viernes, 8 de octubre de 2010

Final feliz

Abrió la puerta a la desolación cuando los brazos de aquél muchacho trajeron al suyo, sin vida, convertido en la mala digestión de una estúpida guerra. Le dió las gracias, lo tomó en sus brazos y cerró la puerta. Dentro lloró; lo hizo hasta que la última lágrima resbalo por su ajada piel. Cogió la pala de enterrar, como la llamaba, pues ya no la usaba para plantar vida sino muerte, y salío a la calle entre disparos a civiles y caminó sin apartarse de la metálica muerte llegando a una zona despejada, un desierto de arena flácida y polvorienta. Cavó y mientras depositaba las paladas junto al hoyo rezaba a un Dios que no conozco; cuando la tumba tenía buena profundidad, arrojó el cuerpo de su hijo, sin cuidado y él también saltó al vacío. Sacó una pistola fría y negra como la noche que se acercaba y se voló la cabeza, durmiendo el sueño eterno junto a su último retoño. El viento nocturno hizo el trabajo final del enterrador.

2 comentarios :

  1. Desolador... Así son las guerras, como la pistola de tu enterrador: negras y frías.

    Has conseguido mover algo dentro de mí. Buen trabajo.

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  2. Sí Jack, es lo que tiene la ambición...

    Muchas gracias, eso de mover algo no es tarea fácil...
    Un saludo Jack!

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