jueves, 27 de enero de 2011

Segunda visita

La noche esta vez llegó antes, tal vez por la proximidad del solsticio de invierno. La lluvia incesante repiqueteaba sobre las persianas, que filtraban las luces y las sombras por sus rendijas. El reloj de la sala marcó las doce de una de las noches más oscuras del año; las campanadas metálicas me transportaron a un sueño superficial con los ojos abiertos y el sofá en el que me encontraba recostado se convirtió en lecho. Finalmente, el libro que sostenía entre mis manos cayó al suelo y los ojos se me cerraron. Entre sueños escuché los tintineos que avisaban de las tres de la madrugada; y poco a poco, a medida que las crujientes pisadas se acercaban, fui abriendo los párpados, acostumbrando mis pupilas a la nocturna visión. Consciente de lo que estaba sucediendo por segunda vez, pensé que si me quedaba quieto no pasaría nada, al menos me dio resultado la otra vez; así que esperé a que la quebradiza madera me alertara de que la presencia se encontraba a mi lado. Calculé, al cabo de unos interminables minutos, que el ruido se había producio a escasos centímetros y me preparé para la siguiente fase; la recordaba agobiante. La sorpresa de la otra vez consiguió que el miedo no se apoderará de mi, pero cuando comencé a sentir la respiración en mi pelo estuve a punto de gritar. El aliento frío movió mi pelo, lo sentía más cerca en esta ocasión. Tranquilo, pasará rápido, pensé, pero al aliento le acompañaban esta vez unas inspiraciones constantes, como si me estuviera oliendo, como si se percatara del miedo. Mi corazón aceleró su ritmo, y pese a mis intentos por esconderlo, el terror se hizo palpable. Noté la lengua húmeda en el ojo y lo cerré por instinto; fue entonces cuando comenzó la presión, como si unas manos me apretaran con fuerza contra los cojines. Traté de levantarme, pero la fuerza era descomunal. Sentí los arañazos en la cara, los mordiscos en los brazos, en las piernas y finalmente lo peor, la succión de mis ojos por una boca empapada en saliva. Después llegó la inconsciencia, y al despertarme, la desorientación. Ahora, sin saber cuánto tiempo ha pasado, escucho cada vez más pisadas que se acercan y, entre alaridos, espero que me devoren pronto.

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