martes, 25 de enero de 2011

La resurrección de los muertos

Aún puedo percibir el eco lejano de la tormenta que, perezosa, se aleja; al pasar, ha dejado las calles empapadas y sobre ellas las hojas de los abedules y los laureles decapitadas de sus anquilosadas ramas. El viento cesó su violento soplo y es ahora la brisa la que me increpa con sus desagradables susurros. Antes de abandonar el lugar, comprueba con sus temblorosas manos las constantes vitales de mi destrozado cuerpo y me da por muerto, mientras inhalo su alcohólico aliento. El motor hace demasiado ruido al desamparo de los truenos, pero yo no lo escuché llegar, ni vi sus luces. Inmóvil, permanezco tumbado cerca de la cuneta, oculto entre las sombras, esperando que sea verdad que me quedan seis vidas.

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