martes, 15 de febrero de 2011

El mejor final para un cuento

Con manos temblorosas me extendieron un papel en blanco y un bolígrafo y me invitaron a sentarme en un cómodo sillón frente a un imponente escritorio. Apoyé junto a la mesa mi portafolio. La pequeña sala se encontraba repleta de gente; todos los presentes me miraban con atención y preocupación desde sus altillos. Mi mente estaba tan blanca como el papel, esperé un rato y tras abrir el sobre lacrado, saqué del interior una tarjeta amarillenta en la que se disponían una detrás de otra las palabras más repulsivas que jamás había leído, carentes de sentido y de imposible pronunciación. El idioma está muerto, pensé, así que me levanté, no antes de escribir "Con estas cinco palabras, si se las puede llamar así, no pienso escribir nada; aunque sea el último microrrelatista del mundo". Mientrás salía por la puerta escuché los gritos de emoción de todos aquellos inútiles que veían en ese texto escrito con los jugos gástricos de una mala digestión una obra maravillosa; cerré la puerta y salí corriendo. La honda expansiva me tiró al suelo; tras levantarme, me sacudí el polvo y me fui a casa.

2 comentarios :

  1. Bien hecho.
    Me queda la intriga de cuales fueron las cinco palabras, en esa frase hay muchas más.
    Aunque seguro que no tiene importancia.
    Te imagino quitándote el polvo de los hombros, sin inmutarte. No me preguntes porqué.
    Salud.

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  2. jajaja
    Hola Joplin!!!
    pero por qué me imaginas así? jaja, creo que no soy tan impasible...
    Y le has dado ahí, las palabras no son lo importante, sino el contexto! jeje
    Salud amiga!!

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