jueves, 25 de noviembre de 2010

Juntos

Se quedó vacía; sólo los tabiques que sujetaban las cuatro paredes principales ocupaban ya sus entrañas. En su interior también se habían quedado tantos momentos felices, tantas risas, lágrimas y sueños, rotos al final, cuando ella se marchó sin decir adiós a ese lugar en el que supuestamente campan los ángeles. Ese día no murió solo ella, la descorazonada alma del hombre también murió; sus últimas palabras fueron -no me dejes, mi amor- pero ella ya moraba en otros mundos, y él enmudeció hasta el final de sus días, llevando sus huesos al son de los que manejaban su apático y helado cuerpo. Y al cabo de los años, cuando las hiedras y enredaderas ya engullían por completo la casa que compartieron, un jueves de septiembre, él también se extinguió. No hizo ruido, se fue suavemente y se paró como el reloj de cuco que tantas horas les había dedicado; y en ese último segundo, tal vez en ese punto de inflexión entre la vida y la muerte, quizá la viera rodeada de ángeles y, templándose su cuerpo, una leve sonrisa apareció en sus agotados labios. Al fin, juntos para siempre...

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