La pequeña no entendía el por qué de la separación, ni el sentido de su existencia. La madre movía rápidamente y a espasmos su cabeza y le explicaba lo importante que era. Le habló de la aceleración en la descomposición de los cadáveres, de la polinización, incluso del control biológico. De lo que no le habló fue de aquella parte que le convertía en alimento de anfibios, aves y roedores, aunque era igual de importante. Debió pensar que igual, con suerte, moriría en su estado adulto sin ser devorada, ni aplastada. Los días, a tan pequeña escala, deben parecer años.
Permanecí quieto, absorto en la conversación, hasta que esta llegó a su punto final. Creo que pude ver un beso, un beso de mosca, pero beso al fin y al cabo. Y mientras la madre se alejaba pude oír llorar a su hija y creo también que aquello que resbaló por cada una de sus miles de minúsculas facetas fotosensibles, pudo ser una lágrima.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)