lunes, 11 de octubre de 2010

Enemiga muerte

La niebla espesa cubre la llanura y llena cada poro del terreno con su nube mojada. Tras ella resplandece una llama que crece con rapidez. Fustigo y espoleo a mi corcel para que acelere el trote y nos metemos de lleno en la nube blanca; por un momento estamos sólos, no vemos, no oímos, tan sólo el contacto nos mantiene unidos mientras sigo golpeando los lomos de mi caballo para que atraviese el muro de agua. La imagen es dantesca, el esperpento recorre mis venas mientras esquivamos, aún a galope, los trozos humanos; algunos brazos todavía se agitan como lombrices en sus últimos espasmos. La lluvia se ha teñido de rojo y me empapa la cara mientras bajo al suelo. Mi espada, sin guía, atraviesa petos y corazas de camino a mi hogar y cuando llego, todo es muerte y desolación. Me arrodillo y lloro al ver a mi mujer y a mi hijo profanados, clavados a la pared boca abajo. No hay tiempo para más lágrimas, salgo de nuevo a la vía y corto cabezas, manos y cualquier cosa que encuentro; otros hombres menos preparados, se defienden sin suerte con sus espadas de juguete. Miro de frente a la muerte y clavo en su ojo central mi espada, obligándola a soltar la guadaña, pero es tarde, sus esbirros han talado mis extremidades y así recibo la estocada última en la nuez, ahogándome en mi propia sangre.

Dime lo que sucede...

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