jueves, 30 de junio de 2011

Yo

Soy bastante normal; al menos la mayor parte del tiempo. Dicen de mí que soy una persona afable, de trato cordial y tolerante. Buen vecino y ejemplar marido. El magnánimo padre de dos preciosos hijos y un excelente trabajador. Y no soy bipolar, ni sufro un trastorno de la conducta, ni ninguna otra enfermedad mental, por si alguien se lo pregunta después. Mi perfil sicológico está dentro de la comúnmente llamada normalidad.

Tengo predilección por los que gesticulan mucho. Me quedo absorto en el estudio de sus facciones, en la comprensión de sus rasgos y extraigo mentalmente los detalles; un arqueamiento de ceja, la sonrisa mientras se parpadea, el fruncido de un ceño, el rubor de las mejillas… Uno o dos días después, cuando llega el momento, me resulta mucho menos complicado recordar la expresión que me sedujo, la que me hizo salir por un momento de mi más absoluta normalidad visitando el lado más abstracto de mi ser.

Lo macabro de la historia, no es que tenga una habitación llena de cabezas, lo macabro es que a cada una le confecciono su más fidedigna expresión.

martes, 28 de junio de 2011

La hija del gigante (cuento para mi hijo Aimar)

Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy apartado, vivían un hombre y una mujer en condiciones precarias. Su casa, de adobe y paja, se asemejaba más a una cabaña. Pero pese a su pequeñez y a la falta de comodidades, esa pequeña casa se convirtió en su hogar, y fueron muy, pero que muy felices. Y colorín colorado… no, este cuento no se ha acabado.

Los años pasaron lentamente primero, uno, dos, tres... Y luego más rápido, cinco, diez, quince… Y al final volaron, y cuando quisieron darse cuenta eran ya dos ancianos. Cuando el tiempo les había arrugado casi por completo llegó la sorpresa, la que durante tanto tiempo estuvieron esperando. ¡Ella estaba embarazada! La felicidad era ahora completa, pero algo les preocupaba y es que les quedaba poco tiempo. ¿Quién cuidaría de su retoño?

La simiente germinó en el útero de la anciana, y después de nueve meses dio a luz. ¡Una niña! Pronto dijo sus primeras palabras, y pronto dio sus primeros pasos, pero cuánto más crecía ellos más envejecían. Pronto no estarían y ¿quién protegería entonces a su dulce niña? Esta pregunta y otras se convirtieron en una preocupación, pero un día, o mejor dicho una noche, alguien golpeó la puerta. ¡POM! ¡POM! ¡POM! La casa entera tembló y todos se despertaron. A duras penas la anciana se levantó y de su mano el anciano. Abrieron la puerta y frente a ellos tan solo un enorme pie descalzo vieron.

- Aquí arriba. – dijo una potente voz

Ambos miraron hacia arriba, anonadados. Unas piernas tan grandes como árboles, cubiertas por un pantalón hecho de remiendos, una enorme soga hacía de cinturón. Sobre ella, un torso descubierto y más arriba la enorme cabeza. Los ancianos corrieron dentro para escapar del monstruo y cerraron de nuevo la puerta. Las paredes volvieron a temblar cuando el tejado, como un sombrero, se levantó sin esfuerzo. Allí estaba el gigante de nuevo.

- No nos hagas daño. – dijeron abrazando a su criatura.
- No, no he venido a haceros daño, tan solo quiero ayudaros.
- ¿Cómo? – preguntaron.
- Cuidando de vuestra hija. – dijo con su voz grave el gigante.

No podían creer que aquel hombre tan enorme se fuera a hacer cargo de la pequeña, pero era la última oportunidad de dejar a su hija a buen recaudo. Así que accedieron.

- Y ¿quién te habló de nosotros? – dijeron los marchitados ancianos.
- Todos lo hicieron. Los animales, las plantas, hasta el viento vino un día a pedir que me hiciera cargo. – dijo el bonachón gigantesco.

Y así se marchó el tiempo. Los cuatro juntos vivieron, hasta el día en que los ancianos por una eternidad durmieron. Y desde entonces la niña, que ya no lo era tanto, pasaba parte del tiempo en el hombro del gigante. Y cuando a este le preguntaban que a quién llevaba ahí arriba él siempre les respondía: "¡A mi hija!".

Y colorín colorado, ahora sí que ha terminado.

lunes, 27 de junio de 2011

Las malas ideas

- Ah, ah, ah...

Otra vez ese sueño. Se despierta sobresaltado con las sábanas arremolinadas a las piernas por las innumerables vueltas y cubierto por una patina de sudor. El corazón le late con fuerza y sólo tras unos minutos logra calmarse. Bajo el quicio de la puerta se emborrona entre las luces y sombras nocturnas la silueta de esa vieja a la que tantas veces ha visto ya. El dolor de cabeza viene últimamente acompañado de pequeños bultos. Cada vez hay más.

"Siempre es igual. Estoy sentado en un sucio y oscuro cobertizo. En lo alto hay una ventana con rejas, pero la noche es tan oscura fuera que tan solo se diluye en el interior una luz blanca difuminada. Supongo que será la luna. Frente a mí, una puerta de metal es el punto final de mi celda. Pero hay alguien más. Escucho ese ronroneo continuo e invisible de un gato al ser acariciado. Me levanto con cuidado y avanzo tocando las enladrilladas y mohosas paredes que dan forma al cubículo. Paso a paso recorro las cuatro paredes y cuando llego al punto del que he partido allí está de pie esa vieja. Retrocedo asustado y ella anda hacia mí estirando sus brazos, en los que muestra a un escuálido gato negro de ojos amarillos cubierto por moscas y otros insectos. En las calvas de su pelo se pueden ver minúsculos movimientos.

- Sálvalo, sálvalo. - me dice.

Su aliento es pútrido, desagradable. Sigo retrocediendo hasta que choco mi espalda contra la pared. Entonces me pone el gato encima. Las arrugas comprimen su cara y veo perfectamente sus protrusiones faciales y defectos cuando grita.

- ¡Llévatelo cabrón! ¡Tu vida depende de él desde ahora!

Entonces lo suelto, grito y es cuando me despierto. Y siempre es igual."

El consejo es claro. Ese que se hace llamar psicoanalista, con voz grave y convencida dice:

- Tómalo. La próxima vez toma el gato en tus manos.

Está deseando poner en práctica el consejo, pero no cree que sea fácil. El no controla la situación, el sueño siempre le domina y acaba de la misma forma.

Pero esa noche es distinto. En lugar de huir se sorprende agarrando al gato. La vieja ríe ahora a carcajadas cuando él sale por la metálica puerta y enfila un lúgubre pasillo. Al final del corredor está su habitación, su cama. Deja al famélico gato negro en el suelo y se acuesta.

A la mañana siguiente unos maullidos le sacan de la nocturnidad de sus sueños. A los pies de la cama, un gato de brillante pelo color azabache lo mira fijamente antes de escapar. Su cabeza está llena de bultos, y la espalda también, le hierve la sangre y tiene ganas de vomitar. Recorre los pocos metros que le separan del médico sin tan siquiera mirarse al espejo; por la calle la gente se aparta de él. Algunos se vuelven a mirar mientras tapan sus bocas. Las madres cubren los ojos de sus hijos con las manos mientras aceleran el paso.

Tras examinarle guardando las distancias el médico sentencia:

- Garrapatas. Tiene usted el cuerpo lleno de garrapatas. ¿Tiene usted animales?
- No. – y piensa: pero los veo

Rutinariamente acude a que le desparasiten. Por más y más garrapatas que le quitan cada día, a la mañana siguiente su cuerpo vuelve a estar plagado de ellas. Y cada mañana le despierta ese cada vez más imponente gato. Y ahora que no sueña trata de hacerlo, pues sabe que la única forma de recuperar su vida es acabar con esa maldita vieja.

domingo, 26 de junio de 2011

Una fría madrugada

Deduzco por su silencio y la falta de movimiento que debe estar muerto.

Hacía frío y aunque la calefacción del coche cumplía con su cometido, de vez en cuando entraba una ráfaga de viento helador por los conductos de respiración que me hacía estremecerme. El motor a ralentí temblaba esporádicamente a causa del esfuerzo por templar el ambiente. La humedad, después de dos horas a la intemperie, comenzaba a cristalizarse en las ventanillas a pesar de la diferencia de temperatura, y el exterior empezaba a difuminarse con el halo blanquecino de la helada. Cuando a las tres y trece de la madrugada, en el retrovisor se abrió la puerta del número seis, paré el motor y me bajé del vehículo. El viento gélido me arañó con fuerza en la cara y me subí el cuello, cerrando la cremallera de mi chaqueta hasta que incluso mi nariz quedó tapada. Camuflado entre las sombras me coloqué detrás del tronco de uno de esos árboles que, pelados de hojas, parecían esqueletos de madera. Y esperé a que la plumífera sombra que caminaba por la acera llegara a mi posición. Cuando lo hizo me costó poco inducirle a la inconsciencia, tan solo necesité aplastar sus carótidas y tapar su nariz y su boca durante algo más de cuarenta segundos. Le deposité, después de apartar algunos trastos, en el amplio maletero, y después de atarle y amordazarle le tapé con una manta. Tengo por costumbre solicitar la identificación por parte del contratante antes de terminar un trabajo, pero esta vez no la necesitaba, pues estaba harto de ver sus fotos y de escuchar a su mujer decirme que el divorcio era inminente. Esta vez en lugar de por dinero, lo hago por facilitar el trabajo al amor de mi vida. Mientras conducía me distraje en pensamientos que me revolvieron las tripas; pensé que tal vez ella no me quería, que sólo era una aventura y me cabreé con ella sin tan siquiera estar presente. Estuve a punto de detener el coche, desatar a su marido y desaparecer, pero unos golpes secos y fuertes me sacaron de mis devaneos mentales. Las patadas en la chapa hacían eco en el interior. “Tranquilo, ya llegamos”, dije. Me detuve en mitad del puente y apagué las luces sin detener el motor. Cuando abrí el maletero, el bulto se agitaba bajo la manta y le destapé. Sus ojos pedían clemencia, pero es algo que no tengo, así que no la puedo dar. No sin resistencia conseguí sacarlo de su prisión y haciendo acopio de mi fuerza le asomé al río que musitaba veinte metros más abajo. Y le solté.

El río, acusando las bajas temperaturas de los últimos días, había decidido hibernar, convirtiendo su líquido cuerpo en hielo.

sábado, 25 de junio de 2011

Agua

Agua - por Juanlu (http://dididibujos.blogspot.com/)
Gracias por ilustrar este microrrelato!

Clara. Mirada limpia, en general pulcra. A las tardes libra, aunque es acuario. Tal vez ese sea el motivo de su predilección por el agua. Se asoma al acantilado y se queda hipnotizada por el rumor de las olas al romper contra las rocas. Es tan cristalina que su disolución es completa tras la caída. Su ropa sobre la arena infiere conclusiones dolorosas que no lo son tanto. Tan solo fue magnetismo, volver al elemento del que no tenía que haber emergido. Nunca debió tener cuerpo, sólo ser lo que siempre ha sido.

viernes, 24 de junio de 2011

A favor del viento

El viento cálido del sur sopla con fuerza en dirección norte. El velamen se hincha y empuja el cascarón metálico del velero sobre las saladas olas de un enfurecido mar. El falso título de patrón le permitió acceder a un barco del que ni siquiera sabe plegar las velas. Ajena al peligro, ella exhibe su voluptuosidad al sol mientras se alejan de la ya inalcanzable costa; y él aún no se ha dado cuenta de que disfrutar de esas curvilíneas vistas no merece dos vidas.

Amor elevado


Entre los limoneros el amor es más dulce; la pasión contrasta de una forma excepcional con la acidez de sus limones.

Coleccionista


La paulatina pérdida de visión acecha con sumirme en la más absoluta oscuridad; tal vez ese sea el motivo de mi obsesión con los ojos de los demás.

jueves, 23 de junio de 2011

Maldita

La noche reposa sobre un pedestal de oscuridad que lo cubre todo; ni siquiera unas minúsculas nubes se atreven a pintar el apagado cielo. Y en medio de ese pozo de las miserias se alza una pequeña casa. La parte frontal, que es la que veo, consta de dos ventanas, una a cada lado de esa envejecida puerta. Las enredaderas se aferran a sus paredes, las mastican con sus envenenadas púas. Sus ventanas, como heridas abiertas, exhiben un interior opaco; un vacío en el que a simple vista es imposible existir. El abandono es evidente, pero yo continúo escuchando ese anémico llanto. Petrificado, soy incapaz de acercarme más, pero tampoco consigo retroceder sobre mis pasos y escapar de allí, pues las tinieblas que me rodean me increpan para que avance. Al tiempo y con temerosos pasos recorro en silencio unos metros. Estoy frente a ella. Pese a su pequeñez, más propia de una chabola, se me hace mastodóntica. Y es al inspirar con fuerza a causa de unos incomprensibles nervios que me atenazan el estómago cuando se encienden sus luces. Parpadean. Presiento que se fija en mí y mi cerebro se esfuerza por mantener la cordura aunque a la vez trata de alertarme de la absurda posibilidad de que la casa esté viva. La puerta cede ante un impulso del viento y lentamente se abre. Más presa de la hipnosis que de la curiosidad atravieso el quicio de la puerta. La austeridad del interior me asfixia y es al apagarse las luces y cerrarse la puerta tras de mí cuando su húmeda lengua me lame. Ya no llora. Yo sí.

miércoles, 22 de junio de 2011

Demostración empírica

El aire quema aquí dentro. El invariable tono de su voz y lo poco que me seduce lo que cuenta, me inducen a un incómodo letargo. No lo aguanto, así que poniéndome en pie, y después de disculparme, me marcho. Kant, que sabía tanto como yo de la predisposición del hombre al mal, también se habría levantado ante el empeño del ponente en tratar de certificar en boca de otros que la inclinación natural del ser humano es "indudablemente" bondadosa. Estoy harto de esas teorías, pues yo, que no hago nada por ser ni bueno ni malo, tiendo a la iniquidad con una facilidad dantesca. En el número seis de la avenida de los chopos mis manos tratan de explicarle a ese bocazas que las ganas de matar no se hacen sino que nacen. Ya no habla.

martes, 21 de junio de 2011

FIlosofía de muerte

Vivo; y mientras lo hago, un vómito de oscuridad se cierne sobre mí entre falsas risas y sueños imposibles. Mis pasos se truncan y me salgo de las sendas más seguras, dirigiendo mis pasos hacia angostas callejuelas sin iluminación, lúgubres pasadizos que me acercan sin previo aviso al agujero más negro. Pero no tengo vértigo, pues el barranco no es más que suelo horizontal que no soporta mi vertical peso, y sabiendo esto camino por el aire renegando de mi cuerpo. Y así, mientras me juego la vida persiguiendo mis sueños, sin luces que me indiquen el camino más recto, vivo; y lo hago para morir, pues ese es mi destino, pero mientras me muero, en lugar de estar muriendo tan solo quiero estar vivo.

lunes, 20 de junio de 2011

Masticar cristales

Talbot Horizon. La crucecita de Caravaca tallada en plata con adhesivo en el salpicadero y un rosario de madera anudado al retrovisor interior. Y no cree en Dios. El cenicero, desbordado de colillas, emana un olor rancio a tabaco negro. Los dedos índice y corazón, a causa de la nicotina, acusan un color hepático considerable. Las líneas discontinuas a esa velocidad parecen sólo una. Y ese charco rojizo que descansa aún a treinta y siete grados sobre la tapicería se llamaba Lucía. La carretera le increpa, le insulta y le susurra "¡Corre más, yo te sujeto!" Pero nada más lejos.
Y no cree en Dios, pero si no le salva él, ya nadie lo hará.

domingo, 19 de junio de 2011

Frío

Tiembla. Es la primera vez que le veo hacerlo. Me regocijo en sus escalofríos mientras aparto el sudor de mi frente con disimulo, pues eso, aquí, también está prohibido. Las innumerables hogueras que desprendían hasta ayer vapores sulfúricos y enormes llamas azules, hoy tan sólo son ridículas ascuas. La característica apatía que me define en mi rutinaria labor se desvanece ahora en mis rasgos, y es que la alegría me embarga al comprobar que el infierno, por fin, se apaga.

sábado, 18 de junio de 2011

El camino del bien


Aquí no nos gustan los burdeles.

El día que Tom llamó a mi puerta y me habló de la apertura de un nuevo local a las afueras del pueblo, me hirvió la sangre. Ambos sabíamos que junto con las chicas llegarían los problemas y teníamos que actuar pronto si no queríamos perder el control. Amanda llegó en el momento en el que sacaba la segunda cerveza de la nevera.

- Hola cariño. - dijo cerrando la puerta.
- Hola, estoy con Tom en la cocina. - siempre debía avisarle de las visitas, y más cuando se trataba de alguien a quien no soportaba.

No dijo más. Escuchamos los tacones al subir rápidamente las escaleras y después el portazo.

- Nunca me perdonará, ¿verdad? - me soltó Tom.
- Sí lo hará; dale tiempo. - aunque ahora sé que nunca lo haría.

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El señor Lemman era el dueño de una fábrica clandestina de neumáticos industriales. Teniendo los contactos necesarios y unos precios sin competencia, no era extraño ver que el negocio crecía cada año que pasaba. Parece difícil que una fábrica con tantas emisiones nocivas y descontroladas eludiera a la ley con tanta maestría, pero el señor Lemman sabía cómo y a quién debía sobornar. Su nombre de pila era Abbot.

Abbot y su mujer, Sarah, murieron quemados en el interior de una pila de ocho neumáticos de tractor. Aún estaban atados cuando apagaron el fuego y los sacaron de allí. El caucho se había derretido en gran parte y se había adherido a la piel de ambos. Murieron abrasados y no asfixiados por la inhalación de los gases como se comentó; hay veces que, ante casos tan horribles, la gente se inventa lo que sea para restarle dramatismo. Es lo malo de los negocios tan prósperos e ilegales, que despiertan envidias entre los que juegan las peores cartas.

El caso es que ese día conocí más de cerca a mis suegros, aún calientes, y a Amanda, claro. A su hermano Tom le conocería días más tarde, pues ni siquiera se presentó al sepelio ni al entierro. Y de ahí viene la tirantez entre ellos.

El mismo día del homicidio comenzaron las investigaciones. Recogimos multitud de pruebas de la escena del crimen, aunque ninguna coherente. Había colillas de cigarros de distintas marcas, como si alguien hubiera vaciado un cenicero para despistar; también había algunas latas de Coors por el suelo pero sin huellas ni saliva, como si hubieran sido vertidas sin más en otro lugar, abolladas y depositadas allí junto a los cigarrillos. Así que no teníamos nada. Dos semanas después recibí una llamada en mi despacho.

- Oficina del Sheriff, al habla el oficial Curt Parton. - contesté.
- Buenos días, soy David Evans y tengo información sobre el caso del señor y la señora Lemman. - la voz me sonó familiar.

Habló poco, tan sólo me dijo que quería hablar conmigo en algún sitio fuera de la comisaría. Y yo, claro, accedí.

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Para mí, la cerveza Miller siempre ha sido la mejor, aunque no sea la que mejor reputación tiene. He podido comprobar que además de tener un sabor más ligero, es la que más rápido se enfría; por muy raro que suene. A Tom no le gusta demasiado, pero en mi casa la bebe sin rechistar.

- Bueno Tom, y ¿de qué se trata?
- Se trata de Juan Rodríguez, un mexicano que no para de expandir sus negocios de prostitución. A él no le he visto, pero el talón con el que pagaron por el local está firmado por él. El mismo día en que compraron el local empezaron las reformas y creo que en pocas semanas estará abierto.
- Necesitará papeles. - dije sin pensar.
- Tiene dinero. - las palabras de Tom me hicieron darme cuenta de mi torpeza. Aquí todo se compra.
- Cierto, cierto. - solté sintiéndome bastante idiota.

Después siguió contándome lo que había averiguado. Lo sabía todo, el importe por el que el señor Cox se había deshecho de su tugurio, de qué banco procedía el dinero de Juan Rodríguez, cuántos hombres estaban trabajando a destajo en las reformas, en fin, todo. Y como la chusma no nos gusta hablamos de lo que teníamos que hacer.

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Llevaba mucho tiempo detrás del señor Lemman y su fábrica ilegal de neumáticos. Cada vez que pasaba al lado tenía que taparme la boca para no ahogarme. Lo peor es que nadie hacía nada, Abbot sabía muy bien que mientras continuara con los pagos, su negocio seguiría siendo rentable y nadie le molestaría.

Gracias a un soplón descubrí el entramado que había detrás. Descubrimos que los pagos se hacían siempre en efectivo en lugares acordados una hora antes por teléfono. Sabíamos quién haría la llamada ese día y le seguimos; una vez que llegó al punto de intercambio y recogió el maletín cada uno se fue por su lado. Le arrebatamos el maletín después de pegarle dos tiros, y en un bolsillo dejé una tarjeta de "neumáticos Lemman". Las represalias no se hicieron esperar, y al día siguiente el señor y la señora Lemman ardían en una pira como auténticas brujas. Nos había salido mejor de lo que esperábamos, y además de acabar con el fraudulento negocio, nos hicimos con un buen botín.

Fue ese día cuando conocí a Amanda, y unos días después volví a ver a Tom, esta vez no como soplón sino como hermano de Amanda. No entendía el porqué de la traición a su padre. Después me enteraría de que él no compartía este tipo de actividades y por eso habían acabado odiándose mutuamente. Al menos Tom era legal.
Luego fue lo de David Evans. Me dijo que sabía que yo había matado y robado al enlace de Abbot y me exigió la mitad del dinero por mantener la boca cerrada. Yo hasta entonces no sabía que se podía matar a una persona de dos puñetazos, pero Tom lo hizo y también se encargó del cuerpo, y debió de hacerlo bien, porque ese tema quedó zanjado para siempre.

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Desde aquella primera vez había llovido mucho, y hartos de que "los buenos" no lucharan contra el crimen sino a favor del crimen, decidimos tomarnos la justicia por nuestra propia mano. Fuimos perfeccionando nuestros métodos y al final siempre conseguíamos nuestros objetivos.

La primera vez que Tom disparó a un traficante de armas, le voló una oreja por error; después me contó entre risas que nunca antes había disparado. El segundo tiro fue certero, justo entre las dos cejas. Su cara lo decía todo. Se sentía bien, estaba cumpliendo con su obligación de buen ciudadano, y yo, también. Desde entonces consideré mi trabajo policial como secundario y me gustaba verme más como un héroe que iba limpiando las calles de villanos.

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Juan Rodríguez era un tipo peligroso. Cuando faltaban pocos días para la inauguración hizo acto de presencia en el prostíbulo, que ya lucía un cartel luminoso con una señorita tumbada y el nombre del antro parpadeando, protegido por dos matones que no ocultaban sus armas.

- ¿"Zorras calientes"? ¡Qué mal gusto! - le dije a Tom cuando vino con las noticias.

No tenía buena cara. Sabía que cada vez me ponía más nervioso cuando las noticias no eran todo lo buenas que debían ser, pero cuando me soltó aquello perdí el control.

- Curt... Amanda... - tragó saliva - Amanda trabaja para él. - casi temblaba.
- ¿Qué? y ¿qué es lo que hace? ¿Servir copas? - empezaba a cabrearme de verdad.
- No... Bueno no estoy seguro.
- ¿Cómo que no estás seguro? ¿Qué pasa? - le grité cogiéndole por el cuello.
- ¡Es prostituta Curt! ¡Amanda es prostituta! ¡Lo siento!

Retrocedí dos pasos antes de dispararle. Fue tan repentino que el primer balazo se lo metí en el cuello y pidiendo perdón apunté mejor. Me tomé mi tiempo para que supiera que a un marido enamorado no se le puede decir eso y apreté de nuevo el gatillo, esta vez la bala entro por la frente y salió por la nuca.

Pese a que soy el bueno, creo que obré mal en esa ocasión, pues ya tenía mis sospechas sobre ella. Pero Tom no tenía que habérmelo dicho, al menos no así, en frío. Saqué una Miller de la nevera y me la bebí de un trago. Me senté a esperarla en el hall tomando una cerveza tras otra. La sangre de Tom iba impregnando la alfombra y pensé que cuánto tiempo tardaría en vaciarse del todo o incluso si lo haría. Pensé que igual la sangre se estancaría en la venas al no ser bombeada ya por el corazón. Tenía tiempo para pensar en esto y así me mantenía ocupado. Cuando entró, la disparé en el corazón; ahora los dos lo teníamos casi igual de roto.

Sin mi amigo Tom y sin mi querida esposa ya no tenía sentido nada de lo que hacía, pero este último trabajo tenía que terminarlo. Sin prepararme mucho salí a la calle y fui al tugurio de mala muerte de las afueras. Era espectacular. Era incomprensible que en sólo dos semanas lo hubieran arreglado de tal forma. Lo que hace el dinero, pensé. Y este pensamiento me hizo pensar en Tom, en lo cansado que estaba de que lo bueno y lo malo se comprara con dinero. Fui entrando en cólera mientras pensaba que las muertes de mi amigo y mi mujer eran culpa de este explotador sexual. A medida que me acercaba a la entrada se me enfriaba el sudor y se me calentaba la sangre. Descerrajé dos tiros a los gorilas de la puerta y entré. Rodríguez estaba sentado junto a una fulana de Europa del este con sus dos guardaespaldas y desde dónde estaba disparé a todos. La prostituta cayó en segundo lugar y Juan el último. Aún no sé de dónde llegó la bala que me hirió. No me dolió, tan solo noté el frío en la sien y un extraño e incomprensible sabor a hierro en la boca. Y en mi corazón, la sensación de que lo habíamos hecho bien.

viernes, 17 de junio de 2011

Héroes

La noche cobró vida con la música de los dragones. El gas comprometía el oxígeno de sus pulmones y al ser exhalado crepitaba violentamente en el momento de incendiarse. Los gruñidos de las bestias ponían en alerta a los más valientes que, enfundando sus espadas de doble filo y metal frío, perseguían la melodía para ganar puntos con las doncellas. Yo, ni era tan valiente, ni me molestaban lo más mínimo; al contrario, les debía mi éxito entre las mujeres, pues cuando los fornidos caballeros salían a matar serpientes con patas y alas, yo aprovechaba el momento para tranquilizarlas. Y es que siempre he tenido prioridades y si tengo que elegir un fuego me quedó con el de la mujer, no me pida que le explique por qué.

jueves, 16 de junio de 2011

Payaso triste

Le he visto llorar; no es un papel. Con el maquillaje, únicamente difumina su tristeza, la hace más llevadera. De otra forma, incluso a los insensibles niños se les partiría el alma, se apiadarían de él y dejarían de reírse ante las vejaciones que sufre por parte del payaso bromista. Pero pese al bochorno, sus toscas y deprimidas facciones se relajan durante la función. Es después cuando comienza el auténtico circo.

miércoles, 15 de junio de 2011

El amor, a veces, duele

He de avisar que este cuento no tiene un final feliz. Si alguien quiere perdices, que busque en otros cuentos, pues aquí, en medio de este plato hondo lleno de esquirlas que descansa sobre el mugriento mantel de apolillada tela que cubre la destartalada mesa, tan solo hay una oreja. El que la perdió no era demasiado pulcro, pues asoman unos pelillos en matojo nada apetecibles. Si le sumas la base sangrienta sobre la que yace, parece el primer plato de un exquisito canibal. Pero nada más lejos de la realidad, pese al fatídico, aunque no mortal, final, detrás hay una bellísima historia de amor; una historia de dos, que empieza con caricias y acaba con un inmarcesible beso. Este ósculo inmortal que, visto está, no lo era tanto, acaba en el preciso momento en el que la mujer, impregnada de una pasión desatada, taja con el cuhillo la oreja de su pareja. Y pese a la melódica rima, mi consejo es que estos besos no se den en la cocina.

Hipócrates

Apoya todo su peso en el bastón cada vez que adelanta su temblorosa pierna izquierda, y es que la derecha le falla cada vez más. Además no encaja bien en su cadera y la fricción, pese a la fuerza de la costumbre, es inevitablemente dolorosa. Lo peor es su juventud, que contrasta con su deprimente estado como el rojo sobre el blanco. Soy hombre de palabra. El juramento que hice me impide obrar en contra de mis pacientes, por eso me alegro de que no haya tratamiento que mitigue su sufrimiento; y es que, pese a que no debería hacerlo, disfruto del mal ajeno.

lunes, 13 de junio de 2011

Infectado

A simple vista parecía humano, pero la pigmentación amarillenta del iris de su ojo derecho y las vetas enrojecidas a lo ancho de su grisácea tez le daban un aspecto aberrante. Cuando el sol se ocultaba, él aparecía. Siempre caminaba cerca de las paredes, como si temiera alejarse de ellas, y siempre lo hacía con la boca algo abierta, como si le costara respirar, mostrando los límites de sus desgastadas pero afiladas piezas dentales. Muchos se alejaban al verle pasar, asustados, creyendo que Nosferatu les acechaba. Lo cierto es que en la foto de su esquela no parecía el mismo. La descalcificación ósea, sumada a su cáncer de páncreas que derivó en metástasis y a cientos de problemas añadidos, obraron una metamorfosis totalmente inmerecida. Injustamente, pero por fortuna, su tiempo había concluido.

Seis (propuesta)



Un hálito frío y sibilante me recibe al final de las escaleras. Es un lugar bastante oscuro, en el que una tenue luz, que oscila en el techo creando sombras inconexas, es su tétrica presentación. Me alegro de ver que frente a la puerta marcada con el número trece, se dispone una barricada de escombros y basura que impide llegar hasta ella. Pienso que debe provenir de ahí ese fuerte hedor y no quiero ni pensar lo que se puede acumular en su interior. Mi puerta es la señalada con un seis de tiza y, pese a que nada impide el acceso al desván, salvo un cerrojo y una cadena anclada por un candado del que tengo la llave, algo me dice que no la abra. Esa incomprensible brisa que me recibió al bajar, ahora me susurra palabras ininteligibles y es mi estómago el que me alerta de que algo que no quiere ser descubierto aguarda tras el quicio de mi trastero. Hoy no quiero hacerme el valiente, y en darme la vuelta y subir tardo bastante menos de lo que tardé en bajar.

domingo, 12 de junio de 2011

Porque te quiero

Parpadean algunas moribundas estrellas en el cielo. Entre ese iluminado techo y el suelo, que me sujeta para que no me caiga al vacío, se sostiene una nube gris que emerge de mi boca contaminando el aire y enturbiando mi vista. Cuando se disipa, vuelven las verdosas luminiscencias que me embriagan, y entonces vuelvo a sentir su mano acariciando la mía. Había olvidado que no estaba sólo.

- ¿Estás bien? - pregunto por obligación.
- ¿Quién no lo estaría compartiendo este cielo con la persona amada? - Me empalagan sus palabras.

Pienso, "yo no te necesito en este momento", pero no lo digo. Causaría una herida que no pretendo. Pero el silencio también hiere; y yo sin saberlo. Dejo entonces de sentir su mano, percibo en cambio como se invierte su risa, como se estrechan sus ojos. No puedo permitirlo, porque la quiero, y aunque no la necesite, en este momento, me giro y la beso.

viernes, 10 de junio de 2011

Desde abajo

Huele a hierba, a hierba mojada.

Llueve incesantemente desde hace varias horas. El agua se acumula en el canalón y al desbordarse golpea con violencia el techo metálico del coche de mi padre. Mi madre no deja de mirar por la ventana, mientras sujeta con una mano la cortina que cubre el ventanal. Pese a la transparencia de los cristales, mi vista turbia no me permite reconocer sus facciones, tan sólo sé que es ella.

Huele a tierra húmeda y a gusanos.

Ella sigue esperándome en la ventana; no sabe que ya no voy a llegar, que mientras mi padre exhala ese aliento contaminado tirado sobre la cama, mi pequeño cuerpo se desangra bajo las ruedas del Ford.

jueves, 9 de junio de 2011

Angustia

Curiosamente y pese al estrellado cielo, llueve; lo hace de lado, como si las nubes fueran un muro en lugar de un techo. Arremolinados en el suelo junto a la hoguera, estamos mis cuatro hermanos y yo, todos enclenques y desnutridos. Nuestros padres salieron hace unos días tras unos unicornios impolutamente blancos cuyos cuernos, como todos sabemos, tienen propiedades milagrosas. Los imaginamos viajando por vastos valles y colinas, armados unicamente con sendos cuchillos y casi desnudos, y esperamos que alcancen pronto a esos malditos caballos y los desollen, trayéndonos esos cuernos molidos para nuestros jarabes revitalizantes. El sol ha salido y se ha puesto demasiadas veces y ya ni siquiera puedo sujetar este húmedo pergamino. Es mediodía, y ya sólo tres necesitamos el brebaje.

miércoles, 8 de junio de 2011

Flores secas

El tiempo, desgraciadamente, no cicatriza sus heridas; no hay día que consiga apaciguar ya sus tempestades, y menos aún noches. Hace tiempo que no levanta la mirada mientras camina, arrastrando los pies, lacerando su alma hundida y penitente contra el áspero cemento que forma el frío adoquinado.
Piedras. Ya sólo ve piedras; pulidas, carentes de vida y frías, más bien gélidas, marmóreas, de tonos grises y negros. Piedras que guardan el luto; como ella. Y está cansada también de ver flores, esas malditas flores secas que tratan de colorear, sin éxito, las cenizas.

martes, 7 de junio de 2011

Tierra

El cerro de los santos adquiere al anochecer un aspecto más siniestro, y aún más cuando el cielo se cubre de esperpénticos y ennegrecidos nubarrones que vierten su gélido contenido sobre sus laderas. Hoy es una de esas noches, sin embargo, la lluvia viene acompañada de unos rayos que, esporádicamente, iluminan por completo el lugar; es precisamente en esos momentos en los que me quedo más quieto, viendo nacer y morir a mi sombra en cuestión de segundos. Custodiado de nuevo por la oscuridad, continúo fracturando la enmohecida tierra con esta oxidada pala. Antes de que amanezca otro santo morará en el cerro.

Beso de Rechenna

Tengo el gusto de decir que en el 3er Concurso de Relatos Cortos de BESO DE RECHENNA, me encuentro entre los 88 finalistas y exactamente en esa página del e-book que han publicado con los 647 relatos participantes.

Participé con el microrrelato "El último paso".

Este es el link en el que podéis leer todos y cada uno de los relatos presentados, y no os perdáis el de la página 88!

http://www.besoderechenna.com/3erConcursoRelatos/

A la deriva

Las horas pesan y el cascarón oscila pese a que el viento no arrecia; tal vez esa quietud del aire estanco y la falta de brisa sean los culpables del aletargamiento. Un cielo fluorescente ilumina la escena y es el único testigo del desastre que está a punto de producirse. Se escora; primero a babor, después a estribor, sumerge la popa y levanta la proa.
Cuando estiro el brazo es tarde y el naufragio es inminente. ¡PLAF!

- ¡Julián! - grito mientras observo ese boli BiC clavado en su sién que tiñe de azul la hemoglobina de sus eritrocitos.

A la secretaria, en el sepelio, no se le ocurrió nada mejor que decir que había muerto como un príncipe; con la sangre azul, agregué yo.

lunes, 6 de junio de 2011

El patio de mi casa

Quizá fue la petición más rara que nadie les había hecho hasta entonces, de ahí que, pese a su rareza, me la concedieran sin darle mayor importancia. Esa esquina gris adquirió de pronto, con ayuda del mobiliario del jardín de mi madre y un esqueje de su rosal, el anhelado aspecto del patio de mi casa que ya sólo vivía en mi memoria. Tras varios años de lectura en ese rincón que hice mío, estaba dispuesto a abandonarlo, cansado de las cuatro paredes que me contenían. Aún me pregunto por qué nadie se molestó en registrar la tierra de la maceta, aunque tal vez supieran que yo no era, ni soy, ningún criminal.

sábado, 4 de junio de 2011

El sentido de los sentidos (el oído)

Ruido. Odia el ruido. Piensa "¿por qué no se calla todo el mundo?". Y en respuesta a su pregunta, su cerebro le otorga unos segundos de inconsciencia, un momento de silencio en el que reina la paz. Después, el volumen del mundo vuelve a subir hasta que se hace de nuevo insoportable. En ocasiones, por culpa de la barahúnda, se desorienta, se enfurece y grita; y no figuradamente, sino en voz alta, por eso la gente le escruta con la mirada y se apartan de él mientras continúan atropellándose por las atestadas calles de la ciudad. Calles que se le asemejan a un pentagrama en el que cada uno es una nota, una estridente y discordante nota. Su cara aún refleja angustia cuando sube al escenario, pero por fin llega el tan ansiado silencio. Sus facciones se relajan entonces al tiempo que golpea suavemente con la batuta el atril. Y sonríe.

viernes, 3 de junio de 2011

Don Quijote sigue vivo

Don Quijote está ingresado en estado deplorable en una clínica psiquiátrica de mala reputación y no deja de ver gigantes y de propasarse con las trabajadoras, a las que confunde con la difunta Dulcinea. Sancho Panza, su fiel escudero, trata de convencer a su amigo de que no son gigantes ni Dulcineas los que por allí campan, y le dice cariñosamente que ya no están en campos de Castilla, mientras niega con la cabeza y se lamenta de la falta de cordura del caballero.

- Tomen nota. - dice el profesor a sus alumnos - A esto se le conoce como demencia por empatía o locura por simpatía; hasta hace dos meses Sancho Panza era Ventura Padilla, celador del centro. ¿Conclusión? La locura se contagia.

miércoles, 1 de junio de 2011

Quince segundos

Cinco segundos tarda un cerebro en llegar a la conclusión de que la vida que lo alberga no vale nada.
Cinco segundos tardan las afiladas cuchillas del tren en seccionar contra las vías aquellas piernas que sirvieron para andar a aquel que en cinco segundos decidió poner un punto y final negro que se quedó en un punto y seguido rojo.
Cinco segundos tarda la mitad herida en arrepentirse de los diez segundos que cambiaron su vida.

El turista

La fuente de la paloma es el último sitio con nombre antes de la nada. Tras ella se extiende una tierra árida carente de sombras. Pero hoy es diferente; el sol clava en ella sus indómitos rayos, creando una sombra inherente al bulto que picotea, mientras grazna, un cuervo errante. Un hilo rojo, exiliado de un cuerpo que precipita su descomposición, sirve de base a un desierto que nunca se olvidará de beber.