miércoles, 29 de septiembre de 2010

Espeleólogo

Tengo sed. El agujero por el que me arrastro me seca la boca, cada vez se estrecha más, y me atora, impidiéndome llenar por completo los pulmones. Cada vez inspiro más veces pero ese oxígeno es insuficiente, me empieza a faltar el aire. Al final de este tramo veo una abertura, pero la siento inalcanzable. Trato de avanzar, pero mis huesos han llegado a su máxima compresión y no puedo aplastarme más; el retroceso es impensable, pues no tengo fuerza ni espacio para empujarme en la contra hacia el lugar del que vengo. Estoy atrapado. El aire no pasa de mi boca, abierta como la de un animal enfermo, dando bocanadas imperceptibles y absurdas. Éste es el fin, el mío al menos.
Sigo sediento.

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