sábado, 30 de abril de 2011

Siempre será tu penúltimo día

Desde esta privilegiada posición veo tu casa; tras la ventana intuyo tu figura, difuminada por unos visillos color ceniza. Un sol que arde en un cielo despejado hace brotar de un poro de mi piel una gota de sudor que se filtra por mi lacrimal, haciéndome parpadear varias veces. Cuando consigo enfocar de nuevo no estás, y la bala sigue en la recámara un día más.

microrrelato que ha participado sin éxito en el I concurso El Microrrelatista 2011

viernes, 29 de abril de 2011

Arrepentimiento tardío

Recibí de pequeño una educación estricta, pero eso no es óbice para que mi comportamiento fuera ejemplar. De hecho, era todo lo contrario; me pasaba el tiempo urdiendo elaborados e incluso peligrosos planes para saltarme las rígidas normas que me imponían. Con el tiempo, las travesuras se convirtieron en gamberradas, y estas en acciones realmente deleznables.
Ahora, mis padres descansan en paz, y yo no dejo de arrepentirme de lo mal que lo pasaron a cuenta de mis casi diabólicos actos. Por ese motivo soy yo el que no está tranquilo, y por eso me arrodillo cada noche frente a su cama pidiendo perdón sin cesar, una y otra vez. Al final, siempre consigo despertarles. Mi padre abraza a mi madre. Ella llora.

miércoles, 27 de abril de 2011

Bajo las cuerdas


Fotografía de Cybrghost


Soy negativo y hasta depresivo por naturaleza, así que debí haber elegido como instrumento un saxofón, o tal vez un clarinete, para expresar mis sentimientos, pero de mis congestionados pulmones no brota el aire suficiente como para convertirlo en melodía. Y es que las crisis asmáticas me tienen enganchado a un broncodilatador casi de contínuo. Fue mi madre la que me propuso entonces aprender a tocar la guitarra, y aunque al principio no me hacía mucha gracia, conseguí con el tiempo empapar mis acordes con una meláncolía que dolía a todo el que la escuchaba. El día que murió mi padre, mi madre consiguió con su llanto una funesta melodía que dejó a la altura del barro el sonido de mis penas. Así que desde entonces aparco mi vieja guitarra junto a mi mesilla, por si en mitad de la noche se me ocurre una canción más triste que la muerte de mi padre.


Con este micro participo en la propuesta Relato a partir de una imagen

Carnaza

Antes de ser arrojado al mar suplica una y otra vez por su vida a la vez que trata de contener la hemorragia de su pierna. El corte en la femoral es tan preciso que la pérdida de sangre es constante pero lenta, demasiado lenta. Ya en el agua, es el cebo perfecto. El capitán mira al contramaestre riendo a carcajadas.
- Hoy, amigo, comeremos tiburón.

martes, 26 de abril de 2011

Las manos de la concordia


Se la conoce como la cuesta de las lamentaciones porque tras la guerra civil, sobre todo las madres, descendían el empedrado camino llorando para recoger los cuerpos de sus hijos y darles una sepultura digna en medio de una guerra que no lo era. Pero esta es otra historia, ahora es Cándido el que baja por el reparado adoquinado, camuflado entre las sombras y con la respiración entrecortada. Se dirige a la abandonada y mugrienta nave que sirvió hace años de almacén maderero. Aún quedan dispuestas sobre algunas sucias baldas, enormes planchas de madera apolillada y maloliente. La puerta cede con un estruendoso chirrido y tras de sí la cierra. Apoya la espalda sobre ella y siente el frío del metal hasta en el tuétano de sus huesos. Las cortas y rápidas inspiraciones dan paso lentamente a una respiración más sosegada. Más calmado, se adentra en la oscuridad, rota tan solo por las luces nocturnas que se filtran por unos pequeños ventanales en lo más alto del pabellón. Se sienta sobre una caja de madera antes de hundirse entre sus manos.

- ¡No, no, no...! - repite sin cesar, con una voz congestionada y ronca.

Y llora.

La vieja casa del ilustre recaudador es ahora una casa más, en la que vive, o más bien vivía, la solitaria y triste comadrona, biznieta del singular personaje. Es la última casa antes de la cuesta de las lamentaciones. Está rodeada por un pequeño jardín cuidado con inusitada sensibilidad. El interior está prácticamente desprovisto de mobiliario, a excepción de la habitación principal, en la que luce una cama con sus mesillas de estilo clásico y un sinfonier, armario y cómoda de finales del siglo XIX. Un velón aromático desprende una agradable fragancia, que contiene entre sus humos el olor de la muerte. Y es que, bajo las sábanas, se ve el bulto de la mujer, aunque no se le ve la cara porque sobre ella se encuentra un almohadón enorme relleno de plumas de ave, y se sabe esto porque dispuestas alrededor de la improvisada yacija se encuentran algunas de estas blancas y suaves plumas. Está tan muerta que el oficio de un funeral sería para despedir únicamente a un cuerpo yermo del que el espíritu ha escapado sin demora por temor a una reanimación. Se llamaba Encarnación.

En el centro de la diáfana nave, a Cándido se le ve muy pequeño cuando llega la benemérita luciendo su verde militar. No le tratan mal ni le zarandean, se limitan a informarle.

- Cándido, vamos a detenerle por la muerte de Encarnación, ¿tenemos que esposarle?

Y él niega con la cabeza mientras se levanta y enjuga sus lágrimas con el antebrazo de su chaqueta de pana.

No hay ningún misterio que resolver, ni una truculenta historia tras el homicidio, no era un secreto que se querían, ni un secreto la enfermedad que a ella le tenía postrada en una cama con un colchón antiescaras desde hacía una década. En el juicio no hubo miradas de odio ni preguntas de más, sólo una condena. Y aunque llora cada noche en el desvencijado y asqueroso camastro, en el penal nadie le oye porque nunca ha levantado la voz.

domingo, 24 de abril de 2011

Mala noche

En el nombre de la ley, en la puerta trasera del Aker y con una melopea que me impedía caminar sin hacer eses, por todas esas cosas que hice y que no recuerdo y las que recuerdo pero que no hice, me leyeron unos derechos que me supieron a obligaciones y me metieron en un coche. Me dormí en el trayecto y creo que hasta me pusieron el pijama. Y aunque aún sigo borracho y no pienso levantarme para comprobarlo, tengo la sensación de que no estoy en mi casa.

martes, 19 de abril de 2011

Marmitako

Leopoldo Alcázar de Susaeta no es vitoriano, pero sí que lo parece porque de sol a sol siembra y recoge las patatas de su patatal; su mujer sin embargo, que lleva media vida viviendo en Palencia por amor, es de la rioja alavesa, y entre caldos rojos como la sangre y campos repletos de tubérculos pasó su juventud. Por eso le da órdenes desde la hamaca del porche, al cobijo del fuego abrasador del sol.

- Leo, cincuenta centímetros entre agujero y agujero, que luego cuesta más recogerlas. - dice con sabiduría.

Y Leopoldo piensa que sí, que lo que ella diga, mientras hace lo que le da la gana. En la cocina hierve a fuego lento un marmitako con bonito de Bermeo, pimientos de Gernika y patatas de cosecha propia.

- Sí mujer, es que me he dejado la regla en casa. - dice mientras sonríe, aunque le duele la espalda de tanto subir y bajar la azada.

Ambos se ríen a carcajadas, ella sabe que es un poco mandona, y él sabe que es un cabezota. Pero se quieren como el primer día, cuando se conocieron en aquél mercado alavés comprando patata nueva. Y cuando se sientan a la mesa, delante de sendos platos humeantes, antes de sumergir la cuchara en el caldo, se besan. Y a sus ochenta años esto es lo más bonito del mundo, porque ninguno se quiere morir primero para no dejar al otro solo.

Mi cáliz sangrado

Al amparo de la noche, el silencio es más callado cuanto más te adentras en ella. Y no sé que hora es, pero el silencio casi duele, así que supongo que la noche está atravesando su meridiano, dejando lejos aún los primeros rayos del amanecer. Y en medio de esta oscuridad siento vértigo, me tiemblan las piernas y noto mis carótidas palpitando con fuerza. Pese al esfuerzo que hago por ver un color distinto al negro, mis pupilas no consiguen enfocar nada, y noto como el músculo del iris se contrae sobre la pupila volviéndose a relajar, una vez y otra. Cierro los ojos y respiro, y entra a borbotones un aire contaminado que me abrasa al cruzar la frontera de mi garganta. Las costillas se clavan literalmente en mis pulmones con cada inspiración y percibo ese sabor óxido en la boca tan característico en situaciones similares. Paladeo y trago, inmóvil, esperando que en el estómago la sangre no cuente como perdida. Y escucho las rodadas en el asfalto, y los pasos entre los matorrales y las voces. Me han encontrado, pese a estar cabeza abajo en este infierno. Y esa mano en el hombro es una broma de mal gusto. Voy a dormir un rato, sólo un rato.

lunes, 18 de abril de 2011

No quiere soñar

Antes era esporádico, pero ahora es todos los días. Él se defenderá diciendo que no eran todos, que había días buenos, pero es mentira, no hay ni uno. Y al margen de los bellos amaneceres, el sol ya nunca sale para ella. Y a las noches, sólo le visitan esos sueños, amoratados como sus párpados y deprimentes como sus facciones, que le despiertan de madrugada. Y en mitad de la noche le mira, y desea coger la almohada con las manos y ponerla sobre su rostro y apretar, evitando la siguiente inspiración, cortando de raíz el suministro de despiadadas torturas. Pero no lo hace, porque ella no es como él, ella vale más hasta muerta. Y ya no quiere soñar, por eso espera despierta hasta que el último amanecer baña su rostro de ocres y salta feliz a un vacío en el que esperan las manos de una eternidad que amortigua el brutal impacto contra la acera. Y todo, absolutamente todo, se empapa con sus treinta y siete grados y tres décimas.

Lo que Sucede en los jardines de Puck

Hoy he recibido una grata sorpresa. De grata, estos son los sinónimos, placentera, agradable, gustosa, atrayente, amable, deseable, satisfactoria, seductora... y es que sólo grata me sabe a poco. El caso es que continuando con los homenajes a los que nos tiene acostumbrados nuestra amiga Puck, hoy me ha tocado a mi. Esto ha sido más que un detalle, y por eso, hago una pausa en mi blog, para agradecerle la entrada que me ha dedicado. Y así además aprovecho y por si alguno no ha paseado aún por sus jardines le insto a que lo haga porque no le defraudará. Aquí os dejo el link a la entrada que me ha dedicado.
http://losjardinesdepuck.blogspot.com/2011/04/lo-que-sucede-rojo-sobre-negro.html
Gracias Puck!! Es un placer que te hayas fijado en mi!
Saludillos!!

domingo, 17 de abril de 2011

Limpio

¿Cómo no va a oler a limpio si se pasa media vida limpiando? Y siempre usa las mismas medidas, un cuarto de litro de lejía por cada litro de agua y un chorro de desinfectante olor a limón para dar frescor. El cubo, impoluto después de cada uso, ahora alberga en su estómago de plástico toda esa suciedad que absorbe la fregona. Y no lo hace por obligación, que también, sino porque le gusta. Y canta, casi siempre baladas antiguas, mientras repasa el cerámico suelo una y otra vez. Cuando acaba con los suelos empieza con los utensilios; tenazas, escalpelos, punzones, tijeras, sierras y demás. Los frota con su metálico estropajo hasta que queda todo pulcro, como a él le gusta. Los trozos los deposita en enormes bolsas de basura que acumula en un pozo de doce metros de profundidad y que reduce a polvo con cal cada mes apróximadamente. Y es un vecino ejemplar, y educado, y muy limpio. Sobre todo, muy muy limpio.

viernes, 15 de abril de 2011

Profunda conversación

- ¿A ti te gusta esto?
- ¿Que si me gusta el qué?
- Pues esto, lo que estamos comiendo.
- Ah, bueno, no sé que decirte. Más que gustarme, sé que es bueno y que tiene los nutrientes que necesitamos.
- ¿Los nutrientes que necesitamos para qué?
- Pues para seguir viviendo, para mantenernos en forma.
- ¿Y de qué nos vale vivir? Siento que es una pérdida de tiempo. Además, cada bocado me da más asco.
- Bueno, hacemos una labor importante, no te quepa ninguna duda, los humanos nos necesitan. Por cierto, si hay una parte que te guste más te la cedo, yo me como lo que sea.
- Quizá las partes más blandas, esto me cuesta morderlo, pero hasta que lleguemos...
- Tranquilo, ¿ves? ya estamos a un bocado menos de lo que te gusta.
- Gracias amigo, si no fuera por ti desearía morir.
- No hay de qué, para eso estamos, además pronto dejaremos de ser larvas y volaremos lejos de aquí, a un lugar mejor, te lo prometo.

jueves, 14 de abril de 2011

Tránsito

El viento ya no ondea mi pelo lacio ni juega con mi demacrada piel. Y el sol no incinera mis poros ni calienta mis reumáticos huesos. Eso sí, no tengo preocupaciones mundanas, ni sentimientos. Y no te quiero, y no porque no quiera, sino porque no puedo. Y los pequeños y silenciosos moradores reptan junto a mi, despojándome lentamente de mis vestiduras, buscando mi desnudez. Y no hay túnel, ni luces, ni caras conocidas o desconocidas, sólo oscuridad y silencio. Y también tiempo, todo el tiempo, sin condensación, imposible de medir a corto plazo. Pero ahora creo, creo que no se muere del todo mientras alguien te mantiene en sus pensamientos, por eso clamo y pido que por favor todos se olviden de mi para que de una vez pueda morir en paz.

miércoles, 13 de abril de 2011

Ojos que te ven

Se despertó completamente desorientado, y le llevó algunos segundos darse cuenta de que no se podía mover. La oscuridad le envolvía por completo y sumada a ese extraño silencio le inquietó. Antes de prestar atención a nada más, se agitó en la silla tratando de liberarse de las ataduras, primero con movimientos pausados, y después violentamente, aunque sin éxito. El eco lejano de un grito alteró su estado de confusión, y contagiado, imitó la acción.

- ¡Socorro! Por favor, ¿hay alguien ahí?

Pero el silencio volvía a ser sepulcral. Más nervioso, comenzó a respirar con fuerza, casi ahogándose a cada nueva inspiración, mientras trataba inútilmente de soltar el nudo que ataba sus manos al respaldo de lo que parecía un banco de hierro anclado al suelo. Su ritmo cardíaco comenzaba a acelerarse, y los movimientos se volvían cada vez más torpes y más cansados. Paró, y fue entonces cuando el sonido metálico de unas tijeras al cortar le sobresaltaron, y gritó, esta vez sin decir nada. Cuando el eco del chillido dejó de rebotar en las paredes, se dio cuenta de que sus manos ya no estaban atadas, así que rápidamente se levantó.

 - Ho-la. ¿Hay... - y tragando saliva terminó la frase- ¿Hay alguien ahí?

En realidad, si hubiera obtenido respuesta, habría muerto de un infarto, pues el pánico casi se había apoderado de él. Así que sin pensar quién le habría liberado comenzó a dar pequeños pasos con las manos por delante. Pronto se topo con una húmeda y fría pared y fue recorriéndola hasta un hueco que parecía una puerta y lo cruzó. Una vaga luz al fondo de lo que parecía un enorme pasillo, le pareció la indicación luminosa de una salida. Con pasos lentos y silenciosos emprendió la marcha. A medida que avanzaba por el corredor, y pese a que se acercaba a la luz, su corazón palpitaba más fuerte. Podía olerse el miedo y algo más. La bombilla naranja centelleó un par de veces y se apagó.

- No-no-por-fa-vor. - miedo, era miedo.

Un débil siseo a su espalda le hizo girarse con rapidez. Asustado volvió a hablar.

- ¿Quién-quién eres?

Tal vez esperaba una respuesta, pero esta no se dio, así que sin dudarlo corrió en dirección a la bombilla fundida a la vez que palpaba las paredes del corredor. Sin ver es difícil correr, pensó al caerse. En el suelo, de nuevo percibió ese grito lejano que recorrió sus venas hasta llegarle al corazón. Sintió un pinchazo antes de las arcadas. Se levantó de nuevo tambaleándose y continuó en la misma dirección, más despacio y tocando las paredes. Parecían estantes, y en ellos, frascos de cristal, lo supo por el ruido que hicieron algunos al caer. El infinito pasillo parecía no tener fin, cuando de repente se topó con una verja metálica, cuando estaba a punto del colapso. Al ceder, un chirrido espantoso le hizo estremecerse, pero no era momento de volver atrás. Lentamente recorrió las paredes, que estaban llenas de baldas repletas de más frascos. Al final de otra pequeña estancia otra pared, y en esta lo que parecía un interruptor. Lo pulsó sin dudarlo, y tanto esa estancia, como el pasillo que había recorrido, se iluminaron por completo con fluorescentes de luz blanca. Frente a él, nada más que un callejón sin salida; claramente había elegido mal la dirección. Esos frascos que había tocado estaban llenos de ojos, un par en cada tarro. Cientos de tarros o tal vez miles y esos ojos sumergidos en un líquido acuoso. Corrió en dirección contraria emprendiendo de nuevo el largo corredor, a la vez que fijaba su mirada en aquellas miradas vacías que parecían seguirle. Al fondo del pasillo, levantada dos palmos del suelo, una chica con la boca demasiado abierta.

- A-ayúda-me. - dijo aturdido y empapado en sudor.


Se frenó en secó cuando la chica gritó. Ese aullido lejano que antes le devolvía el eco, estaba delante de él. Las luces titilaron y sumieron de nuevo todo en una completa oscuridad. Y gritó, gritó hasta que los gritos dejaron de oírse entre ruido de cristales rotos. Sin duda, hay ojos que te ven, pero el verdadero problema es cuando te miran.

martes, 12 de abril de 2011

Bucle

 Al fondo de la barra, impertérrito, agarra su copa de ginebra con la mano que le queda y clava la mirada como un arpón en el alcohol que se mueve entre los intersticios de los cubitos de hielo. El ruido del tumulto no le aleja de sus pensamientos y en su semblante, los labios esbozan el principio de una sonrisa invertida. Los párpados se van cerrando con cada diapositiva que le presentan sus recuerdos; malditos recuerdos y ¡maldito él! Algunas gotas salinas van empapando su frondosa barba gris. Y bebe, y llora, pero la pena no gana batallas. Y sin dejar de sumar grados al etílico mar de la culpa, se jura y se perjura que mañana, o a lo más tardar pasado mañana, dejará de beber.

lunes, 11 de abril de 2011

Rojo

En la azotea del número seis inhala una bocanada de aire gélido y se asoma al vacío. En su cabeza se anudan los problemas creando una maraña de imposible disolución. Del bolsillo de su camisa de rayas emerge una nota que, con excelente caligrafía, trata de explicar lo que hace al borde del hormigón. Y exhala un aire espeso y moribundo que precede al salto. Su alma desciende por la escalera de emergencias aferrándose a la vida, mientras el cuerpo lucha contra la gravedad en una batalla perdida. La acera mece el cuerpo y calma su sed con el torrente escarlata que se le escapa. Cuando levantan el cadáver, la nota es sólo un papel mojado imposible de leer, porque tal vez debería haber elegido un color diferente para escribir los últimos esbozos de una vida con punto final.

jueves, 7 de abril de 2011

Cadena

A lo lejos aparece una sombra dantesca, retorcida y coja, que arrastra una pierna ladeada a cada incómodo paso. Pese al complicado movimiento, se desplaza a una velocidad que parece imposible. Al pasar bajo la farola, la figura se muestra mucho más horrible que su propia sombra, y lo que parecía dantesco, es además grotesco. Un brazo más largo que el otro, una pierna más corta que la otra, y esa enorme chepa. Se aproxima, y lo que producía miedo, casi produce pena ahora. Pasa junto a mi con su bamboleo, y me mira por encima del hombro. Sus ojos indican claramente que no es un hombre feliz. Le devuelvo la mirada y le sonrío, no me río. Él, esboza una sonrisa, mostrando una boca mellada y descuidada, pero entonces dejo de ver a la criatura y veo a la persona. No deja de sonreír, como si hubiera pasado mucho tiempo sin no sentirse un bicho raro. Sigue caminando, mientras le sigo con la mirada. Cuando está a bastante distancia, se gira e intuyo su boca abierta; levanta una mano y le devuelvo el saludo. El brazo largo le decrece, la pierna corta se alarga y su espalda se endereza antes de seguir su camino. Uno de mis brazos se alarga mientras una pierna se acorta...

Creo que estoy vivo

Abro mis alas y las bato. El sonido que producen dista mucho del que imaginé, suena más plastificado, como a bolsa de basura. Es deprimente.

- ¡Quiero otras alas! -grito.

Espero la mutación pero no se produce. Cansado, las pliego contra la espalda y vuelvo a sentarme en la cama. Nunca conseguiré volar así.

- ¡Mis alas! ¡Quiero mis alas! -y parece más un alarido que un grito.

***************

- Lo siento señores, pero tiene un brote y hoy no podrán visitarle. -dice el celador.

- Volveremos a intentarlo mañana. - dice el septuagenario con semblante triste.

Afuera, el sol se esconde tras los bloques más altos, y las sombras se proyectan sobre los dos. El hombre, pasa un brazo por encima de los hombros de la mujer, que cabizbaja no deja de llorar y balbucear. Él besa su sien.

***************

Reconozco esos lamentos, son de mi madre.

- ¡Madre! ¡Madre!

Paso varias horas llamándole, pero no puede oírme. Me rompo a llorar, como cuando era niño. Llevo tanto tiempo encerrado en este sueño que ya no veo ni la puerta por la que entré. Por suerte no hay techo.

- ¡Madre! Te juro que en cuanto tenga mis alas volaré a tu lado...

miércoles, 6 de abril de 2011

Cuenta 140 - La sombra - mis propuestas

Estas han sido mis propuestas para el reto de esta semana, pero como de costumbre los ojos de Montero no se posaron en ellas... (bueno, las dos primeras aún no has sido examinadas, pero me temo lo peor, jaja)

Solo
Llueve, y el agua en la acera disuelve la perenne sombra que tenía como única compañía.

Treinta y nueve grados
Seco como la mojama por el pegajoso calor de este infernal mayo, deseo que llueva, aunque eso suponga que mi sombra se difumine en la acera.

Cabreado
Me hago el tonto y me voy al puticlub cuando veo la sombra de tu amante a través de las cortinas. Cortarte el rollo es algo que me pone.

Peter Pan es un tirano
Sin hacer ruido, recorto por la línea de puntos la sombra cosida a los pies de Peter Pan concediéndole de nuevo su ansiada libertad.

Muertos en el aire
Bordea con una tiza la sombra que se proyecta inmóvil en el suelo; cuando los muertos no lo tocan es así como se marca la escena del crimen.

lunes, 4 de abril de 2011

El traje del muerto

No hubo brindis, tan solo miradas de reproche y un hasta nunca colgado de una soga en mitad de la habitación. El aprendiz de sastre, pese a su pequeño tamaño, manejaba con destreza las tijeras y la aguja, y poco a poco creaba lo que sería un perfecto traje a medida. No sobraría tela en ningún sitio, y tampoco faltaría. En su cabeza rondaban cientos de sueños que se atropellaban unos a otros, en una lucha sin cuartel para ser el primero en cumplirse. Pero él lo tenía claro, quería viajar a Francia, dónde dicen que están los más bellos cementerios y las peores personas. Así que puso todo su empeño en aquél traje que tenía entre manos, ante la atenta mirada de su mentor, pues eso le abriría las puertas de otras funerarias de mayor prestigio. Cuando lo terminó, el cadáver del ahorcado descansaba con los ojos en blanco sobre la fría mesa; entonces le vistieron. Y como era de esperar encajaba como un guante en el cuerpo sin vida del reo. Pasaron años y de aprendiz pasó a maestro, pero de Francia no quedaba nada, sólo nostalgia en su corazón marchito. Y ahora, mientras cuelga de una soga en el centro de su habitación, es otro joven siniestro el que configura su negro traje, pero da la sensación de que en la caja va a tener más pinta de bufón que de señor.

Noctámbulo



Cae la noche, y desde su atalaya contempla los alrededores del templo. Antes de saltar, arrastra su garra por la escamosa piel de su pecho, formando algo parecido a una cruz; su categoría de bestia, convierte esta acción en una mera coincidencia y no en un acto de fe. Pese a su desagradable figura, sobrevuela sus dominios con agilidad, en busca de merodeadores con malas intenciones. Y retorna a su mirador cuando despunta la aurora, esperando que el sol le devuelva a su pétrea forma hasta el próximo anochecer. Durante el día, que vigile otro.


[participa en el concurso de minificciones de abril minificciones]

domingo, 3 de abril de 2011

El sentido de los sentidos (el tacto)

Hay obsesiones nefastas, y la suya lo es. Cierra los ojos y desliza sus ásperas y frías manos con delicadeza por cualquier superficie. Se detiene en los detalles, los estudia, hasta que consigue identificar y crear una imagen clara del objeto manoseado. Para evitar las pistas, su vida gira entorno a la oscuridad, pero en ocasiones, cuando la luz lo permite, le traiciona el subconsciente, afloja los músculos de los párpados y recibe esa valiosa información que facilita el reconocimiento. Es entonces cuando, harto de sus propias trampas, se enfada de manera desmesurada. Su vista es su inconveniente, por eso hoy, y pese a lo doloroso que pueda parecer, extirpa sus cristalinos con pulso firme y continúa viéndolo todo con la yema de los dedos.

Otros sentidos:

El gusto

El olfato

viernes, 1 de abril de 2011

No temas

Transcurre la nebulosa senda entre sinuosas ramas y frondosos arbustos. La iluminación nocturna es insuficiente, se limita a eventuales postes luminiscentes. Cuando te acercas, las leyendas se acumulan en tu estómago, retorciéndolo. Antes de adentrarte en la angosta vereda, te paras y piensas que sólo son cuentos, sin embargo, los susurros y las borrosas figuras que te preceden te impiden dar el siguiente paso. Hazlo sin pensar. Una vez dentro se disipa la bruma y la espesa vegetación te aísla del ruido. Estás solo. Camina. No hay restos de fantasmas, ni de voces. Respira. Sólo huele a tierra y a hierba mojadas. Tranquilo. Ahora lo sabes, tan solo es un lugar para encontrarte a ti mismo.