miércoles, 28 de septiembre de 2016

Siempre es otoño

Las hojas se arrastran como reptiles bajo la lluvia. Las aceras se cubren de apáticos ocres y se descomponen hasta que es demasiado tarde para recordar el gris de las aceras. No deja de soplar el viento, y en mi piel mueren cientos de latigazos que me hacen estremecer. Son esos escalofríos los que me penetran inconexos convirtiendo mi cuerpo en una masa infame de carne fría y sangre seca. Pero no sirve de nada gritar, pues dios yace en el fondo del río, con una bolsa en la cabeza y las manos atadas. Ni el calor de los grados del alcohol al recorrer mis vías es capaz de templar mis latidos. Nunca va a parar de llover, pienso mientras me niego a olvidarte y lloro abrazado a tu ausencia.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Veganos

Muerden y mastican. Después tragan. Lo hacen con ansia. Violentamente desprenden del brazo de una mujer pedazos de carne tan jugosa que incluso nosotros nos relamemos. Una joven hace jirones su camisa, mostrando sus enormes pechos. El veneno la recorre ya haciendo que, para nuestro gozo, la sangre le hierva dentro de las venas. El zarpazo de otro carnívoro agrieta uno de sus senos, desde el que se escapa una mermelada ensangrentada. Nosotros esperamos nuestro turno sin entender como podemos sentir la llamada de la carne siendo en vida tan reticentes a su ingesta. Mientras divago y gruño, no puedo dejar de observar a aquella joven desmembrada, tan siniestra y excitada que soy incapaz de no desear, pese a mi intolerancia, devorarla.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Gloria

El tiempo es la malla fría que nos separa a medida que perdemos de vista la luz, a medida que emprendemos el tramo final.

Coges entre tus manos mis manos frías. Tan acostumbrados el uno al otro que podríamos estar hablando de amor. Pero éste se va, entre besos y flores, dejándonos con la única esperanza de no volver a vernos nunca. Siento el calor de tu piel áspera al frotar la mía, mientras me alejo por el oscuro túnel que no cavó un dios perverso sino su ausencia. Es en este momento, en el que claudico, vencido y herido, alentado por el glorioso terror de que el final sea como intuyo, definitivo.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Desaparecidos

Para Hafid Bakri los veranos son muy dolorosos. Su gandora gris de tafetán bordada con hilo de oro aún conserva la sangre de su pequeña Lina. Un día al año conmemora su muerte. Es terrible que celebre el aniversario de su muerte el mismo día en el que habría cumplido un año más. Serían siete, pero fueron cuatro. Ni siquiera cuando la noche refresca empujando la arena desértica hacia Libia, consigue conciliar el sueño sin llorar durante horas. No sabe si es más duro llevar la sangre de su hija en su traje de fiesta, o no poder llevar también la de su mujer y su hijo.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Cuarto de kilo

Un letrero luminoso revela la posición de la carnicería de Ramón Utreras. Este desgraciado porta el virus del mal desde que nació. Una injusta deformidad en su labio superior le otorgaba desde entonces un aspecto menos afable de lo habitual para un recién nacido. Ni siquiera los familiares más cercanos demostraban ningún afecto por él. Fue en esos primeros años en los que forjó el carácter apático e insidioso que lo marcaría para siempre.

Una tarde del otoño en el que cumplió ocho años, los abuelos paternos le comunicaron que sus padres habían muerto. No dijo nada, tan solo tragó saliva. Ocho años más tragando saliva. Ocho años más de hospicio. Ocho años odiando y renegando de su familia. Ocho años callado, frunciendo el ceño. Era en la oscuridad de su habitación en la que el gesto de su cara se relajaba, mientras meditaba la forma en la que devolvería todo el sufrimiento al que le habían sometido.

Aprendió a cortar carne. A despiezar. Aprendió a hacerlo sin dejar de odiar. El letrero luminoso es para que se vea de noche. Él sólo trabaja de noche. Los que una noche cualquiera y por pura casualidad se topan con su carnicería suelen entrar. Pocos resisten la tentación al ver la inusitada delicadeza con la que se disponen las piezas de carne en el mostrador, ni el fastuoso escaparate que lo precede. Algunos salen con medio kilo de costillas, trescientos gramos de carne picada o un cuarto de kilo de entrecot. Otros no.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Mírame

Irene Serrano Photography
Imagen: Irene Serrano Espejo

Te lo pido cada año, en nuestro aniversario: Mírame. Tus párpados cansados ya no se abren para mí. Tu indiferencia despertó mi ira un noviembre oscuro y frío, tan parecido a ti que te mimetizaste con él. Primero oscura y húmeda. Después pálida y fría. Aún siento en mis manos la suavidad de tu piel, y recuerdo tus ojos y tu boca buscando aire, y encontrando tan solo agua. Soy incapaz de olvidar los espasmos, el suelo mojado. Después de la tormenta vino la calma y no me volviste a mirar. Por eso cada año te arrastro fuera de la nevera que compré para ti, para pedirte una vez más que mires, aunque sea a través de la cortina de plástico en la que te envolví. Luego vuelvo a acomodarte en tu tumba fría y sueño con que la próxima vez me quieras corresponder.


Imagen: Irene Serrano Espejo - Facebook - Web

martes, 17 de mayo de 2016

Besos muertos

Andrei murió contra la pared. Su cabeza literalmente se rompió, y entre los mechones grasientos de pelo se escurrieron la sangre y los sesos. Sus sueños se desvanecieron y acabaron formando grumos rojos sobre la acera. Vega lo vio todo desde la parte trasera de un chevrolet rojo, haciendo esfuerzos por ahogar el llanto entre sus temblorosas manos para no llamar la atención de aquél hombre que lo aplastaba una y otra vez contra los arcillosos ladrillos de la factoría. El olor a amoniaco y a otros químicos pesaba en el aire, así como el sonido cada vez más hueco del cráneo de Andrei retumbaba en el laberíntico complejo de naves. Vega no entendía como un encuentro amoroso podía tener un final así, en un punto en el que le costaba mantener los ojos abiertos y el corazón dentro del pecho. Andrei se había sentido indispuesto momentos después de estacionar el vehículo, y el ataque se había producido segundos después de que apoyara su mano en la pared tratando de controlar el mareo. Vega, desde el asiento de atrás de aquél flamante coche, atónita, indispuesta e impotente, no supo como reaccionar cuando aquella bestia con rostro humano la miró fijamente a través de los cristales del coche. Sólo esperó. Y poco.