domingo, 31 de julio de 2011

Desde una ventana

Hace años que no duermo. Coincide con los años que llevas en ese maldito turno de noche. Las heridas ajenas muchas veces las sientes como propias; lo sé por tu derrotada forma de caminar en esas incomprensibles madrugadas que han acabado con los sueños de algún desdichado. A esas horas, tus tacones golpean violentamente las aceras haciendo estremecerse a las calles y a los que en ellas moran. Yo doy una calada más y vierto la ceniza sobre el aire estanco del verano que la precipita sobre el iluminado adoquinado a tan solo unos pocos metros de tu marcial paso. Entonces miras, y desde aquí arriba te suelto un perdón desubicado pero que aceptas esbozando algo parecido a una sonrisa. Y ya son ochocientas las noches que te he amado a través de este vertical y acerado filtro.

viernes, 29 de julio de 2011

Contra las cuerdas

Expulsa una densa bocanada de humo antes de continuar. El seco sabor del tabaco negro le hace salivar con cada calada.

- Y como le estaba diciendo, las marcas de las paredes y del suelo son signos evidentes de que se produjo una fuerte pelea.
- Le he dicho que sí, que nos peleamos.
- No, no me entiende. Aquí se produjo una pelea, pero usted no estuvo involucrada.
- ¿Cómo que no?
- Verá, usted no tiene ni un solo rasguño, y no creo que con sus… ¿cincuenta kilos quizá?... ocasionara tales heridas a un tipo que rondaba los ciento veinte.

Se sube un poco la blusa y muestra su amoratado abdomen.

- ¿No le parecen estos “signos evidentes”? – dice con ironía.
- El tono amarillento indica que ese golpe se ha producido hace varios días – aclara con tranquilidad el inspector –. De lo que estoy seguro es de que usted sabe quién lo ha matado.
- Era un cabrón, ¿entiende?

Las horas, bajo una luz fluorescente y en malas compañías transcurren extremadamente despacio. Si a esto le sumas la nube de humo que acompaña al interrogatorio, consigues que la concurrencia entre el espacio y el tiempo sean un detalle de muy mal gusto. Horas atrás, la cabeza almohadillada del contable se había golpeado contra la vetusta y roma punta del escritorio. El cráneo está preparado para proteger el delicado bulbo de los desafortunados accidentes, pero el azar quiso esta vez que se produjera la improbable y desastrosa unión, o más bien intromisión de la esquina en el bulbo. Pensar que una mujer tan enclenque hubiera acabado con su gordísimo oponente era algo que carecía de lógica.

- ¿Fuma?
- No, gracias. Lo dejé hace muchos años.
- Yo he tratado de dejarlo muchas veces también, pero carezco de la fuerza de voluntad necesaria para convertir los esporádicos alejamientos en una despedida definitiva.
- Es difícil, pero es posible, se lo aseguro.

Y por primera vez ella se siente menos presionada, en mitad de una conversación más personal.

- Mi esposa también fuma, supongo que eso me dificulta aún más el abandono del vicio. ¿Su marido fumaba?
- No, él nunca ha fumado.
- Entonces, ¿tuvieron visita ayer?
- No, ¿a qué viene eso?
- Es sólo un detalle. Sobre la mesa camilla había un cenicero con dos colillas, y si ni usted ni su marido fuman, deben ser de una tercera persona. Las pruebas de ADN y huellas nos dirán de quién se trata, aunque sería mucho más rápido si usted nos lo contara. Así no pagaría por encubrimiento y sólo el asesino pagaría por el homicidio.

Sé bien cuando una persona se hunde y aquella señora se hundía. En su mirada se podía ver la búsqueda de la estrategia apropiada para salir de esta encrucijada. Los ojos girando en el sentido opuesto a las agujas del reloj indican que dicha estrategia no contempla contar la verdad y el inspector decide cortar los pensamientos en una magistral jugada.

- ¿Le quería?
- Por supuesto.
- No lo dudo, pero… quiere a alguien más, ¿verdad?
- ¿Qué insinúa?
- No insinúo nada, afirmo que trata de defender a una tercera persona y nadie trata de defender a alguien a quién no quiere. Tras muchos años he aprendido que hay gente capaz de vender a su madre para librarse de la cárcel. Usted es distinta.

El inspector sabe que se va a derrumbar de un momento a otro, que la tiene contra las cuerdas. Y eso es lo que pasa. Ella comienza a llorar y a repetir que fue un accidente.

- No quería hacerlo… no quería matarle. – sus ininteligibles palabras las descifran los años de experiencia.
- Pero lo hizo – dice paternalmente –. La accidentalidad será un atenuante, pero tenemos que acabar con esto.
- Él no quería hacerlo. Lo siento. Yo le dije que se fuera…
- ¿A quién? ¿a su amante?

Ahora es él el que traga saliva mientras analiza el terrible error que acaba de cometer. Una gota de sudor frío acaricia su sien como el cañón del descuido. Las preguntas afirmativas, lo sabe, desencadenan en caso de no ser acertadas, la búsqueda de nuevas estrategias en los cerebros ajados de los sujetos interrogados. Tenía la declaración casi sentenciada, y como si se tratara de su primer caso, el ansia escupe por su boca la pregunta equivocada. Mientras su cerebro divaga por los confines de las clases teóricas de criminología, su parte inconsciente le dice que ya sólo falta aclarar el porqué, aunque eso, sea secundario. Y aún retumba en sus canales auditivos la respuesta confusa pero esclarecedora.

- A mi hijo.

jueves, 28 de julio de 2011

Cajas

La incipiente levedad de mi ser se hace más evidente a medida que abandono el envoltorio carnoso que me contiene. Mi muerte no tiene nada que ver con la de Amy Jade Winehouse. Yo no sufría dependencia patológica de ninguna sustancia estimulante, deprimente, narcótica o alucinógena, pero deseo que de mí también se cuestionen las causas de mi muerte pese a la evidencia. No es suficiente hablar de velocidad cuando mi cabeza reposa en un arcén a cincuenta y siete metros exactamente de las raíces nerviosas de mi plexo braquial. Y ahora todo se reduce a un par de cajas. La que le entregarán a mi madre, y la que quemarán.

martes, 26 de julio de 2011

Razonar dos muertes


A pesar de que la lanza que me precipita al último sueño acaricie mis entrañas sin ninguna delicadeza, sigo siendo un caballero. Me enseñaron a tragarme el dolor y a morir con dignidad, y eso hago. Ahogo los alaridos mientras tenso los músculos del abdomen en un intento vano de minimizar el sufrimiento. Pese a estar en agosto, el sol es incapaz de calentar mi cuerpo y siento como lo enfría la maldita muerte con su gélido aliento. Con la única ayuda de una mirada, solicito a mi amada que se acerque hasta mí. Inhalo el polvo seco de la árida tierra antes de levantar mi pesada espada y atravesar con ella su pecho. Precisamente porque sigo siendo un caballero no puedo morir solo.

domingo, 24 de julio de 2011

Añil


Acciona el botón de su polaroid mientras enfoca el bello rostro de su esposa. Tras los segundos necesarios, la imagen comienza a aparecer, pero ahí no hay rastro de su mujer. En su defecto, una foto horrible imbuída en un filtro azul turquesa le muestra unas flores secas y una escoba. Despresuriza el oxígeno que le invade el estómago y sube la cabeza. Frente a él la misma escoba y las mismas flores impregnadas de ese maldito color azul. Cuando se gira puede ver la piedra en forma de cruz y la inscripción. Su nombre atenazado entre dos fechas le recuerdan que la muerte le visitó un veinticuatro de enero. Esa niebla añil debe ser el tétrico efecto que implica el cielo.

viernes, 22 de julio de 2011

En buenas manos

Cuando me miro las temblorosas manos no puedo comprender de dónde saco la destreza necesaria.

El sol empotra sus últimos rayos contra un mar inusualmente apacible y, cubriéndome los ojos con una mano, espero a que atraviese la impertérrita línea del horizonte. El cielo comienza su transición entre el naranja y el negro, hasta que finalmente se establece con cautela la indómita noche. La brisa nocturna recorre con frialdad mi contorno, y cruzo los brazos como último intento de conservar el calor. Inspiro una última vez, como cada día, y abandono el lugar completamente abatido por mis propios pensamientos.

Tras dormir las ocho horas reglamentarias, extiendo la mano sobre la camilla y musito:

- Bisturí.

jueves, 21 de julio de 2011

Petición

¿Por cuánto me venderías tu cuerpo? Prometo no vejarlo, ni humillarlo, ni siquiera desearlo, tan solo devorarlo.

lunes, 18 de julio de 2011

Stem cell

Nunca más os podré decir a qué huele. Sencillamente porque sufro de anosmia. Esta maldita carencia ha potenciado la violencia congénita que heredé de mi padre. Desconozco, sin embargo, de dónde viene mi interés por la sangre. Tal vez sea su capacidad regeneradora la que me atrae. Las células madre de la médula ósea producen nuevas células continuamente; a groso modo podemos distinguir los eritrocitos, que distribuyen el oxígeno por todo el cuerpo, los leucocitos, que facilitan la respuesta inmunitaria y las plaquetas, que forman un muro de contención ante eventuales pérdidas de sangre.

Inserto la aguja entre las vértebras para llegar a la médula espinal. Dos miligramos de benceno serán suficientes para infectar el conducto y originar una anemia aplásica de imposible curación. Ahora espero paciente mientras practico una serie de cortes de apenas tres milímetros de profundidad en arterias escogidas al azar. Las primeras heridas son coaguladas con efectividad por las plaquetas, pero pronto son insuficientes, y sumadas a la incapacidad de las células hematopoyéticas de seguirlas produciendo, dejan las nuevas heridas abiertas como grifos que gotean. De no tener la boca tapada con esparadrapo trataría de gritar en voz baja por última vez, pero prefiero no escuchar sus inútiles lamentos y ver como se los traga. Vuelvo a presenciar la muerte con el mismo entusiasmo que la primera vez, pero por desgracia ya nunca volveré a olerla.

domingo, 17 de julio de 2011

Amnesia

Los cambios de turno han hecho de mi una sombra difusa. Humedezco las piezas de metal antes de pulirlas y mientras la fresa saca chispas, yo deambulo por los rincones más recónditos de mi memoria, tratando de encontrar algo que me resulte familiar. Sufro de una amnesia selectiva que me impide recordar los últimos cuatro años, y tanto los médicos como los psicólogos se empeñan en convencerme de que un trauma me impide grabar nada nuevo. Por eso intento encontrar ese trauma en mi interior, para deshacerme de él y continuar viviendo. Por las ventanas de la galería percibo una noche abrupta y extremadamente oscura. Debería estar durmiendo, pienso mientras intento mantener los ojos abiertos, pero me pesan los párpados, me pesan demasiado. Sólo será un minuto.

Ya ha debido pasar. Abro los ojos y vuelvo a mirar la fresadora; lubrico la nueva pieza antes de colocarla bajo el torno, pero algo no encaja aquí. Los fluorescentes parpadean tras los difusores en lo alto del taller y hay un silencio anormal. Cuando miro alrededor descubro que nada de lo que debería estar ahí, está, y ahogo un grito mudo en mi estómago. Lo que era un atestado taller de maquinaria y personal, es ahora un solar en el que yacemos tan solo mi máquina y yo.

- ¿Hola? - grito.

El eco me devuelve tres veces la pregunta, pero ninguna respuesta. Al fondo, delante de la puerta del despacho del patrón me parece distinguir a alguien. Sí, alguien abre la puerta y la cierra tras de sí. Camino provocando con mis botas un golpeteo incesante en el suelo de hormigón. Llamo a la puerta y entro. Alguien me da la espalda tras el escritorio.

- Señor. - digo en voz baja.

Cuando se gira trato de salir corriendo, pero la puerta ha desaparecido, y estoy encerrado conmigo mismo en una habitación sin salida. Trato de escapar y me arrincono en una esquina de la habitación. Me resulta familiar. He estado antes en este lugar. Mi otro yo se dirige hacia un armario y lo abre. Saca una botella de vino y dos copas. Las sirve, pero en una deja caer el contenido de un pequeño paquete de papel. No sé de dónde ha salido, pero ahora hay una mujer sonriendo que toma en su mano la copa que le sirve. Es Marie. ¡No bebas Marie!, grito, pero es inútil, ni me ven ni me oyen. Ambos sonríen, ambos beben. Él continúa sonriendo mientras ella convulsiona en el suelo.

He debido quedarme dormido, pues vuelvo a estar tras el torno. Humedezco otra pieza y continúo mi labor. Cientos de imágenes se agolpan en mi cabeza. Lo recuerdo, recuerdo todo lo que hice hasta ayer, pero ahora, deseo olvidarlo.

viernes, 15 de julio de 2011

Crónicas de unos ciudadanos más

Cuando te dicen que abandones un lugar por la salida de emergencia, es que algo no va bien. Si la voz que exige mantener la calma y salir ordenadamente proviene de un megáfono es que la cosa va aún peor de lo que imaginas.

Me perturba tener que abandonar ahora los productos que tanto me ha costado seleccionar, pero lo que realmente me desquicia son los gritos en mi oído y los empujones de los que desesperadamente buscan una salida.

- ¡Señora! – grito a la mujer del bolso de plomo.

Su respuesta es una mirada de terror y mientras pienso “no es para tanto, sólo son unos disparos” cae fulminada a mi lado. La sangre que corre a mis pies es dramáticamente roja. Me agacho para esquivar las balas, y una vez en esa postura, introduzco un dedo en el charco. El instinto me incita a llevarlo a la boca y mi paladar me devuelve un sabor férreo y exquisito que me hace estremecer. No soy un animal, pero inclino mi cabeza sobre el charco y lo lamo.

- ¡Señor, diríjase a la salida inmediatamente! – y en su joven cara se refleja la incomprensión, pero el miedo no le permite ser consciente de lo que hago postrado en el suelo como un animal sediento.
- No la encuentro. – digo incorporándome.
- Continúe por este pasillo hasta el final, una vez allí gire a la izquierda. – y siento que mira mi boca, seguramente contorneada por el plasma.
- Gracias. – y obedezco la orden.

Sorteo en el pasillo los cuerpos sin vida de algunos desafortunados. Morir por imposición es lo suficientemente lamentable, pero si además eres abatido por los que se supone que te defienden, se convierte en macabro. No se puede culpar a unos soldados adolescentes controlados por unos superiores casi tan jóvenes como ellos. “Están cagados”, pienso y recuerdo entonces que no he limpiado mi boca. La froto con el antebrazo y termino rascando de la comisura de mis labios la sangre ya coagulada de la aterrorizada mujer.

Abstraído por el estruendoso tiroteo piso uno de esos engendros, ya muerto, que hay por todas partes. Siento como cede viscosamente bajo mi bota y la levanto de inmediato. Un pequeño charco de color negro se expande bajo su cuerpo gomoso y oscuro. Tiene el aspecto de una rata plastificada y sin cola; de su cuerpo emergen cuatro patas, siendo las traseras más largas que las delanteras. Los dientes se disponen afilados en sus mandíbulas. Los ojos carecen de párpados y le dan el aspecto de continuar con vida. Me inclino sobre el animal y paso el dedo por lo que supongo que es su sangre. Está caliente. Con la lengua repaso la yema de mi dedo índice impregnada en el oscuro líquido. El sabor es sobre todo ácido y su textura oleosa. Recojo los restos y los guardo en mi chaqueta.

No me he parado a contarlos, pero son cientos los que están dispersos por las estanterías y el suelo de este pasillo. La puerta de doble hoja metálica cede a la presión que ejerzo sobre la barra transversal.

Aquí fuera huele a basura. Algunos de estos extraños roedores saltan por encima de los coches del aparcamiento. Al saltar sobre la chapa, sus finas patas se clavan en ella, como si se tratara de punzones, y no puedo dejar de preguntarme de dónde han salido. Pero hoy no es el día más propicio para estar preocupado, pues continúo con hambre. Del bolsillo extraigo lo que queda del asqueroso bicho y muerdo sus cuartos traseros desgarrando su mitad posterior con mis dientes. Mastico. Depuro el sabor amargo y detecto uno nuevo; más químico, como si se tratara de algún compuesto de laboratorio. Me gusta, pero lo más importante es que me sacia, calma el ansia que atenazaba mis entrañas.

Cuando llego a mi coche, ella sonríe en el interior. De sus labios se trazan caminos oscuros que me indican que ella también ha comido.

- Abre el coche – digo.

Mientras me siento frente al volante la miro. Ella sigue sonriendo; y masticando.

- ¿Qué comes? – pregunto como si no lo supiera.
- Eso. – dice señalando algunos de los que saltan afuera.
- ¿Sabes de dónde han salido?

Empieza a reírse a carcajadas. Algunos pedazos oscuros salen disparados de su boca impactando contra el salpicadero del coche. Cuando algo le hace tanta gracia es que tiene algo que ver.

- Vienen de abajo. – y con una voz forzada y grave continúa – Vienen del infierno. – acto seguido vuelve a reírse.

Me encanta su risa, pero no me gusta que mueran más de los que podemos comer. Su imaginación ha creado esta vez unos seres que han originado el caos y por ese motivo se han producido demasiadas muertes, y aún continúan. Miles de putrefactos seres continúan saltando sobre la gente que huye despavorida, arrancando con sus potentes maxilares partes vitales, y los militares continúan con su tiroteo desmesurado, causando incluso más bajas que las ratas negras. Nosotros recogemos algunos cadáveres más que introducimos en el coche intentando no levantar sospechas. Ahora no tenemos hambre, pero en unas horas estaremos de nuevo hambrientos.

Y en eso consiste nuestra agitada vida, en inventar para comer; y mientras piensen que los monstruos son otros no se fijarán en nosotros.

jueves, 14 de julio de 2011

Felicidades

Querida hija:

Hoy es tu cumpleaños y quería felicitarte. No sé si leerás esta carta, la guardarás bajo candado o la tirarás directamente, pero quería escribirte. Hasta hoy no lo he hecho, pero después de soñar contigo esta noche he tenido un ataque de ansiedad y he decidido hacerlo. Pienso mucho en vosotras. No consigo recordar claramente lo que pasó aquella noche, pero ahora estoy seguro de que no fui yo. El juez de instrucción hizo referencia en la notitia criminis al efecto tóxico de alguna sustancia en mi organismo que pudo desencadenar el ataque, aunque conscientemente yo nunca hubiera tomado drogas. Lo que no puedo olvidar es tu sonrisa, ni cómo te lavabas las manos en el grifo de la cocina mientras tu madre se moría. No pude ni levantarme. Hoy cumples dieciocho, yo seguiré cumpliendo tu pena, pero con la culpa prefiero que cargues tú; es mi regalo.

miércoles, 13 de julio de 2011

Apropiación indebida

Ese silbido agudo del viento al acariciar las frías aristas de mi ventana de aluminio me pone nervioso. No llueve, pero el cielo está completamente cubierto por una única nube a la que no se le distinguen los límites. Los colores a esta hora de la noche se resumen en una escala de grises alterada tan solo por el brillo anaranjado de unas pocas farolas. Desde la penumbra de mi habitación acecho a un mundo ensombrecido que no me merece ningún respeto; abro los ojos y aprieto mis fauces con fuerza cada vez que alguien roza con su aliento mi ventana, pero lo necesito más cerca. La humedad empieza a condensarse en los cristales en el preciso momento en el que él fija sus ojos en los míos. Aguanto la respiración para soportar el dolor que me produce la interconexión. Las convulsiones epilépticas retuercen nuestros cuerpos, pero tras el intercambio puedo coger aire de nuevo. Y mientras continúo el camino del otro, pienso en lo que estará sintiendo ahora en ese cuerpo marchitado y andrajoso que no le corresponde y del que, por el momento, no sabe como salir.

lunes, 11 de julio de 2011

El camino cortado

Al Capitán Murphy se le revuelven las tripas cuando se acuerda de aquella masacre. Tuvo suerte, pues sólo acusa la falta de la pierna izquierda, aunque algunos hablan también de la amputación de su miembro viril. Personalmente no considero que la hombría de un hombre radique en veinte centímetros, por decir una cifra, pero ayuda a conservar la autoestima en determinados momentos. Ahora se seca las lágrimas con el antebrazo al pensar en la maldita emboscada que les colocó en fila india camino del infierno y en cómo iban cayendo uno tras otro todos sus hombres al amparo de una noche iluminada artificialmente. Supongo que fue la bala que atravesó el pecho del Sargento Smith el último proyectil del que escapó, siendo la ráfaga siguiente la mandíbula caliente que le arrancó la pierna a la altura de la ingle. La medalla al valor que le otorgaron después la guarda en el mismo cajón en el que conserva todos y cada uno de nuestros informes; eso para mi es lo que le convierte en un hombre, y no la polla (con perdón).

domingo, 10 de julio de 2011

Diamantes

La desvencijada acera se llena de charcos los días de lluvia. Las pequeñas gotas crean una extraña visión al estrellarse contra el anegado suelo, dando al mundo un aspecto ondulado. Y no hay nada peor que tener mojados los puños de la camisa o el bajo de los pantalones en mitad del invierno, pues la humedad va recorriéndote como una lengua lasciva hasta que sientes el frío en los huesos. Es en esos días en los que sueñas con el verano, en los que te das cuenta que treinta y cinco grados tampoco son tantos y que vivir empieza por estar seco. Es en esos días en los que te acurrucas en tu cama de cartón y te preguntas bajo una asquerosa manta por qué no te diste cuenta a tiempo de que te estabas cortando las venas con un maldito trío de ases; y odias los corazones, los tréboles y las picas, mientras cuentas los céntimos en tu lata de sardinas.

jueves, 7 de julio de 2011

Cincuenta y siete

Es posible que tuviera razón. Que no fuera demasiado tarde para volver a unir las dos mitades de un corazón roto, pero no tenía ganas de intentarlo de nuevo. Bajó los cincuenta y siete peldaños que le separaban de la libertad y una vez allí inhaló todas las esencias que esta sudaba. Después de unos minutos en soledad, se dio cuenta de que a lo que olía en realidad era a basura, putrefacta y maloliente basura. Así que volvió a subir los cincuenta y siete escalones que le separaban de su prisión y esnifó el orgasmo contenido de la traición. "Aguanta", se dijo el resto de su vida el cobarde.

martes, 5 de julio de 2011

Luci

La gente se reía de él, de su nombre. Decían que tenía nombre de mujer, pero él aguantaba las burlas estoicamente; un día, una vez cumplido su cometido, rajó el estómago de uno de sus compañeros de clase. Le clavó una daga oxidada por debajo del ombligo y subió hasta el diafragma. La muerte, aunque rápida, no fue instantánea, y mientras se desangraba, antes del estertor, le dijo con la voz calmada "ya nos veremos". Y cuando empezaba a sumirse en ese sueño del que no saldría jamás le susurró "Luci solo es el estúpido diminutivo de Lucifer".

lunes, 4 de julio de 2011

Me gusta tu olor

No tengo argumentos. Simplemente trato de calmar mis incontenibles instintos intentado no ocasionar un mal demasiado grande. Tengo un buen olfato; si inspiro profundamente a tu lado consigo inhalar todos tus miedos antes de utilizarlos. La señora Stohen olía raro, pero nunca me había detenido a su lado, pues aunque no tengo unos sentimientos muy marcados, hay gente que me inspira algo parecido a la ternura. Por supuesto esta ternura, tarde o temprano, se acaba. El día que me detuve junto a ella, me miró con una sonrisa que no consiguió aplacar mi naturaleza. Olí la soledad tras esa cortina de humo que era la felicidad, y utilicé su miedo recreándome en él. Aislada en una habitación oscura, día a día pude ver como la alegría se borraba de su rostro y se equiparaba a su olor. Ahora sí que su cara era el espejo del alma, no antes.