miércoles, 13 de octubre de 2010

el último viaje

La noche fue muy dura, demasiado dura, entre porros y ron me dieron las 3. No tuve tiempo ni ganas de cambiarme de ropa, así que caí en la cama tal cuál, y así mismo me desperté una hora después de que el despertador tratara de levantarme sin suerte. Corriendo y medio mareado me cambié de ropa, me bañé en colonia y salí por la puerta mientras a la pata coja ataba mis zapatillas. No tomé nada, casi mejor porque tal vez lo habría vomitado.

Al llegar a la estación, justo se marchaba el tren que pasa 40 minutos después del habitual, así que esperé otros diez hasta que apareció el siguiente, iba a llegar demasiado tarde. El vagón en el que monté estaba practicamente vacío, algo inusual, pero pensé que tal vez era por la hora. Me senté; maldito agotamiento, debí quedarme dormido y al despertar todo estaba oscuro. Me levanté pensando que había acabado en las cocheras, así que abrí las puertas empujando cada una en una dirección y bajé a las vías, completamente oscuras.

A un lado, la oscuridad era total, pero en la otra dirección vi una luz titilante, como de fluorescente, así que fui hacia allí, despacio para no tropezar con los travesaños. El suelo crujía bajo mis pies y no quise ni pensar en lo que podía estar pisando. Al acercarme me tranquilizó ver lo que parecía un andén; aunque era demasiado pequeño, no como los de pasajeros, pensé en una posible oficina o vete a saber qué. Antes de salir de las sombras algo me tocó la pierna, diría que trató de agarrarme, así que aceleré el paso después del sobresalto y llegé por fin al solitario apeadero subiéndome de un salto ayudándome con las manos.

El corredor se componía de tres paredes, una frontal de unos 20 metros y dos laterales acotando el lugar, pero no había puertas, ni banco, ni nada, salvo una taquilla mugrienta en un lateral, de esas de metal con respiradero. Escuché el ruido de un tren que se acercaba e instintivamente, en lugar de esperar ahí, me metí en la taquilla, más valía asegurarse antes de entrar en acción. Me alegré de haber hecho algo tan estúpido, porque a través del respiradero pude ver como un hombre muy alto, vestido con un traje negro, bajaba portando en uno de sus hombros un saco enorme, el cuál arrojó al suelo. El hombre volvió a entrar para salir con otro saco de las mismas características. Desde ahí, me daba la sensación de que los sacos estaban manchados de lo que parecía sangre. El tipo con aspecto de enterrador volvió a subir y esta vez el tren despareció por el túnel.

Salí del cajón de metal a los pocos segundos y me acerqué a los sacos. Eran sacos de esparto, de color marrón, muy sucios, manchas secas y otras más frescas, y cuando estaba casi al lado, comprobé que las manchas sí eran de sangre y que por varios agujeros de uno de los sacos salían mechones de pelo moreno; en otro de los rotos del saco, un ojo sin vida miraba con terror. El miedo empezaba a llamar a la puerta de mi cordura.

- Qué está pasando - parecía una broma de mal gusto.
- ¿Estás bien? - sabía que no, pero esperé la respuesta, casi mejor que no me contestara porque si no tal vez me habría muerto del susto.

Bajé de inmediato a las vías y antes de empezar a correr en la dirección contraria de la que había venido, vi aterrado que las vías estaban formadas por columnas vertebrales seguidas unas de otras y los travesaños estaban formados por cúbitos y fémures. Grité y corrí hacia las sombras, sabiendo que estaba en la dirección correcta cuando vi que las vías volvían a ser de hierro y los travesaños de madera. Corrí hasta que la oscuridad lo ocupó todo y el fluorescente ya era un mero recuerdo. Despacio, continué mi camino, con tiento para no perder el equilibrio y caér era lo que menos me apetecía. Estaba aterrorizado por lo que había visto. Llevaba casi diez minutos andando, asustado y sumergido en una negrura espesa nada tranquilizadora; de repente, los focos de un tren acercándose a toda velocidad, me obligaron a pegarme a la pared y sentí un viento abrasador al pasar el convoy. Consciente de que iba a ninguna parte decidí volver sobre mis pasos siguiendo los lejanos focos traseros del tren y después de desandar lo andado estaba de nuevo en el andén. Las vías de columnas habían avanzado más, y pensé en los sacos que ya no estaban.

Trepé de nuevo al oír el traqueteo de una nueva vagoneta y me metí de nuevo en el armario metálico. El enterrador salió con un saco que se movía, después entro por otro y por un tercero. Esta vez el tren se fue sin él y después de patear los sacos se dirigió hacia mi. ¡Dios!, quería gritar, ¡venía directo al armario!. Agaché la cabeza y me pegué al fondo sabiendo que no había escondite posible; escuché el chirrido de la puerta al abrirse y estuve a punto de chillar, cuando algo me golpeó en el muslo. Levanté la cabeza despacio y ésta vez estuve cerca del síncope, cuando al mirarle a la cara vi como el lugar que debían ocupar sus ojos eran sendos agujeros sangrientos y cicatrizados. La taquilla se quedó abierta y pude ver como abría el primero de los sacos; dentro había un chico joven, atado de pies y manos y amordazado. Le quitó el esparadrapo y el muchacho gritó y me miró pidiendo una ayuda imposible, allí dentro del cajón y mirando con ojos aterrorizados. El grito se ahogó en el vacío cuando el verdugo separó con precisión la cabeza del tronco, recogiendo un líquido espeso y blanco que manaba de la tráquea; está vez sí grité, traté de hacerlo en silencio, pero no lo pude evitar; el enterrador giró su cabeza y apuntó con sus vacías cuencas justo en mi dirección empezando a andar hacia mi. Salí justo antes de que él llegara, estaba practicamente inmóvil, y bajé a la vía mientras el ser oscuro golpeaba las paredes grises de la cajonera. Al darse cuenta de que estaba vacío volvío al cuerpo decapitado del chico y le separó a base de hachazos los brazos y las piernas del tronco. Casi vomito, aunque empezaba a tener hambre.

Caminé hacia el sitió del que partí al principio, y me pasé de largo el coche del que había salido. Esta vez nada agarró mi pantalón. Llevaba bastante tiempo sin oír el estruendo de las máquinas y sin verlas. Seguí caminando mientras el suelo se quebraba bajo mis pies, y lo hice durante cinco minutos, hasta que al fondo, apareció una luz brillante, no como la del andén, y comencé a correr pensando que esta vez si había encontrado una salida. La dececpción fue brutal cuando llegué hasta ese lugar y ver otro andén de similares características al otro y en el que otro tipo de la misma estatura trabajaba con delicadeza cruel otros cuerpos, pelando columnas y despojando de carne y grasa los huesos de otros cadáveres. Estaba a punto de llorar y mi corazón revolucionado estaba apunto del colapso; cuando iba a continuar hacia el siguiente túnel, mi estómago gruñó, lo hizo a un volumen atronador, o eso me pareció a mi y también al carnicero, que miró hacia dónde me encontraba, como si me oliera. corrí sin miedo a hacer ruido hasta que me adentré en las nuevas sombras y me volví a mirar. Los cuerpos se habían quedado sin compañía, pero no veía al tipo. De repente, sin saber de dónde, apareció frente a mi, a escasos metros, a éste también le faltaban los ojos, y también los labios, mostrando unos dientes amarillos y enormes. contuve la respiración esperando que se fuera, pero olfateó en mi dirección y extendió el brazo. Me pegué a la pared del túnel y me dejé caer; caí sobre algo. Desde abajo parecía más grande todavía ese extraño personaje y yo me sentía en el abismo. Me miró con sus fosas nasales y desapareció.

Me quedé ahí un minuto y de súbito se encendieron multitud de faroles a lo largo de los túneles, es cuando ví que había caído sobre un cuerpo encadenado a la pared y que todas las paredes estaban plagadas de cuerpos desnutridos, casi todos muertos, todos amordazados, los vivos movían la mano libre buscando algo a lo que asirse, la vida, pero no tendrían suerte. Las vías hasta dónde podía ver las ocupaban las columnas encadenadas, supongo que de esas personas atadas. Aproveché la luz para seguir corriendo y pasé otros dos andenes del mismo tipo, en los que hombres altos se giraban a mi paso. Di la vuelta recordando las vías de hierro que aún quedaban y corrí, atravesé los cuatro andenes que ya conocía y continué mi carrera, ya por vías de verdad, aquí ya no había cuerpos encadenados pidiendo ayuda y casi sin aliento llegué a una estación que no conocía, pero en la que gente aparentemente normal esperaba el tren en la dirección en la que yo iba. Unos me ayudaron a subir y me preguntaron que de dónde salía.

- Ahí atrás está pasando algo. - Dije casi ahogado.
- Tranquilo...ya estás a salvo. - Dijo un hombre alto con un tono grave.
- Llamen a la policía, están matando a gente.
- Sí, sí...Tranquilo...

Apareció un tren normal, de cuatro vagones y bastante lleno. Subí y cuando se cerraron las puertas entendí que todo seguía mal. Algunos tenían las cuencas vaciadas, otros carecían de labios, algunos sin nariz. El tipo que me ayudó a subir me tapó la boca con una cinta y me golpeó y una chica ató mis manos a mi espalda y me sentó en el suelo. Ahora, encadenado en esta pared gris y a oscuras, espero muerto de miedo y hambriento junto a otros a que me arranquen la columna, los brazos y las piernas y ser parte de estas vías que se dirigen al abismo de la oscuridad absoluta en la que pasaré el resto de la eternidad, mientras estiro mi brazo buscando algo a lo que asirme.

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