viernes, 25 de febrero de 2011

De mal en peor

Hay una línea imaginaria que divide mi mundo en dos. A este lado no soy capaz de saltarme las reglas, por eso cada vez paso más tiempo en el otro.

jueves, 24 de febrero de 2011

Encuentros

Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa y la verdad es que lo prefiero. Estaba cansado de encontrarte cada noche cortándote las venas en el baño o ahorcándote en el salón. Los encuentros no eran agradables para mí, pero sé que tú disfrutabas con mis sobresaltos. Ahora sólo te veo de vez en cuando, pero tu presencia es tan difusa durante el día que lo único que me das es pena.



* Presentado al concurso de relatos en cadena, comenzando con la frase Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa

Reemplazado

El profesor, con su espeso discurso, solo consigue recordarme que esta noche he dormido mal. Al cabo de unos minutos me abstraigo de sus explicaciones y dejo de oír. Involuntariamente me levanto de la silla y camino hacia él, que sin prestarme atención sigue moviendo los labios. Trato de volver a mi sitio, en cambio me acerco al encerado y comienzo a escribir; mientras, el resto de la clase ignora mis absurdos movimientos. Al final de la clase puedo verme con los ojos abiertos pero absorto. Asustado, vuelvo a mi sitio y empujo a ese otro yo haciéndolo caer de la silla. El estrépito me hace volver en mi y vuelvo a escuchar las palabras del muermo. En la parte central de la pizarra puedo leer claramente lo que escribí, "¡DESPIERTA!".

miércoles, 23 de febrero de 2011

Inexplicable

No puedo explicar lo que se siente al caminar descalzo por un sendero lúgubre y húmedo, en el que el verdín y las hojas caducas de los plátanos crean una vereda deslizante y peligrosa, porque no lo he sentido ni me interesa.

lunes, 21 de febrero de 2011

Soy un sin techo

Ese humo que dibuja esponjosas nubes en el cielo soy yo. Mis deseos de ser enterrado se calcinaron conmigo y mientras las personas que pisotearon mis últimas voluntades escapan con una urna en la que no me encuentro, me desvanezco entre la polución de mi ciudad.

Caso cerrado

Se sentó en el banquillo de los acusados, esta era la última oportunidad de librarse de las acusaciones, y todas las pruebas apuntaban en su dirección. No hubo pacto; la viuda lo dejó claro, sólo quería que el asesino de su marido se pudriera en la cárcel. El fiscal, en su turno, se acercó al estrado presentándole al juez la última prueba, un recibo que indicaba que mi cliente se había alojado en el mismo hotel que la víctima. Disponía de un último cartucho; no tenía argumentos, pero entonces, la esposa del ajusticiado dio un sorbo a su gaseosa, limpiando después, con la ayuda de un pañuelo de lino, el borde del vaso hasta hacer desaparecer la huella del carmín. En la escena del crimen se encontró una fibra de lino que no encajaba… hasta entonces. Ahora, ella no usa camisón, sino un precioso pijama de rayas.

* Presentado sin suerte al concurso de microrrelatos de abogados del mes de enero, con las palabras obligatorias Recibo, Pacto, Gaseosa, Banquillo, Hotel

sábado, 19 de febrero de 2011

En segundos planos

Era un buen tipo, se llamaba Joseph, y tenía un parche en el ojo izquierdo, pero no era un pirata, simplemente trataba de corregir un problema de estrabismo y de ojo vago. Ahora le llaman Jos, no es tan bueno y no lleva parche; a la vista está que no consiguió corregir su problema de visión. Cuando intercambiamos los maletines no sé a qué ojo mirarle, así que le miro primero a uno y luego al otro. Antes éramos amigos, ahora hacemos negocios.

jueves, 17 de febrero de 2011

Era su oficio

Él hacía campanas de bronce; fundía el cobre y el estaño y los mezclaba en sus justas proporciones. El resultado de la aleación lo vertía en los moldes. Después esperaba tranquilo a que se templara. Luego, de manera artesanal, esculpía diferentes motivos sobre el cordón que abrazaba a la campana, dependiendo del destino de dicho instrumento. Para la del colegio, libros abiertos y plumas, para la de la iglesia, cruces y coronas de espinas, la del reloj del ayuntamiento mostraba el escudo de la villa y el nombre de un excelentísimo. Un día, un hombre se acercó a su taller y confundió el bronce con latón; hay una gran diferencia entre el estaño y el zinc, pensó el campanero. Ya no hace campanas, pero las escucha, a la hora de comer y de cenar, también a la hora señalada para salir al patio. En el patio mira al cielo, llueva o haga sol y respira hondo, mientras los funcionarios vigilan desde sus posiciones a todos los presos.

El huésped

Que no recordaría aquel 14 de febrero por ser el día de los enamorados ya lo sabía; lo que no podía imaginar es que sería por unos acontecimientos tan espeluznantes por lo que no olvidaría esa fecha. Mis pesadillas están pobladas de atroces fotogramas desde entonces; los años no mitigan mis miedos, y como alfileres en el ovillo, los llevo alojados en esa parcela de mi cerebro que no se puede borrar.
Era vigilante de seguridad, y por aquél entonces me encontraba trabajando en un almacén de cobre al sur de Zamora. Tenía la obligación de recorrer las galerías cada treinta minutos, pasando el resto del tiempo en la garita; pero si escuchaba ruidos o veía algo extraño debía salir y hacer una ronda extraordinaria. Esa noche hice varias de estas. Hacia la una de la mañana terminé mi primera vuelta y entré en la cabina, conecté la radio, dónde Jim Morrison interpretaba su famoso tema The Unknown Soldier, en contra de la guerra de Vietnam. Sencillamente espectacular, pero antes de terminar, un rollo de cobre se volcó de unas estanterías causando un fuerte estrépito, así que me levanté y fui a comprobar que se había caído y no lo habían tirado. Por si acaso di el alto al posible ladrón, pero nadie contestó. Al acercarme vi a alguien cobijado en una sombra junto al rollo metálico y le dije que no se moviera. El espacio era bastante oscuro, sólo unos fluorescentes esparcidos por los altos techos daban una luz lúgubre e insuficiente. La sombra no se movía mientras yo avanzaba, al fin y al cabo esa había sido mi orden. Siguiendo el protocolo saqué la pistola y quité el seguro mientras le decía que se echara en el suelo. Se tumbó boca abajo y seguí acercándome, pero cuando estaba a apenas unos metros dejé de verle, de repente. Avancé rápidamente pero ya no estaba, ni ahí ni en los alrededores. Pensé que las sombras habían jugado conmigo y volví al refugio. Hice durante las dos horas siguientes cuatro patrullas más, sin incidentes. Eran las tres y diez de la madrugada cuando escuché otro fuerte golpe, y al asomarme por la cristalera de mi guarida vi otro rollo de cobre junto al primero y junto a ellos intuí de nuevo esa sombra. Salí a toda prisa con la pistola ya en la mano y corrí en esa dirección exigiendo al delincuente que se quedara quieto y levantara las manos. Lentamente las levantó y se quedó inmóvil. Esta vez seguía allí; lo que quiera que me perturba ahora me esperó. Era una imagen negra, una sombra con tres dimensiones. Me mantuve a unos pasos y le insté a identificarse. Fue entonces cuando ocurrió, la sombra se convirtió en un humo que me envolvió y me invadió entrando por todos los poros de mi piel. Vi entonces en mi cabeza catorce asesinatos brutales, vi los detalles, las torturas, el ensañamiento y la locura. Encontraron cientos de evidencias en las escenas de los horribles crímenes. El psicólogo de la prisión dice que lo que habita en mis pesadillas son mis recuerdos, trata de convencerme de que yo soy ese despiadado asesino, pero no lo soy. Yo solo soy su portador y él, mi huésped.

martes, 15 de febrero de 2011

El mejor final para un cuento

Con manos temblorosas me extendieron un papel en blanco y un bolígrafo y me invitaron a sentarme en un cómodo sillón frente a un imponente escritorio. Apoyé junto a la mesa mi portafolio. La pequeña sala se encontraba repleta de gente; todos los presentes me miraban con atención y preocupación desde sus altillos. Mi mente estaba tan blanca como el papel, esperé un rato y tras abrir el sobre lacrado, saqué del interior una tarjeta amarillenta en la que se disponían una detrás de otra las palabras más repulsivas que jamás había leído, carentes de sentido y de imposible pronunciación. El idioma está muerto, pensé, así que me levanté, no antes de escribir "Con estas cinco palabras, si se las puede llamar así, no pienso escribir nada; aunque sea el último microrrelatista del mundo". Mientrás salía por la puerta escuché los gritos de emoción de todos aquellos inútiles que veían en ese texto escrito con los jugos gástricos de una mala digestión una obra maravillosa; cerré la puerta y salí corriendo. La honda expansiva me tiró al suelo; tras levantarme, me sacudí el polvo y me fui a casa.

lunes, 14 de febrero de 2011

Llegar al final

Soy Francisco Ortiz, hijo de Francisco Ortiz y nieto de Francisco Ortiz. Mi abuelo murió en la guerra, fusilado, el 1 de Septiembre de 1937, justo el día que mi padre cumplía cinco años. El abuelo, decía mi padre, trató en Belchite de evitar la progresión hacia el norte del ejército falangista, pero fue detenido junto con otros 10 republicanos y asesinado en algún lugar de Zaragoza. Mi padre vivió pensando en morir; vio llorar a su madre todos los días de su vida, y eso le marcó un camino claro. Recopiló, desde antes de que yo naciera, mucha información sobre quienes y como detuvieron a mi abuelo y dónde le fusilaron. Murió hace dos años; como única herencia me dejó una carpeta que contenía una lista con los árboles genealógicos de diez personas, el título del documento era "Asesinos de padre" y yo lo entendí. Había marcado con una cruz a todos los que habían fallecido, los de la quinta de mi abuelo todos la tenían, y algunos de los siguientes en la lista también. Quedaban catorce nombres sin la señal. Ahora queda uno, Rubén Crespo, hijo de Rubén Crespo y nieto de Rubén Crespo. Está sentado delante de mi, atado de pies y manos, con la boca llena de papel de periódico y con los ojos llenos de terror. Él no sabe por qué está aquí, pero yo sí, y eso me basta; cuando ejecute la última sentencia, todos los nombres estarán marcados, y la cruzada que comenzó mi padre, finalizada.

domingo, 13 de febrero de 2011

Visions Of Atlantis - Delta (Nuevo álbum 2011)

Después de un tiempo sin postear nada sobre nuevos lanzamientos, ni vídeos, ni otras cosas del metal, os adelanto que ya falta menos para la salida del nuevo álbum de Visions Of Atlantis, de título Delta. La agrupación austriaca lo sacará a la venta por lo que parece el 23 de Febrero de 2011 vía Napalm Records, en España, Suecia y Finlandia. El nuevo disco es el debut para la nueva voz de Maxi Nil.
Aquí os dejo el trailer presentación del nuevo álbum, prometer, promete.

jueves, 10 de febrero de 2011

Cara de saco

La noche, sosegada fuera del coche, se agitaba dentro; recuperando el tiempo perdido, los dos amantes se besaban y con nerviosos movimientos seguían cada uno el contorno del otro. Olían las hormonas, y mezcladas con el salitre que traía la brisa marina, se podían inspirar los sentimientos. Y ese era el problema, el perfume se filtraba por los respiraderos del automóvil creando caminos invisibles fáciles de seguir por un rastreador. Ion lo era, y además era un depredador. Apostado tras los árboles, junto al mirador marino, inhaló los vapores una vez más y se tiró al suelo. Reptando, se acercó hasta el vehículo, y cerrando los ojos disfrutó una vez más de las esencias de los muchachos. Se cubrió la cara con su pasamontañas de tela de arpillera, tan solo un agujero para un ojo y otro para la boca; también sacó su largo machete y se levantó. La ventanilla de la puerta del piloto estaba bajada casi por completo y la música impidió que escucharan como extrajo la llave del contacto para arrojarla fuera del coche. Sacó la lengua por el agujero de la capucha, le gustaba hacerlo, le gustaba asustar; de esa forma se asomó por las ventanillas traseras y comenzó a hacer muecas a las dos sombras, mientras abría y cerraba el único ojo que dejeba ver. Mientras la chica cogía aire entre beso y beso le vió y se separó de él.

- Hay alguien ahí, con una máscara...- dijo ella, presa de un miedo que aún no debería ser tan palpable.
- ¿Dónde? Ahí no hay nadie. Habrán sido las sombras de los árboles.- dijo él llevando las manos a sus nalgas.
- Quita, ¡vámonos!- y fue lo peor que pudo decir.

El viento, fuera, era más frío de lo esperado. Le vieron entre los árboles, sacando la lengua y mostrando el cuchillo. A toda prisa montaron en los asientos delanteros, pero... la llave no estaba.

- ¿Dónde está la llave?
- ¡Nos la ha quitado! ¡Vámonos! - era patente el miedo de la incauta.

Estaba cerca cuando corrieron en dirección opuesta, hacia la zona de los matorrales. El rastreador les seguía despacio, pero acertaba cuando cambiaban el rumbo. Estaba a unos metros cuando el chico se giró golpeando a su extenuada compañera de juegos, tirándola al suelo y dejándola semi inconsciente. El hombre de la cara de saco llegó y extendió un cuchillo más pequeño a su hermano. Los temblorosos ojos de la chica que no comprendía la situación acompañaron a sus gritos. Es necesario un paréntesis porque la escena debe ser censurada. Después del trabajo de ambos, solo unas urnas con tropezones y líquido vital reposaban junto a un cuerpo descarnado.

martes, 8 de febrero de 2011

Campanas a muerto

Apenas tuvo tiempo de mirarme a los ojos. Los instigadores al unísono pedían que recogiera de la pila la piedra más grande y le abriera la cabeza con ella. Desde el suelo y desconcertado, me decía - Señor ¿cómo saldremos de esta? -. Mirando desde arriba, no encontraba la respuesta; los gritos de esos cabrones no me dejaban pensar, así que tomé el pedrusco más grande y lo alcé. - Tranquilo, no sé cómo, pero saldremos - es lo único que dije antes de bajar en dirección a su occipital la irregular roca; una y otra vez, como el badajo toca ahora la campana, hasta que el cuerpo quedó inmóvil. Él ya ha salido, ahora me toca a mi.

El reencuentro

Me reconoció al instante. Casi diez años sin vernos, y al pasar a mi lado me agarró para decirme - Ey tío, cuánto tiempo. - Me pilló en mal momento, tal es así, que el mareo que tenía junto con el asco que me produjo el reencuentro, me revolvió el estómago de tal forma que le vomité encima. Su cara cambió, y la falsa ilusión que demostró al principio se esfumó mientras me golpeaba la cara y fruncía el ceño; pero yo no podía dejar de reír, a cada puñetazo me reía más, tanto que ni siquiera oía lo que blasfemaba empapado en mi digestión. Me cansé. Como era de esperar no aguanté más de ocho ganchos, y poseído por el odio de los desagradables recuerdos, golpeé tan fuerte su mentón que lo abollé. En sus ojos pude ver antes de que quedaran vacíos que deseaba no haberme tomado por el brazo al verme, pero ahora... eso ya da igual.

miércoles, 2 de febrero de 2011

el hámster y la zorra

El hámster, roía los cables telefónicos con la única intención de limarse las paletillas, pero lo que consiguió fue dejar incomunicados a todos los habitantes de Brokenvillage. Cuando se dio cuenta se llevó las patas a la boca y emitió un pequeño gritito de horror; la pata le olía a queso y soñó despierto... Soñó con una gran bola de queso manchego, recordó al Quijote y a su escudero y también al lazarillo de Tormes. Disfrutó de los pequeños mordiscos que sus neuronas le daban a tal manjar y con la embriaguez que caracteriza a los soñadores no se dio cuenta de la llegada de la zorra. La astuta zorra había olido el queso, no sé si el imaginario o las migajas que portaba el roedor en sus patas, pero cuando llegó vio que en lugar de festín, había un sucio ratón ennegrecido y con los ojos cerrados, así que abrió sus fauces y lo trituró entre sus colmillos y molares. Tenía mejor sabor que aspecto, tenía ese toque a oveja que tanto le gustaba.... y soñó... y soñando dormida, aparecieron los lugareños buscando el motivo de la incomunicación y allí vieron a la zorra, junto a los cables pelados. No sé cuantos palos necesitaron para matarla, pero le dieron de más, seguro. Y una vez restablecidas las comunicaciones, se puso un cartel en el pueblo en el que se declaraba la guerra a las zorras, y reinó la paz para los hámsteres y la felicidad para los humanos, que cada vez que perdían cobertura en sus teléfonos se cargaban a una zorra.