jueves, 22 de diciembre de 2011

Silencio

La resaca fría de un viento nocturno me hace estremecer. Vagamente iluminado por algunas farolas, recorro un gris adoquinado sobre el que se mecen las endebles hojas de unos castaños en plena defoliación. Pese a los años, recuerdo como si fuera ayer la voz de mi padre; no temas a la oscuridad, decía. No temo. Mi cabeza procesa las sombras y los sonidos, los cataloga y me devuelve un “todo es normal”. Unas nubes se deshilachan débilmente sobre mí y el eco lejano de la tormenta es sólo la banda sonora que me acompaña de regreso a casa. Por un momento pienso en cruzar los seis carriles del Paseo Extremadura, pero perder la vida convertido en un amasijo de carne y huesos no me atrae, así que utilizo el paso subterráneo. Cincuenta metros de angosto pasillo que aparece y desaparece al antojo de una lámpara de emergencia. Conforme avanzo por el corredor, los intervalos de penumbra son más largos y más profundos. No temo a la oscuridad. Antes de recorrer la mitad del camino, la lámpara emite su último suspiro y me deja en penumbra. La salida está cada vez más lejos; puedo percibir como a cada paso que doy me sumerjo más y más en la oscuridad, como si el túnel se estirase por los extremos, alejándome de la tenue luz a la que me dirijo. Y por fin todo desaparece ante mis ojos. El ruido de las rodadas de los coches sobre mi cabeza, se disipa también como el final de una canción. No temo a la oscuridad, pero sí al silencio.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Cuando habla un corazón

La llama de una vela casi extinta oscila sobre su escritorio. Las manchas de moho son verdaderas obras de arte a las que se les podría poner título. Ataviado con un chaquetón de felpa y unos pantalones de pana raída trata de soportar el frío y la humedad entre esas cuatro paredes a las que no les alcanza la palabra hogar; mientras, se vierte sobre el papel. La estilográfica rechina contra la hoja a medida que la tinta se va transformando en palabras. En su cara se destila una mueca sobria que escapa de la risa. Y pese a lo que pueda parecer en un panorama tan desalentador, no escribe sobre miserias, tan solo sobre el amor.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Invierno

Por pura coincidencia el invierno ha llegado en diciembre; no es cuestión de temperaturas, pues los inviernos saben llegar también en marzo, en agosto o en cualquier otro jodido mes. Levanto la cabeza hacia un cielo azul que veo negro, en el que cuelga un sol que ni me alumbra ni me calienta. Por un lado lo agradezco, porque el calor es una daga que taja mi cuello sin compasión, pero por otro pienso que mis venas soportan un torrente demasiado frío. Me congelo. Si al menos el agua tibia templara mis momentos… pero no. Estoy hecho de etapas, de nervios de acero y de carne que cubre los huesos. Practico el harakiri en mi pecho en busca de un corazón, pero sólo encuentro vísceras de lata, ni siquiera de metal, de las que cuelgan estalactitas como lágrimas eternas de un cuerpo en plena deflagración. La súbita combustión que se origina en mi alma tiene una llama azul, inservible y funesta. Las realidades de un camino de espinas con oasis son solamente las espinas, nada más. Y no hay noches, ni días, ni nubes o soles, pues el peor de los inviernos no es el que te congela por fuera sino el que lo hace por dentro.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Venom - Fallen Angels (2011)



Pese a que pueda parecer lo contrario, la música, y en particular el metal, siguen siendo parte del alma de este blog. Y qué mejor que retomar este tipo de entradas, con lo nuevo de los incombustibles Venom que desde Newcastle, vienen con su nuevo álbum de estudio Fallen Angels.

Poco se puede decir de una de las bandas más influyentes en el Trash metal, pero del LP en concreto se puede comentar algo. Siguen en sus trece de deleitarnos con un Extreme metal corrosivo. Con fuertes melodías y sonido absolutamente metálico. Personalmente, no me cala como hizo el Calm before the storm, Cast in stone o Resurrection, pero merece ser escuchado sí o sí. Repiten con Universal, pues se ve que les fue bien con Hell.

Para mi gusto, los mejores temas son Punk's not dead, Fallen angels y Damnation of souls.

Tracklist:
1. Hammerhead
2. Nemesis
3. Pedal To The Metal
4. Lap Of The Gods
5. Damnation Of Souls
6. Beggarman
7. Hail Satanas
8. Sin
9. Punk's Not Dead
10. Death Be Thy Name
11. Lest We Forget
12. Valley Of The Kings
13. Fallen Angels

Bonus tracks (Limited Edition First Pressing)

14. Annunaki Legacy
15. Blackened Blues

Lo mejor es escucharlo, aquí está el Punk's not dead para entender de lo que hablo.


martes, 6 de diciembre de 2011

Restos

Muere lentamente mi cuerpo. Hace tiempo dejé atrás el punto de inflexión y comencé mi descenso a los infiernos. Atrapado en una obsesión que no me deja vivir, deterioro conscientemente mi calidad humana para no hacer demasiado larga la agonía. Y es que los errores han sido la cima deficitaria de mi humanidad. De poco sirve arrepentirse ahora, tan sólo agudiza los últimos minutos de existencia y los hace más crudos aún. Los inviernos en Madrid eran más llevaderos; el fuego cruzado nunca me hacía daño. Ahora, sumido en un diciembre caluroso, me asfixio entre los recuerdos. En mi garganta se anudan las pesadillas y es inevitable que una cadena de lágrimas recorra mis mejillas. Anhelo vivir. Anhelo la persona que fui y que calculo que debió cargar su pistola un veintinueve de diciembre de hace algunos años para volarse la cabeza el agosto del siguiente año. Después de más de un lustro con un agujero de entrada en el paladar y de salida en la nuca no es fácil pensar con claridad. Amedrentado ahora en este rincón polvoriento de mi memoria, espero el indulto o la lapidación, cualquiera de ellas me reportará a otra dimesión del dolor.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Negro sobre blanco

Traza con su pincel líneas sobre el tapiz. Rectas, curvas y secantes que descubren puntos. Líneas negras. Paraleliza su vida en un lienzo. Ángulos muertos que ceden el paso a los tormentos. Más líneas, gruesas, brochazos de desidia contra un muro blanco; gota a gota se tiñe la tela. Al salir del estupor descubre que el lienzo es el espejo de su alma, y aunque parezca tan negra es tan solo la envoltura de una pared blanca.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La marciana y el percebeiro

Míralo, entre rocas cogiendo percebes, como si esos manojos de moluscos fueran otra cosa. Y es que las truchas no sólo son de río; visto está. Con su navaja de filo ancho y cuatro dedos de longitud, escarba en las piedras calcáreas para extraer el viscoso alimento. Se los come crudos, sorbiendo al animal con lascivia; menudo cuadro. Así es el percebeiro, un tipo grotesco.

El silencio del apocalipsis del día lo rompe el rugido de un motor, a lo lejos un corvette traza curvas donde sólo hay rectas. Michael Knigth no es lo que era, como siga por ahí a esa velocidad va a pasar Finisterre y directo al mar. Desde esta atalaya tengo buenas vistas y pese a que el viento sopla con fuerza yo no me despeino.

Una rubia y una morena bailan una danza ancestral. ¡Como están por cierto! El eco devuelve unos kukus lejanos mientras hacen aspavientos sinusoidales. Parecen mellizas, ajenas a lo que está pasando, pues en el cielo suena la música del Simon mientras un platillo no para de dar vueltas. Sólo yo y ahora el percebeiro, reparamos en el objeto metálico que nos sobrevuela. Imagino que ET nos estará mirando.

El percebeiro está anonadado. Sigue la música meneando su navaja de acero como el director de una orquesta. El platillo se escora hacia su posición, y le da las largas dejándolo casi ciego antes de descender. Pero que ven mis ojos, el bicho que sale no tiene los dedos largos con bombillas de puticlub, es una marciana que parece casi humana. Si no fuera porque es verde nadie notaría nada. Se están escrutando, el percebeiro relame sus labios para atraer a la marciana, es su reclamo y espera que funcione. La marciana se acerca, parece que algo entre ellos se está flambeando. Se me saltan las lágrimas, ¡qué bonito coño! Ah no, no es oro todo lo que reluce; lo que sí que brilla es la pistola que la extraterrestre desenfunda. Justo entre las cejas. Resultado, un percebeiro menos.

martes, 29 de noviembre de 2011

Cuestión de corazones

Llueve sin cesar. Un viento gélido corta con su cizalla un mundo ensombrecido como si fuera papel. El barro asume sus pasos, convirtiendo en eternas las huellas que se dejan al marchar. En su cara, las gotas de agua adquieren la salinidad propia del dolor que vomita un lacrimal. Y con paso húmedo, firme y silencioso se aleja sin mirar atrás.

Desde el exterior parece una casa cualquiera; la chimenea exhala sus bocanadas de humo indicando que en su interior hace calor. Pero hay fuegos que no calientan, ella lo sabe. Y no puede contener unas lágrimas que brotan directamente de un alma en proceso de congelación.

Sobre las huellas de antes se posa el pie de una mujer. Más lágrimas se mezclan con más agua. El barro salta sobre su ropa, parece que diga déjale marchar, pero no lo hará. A lo lejos una sombra distorsionada avanza sin cesar. Ella grita, pero el viento le roba las palabras. Acelera el paso y vuelve a gritar, pero el maldito viento le vuelve a robar. Corre sin dejar de llorar. Y grita, grita tanto que el viento se detiene, que la lluvia se seca y las nubes se van; y a una corta distancia le puede ver girar. Ojos en ojos; y una sonrisa que empieza a aflorar. Ella sigue sus huellas, él las desanda, y en la mitad de la línea que trazaría un compás, se abrazan dos corazones que vuelven a calentar. Y un beso, un inmarcesible beso, será el punto final.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Caro data vermibus

Curiosamente y pese al dolor que se sostiene en mi gesto, agradezco estar ahora lamiendo mis propias heridas. Más allá del sabor férreo de la sangre que brota de ellas, me hipnotiza su aroma. Por debajo del corte comienza a ennegrecerse la zona y me recuerda que pudrirse también es de humanos. Caro; carne. No me reconforta ese sol que desde su atalaya azul trata de evitar el enfriamiento de mi cuerpo. No puedo mover las piernas y la distensión muscular de mis antebrazos los convierte en meros espectadores de mi degradación. Data; dada. La sangre en el estómago sacia mi hambre, pero no recarga los viales que llenaban de vida este contendor cárnico en pleno derrocamiento. Vermibus; gusanos. Y mientras espero a ser devorado siento el último escalofrío que me brinda morir a la intemperie.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El carnicero


Armin Meiwes se comió literalmente a un ingeniero alemán residente en Berlín. Supuestamente el hombre acudió a la cita conociendo las intenciones del cheff, así que se puede decir que el ingeniero no tenía inconveniente en ser devorado. Este preámbulo es la base para decir que hay personas con gustos… digamos extraños. Este es el caso de Rosa Martínez, del blog Van al aire que me ha pedido, muy a mi pesar, que la convierta en comida. Por supuesto ella se refiere a un microrrelato, a ficción tétricoalimentaria, y en eso quedará. Espero que a nadie le entren ganas de comérsela por muy bueno que sea el plato que yo prepare. Y como motivos personales me impiden llevar a un final tan indigno a una persona llamada Rosa, en esta historia hablaré de Mary Ann, aunque todos sabréis de quién se trata.

El carnicero

La calle de los plátanos es angosta y sin salida. Por el día no llama la atención, pero al amparo de la noche se transforma en un lugar extremadamente tenebroso. El silencio que sostiene la oscuridad sólo lo rompe el afónico grito de las herramientas del señor Millet. Este regenta la carnicería que se encuentra al final del callejón y una vez que cierra continúa trabajando. Mary Ann conoce bien los cortes de la vaca; costillar, aguja, falda, morcillo, redondo y demás. Se queda absorta cuando el señor Millet filetea un solomillo o tritura el añojo. En realidad se puede decir que a Mary Ann le gusta el carnicero. A Millet también le gusta Mary Ann, aunque por distintos motivos. Cuando ella entra su local, él mentalmente la marca con su línea de puntos, recreándose en la textura y el sabor de cada una de sus partes. El día que Millet invitó a Mary Ann a la trastienda, ella no pensó en que las intenciones del matarife eran precisamente darle muerte y no sepultura. Millet extrae ahora los lomos, la contra, el pescuezo, la aleta o la babilla con suma delicadeza; como un cirujano, diría Mary Ann. Después los dispondrá tras la vitrina refrigerada del mostrador y marcará los precios. Ni siquiera la probará, porque el señor Millet, aunque parezca increíble, es vegetariano.

martes, 22 de noviembre de 2011

Vol au vent

El señor Wainewright no sueña. Ve anochecer y amanecer cada día apoltronado en su viejo sillón por culpa del insomnio. Hace días que no deshace la cama; ese es el motivo de que en su dormitorio flote aún el olor del almidón. Ahora, a la luz de un quinqué eléctrico, se dedica a escribir. La única forma de soñar es hacerlo despierto, piensa.

La señorita Wildbrand nunca duerme sola, pero siempre sueña. La pesadilla que da forma a su vida muere al menos durante las ocho horas que pasa con los ojos cerrados. En la región anterior del hipotálamo de su encéfalo, se recrea una vida paralela mucho más digna. La única forma de vivir es soñar, piensa.
A Thomas le llamó la atención la chica que estaba sentada en el banco del parque Wells. Era la única que no gritaba ni hacía gestos obscenos para atraer a los clientes; eso le atrajo.

-    Señorita, ¿me concede una hora?

Helena, que no estaba acostumbrada a un trato tan correcto, abrió los ojos y sonriendo se puso en pie.

-    Por supuesto, caballero.

La casa de Wainewright destacaba por el orden, y a Wildbrand no le pasó inadvertido. En el comedor, Thomas le invitó a sentarse.

-    ¿Puedo invitarle a cenar?

La respuesta fue un sí ilusionado, pues ya nadie se prestaba a seducirla como a una mujer sino como a una prostituta. El señor Wainewright colocó con delicadeza la mesa, situando en el centro de la misma una fuente repleta de volovanes. Agradecida, Helena comió ante la atenta mirada de su anfitrión, el cual se deleitaba con cada bocado de aquella delicada mujer. Entre vómitos y estertores a Helena se le fueron cerrando los ojos, visitando por última vez ese sueño que le daba la vida. Thomas guardó la estricnina junto al resto de especias y se tumbó en la cama. Esa noche durmió; esa noche soñó con Helena.

martes, 15 de noviembre de 2011

Carne de cañón

No hace frío. Un sol más grande de lo habitual se alza como un dios en un cielo completamente raso. La sombra de algunas aves se proyecta sobre la tierra, manchándola con su oscuridad. Ondean las hojas de los árboles como banderas que esperan que les juren lealtad, pero nadie se levanta. La hierba, empapada en sudor, cambia el rocío por gotas de sangre que brotan de los incontinentes cuerpos. Y reina el silencio; digno guardián de un improvisado cementerio en el que las vainas metálicas de las bombas hacen la función de lápidas sin nombres. Huele a carne.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Se le hizo añicos el alma (minicuento)

Ya no hay castillos en la isla de Tul, tras la caída del imperio, asesinaron al rey y a la reina y demolieron sus hogares. El pequeño aprendiz de ser humano, que ya no creía en princesas, volvió a creer cuando la vio. Sentada junto a las ruinas del castillo, la princesa contaba las estrellas en una noche rasa. - Contar todas las estrellas lleva un tiempo - pensó el aprendiz sin querer interrumpirla. Pero la princesa paró de repente de contar estrellas, ante la que más brillaba en el firmamento. - Esta es mi oportunidad - pensó el proyecto de humano. Se acercó a ella, que obnubilada aún por el candor de aquél astro, le dedicó su mejor mirada. La princesa y el casi humano se dedicaron sus mejores palabras, y el aprendiz volvió a casa con el corazón palpitando, pensando que Tul volvía a ser de colores. Pasaron los días y las noches contemplando las estrellas, hasta que un día amaneció nublado, unas nubes grises, casi negras, cubrieron el cielo. La noche fue igual que el día, y entonces, ante la imposibilidad de contemplar las estrellas, se miraron a la cara. En realidad, el aprendiz nunca había mirado a las estrellas, siempre, siempre le miraba a ella, a su princesa. Y entonces, cuando sus miradas se cruzaron, ella bajó la cabeza. El aprendiz se quedó helado, pues de la princesa se había enamorado. Entonces le preguntó, - ¿por qué bajas la cabeza? - A lo que la princesa le respondió, - porque otras estrellas iluminan mi sendero. Y desde entonces el aprendiz está petrificado junto a las ruinas del castillo. Dejó entonces de ser humano, para convertirse en piedra. Y a sus pies, junto a sus lágrimas, su alma hecha pedazos.

martes, 8 de noviembre de 2011

Segunda divagación

¿Es sangre o pintura? Me pregunto al ver los restos del fusilamiento de mi corazón contra el paredón de mis sueños. El sabor óxido que embriaga mi paladar no deja lugar a dudas; la anemia ferropénica que me lapida son los clavos de Cristo en mi alma condenada.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Primera divagación

¿Son molinos o son gigantes? Me pregunto a un paso de ser aplastado por una enorme bota. Me aparto del camino marcado por si la parte de mi cerebro que debe distinguir entre la realidad y la fantasía me juega otra mala pasada; prefiero saltar y que me llamen loco antes que convertirme en una masa informe de huesos y carne bajo la suela de un zapato.

viernes, 28 de octubre de 2011

Grietas

La rugosidad del ladrillo en su espalda mojada le sacó del aturdimiento. Sus ojos le devolvían la imagen temblorosa de un mundo al borde del caos. Los proyectiles, levantando esquirlas como dentelladas sobre las paredes de barro, ocultaban los latidos de un corazón a punto de desbocarse. Había corrido demasiado ya, pero tenía que salir de ese fuego unidireccional que pretendía truncar sus sueños como un dios enajenado y colérico. A un par de calles la resistencia se atrincheraba con los dientes apretados; la última oportunidad, pensó. Tomó aire y volvió a correr, pero alguien se ocupó de que ese preciso momento fuera el peor para hacerlo, y escupió una bala incandescente que se perdió entre su pelo. Un remolino en el orificio de entrada se tiñó de rojo y la pólvora quemada bostezó una bocanada de humo desde su interior antes de que el cuerpo perdiese el interés por mantenerse de pie.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Cercenado

Pues claro que me canso de ser; lo hago a diario. Mientras, esnifo el sufrimiento que atesta los rincones más polvorientos de mi cerebro. Y me contraigo cada vez que el camión de basura me confunde con el vertedero. Cuando me sacudo la mierda miro al cielo, plagado de nubes que simulan dedos corazones a los que les devuelvo el saludo; a veces me escupen. Hace tiempo que dejé de pensar que la lluvia eran lágrimas de ángeles, y si lo son deben ser negros. Si me ofendes te ofendo, si me increpas te increpo, pero si me matas, cariño, me muero. Y resucitar es la peor de las suertes que corro, pues mellado no es igual el siguiente bocado. Así que me quedaré aquí tirado, en este empedrado negro, cementerio de los sueños en los que volaba sin necesidad de alas, y sólo me levantaré cuando el viento borre las huellas que ya he dejado.

jueves, 20 de octubre de 2011

A buenos ojos

Infinitos insectos giran alrededor de ese sol halógeno y frío. La luminiscencia hipnotiza sus mentes como un dios de madera. Siempre habrá ovejas negras, piensa mientras arrastra por el enmoquetado suelo un cuerpo reducido a escombros. Las primeras moscas revolotean ya junto a la sangre coagulada; escupen su ácido violentamente contra las manchas de la pared y tratan de extraer con sus lenguas tubulares las proteínas que las sustentan. Es capaz de sentir la frustración tras sus hexagonales ojos, al darse cuenta de que son sólo carroñeros que viven a ras de suelo, y agitan sus alas con vehemencia movidas por el anhelo de tener un corazón y un paladar más humanos. Detenerse en los detalles le ha permitido ser consciente de que la muerte no siempre acarrea el perdurable olor de la atarjea, sino que en casos excepcionales es un olor mucho más agradable el que se inhala en las improvisadas escenas. Tal vez sea azahar, pero tiene dudas. El sonido de la sierra mecánica tala sus divagaciones de raíz y entonces es tan sólo un profesional cumpliendo con su oficio. Y todo queda reducido a unas pequeñas manchas, unas moscas y una bolsa de basura negra repleta de carne en el que titila un alma más.

martes, 18 de octubre de 2011

Abogado (microhistoria compartida propuesta por Puck)

A mi personalmente me importan más bien poco los casos que defiendo. Es más, ni siquiera me sale rentable por la miseria que cobro, y es que esto de ser abogado de oficio es como ser prostituta en el Punto Rojo, ven pasar a los clientes pero no se quedan ni con los nombres. Yo sin embargo jamás me olvidaré de Ninette, y no por su voluptuosidad, ni por sus ojos celestes, ni por esos labios rusos que no se acuerdan del frío, la recordaré porque en una hora y media de sudor me demostró que era la persona que más me había querido nunca. Es triste que sea así, pero lo es, y de ahí que lo que le pase a este borracho cornudo me importa más bien poco; prefiero pensar en Ninette. Pero el trabajo es el trabajo...

- Entonces, si usted se declara culpable del atropello ¿Qué hacemos aquí?



El resto de la historia aquí:

El rincón de Nicolás Jarque
Aprendiz de Palabras
Historias de nadie
Los jardines de Puck

jueves, 13 de octubre de 2011

Instintos

Oscilante, la llama recapacita sobre que rincón iluminar de esta oscura habitación. Mientras, laten dos corazones al unísono formando un único torso. La brisa nocturna se filtra por una rendija imperceptible de la roñosa ventana, y el aluminio se torna frío cuando el sol abandona un día cualquiera de octubre, como si fuera hoy, o ayer, o tal vez mañana, pues el tiempo es sólo tiempo, nada más, es esperar a que las aguas se salgan del cauce para volver a él más sosegadas, lamiendo las aceras de nuestra cordura ilimitada. Piel, piel que cubre carne, que roza otra piel que cubre otra carne; terminaciones nerviosas que forman caminos no visibles entre tu alma y la mía. Besaré el musgo de tus amaneceres en mis anocheceres, y recorreré tus senderos como un zapador preparando el terreno aunque ese mismo barro en el que cava la zanja al final beba su sangre. Y el satén de tu mirada y el olor de tus sonrisas será la religión por la que nunca discuta. Quien dijo que volverían las oscuras golondrinas era un visionario, y entre plumas negras y arcillosos nidos puedo asegurar por fin, que estamos mucho más que vivos.

lunes, 3 de octubre de 2011

Tangente

Traga saliva. Tras el volante se disipa la baja temperatura que vomita la noche. El silencio da paso a una canción casi acabada en la que las sotanas son manchas de sangre en su corazón. El miedo que unos sufrieron sirve ahora para mantener un espíritu torturado por miserias ya enterradas. Sube el volumen y arranca. Las farolas crean un ambiente de luces y sombras que distraen sus pensamientos y de las estradas salen dragones de alas anchas que se olvidaron de escupir fuego cuando murieron las princesas. En una mente así no caben cuentos de hadas ni finales felices y la música le ayuda a imbuirse aún más en la negrura. Más deprisa. La ría refleja con precisión húmeda la parte tangible del mundo. Paralelismos, piensa, absurdos paralelismos. Rectas, curvas, semáforos que guiñan ojos naranjas dando paso con precaución. Más rectas, más curvas, más deprisa y de repente la tangente; esa maldita línea recta trazada en mitad de una curva que se tiñe de rojo.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Incidencia 2341 de un alma en defunción

Se escapa por la comisura de mis labios, por debajo de las uñas y por los poros de mi piel. Es la incidencia dos mil trescientas cuarenta y una de esta alma marchita que porto. Y no hay luz que me alumbre ni brújula que me guie, porque estar acabado consiste en eso, en morir como un insecto aplastado contra la pared. Solsticios de invierno y de verano que tan solo consiguen alterar más una cordura ya de por sí desvencijada que se preocupa más de molestarme que de cualquier otra cosa. Dios, ¿estás? ¿Por qué no sujetas las lágrimas que se me caen? ¿Por qué no me concedes un tiro de gracia? Me duele todo. Y tú sin embargo, princesa, me sigues soplando, mitigando el calor de estás brasas que vomita mi corazón. Es demasiado tarde para solventar esta incidencia; la dos mil trescientos cuarenta y uno será la última que tenga.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sanaciones

El sol se presenta como una masa pulsátil e incandescente que aparta la madrugada con su mazazo de luz. Huele a pescado; y esas nubes densas vomitan su polución sobre un mar verdeazulado. A veces se necesita sangrar para darse cuenta de que se tienen heridas. Ahora pasea sus temblorosas manos por sus canas y le besa con unos labios marchitados por el tiempo. Las historias de amor no se cuentan nunca con una sonrisa, sino entre lágrimas, por eso ella deposita sus penas sobre su cuerpo yermo en el último día juntos. Cuando él despierte, ella estará muy lejos de allí, rompiendo sus miedos contra el acantilado y purificando sus traiciones.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Por ti

No respira. La tensión inicial ha dado paso a un rostro relajado que solo desentona por esas gotas de sudor frío que se disponen en cada uno de los poros de su frente. El pelo se retuerce sobre sus mejillas, reptando por su cara como cientos de gusanos; gusanos negros. Y mientras tanto, su cuerpo descansa distendido, desacoplándose del colchón de látex con cada grado de temperatura que pierde. Aún está templada; aún es capaz de calentar este corazón que llevo en las manos y con el que la besé hasta dejarle sin respiración.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Polonia

Permanece impertérrito tras su escritorio mientras sacude un cigarro contra el cenicero de plata. El emblema de las SS acoge con orgullo las cenizas del Davidoff; el sabor de las montañas suizas sale incinerado por la comisura de sus labios. Es difícil explicar como se siente Rudolf Veiel en este momento, pero por el brillo de sus ojos culaquiera diría que bien. Seguramente estará orgulloso de liderar la Segunda División Panzer, inmersa ya en la invasión contra Polonia bajo la atenta mirada del Décimo Cuarto Ejército. Pero él no manchará sus botas, otros lo harán por él.

La industria maderera de Lubomir ha sido reducida a astillas. Mientras cae de rodillas frente al decapitado cuerpo de su hijo, mira alrededor en busca de su cabeza; sabe que ya no sirve de nada, pero se niega a quedarse tan solo con esa macabra imagen. Allí está, aparentemente en buen estado, el proyectil ha debido sesgarla del tronco sin causar mayores daños. Desde dónde está, tan solo ve la parte de atrás, en la que el pelo se arremolina aún con vida. Casi a rastras llega junto a ella, la gira; y ahora deseraría no haberla encontrado nunca.

Hermann barre la zona en la que aún crepitan los escombros. La Balkenkreuz que lleva sobre el corazón estiliza su figura. Con sus diecisiete años está hecho todo un hombre, por eso cuando apoya el fusil contra su hombro derecho esto se traduce en un problema menos. La imagen es cuanto menos extraña, un hombre de unos cincuenta años sujetando una cabeza sin cara, y a unos metros el cuerpo del joven Frank. No ha venido aquí a pensar, sino a conseguir anexionar Polonia al imperio Nazi, así que saluda. "Heil..." y dispara. Un problema menos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cansado del ataúd

El día que mis venas se coagularon definitivamente lo comprendí. No es necesario que lata un corazón para poder amar; lo hago por imperativo romántico pese a estar continuamente desanimado. Y esta maldita digestión que tiñe mis intersticios de un rojo metalizado es la única droga que aleja mi vida del apartadero de la mortalidad. Pensaba que era una buena jugada hacer esperar al infierno, pero esto no puede ser peor que el fuego. Y mientras apilo los últimos cuerpos que me sirvieron de alimento, me descompongo víctima de la desnutrición a la que voluntariamente me someto; y aunque ansíe la decapitación, moriré por inanición.

martes, 6 de septiembre de 2011

Sin salida

¿Te acuerdas de mí? El que maldecía las horas e incluso los minutos. A tu lado, en ese lugar tan concreto les decía “Dadme más, dadme más”. Pero el tiempo, que perece, que subyuga ante el espacio como una sonrisa en el anfiteatro de tus penas, me ponía trabas, me insultaba, durando ni más ni menos que lo que tenía que durar. Y ahora ya no soy nada; un recuerdo, ni siquiera un recuerdo. Muerte bastarda, déjame en paz, ronda a tu puta madre. Con tu casaca hago pañuelos, pañuelos negros, negros, como un abismo imperecedero y letal. Pero si sale mal, si no encuentro la salida de este laberinto de tierra que me contiene y me descompongo como un susurro en el viento… ¿pensarás en mí?

lunes, 5 de septiembre de 2011

Ocres mares

Los restos de las tempestades no siempre forman regueros de sangre. En esta ocasión sí; desde las impolutas telas algodonadas, hasta la ensangrentada blusa, hay un camino a base de gotas rojas que demuestra que en los amarillentos campos de trigo también se esconden tiburones.

microrrelato presentado en la primera ronda del III Concurso de microjustas literarias
tema: Malotes - Tiburón

miércoles, 31 de agosto de 2011

Bioestúpidafilia

Edward Osborne Wilson habló de la ética de la conservación y evocó nuestra responsabilidad hacia la naturaleza. Su libro Biophilia acuñó este término bajo la definición de esa atracción innata que sentimos por el medio que nos rodea. Él es sin duda uno de los biólogos más influyentes de nuestro tiempo, pero precisamente esta obra es la forma más incorrecta, bajo mi negativo punto de vista, de tratar el amor por la vida, porque hablando de sobrevivir nos olvidamos de vivir.

- Buenos días, señor. –dijo aquél joven asaltándolo en plena calle.
- Buenos días.
- Es usted Richard von Krafft-Ebing, ¿verdad?
- Sí, lo soy.
- ¿Puede firmarme usted este ejemplar? – y le tendió un lustroso Psychopathia Sexualis.
- Claro muchacho, dime ¿qué te motivó a leerlo?
- Quiero mejorar mi forma de ser.

Richard meditó sobre lo qué había dicho ese chico de camino a su casa. La interpretación era la clave, supuso entonces que el chico no quería cometer aquellas atrocidades de las que hablaba en su libro. Días más tarde, la profanación de unas tumbas en un cementerio cercano indicaron claros signos de necrofilia en su aspecto más drástico y Richard volvió a pensar en aquél joven de mirada inquieta. Evidentemente le detuvieron y cuando lo hicieron un agente le preguntó que qué fue lo que le llevó a cometer un acto tan deplorable.

- Algunos sienten un estúpido amor por la vida, yo lo siento por la muerte y su naturaleza.

Así que Edward no inventó un término nuevo, únicamente lo purificó eliminado la estupidez del apego a la vida.

lunes, 29 de agosto de 2011

Defecto de fábrica

La impermeabilidad, por lo visto, no tiene garantías. No pensaba que la capacidad del material para contener los fluidos no incluyera la comisura de sus aristas. Debería haber leído primero la letra pequeña, en lugar de dejarme llevar por la euforia.

Un hexaedro regular cuyo volumen es exactamente de uno con cinco metros cúbicos era más que suficiente para albergarlo. Sus seis caras se unían por medio de un ángulo recto con otras cuatro, quedando cada una ligada a todas menos a su paralela; eso precisamente es lo que convertía ese espacio vacío en el contenedor idóneo. La pegatina “frágil” en uno de sus costados no impidió sin embargo una brusca manipulación que acabó en desastre.

Si hubiera sabido que ella nunca iba a recibirlo porque la fuga plasmática alertaría a los coléricos funcionarios de Correos, jamás me habría extirpado el corazón.

viernes, 26 de agosto de 2011

Pretextos

Las doctrinas heréticas de Jan Hus fueron mi libro de cabecera durante muchos años. Fue a principios del siglo XXI cuando me autoproclamé discípulo de los ya extintos taboristas, la rama dura de los husitas. Lo único que me llevó a unirme a ellos y no a los ultraquistas, fue que el carácter moderado de estos últimos no excusaría mi comportamiento. Me persigno mientras expugno contra mi hábito la sangre del hereje de la hoja de mi cuchillo. Actúo con total impunidad, pues mi deber como taborista es aniquilar a todo aquél que no pertenezca a dicha corriente de pensamiento; y puesto que soy el único miembro de esta comunidad, puedo matar a cualquiera.

martes, 23 de agosto de 2011

Metal

El declive de los Altos Hornos de Vizcaya convirtió en monumento histórico la mayor fundición siderometalúrgica de nuestros tiempos; gracias a lo cual tengo un sitio en el que descansar. El Horno número uno, conocido como Maria Angeles, es ahora mi hogar. Adoro su olor, su metálica estructura en proceso de oxidación que me recuerda que mi mohoso corazón hace tiempo que no late; el mismo tiempo que llevas luciendo para mí ese vestido que lame tu piel como una impúdica lengua. Es el eco de mi voz el violento castigo que prostituye ahora los conductos de ventilación por los que arrastraste mi ultrajado cuerpo, y el maldito traspiés que te llevó a precipitar tus huesos sobre los míos junto al arrabio en esa nave de colada. Nos pediremos perdón eternamente, como los fantasmagóricos personajes de aquél Still Loving You.



* Los Altos Hornos de Vizcaya cerraron en 1996, sólo queda el Horno número uno, conocido como Maria Angeles por Maria Angeles Velasco y que es un vestigio de lo que fueron, y que ahora es tan solo un monumento del patrimonio histórico de Bizkaia.

lunes, 22 de agosto de 2011

Lo prosaico de un suicidio

I
La noche dilata mis pupilas, las invade con su impenetrable oscuridad. En ellas se refleja el abismo cristalino al que me precipito. No tener nada que perder sacrifica el espacio en pos del tiempo; y son sólo unos segundos los que tarda esa húmeda boca en convertirse en mi ansiado féretro.


II
La vida no cede, y pugna por la supervivencia del sujeto consiguiendo que el final sea una experiencia extremadamente traumática y no poética.

III
Básicamente los pulmones intentan en vano sintetizar el oxígeno del agua que inunda los alvéolos y que la desplazan rápidamente al torrente vascular, causando así un aumento en el volumen que circula por los vasos sanguíneos. Dicho engrosamiento es incompatible con la vida y origina la congestión cardiovascular y el éxtasis del ventrículo derecho, pero por si eso no fuera suficiente, los alvéolos que no consiguen evacuar el agua hacia dicho torrente, acaban rompiéndose literalmente depositando líquidos y proteínas en la pleura y causando los antagónicos estertores antes de perder la conciencia. Básicamente, dije.

IV
La poesía inicial de la muerte por inmersión intencionada en agua dulce, se convierte de esta manera en una trágica prosa que corta, de manera increíblemente dolorosa, la respiración.

domingo, 21 de agosto de 2011

Ayer son cenizas

Un jirón de tu vestido de raso ondea a media asta en mi funeral. El luto satinado de tus ojos ya no me invita a nada, ni siquiera a odiarte. Y es el cristal ahumado el alambre de espinos que nos separa, la frontera infranqueable para la cual no hay peaje que valga. El poder de combustión hará el resto.

viernes, 19 de agosto de 2011

Clave de Sol

La Tierra, tal y como la conocíamos, ya no existe. Ahora tan solo es una masa pulsátil y congelada que recorre un sistema solar carente de sol. Sus movimientos elípticos son ahora en espiral y se dirigen directamente al lugar que ocupaba esa maldita estrella. Digo que ocupaba porque ya no está; y no es que explotara o se marchara, sino que simplemente desapareció. Recuerdo el día que lo hizo. Eran las cuatro de la tarde de un veinticuatro de agosto cuando todo se apagó. No fue algo paulatino ni esperado, sino que de un momento a otro todo se sumió en la más angustiosa oscuridad. Negro. Recuerdo los gritos alargándose a tientas en el tiempo, y recuerdo mi tranquilidad; mi absoluta tranquilidad. Después vino lo inevitable, el silencio. Muerto, un planeta muerto que se dirige irremediablemente al centro de ese sistema que ya no llamaré solar, aunque cuando llegue al punto central me temo que arderá.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Verticalizando el horizonte

Precisamente por el ángulo recto que formaba con la vertical el horizonte, se llamaba horizontal a dicha línea. Ahora que el horizonte cae cinco grados de la perpendicular de la plomada, nadie quiere cambiar el nombre de esa línea, produciéndose un error conceptual que si bien ahora se entiende, en el futuro creará una disyuntiva al comparar ambos conceptos. Pero a la gente le dará igual, aun cuando caiga ochenta y cinco grados más y se equipare el horizonte a la vertical y tengamos que vivir de lado.

martes, 16 de agosto de 2011

Creo

La espesura de su canosa barba formaba una pareja dispar con su enjuto rostro. Los años baldíos le habían torturado hasta lograr consolidar la amargura de la que siempre fue presa. Una cruz de deslucida plata colgaba de su cuello, oculta siempre por un amarillento alzacuello; la limpieza post mortem la dejó a la vista. Aparecieron también los mensajes que, grabados en su pecho, confesaban que por más que lo había intentado nunca había logrado creer en Dios. Mi experiencia como tanatólogo forense me impide, como a él, creer en la vida después de la muerte, pero ser testigo de la cicatrización espontánea de aquellas laceraciones me produjo un terrible desasosiego. Estaba preparado para morir, no para vivir de nuevo.

domingo, 14 de agosto de 2011

El jardín de la parte de atrás

En el nivel freático de mis sueños he visto un jardín. Por su aspecto he supuesto que era el jardín trasero de una casa unifamiliar. Una celosía de acero galvanizado en el que trepaba un tupido manto de madreselvas lo ocultaba de la vista de los curiosos, pero una enredadera a punto de la defunción permitía ser testigo de lo asombroso. Del suelo emergían una decena de manos retorcidas clamando por una oportunidad. Fue entonces cuando desperté empapado en un sudor frío y con la imagen tan clara que parecía más un recuerdo que un sueño.

Hoy he visto ese jardín y me he asomado por el hueco que se abría entre las trepadoras del enrejado. En el interior, una adorable anciana regaba una zona en la que los crisantemos crecían de forma desmesurada en un color hueso inusual, justo en el lugar en el que mis sueños mostraron las manos.

Inventé una historia para no pasar por loco cuando acudí a la policía. Hablé de ser testigo del enterramiento de un cuerpo bajo aquellas flores, y pese a la incredulidad del funcionario, pronto fui informado del registro de aquella casa. El día que me comunicaron que habían encontrado doce cuerpos bajo esas flores también me comunicaron que los indicios y las pruebas concluían que yo los había matado. Justo en el momento de mi detención recordé que aquella había sido mi casa hace no muchos años y olvidé, de repente, por qué me había delatado.

La despedida

Otra carretera cortada. Otro cartel de prohibido el paso anclado a unas barricadas de metal imposibles de sortear. Conduzco en silencio y lentamente, mientras observo el rostro desencajado de mi mujer y, ajeno al mal que nos acecha, de mi hijo. Las últimas noticias hablaban de normalidad en el sur y hacia allí es a dónde vamos, aunque tengamos que hacerlo por caminos prácticamente intransitables.

- ¿Qué es eso? – pregunta sobresaltada mi esposa.
- Tápale los ojos, no hay otro camino.
- ¡Dios!

Y tapa sus ojos mientras se suceden, a ambos lados de la vía, una multitud de cadáveres. Avanzamos lentamente, como si se tratara de un sepelio colectivo y no quisiéramos molestar. Las invariables muecas de sus caras reflejan el miedo; lo peor son los que mantienen sus ojos abiertos, haciendo sus expresiones mucho más angustiosas. Las nubes, diseminadas por un cielo decolorado, filtran la luz de un sol sin fuerza de mediados de noviembre, dibujando unas ingratas sombras que oscurecen aún más el día.

Más allá todo es gris. El paisaje devastado por las llamas lo tiñe todo de un insufrible gris y mi hijo hace preguntas que ni su madre ni yo queremos contestar, aunque conozcamos las respuestas.

- ¿Falta mucho? – pregunta.

Y es una pregunta tan típica que me saca la primera sonrisa de los últimos días.

- Sí cariño, aún queda bastante. Duerme un poco. – dice mi mujer con su armoniosa voz.

Mientras, yo, me limito a mantener la sonrisa en mi cara y trato de entender lo que pasa. Hace días que no vemos aviones militares surcando el cielo. Hace días que el silencio es el denominador común de cada hora que pasa. Y entretanto seguimos avanzando como podemos hacia el ansiado sur. Es fácil repostar en las gasolineras vacías. Prometo pagar mis deudas cuando todo esto termine. Lo prometo. Y sigo intentando encontrar alguna emisora que nos diga que no estamos solos, pero es una tarea infructuosa. Parece que sólo quedamos nosotros tres en este mundo.

Hemos recorrido casi dos mil kilómetros y por fin vemos los primeros indicios de vida, aunque no es lo que esperábamos. Aquí también el gris lo abarca todo, pero nos reconforta ver otros coches y algunas personas corriendo. De momento no vemos cuerpos sin vida en las aceras, aunque se mastica una tensión tan extraña como la del norte.

Antes de que nos hagamos ilusiones, una sombra enorme se posa sobre nuestras cabezas, apagando casi por completo este marchito atardecer. Recuerdo esas últimas noticias que hablaban de la oscuridad y la consiguiente luminiscencia; esa que empieza ahora. La intensidad lumínica crece, así como la temperatura y mi mujer y yo abrazamos a nuestro hijo con toda la fuerza que nos queda.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Te mataré

Hace tiempo que el fuego cruzado se limita a unas esporádicas bombas a un lado u otro de una línea imaginaria que no sale ni en los mapas. No hay dinero ni para balas, y estos tristes artefactos son los vestigios oxidados de guerras ya acabadas.

Desde la ventana del barracón vemos como acompañan al Coronel hacia un coche del Sanatorio militar Kreus; los cromados brillan con fuerza sobre el verde oscuro que camufla el emblema blanco del hospital mental. Hace meses que nadie duda de su locura, así que no hay tensión que masticar ni preguntas en el aire, y nos limitamos a ver como lo engulle la puerta trasera del automóvil, que se aleja levantando una inmensa nube de polvo ocre. La nube me hace recordar los bombardeos de la calle LeatherGreen y aquella tropa de niños abatidos como verdaderos soldados. Aún siento arcadas al recordar los cánticos victoriosos de algunos “de los míos”, mientras otros como yo nos llevábamos las manos a la cabeza y tratábamos de rescatar a algún pequeño que aún se retorcía en la ardiente arena de la deshidratada tierra.

- Coronel, buen trabajo. – le dije aquél día con ironía reprimiendo el dolor.
- Gracias hijo, estos malnacidos tienen que aprender lo que es una guerra. – me contestó sonriendo.

 ¿Cómo podía hablar así ese cabrón? Cuando me dio la espalda desenfundé mi pistola y le apunté a la nuca. El Dedo llegó a la mitad del recorrido del gatillo, pero me contuve al pensar en que eso habría significado el final de mi vida en libertad y habría acarreado muchos otros finales. Ahora me arrepiento y desearía poder volver atrás en el tiempo para haberle puesto punto final a su retrógrada ideología. Lo único que he conseguido es su alejamiento del frente y el internamiento en un hospital psiquiátrico que no solucionará nada, por no hablar de las miradas amenazantes de los que luchan bajo la misma bandera que la mía. Él volverá en la próxima guerra, que la habrá, y yo volveré a odiarme por no haberle matado antes.

sábado, 6 de agosto de 2011

Aimar

Bueno gente, ya hay otra personita entre los nuestros!!! Mi pequeño nació el jueves y está perfecto, aunque no nos ha dejado dormir ni a su madre ni a mí, jeje. Pero más felices que ni sé. Estaré un poco ausente un tiempo, pero volveré!!
Un abrazo fuerte para todos!!

lunes, 1 de agosto de 2011

El dolor del verdugo

Miro por última vez a un cielo que ya no me asusta con sus amenazas de lluvia. Recibo el primer impacto de una gota que se deshidrata sobre mi estuosa piel, aunque las siguientes se amontonan rápidamente empapando mi enjuto rostro. Inhalo el último anochecer del que seré testigo y agacho la cabeza al sentirme vencido. Descubro en tu mano la enraizada soga que asirás a mi cuello, la que quebrará el final de mis días cuando mis pies ya no toquen el suelo. Lo peor de la horca es no poder exhalar el aire y morir con los pulmones llenos, por eso espiro hasta que todo sinónimo de vida me abandona. Y mientras me balanceo en el infructuoso aire y me agoto, soy consciente de que tus ojos albergan el dolor del que aplica el castigo; entonces me doy cuenta de que cuando mi sufrimiento termina, el tuyo continúa.

domingo, 31 de julio de 2011

Desde una ventana

Hace años que no duermo. Coincide con los años que llevas en ese maldito turno de noche. Las heridas ajenas muchas veces las sientes como propias; lo sé por tu derrotada forma de caminar en esas incomprensibles madrugadas que han acabado con los sueños de algún desdichado. A esas horas, tus tacones golpean violentamente las aceras haciendo estremecerse a las calles y a los que en ellas moran. Yo doy una calada más y vierto la ceniza sobre el aire estanco del verano que la precipita sobre el iluminado adoquinado a tan solo unos pocos metros de tu marcial paso. Entonces miras, y desde aquí arriba te suelto un perdón desubicado pero que aceptas esbozando algo parecido a una sonrisa. Y ya son ochocientas las noches que te he amado a través de este vertical y acerado filtro.

viernes, 29 de julio de 2011

Contra las cuerdas

Expulsa una densa bocanada de humo antes de continuar. El seco sabor del tabaco negro le hace salivar con cada calada.

- Y como le estaba diciendo, las marcas de las paredes y del suelo son signos evidentes de que se produjo una fuerte pelea.
- Le he dicho que sí, que nos peleamos.
- No, no me entiende. Aquí se produjo una pelea, pero usted no estuvo involucrada.
- ¿Cómo que no?
- Verá, usted no tiene ni un solo rasguño, y no creo que con sus… ¿cincuenta kilos quizá?... ocasionara tales heridas a un tipo que rondaba los ciento veinte.

Se sube un poco la blusa y muestra su amoratado abdomen.

- ¿No le parecen estos “signos evidentes”? – dice con ironía.
- El tono amarillento indica que ese golpe se ha producido hace varios días – aclara con tranquilidad el inspector –. De lo que estoy seguro es de que usted sabe quién lo ha matado.
- Era un cabrón, ¿entiende?

Las horas, bajo una luz fluorescente y en malas compañías transcurren extremadamente despacio. Si a esto le sumas la nube de humo que acompaña al interrogatorio, consigues que la concurrencia entre el espacio y el tiempo sean un detalle de muy mal gusto. Horas atrás, la cabeza almohadillada del contable se había golpeado contra la vetusta y roma punta del escritorio. El cráneo está preparado para proteger el delicado bulbo de los desafortunados accidentes, pero el azar quiso esta vez que se produjera la improbable y desastrosa unión, o más bien intromisión de la esquina en el bulbo. Pensar que una mujer tan enclenque hubiera acabado con su gordísimo oponente era algo que carecía de lógica.

- ¿Fuma?
- No, gracias. Lo dejé hace muchos años.
- Yo he tratado de dejarlo muchas veces también, pero carezco de la fuerza de voluntad necesaria para convertir los esporádicos alejamientos en una despedida definitiva.
- Es difícil, pero es posible, se lo aseguro.

Y por primera vez ella se siente menos presionada, en mitad de una conversación más personal.

- Mi esposa también fuma, supongo que eso me dificulta aún más el abandono del vicio. ¿Su marido fumaba?
- No, él nunca ha fumado.
- Entonces, ¿tuvieron visita ayer?
- No, ¿a qué viene eso?
- Es sólo un detalle. Sobre la mesa camilla había un cenicero con dos colillas, y si ni usted ni su marido fuman, deben ser de una tercera persona. Las pruebas de ADN y huellas nos dirán de quién se trata, aunque sería mucho más rápido si usted nos lo contara. Así no pagaría por encubrimiento y sólo el asesino pagaría por el homicidio.

Sé bien cuando una persona se hunde y aquella señora se hundía. En su mirada se podía ver la búsqueda de la estrategia apropiada para salir de esta encrucijada. Los ojos girando en el sentido opuesto a las agujas del reloj indican que dicha estrategia no contempla contar la verdad y el inspector decide cortar los pensamientos en una magistral jugada.

- ¿Le quería?
- Por supuesto.
- No lo dudo, pero… quiere a alguien más, ¿verdad?
- ¿Qué insinúa?
- No insinúo nada, afirmo que trata de defender a una tercera persona y nadie trata de defender a alguien a quién no quiere. Tras muchos años he aprendido que hay gente capaz de vender a su madre para librarse de la cárcel. Usted es distinta.

El inspector sabe que se va a derrumbar de un momento a otro, que la tiene contra las cuerdas. Y eso es lo que pasa. Ella comienza a llorar y a repetir que fue un accidente.

- No quería hacerlo… no quería matarle. – sus ininteligibles palabras las descifran los años de experiencia.
- Pero lo hizo – dice paternalmente –. La accidentalidad será un atenuante, pero tenemos que acabar con esto.
- Él no quería hacerlo. Lo siento. Yo le dije que se fuera…
- ¿A quién? ¿a su amante?

Ahora es él el que traga saliva mientras analiza el terrible error que acaba de cometer. Una gota de sudor frío acaricia su sien como el cañón del descuido. Las preguntas afirmativas, lo sabe, desencadenan en caso de no ser acertadas, la búsqueda de nuevas estrategias en los cerebros ajados de los sujetos interrogados. Tenía la declaración casi sentenciada, y como si se tratara de su primer caso, el ansia escupe por su boca la pregunta equivocada. Mientras su cerebro divaga por los confines de las clases teóricas de criminología, su parte inconsciente le dice que ya sólo falta aclarar el porqué, aunque eso, sea secundario. Y aún retumba en sus canales auditivos la respuesta confusa pero esclarecedora.

- A mi hijo.

jueves, 28 de julio de 2011

Cajas

La incipiente levedad de mi ser se hace más evidente a medida que abandono el envoltorio carnoso que me contiene. Mi muerte no tiene nada que ver con la de Amy Jade Winehouse. Yo no sufría dependencia patológica de ninguna sustancia estimulante, deprimente, narcótica o alucinógena, pero deseo que de mí también se cuestionen las causas de mi muerte pese a la evidencia. No es suficiente hablar de velocidad cuando mi cabeza reposa en un arcén a cincuenta y siete metros exactamente de las raíces nerviosas de mi plexo braquial. Y ahora todo se reduce a un par de cajas. La que le entregarán a mi madre, y la que quemarán.

martes, 26 de julio de 2011

Razonar dos muertes


A pesar de que la lanza que me precipita al último sueño acaricie mis entrañas sin ninguna delicadeza, sigo siendo un caballero. Me enseñaron a tragarme el dolor y a morir con dignidad, y eso hago. Ahogo los alaridos mientras tenso los músculos del abdomen en un intento vano de minimizar el sufrimiento. Pese a estar en agosto, el sol es incapaz de calentar mi cuerpo y siento como lo enfría la maldita muerte con su gélido aliento. Con la única ayuda de una mirada, solicito a mi amada que se acerque hasta mí. Inhalo el polvo seco de la árida tierra antes de levantar mi pesada espada y atravesar con ella su pecho. Precisamente porque sigo siendo un caballero no puedo morir solo.

domingo, 24 de julio de 2011

Añil


Acciona el botón de su polaroid mientras enfoca el bello rostro de su esposa. Tras los segundos necesarios, la imagen comienza a aparecer, pero ahí no hay rastro de su mujer. En su defecto, una foto horrible imbuída en un filtro azul turquesa le muestra unas flores secas y una escoba. Despresuriza el oxígeno que le invade el estómago y sube la cabeza. Frente a él la misma escoba y las mismas flores impregnadas de ese maldito color azul. Cuando se gira puede ver la piedra en forma de cruz y la inscripción. Su nombre atenazado entre dos fechas le recuerdan que la muerte le visitó un veinticuatro de enero. Esa niebla añil debe ser el tétrico efecto que implica el cielo.

viernes, 22 de julio de 2011

En buenas manos

Cuando me miro las temblorosas manos no puedo comprender de dónde saco la destreza necesaria.

El sol empotra sus últimos rayos contra un mar inusualmente apacible y, cubriéndome los ojos con una mano, espero a que atraviese la impertérrita línea del horizonte. El cielo comienza su transición entre el naranja y el negro, hasta que finalmente se establece con cautela la indómita noche. La brisa nocturna recorre con frialdad mi contorno, y cruzo los brazos como último intento de conservar el calor. Inspiro una última vez, como cada día, y abandono el lugar completamente abatido por mis propios pensamientos.

Tras dormir las ocho horas reglamentarias, extiendo la mano sobre la camilla y musito:

- Bisturí.

jueves, 21 de julio de 2011

Petición

¿Por cuánto me venderías tu cuerpo? Prometo no vejarlo, ni humillarlo, ni siquiera desearlo, tan solo devorarlo.

lunes, 18 de julio de 2011

Stem cell

Nunca más os podré decir a qué huele. Sencillamente porque sufro de anosmia. Esta maldita carencia ha potenciado la violencia congénita que heredé de mi padre. Desconozco, sin embargo, de dónde viene mi interés por la sangre. Tal vez sea su capacidad regeneradora la que me atrae. Las células madre de la médula ósea producen nuevas células continuamente; a groso modo podemos distinguir los eritrocitos, que distribuyen el oxígeno por todo el cuerpo, los leucocitos, que facilitan la respuesta inmunitaria y las plaquetas, que forman un muro de contención ante eventuales pérdidas de sangre.

Inserto la aguja entre las vértebras para llegar a la médula espinal. Dos miligramos de benceno serán suficientes para infectar el conducto y originar una anemia aplásica de imposible curación. Ahora espero paciente mientras practico una serie de cortes de apenas tres milímetros de profundidad en arterias escogidas al azar. Las primeras heridas son coaguladas con efectividad por las plaquetas, pero pronto son insuficientes, y sumadas a la incapacidad de las células hematopoyéticas de seguirlas produciendo, dejan las nuevas heridas abiertas como grifos que gotean. De no tener la boca tapada con esparadrapo trataría de gritar en voz baja por última vez, pero prefiero no escuchar sus inútiles lamentos y ver como se los traga. Vuelvo a presenciar la muerte con el mismo entusiasmo que la primera vez, pero por desgracia ya nunca volveré a olerla.

domingo, 17 de julio de 2011

Amnesia

Los cambios de turno han hecho de mi una sombra difusa. Humedezco las piezas de metal antes de pulirlas y mientras la fresa saca chispas, yo deambulo por los rincones más recónditos de mi memoria, tratando de encontrar algo que me resulte familiar. Sufro de una amnesia selectiva que me impide recordar los últimos cuatro años, y tanto los médicos como los psicólogos se empeñan en convencerme de que un trauma me impide grabar nada nuevo. Por eso intento encontrar ese trauma en mi interior, para deshacerme de él y continuar viviendo. Por las ventanas de la galería percibo una noche abrupta y extremadamente oscura. Debería estar durmiendo, pienso mientras intento mantener los ojos abiertos, pero me pesan los párpados, me pesan demasiado. Sólo será un minuto.

Ya ha debido pasar. Abro los ojos y vuelvo a mirar la fresadora; lubrico la nueva pieza antes de colocarla bajo el torno, pero algo no encaja aquí. Los fluorescentes parpadean tras los difusores en lo alto del taller y hay un silencio anormal. Cuando miro alrededor descubro que nada de lo que debería estar ahí, está, y ahogo un grito mudo en mi estómago. Lo que era un atestado taller de maquinaria y personal, es ahora un solar en el que yacemos tan solo mi máquina y yo.

- ¿Hola? - grito.

El eco me devuelve tres veces la pregunta, pero ninguna respuesta. Al fondo, delante de la puerta del despacho del patrón me parece distinguir a alguien. Sí, alguien abre la puerta y la cierra tras de sí. Camino provocando con mis botas un golpeteo incesante en el suelo de hormigón. Llamo a la puerta y entro. Alguien me da la espalda tras el escritorio.

- Señor. - digo en voz baja.

Cuando se gira trato de salir corriendo, pero la puerta ha desaparecido, y estoy encerrado conmigo mismo en una habitación sin salida. Trato de escapar y me arrincono en una esquina de la habitación. Me resulta familiar. He estado antes en este lugar. Mi otro yo se dirige hacia un armario y lo abre. Saca una botella de vino y dos copas. Las sirve, pero en una deja caer el contenido de un pequeño paquete de papel. No sé de dónde ha salido, pero ahora hay una mujer sonriendo que toma en su mano la copa que le sirve. Es Marie. ¡No bebas Marie!, grito, pero es inútil, ni me ven ni me oyen. Ambos sonríen, ambos beben. Él continúa sonriendo mientras ella convulsiona en el suelo.

He debido quedarme dormido, pues vuelvo a estar tras el torno. Humedezco otra pieza y continúo mi labor. Cientos de imágenes se agolpan en mi cabeza. Lo recuerdo, recuerdo todo lo que hice hasta ayer, pero ahora, deseo olvidarlo.

viernes, 15 de julio de 2011

Crónicas de unos ciudadanos más

Cuando te dicen que abandones un lugar por la salida de emergencia, es que algo no va bien. Si la voz que exige mantener la calma y salir ordenadamente proviene de un megáfono es que la cosa va aún peor de lo que imaginas.

Me perturba tener que abandonar ahora los productos que tanto me ha costado seleccionar, pero lo que realmente me desquicia son los gritos en mi oído y los empujones de los que desesperadamente buscan una salida.

- ¡Señora! – grito a la mujer del bolso de plomo.

Su respuesta es una mirada de terror y mientras pienso “no es para tanto, sólo son unos disparos” cae fulminada a mi lado. La sangre que corre a mis pies es dramáticamente roja. Me agacho para esquivar las balas, y una vez en esa postura, introduzco un dedo en el charco. El instinto me incita a llevarlo a la boca y mi paladar me devuelve un sabor férreo y exquisito que me hace estremecer. No soy un animal, pero inclino mi cabeza sobre el charco y lo lamo.

- ¡Señor, diríjase a la salida inmediatamente! – y en su joven cara se refleja la incomprensión, pero el miedo no le permite ser consciente de lo que hago postrado en el suelo como un animal sediento.
- No la encuentro. – digo incorporándome.
- Continúe por este pasillo hasta el final, una vez allí gire a la izquierda. – y siento que mira mi boca, seguramente contorneada por el plasma.
- Gracias. – y obedezco la orden.

Sorteo en el pasillo los cuerpos sin vida de algunos desafortunados. Morir por imposición es lo suficientemente lamentable, pero si además eres abatido por los que se supone que te defienden, se convierte en macabro. No se puede culpar a unos soldados adolescentes controlados por unos superiores casi tan jóvenes como ellos. “Están cagados”, pienso y recuerdo entonces que no he limpiado mi boca. La froto con el antebrazo y termino rascando de la comisura de mis labios la sangre ya coagulada de la aterrorizada mujer.

Abstraído por el estruendoso tiroteo piso uno de esos engendros, ya muerto, que hay por todas partes. Siento como cede viscosamente bajo mi bota y la levanto de inmediato. Un pequeño charco de color negro se expande bajo su cuerpo gomoso y oscuro. Tiene el aspecto de una rata plastificada y sin cola; de su cuerpo emergen cuatro patas, siendo las traseras más largas que las delanteras. Los dientes se disponen afilados en sus mandíbulas. Los ojos carecen de párpados y le dan el aspecto de continuar con vida. Me inclino sobre el animal y paso el dedo por lo que supongo que es su sangre. Está caliente. Con la lengua repaso la yema de mi dedo índice impregnada en el oscuro líquido. El sabor es sobre todo ácido y su textura oleosa. Recojo los restos y los guardo en mi chaqueta.

No me he parado a contarlos, pero son cientos los que están dispersos por las estanterías y el suelo de este pasillo. La puerta de doble hoja metálica cede a la presión que ejerzo sobre la barra transversal.

Aquí fuera huele a basura. Algunos de estos extraños roedores saltan por encima de los coches del aparcamiento. Al saltar sobre la chapa, sus finas patas se clavan en ella, como si se tratara de punzones, y no puedo dejar de preguntarme de dónde han salido. Pero hoy no es el día más propicio para estar preocupado, pues continúo con hambre. Del bolsillo extraigo lo que queda del asqueroso bicho y muerdo sus cuartos traseros desgarrando su mitad posterior con mis dientes. Mastico. Depuro el sabor amargo y detecto uno nuevo; más químico, como si se tratara de algún compuesto de laboratorio. Me gusta, pero lo más importante es que me sacia, calma el ansia que atenazaba mis entrañas.

Cuando llego a mi coche, ella sonríe en el interior. De sus labios se trazan caminos oscuros que me indican que ella también ha comido.

- Abre el coche – digo.

Mientras me siento frente al volante la miro. Ella sigue sonriendo; y masticando.

- ¿Qué comes? – pregunto como si no lo supiera.
- Eso. – dice señalando algunos de los que saltan afuera.
- ¿Sabes de dónde han salido?

Empieza a reírse a carcajadas. Algunos pedazos oscuros salen disparados de su boca impactando contra el salpicadero del coche. Cuando algo le hace tanta gracia es que tiene algo que ver.

- Vienen de abajo. – y con una voz forzada y grave continúa – Vienen del infierno. – acto seguido vuelve a reírse.

Me encanta su risa, pero no me gusta que mueran más de los que podemos comer. Su imaginación ha creado esta vez unos seres que han originado el caos y por ese motivo se han producido demasiadas muertes, y aún continúan. Miles de putrefactos seres continúan saltando sobre la gente que huye despavorida, arrancando con sus potentes maxilares partes vitales, y los militares continúan con su tiroteo desmesurado, causando incluso más bajas que las ratas negras. Nosotros recogemos algunos cadáveres más que introducimos en el coche intentando no levantar sospechas. Ahora no tenemos hambre, pero en unas horas estaremos de nuevo hambrientos.

Y en eso consiste nuestra agitada vida, en inventar para comer; y mientras piensen que los monstruos son otros no se fijarán en nosotros.

jueves, 14 de julio de 2011

Felicidades

Querida hija:

Hoy es tu cumpleaños y quería felicitarte. No sé si leerás esta carta, la guardarás bajo candado o la tirarás directamente, pero quería escribirte. Hasta hoy no lo he hecho, pero después de soñar contigo esta noche he tenido un ataque de ansiedad y he decidido hacerlo. Pienso mucho en vosotras. No consigo recordar claramente lo que pasó aquella noche, pero ahora estoy seguro de que no fui yo. El juez de instrucción hizo referencia en la notitia criminis al efecto tóxico de alguna sustancia en mi organismo que pudo desencadenar el ataque, aunque conscientemente yo nunca hubiera tomado drogas. Lo que no puedo olvidar es tu sonrisa, ni cómo te lavabas las manos en el grifo de la cocina mientras tu madre se moría. No pude ni levantarme. Hoy cumples dieciocho, yo seguiré cumpliendo tu pena, pero con la culpa prefiero que cargues tú; es mi regalo.

miércoles, 13 de julio de 2011

Apropiación indebida

Ese silbido agudo del viento al acariciar las frías aristas de mi ventana de aluminio me pone nervioso. No llueve, pero el cielo está completamente cubierto por una única nube a la que no se le distinguen los límites. Los colores a esta hora de la noche se resumen en una escala de grises alterada tan solo por el brillo anaranjado de unas pocas farolas. Desde la penumbra de mi habitación acecho a un mundo ensombrecido que no me merece ningún respeto; abro los ojos y aprieto mis fauces con fuerza cada vez que alguien roza con su aliento mi ventana, pero lo necesito más cerca. La humedad empieza a condensarse en los cristales en el preciso momento en el que él fija sus ojos en los míos. Aguanto la respiración para soportar el dolor que me produce la interconexión. Las convulsiones epilépticas retuercen nuestros cuerpos, pero tras el intercambio puedo coger aire de nuevo. Y mientras continúo el camino del otro, pienso en lo que estará sintiendo ahora en ese cuerpo marchitado y andrajoso que no le corresponde y del que, por el momento, no sabe como salir.

lunes, 11 de julio de 2011

El camino cortado

Al Capitán Murphy se le revuelven las tripas cuando se acuerda de aquella masacre. Tuvo suerte, pues sólo acusa la falta de la pierna izquierda, aunque algunos hablan también de la amputación de su miembro viril. Personalmente no considero que la hombría de un hombre radique en veinte centímetros, por decir una cifra, pero ayuda a conservar la autoestima en determinados momentos. Ahora se seca las lágrimas con el antebrazo al pensar en la maldita emboscada que les colocó en fila india camino del infierno y en cómo iban cayendo uno tras otro todos sus hombres al amparo de una noche iluminada artificialmente. Supongo que fue la bala que atravesó el pecho del Sargento Smith el último proyectil del que escapó, siendo la ráfaga siguiente la mandíbula caliente que le arrancó la pierna a la altura de la ingle. La medalla al valor que le otorgaron después la guarda en el mismo cajón en el que conserva todos y cada uno de nuestros informes; eso para mi es lo que le convierte en un hombre, y no la polla (con perdón).

domingo, 10 de julio de 2011

Diamantes

La desvencijada acera se llena de charcos los días de lluvia. Las pequeñas gotas crean una extraña visión al estrellarse contra el anegado suelo, dando al mundo un aspecto ondulado. Y no hay nada peor que tener mojados los puños de la camisa o el bajo de los pantalones en mitad del invierno, pues la humedad va recorriéndote como una lengua lasciva hasta que sientes el frío en los huesos. Es en esos días en los que sueñas con el verano, en los que te das cuenta que treinta y cinco grados tampoco son tantos y que vivir empieza por estar seco. Es en esos días en los que te acurrucas en tu cama de cartón y te preguntas bajo una asquerosa manta por qué no te diste cuenta a tiempo de que te estabas cortando las venas con un maldito trío de ases; y odias los corazones, los tréboles y las picas, mientras cuentas los céntimos en tu lata de sardinas.

jueves, 7 de julio de 2011

Cincuenta y siete

Es posible que tuviera razón. Que no fuera demasiado tarde para volver a unir las dos mitades de un corazón roto, pero no tenía ganas de intentarlo de nuevo. Bajó los cincuenta y siete peldaños que le separaban de la libertad y una vez allí inhaló todas las esencias que esta sudaba. Después de unos minutos en soledad, se dio cuenta de que a lo que olía en realidad era a basura, putrefacta y maloliente basura. Así que volvió a subir los cincuenta y siete escalones que le separaban de su prisión y esnifó el orgasmo contenido de la traición. "Aguanta", se dijo el resto de su vida el cobarde.

martes, 5 de julio de 2011

Luci

La gente se reía de él, de su nombre. Decían que tenía nombre de mujer, pero él aguantaba las burlas estoicamente; un día, una vez cumplido su cometido, rajó el estómago de uno de sus compañeros de clase. Le clavó una daga oxidada por debajo del ombligo y subió hasta el diafragma. La muerte, aunque rápida, no fue instantánea, y mientras se desangraba, antes del estertor, le dijo con la voz calmada "ya nos veremos". Y cuando empezaba a sumirse en ese sueño del que no saldría jamás le susurró "Luci solo es el estúpido diminutivo de Lucifer".

lunes, 4 de julio de 2011

Me gusta tu olor

No tengo argumentos. Simplemente trato de calmar mis incontenibles instintos intentado no ocasionar un mal demasiado grande. Tengo un buen olfato; si inspiro profundamente a tu lado consigo inhalar todos tus miedos antes de utilizarlos. La señora Stohen olía raro, pero nunca me había detenido a su lado, pues aunque no tengo unos sentimientos muy marcados, hay gente que me inspira algo parecido a la ternura. Por supuesto esta ternura, tarde o temprano, se acaba. El día que me detuve junto a ella, me miró con una sonrisa que no consiguió aplacar mi naturaleza. Olí la soledad tras esa cortina de humo que era la felicidad, y utilicé su miedo recreándome en él. Aislada en una habitación oscura, día a día pude ver como la alegría se borraba de su rostro y se equiparaba a su olor. Ahora sí que su cara era el espejo del alma, no antes.

jueves, 30 de junio de 2011

Yo

Soy bastante normal; al menos la mayor parte del tiempo. Dicen de mí que soy una persona afable, de trato cordial y tolerante. Buen vecino y ejemplar marido. El magnánimo padre de dos preciosos hijos y un excelente trabajador. Y no soy bipolar, ni sufro un trastorno de la conducta, ni ninguna otra enfermedad mental, por si alguien se lo pregunta después. Mi perfil sicológico está dentro de la comúnmente llamada normalidad.

Tengo predilección por los que gesticulan mucho. Me quedo absorto en el estudio de sus facciones, en la comprensión de sus rasgos y extraigo mentalmente los detalles; un arqueamiento de ceja, la sonrisa mientras se parpadea, el fruncido de un ceño, el rubor de las mejillas… Uno o dos días después, cuando llega el momento, me resulta mucho menos complicado recordar la expresión que me sedujo, la que me hizo salir por un momento de mi más absoluta normalidad visitando el lado más abstracto de mi ser.

Lo macabro de la historia, no es que tenga una habitación llena de cabezas, lo macabro es que a cada una le confecciono su más fidedigna expresión.

martes, 28 de junio de 2011

La hija del gigante (cuento para mi hijo Aimar)

Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy apartado, vivían un hombre y una mujer en condiciones precarias. Su casa, de adobe y paja, se asemejaba más a una cabaña. Pero pese a su pequeñez y a la falta de comodidades, esa pequeña casa se convirtió en su hogar, y fueron muy, pero que muy felices. Y colorín colorado… no, este cuento no se ha acabado.

Los años pasaron lentamente primero, uno, dos, tres... Y luego más rápido, cinco, diez, quince… Y al final volaron, y cuando quisieron darse cuenta eran ya dos ancianos. Cuando el tiempo les había arrugado casi por completo llegó la sorpresa, la que durante tanto tiempo estuvieron esperando. ¡Ella estaba embarazada! La felicidad era ahora completa, pero algo les preocupaba y es que les quedaba poco tiempo. ¿Quién cuidaría de su retoño?

La simiente germinó en el útero de la anciana, y después de nueve meses dio a luz. ¡Una niña! Pronto dijo sus primeras palabras, y pronto dio sus primeros pasos, pero cuánto más crecía ellos más envejecían. Pronto no estarían y ¿quién protegería entonces a su dulce niña? Esta pregunta y otras se convirtieron en una preocupación, pero un día, o mejor dicho una noche, alguien golpeó la puerta. ¡POM! ¡POM! ¡POM! La casa entera tembló y todos se despertaron. A duras penas la anciana se levantó y de su mano el anciano. Abrieron la puerta y frente a ellos tan solo un enorme pie descalzo vieron.

- Aquí arriba. – dijo una potente voz

Ambos miraron hacia arriba, anonadados. Unas piernas tan grandes como árboles, cubiertas por un pantalón hecho de remiendos, una enorme soga hacía de cinturón. Sobre ella, un torso descubierto y más arriba la enorme cabeza. Los ancianos corrieron dentro para escapar del monstruo y cerraron de nuevo la puerta. Las paredes volvieron a temblar cuando el tejado, como un sombrero, se levantó sin esfuerzo. Allí estaba el gigante de nuevo.

- No nos hagas daño. – dijeron abrazando a su criatura.
- No, no he venido a haceros daño, tan solo quiero ayudaros.
- ¿Cómo? – preguntaron.
- Cuidando de vuestra hija. – dijo con su voz grave el gigante.

No podían creer que aquel hombre tan enorme se fuera a hacer cargo de la pequeña, pero era la última oportunidad de dejar a su hija a buen recaudo. Así que accedieron.

- Y ¿quién te habló de nosotros? – dijeron los marchitados ancianos.
- Todos lo hicieron. Los animales, las plantas, hasta el viento vino un día a pedir que me hiciera cargo. – dijo el bonachón gigantesco.

Y así se marchó el tiempo. Los cuatro juntos vivieron, hasta el día en que los ancianos por una eternidad durmieron. Y desde entonces la niña, que ya no lo era tanto, pasaba parte del tiempo en el hombro del gigante. Y cuando a este le preguntaban que a quién llevaba ahí arriba él siempre les respondía: "¡A mi hija!".

Y colorín colorado, ahora sí que ha terminado.

lunes, 27 de junio de 2011

Las malas ideas

- Ah, ah, ah...

Otra vez ese sueño. Se despierta sobresaltado con las sábanas arremolinadas a las piernas por las innumerables vueltas y cubierto por una patina de sudor. El corazón le late con fuerza y sólo tras unos minutos logra calmarse. Bajo el quicio de la puerta se emborrona entre las luces y sombras nocturnas la silueta de esa vieja a la que tantas veces ha visto ya. El dolor de cabeza viene últimamente acompañado de pequeños bultos. Cada vez hay más.

"Siempre es igual. Estoy sentado en un sucio y oscuro cobertizo. En lo alto hay una ventana con rejas, pero la noche es tan oscura fuera que tan solo se diluye en el interior una luz blanca difuminada. Supongo que será la luna. Frente a mí, una puerta de metal es el punto final de mi celda. Pero hay alguien más. Escucho ese ronroneo continuo e invisible de un gato al ser acariciado. Me levanto con cuidado y avanzo tocando las enladrilladas y mohosas paredes que dan forma al cubículo. Paso a paso recorro las cuatro paredes y cuando llego al punto del que he partido allí está de pie esa vieja. Retrocedo asustado y ella anda hacia mí estirando sus brazos, en los que muestra a un escuálido gato negro de ojos amarillos cubierto por moscas y otros insectos. En las calvas de su pelo se pueden ver minúsculos movimientos.

- Sálvalo, sálvalo. - me dice.

Su aliento es pútrido, desagradable. Sigo retrocediendo hasta que choco mi espalda contra la pared. Entonces me pone el gato encima. Las arrugas comprimen su cara y veo perfectamente sus protrusiones faciales y defectos cuando grita.

- ¡Llévatelo cabrón! ¡Tu vida depende de él desde ahora!

Entonces lo suelto, grito y es cuando me despierto. Y siempre es igual."

El consejo es claro. Ese que se hace llamar psicoanalista, con voz grave y convencida dice:

- Tómalo. La próxima vez toma el gato en tus manos.

Está deseando poner en práctica el consejo, pero no cree que sea fácil. El no controla la situación, el sueño siempre le domina y acaba de la misma forma.

Pero esa noche es distinto. En lugar de huir se sorprende agarrando al gato. La vieja ríe ahora a carcajadas cuando él sale por la metálica puerta y enfila un lúgubre pasillo. Al final del corredor está su habitación, su cama. Deja al famélico gato negro en el suelo y se acuesta.

A la mañana siguiente unos maullidos le sacan de la nocturnidad de sus sueños. A los pies de la cama, un gato de brillante pelo color azabache lo mira fijamente antes de escapar. Su cabeza está llena de bultos, y la espalda también, le hierve la sangre y tiene ganas de vomitar. Recorre los pocos metros que le separan del médico sin tan siquiera mirarse al espejo; por la calle la gente se aparta de él. Algunos se vuelven a mirar mientras tapan sus bocas. Las madres cubren los ojos de sus hijos con las manos mientras aceleran el paso.

Tras examinarle guardando las distancias el médico sentencia:

- Garrapatas. Tiene usted el cuerpo lleno de garrapatas. ¿Tiene usted animales?
- No. – y piensa: pero los veo

Rutinariamente acude a que le desparasiten. Por más y más garrapatas que le quitan cada día, a la mañana siguiente su cuerpo vuelve a estar plagado de ellas. Y cada mañana le despierta ese cada vez más imponente gato. Y ahora que no sueña trata de hacerlo, pues sabe que la única forma de recuperar su vida es acabar con esa maldita vieja.

domingo, 26 de junio de 2011

Una fría madrugada

Deduzco por su silencio y la falta de movimiento que debe estar muerto.

Hacía frío y aunque la calefacción del coche cumplía con su cometido, de vez en cuando entraba una ráfaga de viento helador por los conductos de respiración que me hacía estremecerme. El motor a ralentí temblaba esporádicamente a causa del esfuerzo por templar el ambiente. La humedad, después de dos horas a la intemperie, comenzaba a cristalizarse en las ventanillas a pesar de la diferencia de temperatura, y el exterior empezaba a difuminarse con el halo blanquecino de la helada. Cuando a las tres y trece de la madrugada, en el retrovisor se abrió la puerta del número seis, paré el motor y me bajé del vehículo. El viento gélido me arañó con fuerza en la cara y me subí el cuello, cerrando la cremallera de mi chaqueta hasta que incluso mi nariz quedó tapada. Camuflado entre las sombras me coloqué detrás del tronco de uno de esos árboles que, pelados de hojas, parecían esqueletos de madera. Y esperé a que la plumífera sombra que caminaba por la acera llegara a mi posición. Cuando lo hizo me costó poco inducirle a la inconsciencia, tan solo necesité aplastar sus carótidas y tapar su nariz y su boca durante algo más de cuarenta segundos. Le deposité, después de apartar algunos trastos, en el amplio maletero, y después de atarle y amordazarle le tapé con una manta. Tengo por costumbre solicitar la identificación por parte del contratante antes de terminar un trabajo, pero esta vez no la necesitaba, pues estaba harto de ver sus fotos y de escuchar a su mujer decirme que el divorcio era inminente. Esta vez en lugar de por dinero, lo hago por facilitar el trabajo al amor de mi vida. Mientras conducía me distraje en pensamientos que me revolvieron las tripas; pensé que tal vez ella no me quería, que sólo era una aventura y me cabreé con ella sin tan siquiera estar presente. Estuve a punto de detener el coche, desatar a su marido y desaparecer, pero unos golpes secos y fuertes me sacaron de mis devaneos mentales. Las patadas en la chapa hacían eco en el interior. “Tranquilo, ya llegamos”, dije. Me detuve en mitad del puente y apagué las luces sin detener el motor. Cuando abrí el maletero, el bulto se agitaba bajo la manta y le destapé. Sus ojos pedían clemencia, pero es algo que no tengo, así que no la puedo dar. No sin resistencia conseguí sacarlo de su prisión y haciendo acopio de mi fuerza le asomé al río que musitaba veinte metros más abajo. Y le solté.

El río, acusando las bajas temperaturas de los últimos días, había decidido hibernar, convirtiendo su líquido cuerpo en hielo.

sábado, 25 de junio de 2011

Agua

Agua - por Juanlu (http://dididibujos.blogspot.com/)
Gracias por ilustrar este microrrelato!

Clara. Mirada limpia, en general pulcra. A las tardes libra, aunque es acuario. Tal vez ese sea el motivo de su predilección por el agua. Se asoma al acantilado y se queda hipnotizada por el rumor de las olas al romper contra las rocas. Es tan cristalina que su disolución es completa tras la caída. Su ropa sobre la arena infiere conclusiones dolorosas que no lo son tanto. Tan solo fue magnetismo, volver al elemento del que no tenía que haber emergido. Nunca debió tener cuerpo, sólo ser lo que siempre ha sido.

viernes, 24 de junio de 2011

A favor del viento

El viento cálido del sur sopla con fuerza en dirección norte. El velamen se hincha y empuja el cascarón metálico del velero sobre las saladas olas de un enfurecido mar. El falso título de patrón le permitió acceder a un barco del que ni siquiera sabe plegar las velas. Ajena al peligro, ella exhibe su voluptuosidad al sol mientras se alejan de la ya inalcanzable costa; y él aún no se ha dado cuenta de que disfrutar de esas curvilíneas vistas no merece dos vidas.

Amor elevado


Entre los limoneros el amor es más dulce; la pasión contrasta de una forma excepcional con la acidez de sus limones.

Coleccionista


La paulatina pérdida de visión acecha con sumirme en la más absoluta oscuridad; tal vez ese sea el motivo de mi obsesión con los ojos de los demás.

jueves, 23 de junio de 2011

Maldita

La noche reposa sobre un pedestal de oscuridad que lo cubre todo; ni siquiera unas minúsculas nubes se atreven a pintar el apagado cielo. Y en medio de ese pozo de las miserias se alza una pequeña casa. La parte frontal, que es la que veo, consta de dos ventanas, una a cada lado de esa envejecida puerta. Las enredaderas se aferran a sus paredes, las mastican con sus envenenadas púas. Sus ventanas, como heridas abiertas, exhiben un interior opaco; un vacío en el que a simple vista es imposible existir. El abandono es evidente, pero yo continúo escuchando ese anémico llanto. Petrificado, soy incapaz de acercarme más, pero tampoco consigo retroceder sobre mis pasos y escapar de allí, pues las tinieblas que me rodean me increpan para que avance. Al tiempo y con temerosos pasos recorro en silencio unos metros. Estoy frente a ella. Pese a su pequeñez, más propia de una chabola, se me hace mastodóntica. Y es al inspirar con fuerza a causa de unos incomprensibles nervios que me atenazan el estómago cuando se encienden sus luces. Parpadean. Presiento que se fija en mí y mi cerebro se esfuerza por mantener la cordura aunque a la vez trata de alertarme de la absurda posibilidad de que la casa esté viva. La puerta cede ante un impulso del viento y lentamente se abre. Más presa de la hipnosis que de la curiosidad atravieso el quicio de la puerta. La austeridad del interior me asfixia y es al apagarse las luces y cerrarse la puerta tras de mí cuando su húmeda lengua me lame. Ya no llora. Yo sí.

miércoles, 22 de junio de 2011

Demostración empírica

El aire quema aquí dentro. El invariable tono de su voz y lo poco que me seduce lo que cuenta, me inducen a un incómodo letargo. No lo aguanto, así que poniéndome en pie, y después de disculparme, me marcho. Kant, que sabía tanto como yo de la predisposición del hombre al mal, también se habría levantado ante el empeño del ponente en tratar de certificar en boca de otros que la inclinación natural del ser humano es "indudablemente" bondadosa. Estoy harto de esas teorías, pues yo, que no hago nada por ser ni bueno ni malo, tiendo a la iniquidad con una facilidad dantesca. En el número seis de la avenida de los chopos mis manos tratan de explicarle a ese bocazas que las ganas de matar no se hacen sino que nacen. Ya no habla.

martes, 21 de junio de 2011

FIlosofía de muerte

Vivo; y mientras lo hago, un vómito de oscuridad se cierne sobre mí entre falsas risas y sueños imposibles. Mis pasos se truncan y me salgo de las sendas más seguras, dirigiendo mis pasos hacia angostas callejuelas sin iluminación, lúgubres pasadizos que me acercan sin previo aviso al agujero más negro. Pero no tengo vértigo, pues el barranco no es más que suelo horizontal que no soporta mi vertical peso, y sabiendo esto camino por el aire renegando de mi cuerpo. Y así, mientras me juego la vida persiguiendo mis sueños, sin luces que me indiquen el camino más recto, vivo; y lo hago para morir, pues ese es mi destino, pero mientras me muero, en lugar de estar muriendo tan solo quiero estar vivo.

lunes, 20 de junio de 2011

Masticar cristales

Talbot Horizon. La crucecita de Caravaca tallada en plata con adhesivo en el salpicadero y un rosario de madera anudado al retrovisor interior. Y no cree en Dios. El cenicero, desbordado de colillas, emana un olor rancio a tabaco negro. Los dedos índice y corazón, a causa de la nicotina, acusan un color hepático considerable. Las líneas discontinuas a esa velocidad parecen sólo una. Y ese charco rojizo que descansa aún a treinta y siete grados sobre la tapicería se llamaba Lucía. La carretera le increpa, le insulta y le susurra "¡Corre más, yo te sujeto!" Pero nada más lejos.
Y no cree en Dios, pero si no le salva él, ya nadie lo hará.

domingo, 19 de junio de 2011

Frío

Tiembla. Es la primera vez que le veo hacerlo. Me regocijo en sus escalofríos mientras aparto el sudor de mi frente con disimulo, pues eso, aquí, también está prohibido. Las innumerables hogueras que desprendían hasta ayer vapores sulfúricos y enormes llamas azules, hoy tan sólo son ridículas ascuas. La característica apatía que me define en mi rutinaria labor se desvanece ahora en mis rasgos, y es que la alegría me embarga al comprobar que el infierno, por fin, se apaga.

sábado, 18 de junio de 2011

El camino del bien


Aquí no nos gustan los burdeles.

El día que Tom llamó a mi puerta y me habló de la apertura de un nuevo local a las afueras del pueblo, me hirvió la sangre. Ambos sabíamos que junto con las chicas llegarían los problemas y teníamos que actuar pronto si no queríamos perder el control. Amanda llegó en el momento en el que sacaba la segunda cerveza de la nevera.

- Hola cariño. - dijo cerrando la puerta.
- Hola, estoy con Tom en la cocina. - siempre debía avisarle de las visitas, y más cuando se trataba de alguien a quien no soportaba.

No dijo más. Escuchamos los tacones al subir rápidamente las escaleras y después el portazo.

- Nunca me perdonará, ¿verdad? - me soltó Tom.
- Sí lo hará; dale tiempo. - aunque ahora sé que nunca lo haría.

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El señor Lemman era el dueño de una fábrica clandestina de neumáticos industriales. Teniendo los contactos necesarios y unos precios sin competencia, no era extraño ver que el negocio crecía cada año que pasaba. Parece difícil que una fábrica con tantas emisiones nocivas y descontroladas eludiera a la ley con tanta maestría, pero el señor Lemman sabía cómo y a quién debía sobornar. Su nombre de pila era Abbot.

Abbot y su mujer, Sarah, murieron quemados en el interior de una pila de ocho neumáticos de tractor. Aún estaban atados cuando apagaron el fuego y los sacaron de allí. El caucho se había derretido en gran parte y se había adherido a la piel de ambos. Murieron abrasados y no asfixiados por la inhalación de los gases como se comentó; hay veces que, ante casos tan horribles, la gente se inventa lo que sea para restarle dramatismo. Es lo malo de los negocios tan prósperos e ilegales, que despiertan envidias entre los que juegan las peores cartas.

El caso es que ese día conocí más de cerca a mis suegros, aún calientes, y a Amanda, claro. A su hermano Tom le conocería días más tarde, pues ni siquiera se presentó al sepelio ni al entierro. Y de ahí viene la tirantez entre ellos.

El mismo día del homicidio comenzaron las investigaciones. Recogimos multitud de pruebas de la escena del crimen, aunque ninguna coherente. Había colillas de cigarros de distintas marcas, como si alguien hubiera vaciado un cenicero para despistar; también había algunas latas de Coors por el suelo pero sin huellas ni saliva, como si hubieran sido vertidas sin más en otro lugar, abolladas y depositadas allí junto a los cigarrillos. Así que no teníamos nada. Dos semanas después recibí una llamada en mi despacho.

- Oficina del Sheriff, al habla el oficial Curt Parton. - contesté.
- Buenos días, soy David Evans y tengo información sobre el caso del señor y la señora Lemman. - la voz me sonó familiar.

Habló poco, tan sólo me dijo que quería hablar conmigo en algún sitio fuera de la comisaría. Y yo, claro, accedí.

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Para mí, la cerveza Miller siempre ha sido la mejor, aunque no sea la que mejor reputación tiene. He podido comprobar que además de tener un sabor más ligero, es la que más rápido se enfría; por muy raro que suene. A Tom no le gusta demasiado, pero en mi casa la bebe sin rechistar.

- Bueno Tom, y ¿de qué se trata?
- Se trata de Juan Rodríguez, un mexicano que no para de expandir sus negocios de prostitución. A él no le he visto, pero el talón con el que pagaron por el local está firmado por él. El mismo día en que compraron el local empezaron las reformas y creo que en pocas semanas estará abierto.
- Necesitará papeles. - dije sin pensar.
- Tiene dinero. - las palabras de Tom me hicieron darme cuenta de mi torpeza. Aquí todo se compra.
- Cierto, cierto. - solté sintiéndome bastante idiota.

Después siguió contándome lo que había averiguado. Lo sabía todo, el importe por el que el señor Cox se había deshecho de su tugurio, de qué banco procedía el dinero de Juan Rodríguez, cuántos hombres estaban trabajando a destajo en las reformas, en fin, todo. Y como la chusma no nos gusta hablamos de lo que teníamos que hacer.

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Llevaba mucho tiempo detrás del señor Lemman y su fábrica ilegal de neumáticos. Cada vez que pasaba al lado tenía que taparme la boca para no ahogarme. Lo peor es que nadie hacía nada, Abbot sabía muy bien que mientras continuara con los pagos, su negocio seguiría siendo rentable y nadie le molestaría.

Gracias a un soplón descubrí el entramado que había detrás. Descubrimos que los pagos se hacían siempre en efectivo en lugares acordados una hora antes por teléfono. Sabíamos quién haría la llamada ese día y le seguimos; una vez que llegó al punto de intercambio y recogió el maletín cada uno se fue por su lado. Le arrebatamos el maletín después de pegarle dos tiros, y en un bolsillo dejé una tarjeta de "neumáticos Lemman". Las represalias no se hicieron esperar, y al día siguiente el señor y la señora Lemman ardían en una pira como auténticas brujas. Nos había salido mejor de lo que esperábamos, y además de acabar con el fraudulento negocio, nos hicimos con un buen botín.

Fue ese día cuando conocí a Amanda, y unos días después volví a ver a Tom, esta vez no como soplón sino como hermano de Amanda. No entendía el porqué de la traición a su padre. Después me enteraría de que él no compartía este tipo de actividades y por eso habían acabado odiándose mutuamente. Al menos Tom era legal.
Luego fue lo de David Evans. Me dijo que sabía que yo había matado y robado al enlace de Abbot y me exigió la mitad del dinero por mantener la boca cerrada. Yo hasta entonces no sabía que se podía matar a una persona de dos puñetazos, pero Tom lo hizo y también se encargó del cuerpo, y debió de hacerlo bien, porque ese tema quedó zanjado para siempre.

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Desde aquella primera vez había llovido mucho, y hartos de que "los buenos" no lucharan contra el crimen sino a favor del crimen, decidimos tomarnos la justicia por nuestra propia mano. Fuimos perfeccionando nuestros métodos y al final siempre conseguíamos nuestros objetivos.

La primera vez que Tom disparó a un traficante de armas, le voló una oreja por error; después me contó entre risas que nunca antes había disparado. El segundo tiro fue certero, justo entre las dos cejas. Su cara lo decía todo. Se sentía bien, estaba cumpliendo con su obligación de buen ciudadano, y yo, también. Desde entonces consideré mi trabajo policial como secundario y me gustaba verme más como un héroe que iba limpiando las calles de villanos.

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Juan Rodríguez era un tipo peligroso. Cuando faltaban pocos días para la inauguración hizo acto de presencia en el prostíbulo, que ya lucía un cartel luminoso con una señorita tumbada y el nombre del antro parpadeando, protegido por dos matones que no ocultaban sus armas.

- ¿"Zorras calientes"? ¡Qué mal gusto! - le dije a Tom cuando vino con las noticias.

No tenía buena cara. Sabía que cada vez me ponía más nervioso cuando las noticias no eran todo lo buenas que debían ser, pero cuando me soltó aquello perdí el control.

- Curt... Amanda... - tragó saliva - Amanda trabaja para él. - casi temblaba.
- ¿Qué? y ¿qué es lo que hace? ¿Servir copas? - empezaba a cabrearme de verdad.
- No... Bueno no estoy seguro.
- ¿Cómo que no estás seguro? ¿Qué pasa? - le grité cogiéndole por el cuello.
- ¡Es prostituta Curt! ¡Amanda es prostituta! ¡Lo siento!

Retrocedí dos pasos antes de dispararle. Fue tan repentino que el primer balazo se lo metí en el cuello y pidiendo perdón apunté mejor. Me tomé mi tiempo para que supiera que a un marido enamorado no se le puede decir eso y apreté de nuevo el gatillo, esta vez la bala entro por la frente y salió por la nuca.

Pese a que soy el bueno, creo que obré mal en esa ocasión, pues ya tenía mis sospechas sobre ella. Pero Tom no tenía que habérmelo dicho, al menos no así, en frío. Saqué una Miller de la nevera y me la bebí de un trago. Me senté a esperarla en el hall tomando una cerveza tras otra. La sangre de Tom iba impregnando la alfombra y pensé que cuánto tiempo tardaría en vaciarse del todo o incluso si lo haría. Pensé que igual la sangre se estancaría en la venas al no ser bombeada ya por el corazón. Tenía tiempo para pensar en esto y así me mantenía ocupado. Cuando entró, la disparé en el corazón; ahora los dos lo teníamos casi igual de roto.

Sin mi amigo Tom y sin mi querida esposa ya no tenía sentido nada de lo que hacía, pero este último trabajo tenía que terminarlo. Sin prepararme mucho salí a la calle y fui al tugurio de mala muerte de las afueras. Era espectacular. Era incomprensible que en sólo dos semanas lo hubieran arreglado de tal forma. Lo que hace el dinero, pensé. Y este pensamiento me hizo pensar en Tom, en lo cansado que estaba de que lo bueno y lo malo se comprara con dinero. Fui entrando en cólera mientras pensaba que las muertes de mi amigo y mi mujer eran culpa de este explotador sexual. A medida que me acercaba a la entrada se me enfriaba el sudor y se me calentaba la sangre. Descerrajé dos tiros a los gorilas de la puerta y entré. Rodríguez estaba sentado junto a una fulana de Europa del este con sus dos guardaespaldas y desde dónde estaba disparé a todos. La prostituta cayó en segundo lugar y Juan el último. Aún no sé de dónde llegó la bala que me hirió. No me dolió, tan solo noté el frío en la sien y un extraño e incomprensible sabor a hierro en la boca. Y en mi corazón, la sensación de que lo habíamos hecho bien.

viernes, 17 de junio de 2011

Héroes

La noche cobró vida con la música de los dragones. El gas comprometía el oxígeno de sus pulmones y al ser exhalado crepitaba violentamente en el momento de incendiarse. Los gruñidos de las bestias ponían en alerta a los más valientes que, enfundando sus espadas de doble filo y metal frío, perseguían la melodía para ganar puntos con las doncellas. Yo, ni era tan valiente, ni me molestaban lo más mínimo; al contrario, les debía mi éxito entre las mujeres, pues cuando los fornidos caballeros salían a matar serpientes con patas y alas, yo aprovechaba el momento para tranquilizarlas. Y es que siempre he tenido prioridades y si tengo que elegir un fuego me quedó con el de la mujer, no me pida que le explique por qué.

jueves, 16 de junio de 2011

Payaso triste

Le he visto llorar; no es un papel. Con el maquillaje, únicamente difumina su tristeza, la hace más llevadera. De otra forma, incluso a los insensibles niños se les partiría el alma, se apiadarían de él y dejarían de reírse ante las vejaciones que sufre por parte del payaso bromista. Pero pese al bochorno, sus toscas y deprimidas facciones se relajan durante la función. Es después cuando comienza el auténtico circo.

miércoles, 15 de junio de 2011

El amor, a veces, duele

He de avisar que este cuento no tiene un final feliz. Si alguien quiere perdices, que busque en otros cuentos, pues aquí, en medio de este plato hondo lleno de esquirlas que descansa sobre el mugriento mantel de apolillada tela que cubre la destartalada mesa, tan solo hay una oreja. El que la perdió no era demasiado pulcro, pues asoman unos pelillos en matojo nada apetecibles. Si le sumas la base sangrienta sobre la que yace, parece el primer plato de un exquisito canibal. Pero nada más lejos de la realidad, pese al fatídico, aunque no mortal, final, detrás hay una bellísima historia de amor; una historia de dos, que empieza con caricias y acaba con un inmarcesible beso. Este ósculo inmortal que, visto está, no lo era tanto, acaba en el preciso momento en el que la mujer, impregnada de una pasión desatada, taja con el cuhillo la oreja de su pareja. Y pese a la melódica rima, mi consejo es que estos besos no se den en la cocina.