viernes, 10 de diciembre de 2010

Vuelta a casa

La noche ofició el funeral de un sol breve de otoño, y las nubes se ocuparon de oscurecer por completo lo que hacía unos minutos era día. La moto había decidido pararse en el camino de arena que conducía a las puertas de la casa, apenas a trescientos metros; los retorcidos árboles de hoja caduca que flanqueaban el sendero agitaban sus ramas empujados por un viento recio, crujiendo con una voz gutural. Miró a los lados y golpeó el sillín de la moto, ¡en buena hora te paras!

Agarrando el manillar comenzó a caminar hacia la verja, algo iluminada por las luces del porche. Empezó a llover. El sonido de unas pisadas le alertaron y giró la cabeza en esa dirección.

- ¿Quién anda ahí? – dijo escrutando la oscuridad.

La respuesta fueron unos ojos inyectados en sangre, en una cara deformada que dejaba asomar por un desgarro lateral parte de la mandíbula. Un grito ronco le perforó el cerebro, acelerando su corazón. Soltó la moto y se giró para correr hacia la casa. Por delante, de entre los árboles, comenzaron a salir figuras tambaleantes que gritaban de igual forma que el primero. En la puerta de la casa apareció su mujer.

- ¡Vuelve dentro y avisa a la policía! – gritó mientras giraba en la otra dirección.

Más cuerpos en decadencia salieron a su encuentro, por todos lados, y sin poder escapar le abatieron. Ya en el suelo comenzaron a devorarle. Desde ahí tirado, entre gritos y alaridos de dolor ante las voraces dentelladas, veía las ventanas de su casa y en una, asomada, su mujer; por detrás de ella, otras sombras.

Dime lo que sucede...

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