viernes, 14 de enero de 2011

El regreso de Sián

Los atardeceres habían cambiado en la calle de los castaños. En la puerta de la taberna del difunto Sián un cartel anunciaba un falso "ABIERTO"; no hubo tiempo para rescatar el local de las manos del olvido. Cada mañana desde entonces, el viejo y cojo de la barba gris se acercaba hasta allí y empujaba la puerta, esperando que el letrero dijera la verdad, y cada mañana se marchaba agachando la cabeza, hasta que su silueta solo era un espejismo en el horizonte. Desde una ventana del edificio de enfrente y oculto tras un visillo que no me daba ni mucho menos la invisibilidad, observaba el ritual todos los días y sentía toda la impotencia que puede sentir un niño. Pasaron los años, y el anciano, que cada vez lo era más, no cesaba en su intento de entrar en el bar; tampoco yo dejé de espiar sus movimientos. Cuando cumplí veinte años cumplí también mi sueño, y por fin el portón cedió ante el anciano, casi decrépito ya, dándole acceso a “El regreso de Sián”. Sonreí ampliamente cuando se acercó a la barra y pidió su copa; aún recuerdo su expresión mientras se retorcía en el suelo con la ropa empapada en ron y en un compuesto químico de imposible digestión. Al fin expió sus pecados y di por saldada la muerte de mi padre.

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