miércoles, 31 de agosto de 2011

Bioestúpidafilia

Edward Osborne Wilson habló de la ética de la conservación y evocó nuestra responsabilidad hacia la naturaleza. Su libro Biophilia acuñó este término bajo la definición de esa atracción innata que sentimos por el medio que nos rodea. Él es sin duda uno de los biólogos más influyentes de nuestro tiempo, pero precisamente esta obra es la forma más incorrecta, bajo mi negativo punto de vista, de tratar el amor por la vida, porque hablando de sobrevivir nos olvidamos de vivir.

- Buenos días, señor. –dijo aquél joven asaltándolo en plena calle.
- Buenos días.
- Es usted Richard von Krafft-Ebing, ¿verdad?
- Sí, lo soy.
- ¿Puede firmarme usted este ejemplar? – y le tendió un lustroso Psychopathia Sexualis.
- Claro muchacho, dime ¿qué te motivó a leerlo?
- Quiero mejorar mi forma de ser.

Richard meditó sobre lo qué había dicho ese chico de camino a su casa. La interpretación era la clave, supuso entonces que el chico no quería cometer aquellas atrocidades de las que hablaba en su libro. Días más tarde, la profanación de unas tumbas en un cementerio cercano indicaron claros signos de necrofilia en su aspecto más drástico y Richard volvió a pensar en aquél joven de mirada inquieta. Evidentemente le detuvieron y cuando lo hicieron un agente le preguntó que qué fue lo que le llevó a cometer un acto tan deplorable.

- Algunos sienten un estúpido amor por la vida, yo lo siento por la muerte y su naturaleza.

Así que Edward no inventó un término nuevo, únicamente lo purificó eliminado la estupidez del apego a la vida.

lunes, 29 de agosto de 2011

Defecto de fábrica

La impermeabilidad, por lo visto, no tiene garantías. No pensaba que la capacidad del material para contener los fluidos no incluyera la comisura de sus aristas. Debería haber leído primero la letra pequeña, en lugar de dejarme llevar por la euforia.

Un hexaedro regular cuyo volumen es exactamente de uno con cinco metros cúbicos era más que suficiente para albergarlo. Sus seis caras se unían por medio de un ángulo recto con otras cuatro, quedando cada una ligada a todas menos a su paralela; eso precisamente es lo que convertía ese espacio vacío en el contenedor idóneo. La pegatina “frágil” en uno de sus costados no impidió sin embargo una brusca manipulación que acabó en desastre.

Si hubiera sabido que ella nunca iba a recibirlo porque la fuga plasmática alertaría a los coléricos funcionarios de Correos, jamás me habría extirpado el corazón.

viernes, 26 de agosto de 2011

Pretextos

Las doctrinas heréticas de Jan Hus fueron mi libro de cabecera durante muchos años. Fue a principios del siglo XXI cuando me autoproclamé discípulo de los ya extintos taboristas, la rama dura de los husitas. Lo único que me llevó a unirme a ellos y no a los ultraquistas, fue que el carácter moderado de estos últimos no excusaría mi comportamiento. Me persigno mientras expugno contra mi hábito la sangre del hereje de la hoja de mi cuchillo. Actúo con total impunidad, pues mi deber como taborista es aniquilar a todo aquél que no pertenezca a dicha corriente de pensamiento; y puesto que soy el único miembro de esta comunidad, puedo matar a cualquiera.

martes, 23 de agosto de 2011

Metal

El declive de los Altos Hornos de Vizcaya convirtió en monumento histórico la mayor fundición siderometalúrgica de nuestros tiempos; gracias a lo cual tengo un sitio en el que descansar. El Horno número uno, conocido como Maria Angeles, es ahora mi hogar. Adoro su olor, su metálica estructura en proceso de oxidación que me recuerda que mi mohoso corazón hace tiempo que no late; el mismo tiempo que llevas luciendo para mí ese vestido que lame tu piel como una impúdica lengua. Es el eco de mi voz el violento castigo que prostituye ahora los conductos de ventilación por los que arrastraste mi ultrajado cuerpo, y el maldito traspiés que te llevó a precipitar tus huesos sobre los míos junto al arrabio en esa nave de colada. Nos pediremos perdón eternamente, como los fantasmagóricos personajes de aquél Still Loving You.



* Los Altos Hornos de Vizcaya cerraron en 1996, sólo queda el Horno número uno, conocido como Maria Angeles por Maria Angeles Velasco y que es un vestigio de lo que fueron, y que ahora es tan solo un monumento del patrimonio histórico de Bizkaia.

lunes, 22 de agosto de 2011

Lo prosaico de un suicidio

I
La noche dilata mis pupilas, las invade con su impenetrable oscuridad. En ellas se refleja el abismo cristalino al que me precipito. No tener nada que perder sacrifica el espacio en pos del tiempo; y son sólo unos segundos los que tarda esa húmeda boca en convertirse en mi ansiado féretro.


II
La vida no cede, y pugna por la supervivencia del sujeto consiguiendo que el final sea una experiencia extremadamente traumática y no poética.

III
Básicamente los pulmones intentan en vano sintetizar el oxígeno del agua que inunda los alvéolos y que la desplazan rápidamente al torrente vascular, causando así un aumento en el volumen que circula por los vasos sanguíneos. Dicho engrosamiento es incompatible con la vida y origina la congestión cardiovascular y el éxtasis del ventrículo derecho, pero por si eso no fuera suficiente, los alvéolos que no consiguen evacuar el agua hacia dicho torrente, acaban rompiéndose literalmente depositando líquidos y proteínas en la pleura y causando los antagónicos estertores antes de perder la conciencia. Básicamente, dije.

IV
La poesía inicial de la muerte por inmersión intencionada en agua dulce, se convierte de esta manera en una trágica prosa que corta, de manera increíblemente dolorosa, la respiración.

domingo, 21 de agosto de 2011

Ayer son cenizas

Un jirón de tu vestido de raso ondea a media asta en mi funeral. El luto satinado de tus ojos ya no me invita a nada, ni siquiera a odiarte. Y es el cristal ahumado el alambre de espinos que nos separa, la frontera infranqueable para la cual no hay peaje que valga. El poder de combustión hará el resto.

viernes, 19 de agosto de 2011

Clave de Sol

La Tierra, tal y como la conocíamos, ya no existe. Ahora tan solo es una masa pulsátil y congelada que recorre un sistema solar carente de sol. Sus movimientos elípticos son ahora en espiral y se dirigen directamente al lugar que ocupaba esa maldita estrella. Digo que ocupaba porque ya no está; y no es que explotara o se marchara, sino que simplemente desapareció. Recuerdo el día que lo hizo. Eran las cuatro de la tarde de un veinticuatro de agosto cuando todo se apagó. No fue algo paulatino ni esperado, sino que de un momento a otro todo se sumió en la más angustiosa oscuridad. Negro. Recuerdo los gritos alargándose a tientas en el tiempo, y recuerdo mi tranquilidad; mi absoluta tranquilidad. Después vino lo inevitable, el silencio. Muerto, un planeta muerto que se dirige irremediablemente al centro de ese sistema que ya no llamaré solar, aunque cuando llegue al punto central me temo que arderá.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Verticalizando el horizonte

Precisamente por el ángulo recto que formaba con la vertical el horizonte, se llamaba horizontal a dicha línea. Ahora que el horizonte cae cinco grados de la perpendicular de la plomada, nadie quiere cambiar el nombre de esa línea, produciéndose un error conceptual que si bien ahora se entiende, en el futuro creará una disyuntiva al comparar ambos conceptos. Pero a la gente le dará igual, aun cuando caiga ochenta y cinco grados más y se equipare el horizonte a la vertical y tengamos que vivir de lado.

martes, 16 de agosto de 2011

Creo

La espesura de su canosa barba formaba una pareja dispar con su enjuto rostro. Los años baldíos le habían torturado hasta lograr consolidar la amargura de la que siempre fue presa. Una cruz de deslucida plata colgaba de su cuello, oculta siempre por un amarillento alzacuello; la limpieza post mortem la dejó a la vista. Aparecieron también los mensajes que, grabados en su pecho, confesaban que por más que lo había intentado nunca había logrado creer en Dios. Mi experiencia como tanatólogo forense me impide, como a él, creer en la vida después de la muerte, pero ser testigo de la cicatrización espontánea de aquellas laceraciones me produjo un terrible desasosiego. Estaba preparado para morir, no para vivir de nuevo.

domingo, 14 de agosto de 2011

El jardín de la parte de atrás

En el nivel freático de mis sueños he visto un jardín. Por su aspecto he supuesto que era el jardín trasero de una casa unifamiliar. Una celosía de acero galvanizado en el que trepaba un tupido manto de madreselvas lo ocultaba de la vista de los curiosos, pero una enredadera a punto de la defunción permitía ser testigo de lo asombroso. Del suelo emergían una decena de manos retorcidas clamando por una oportunidad. Fue entonces cuando desperté empapado en un sudor frío y con la imagen tan clara que parecía más un recuerdo que un sueño.

Hoy he visto ese jardín y me he asomado por el hueco que se abría entre las trepadoras del enrejado. En el interior, una adorable anciana regaba una zona en la que los crisantemos crecían de forma desmesurada en un color hueso inusual, justo en el lugar en el que mis sueños mostraron las manos.

Inventé una historia para no pasar por loco cuando acudí a la policía. Hablé de ser testigo del enterramiento de un cuerpo bajo aquellas flores, y pese a la incredulidad del funcionario, pronto fui informado del registro de aquella casa. El día que me comunicaron que habían encontrado doce cuerpos bajo esas flores también me comunicaron que los indicios y las pruebas concluían que yo los había matado. Justo en el momento de mi detención recordé que aquella había sido mi casa hace no muchos años y olvidé, de repente, por qué me había delatado.

La despedida

Otra carretera cortada. Otro cartel de prohibido el paso anclado a unas barricadas de metal imposibles de sortear. Conduzco en silencio y lentamente, mientras observo el rostro desencajado de mi mujer y, ajeno al mal que nos acecha, de mi hijo. Las últimas noticias hablaban de normalidad en el sur y hacia allí es a dónde vamos, aunque tengamos que hacerlo por caminos prácticamente intransitables.

- ¿Qué es eso? – pregunta sobresaltada mi esposa.
- Tápale los ojos, no hay otro camino.
- ¡Dios!

Y tapa sus ojos mientras se suceden, a ambos lados de la vía, una multitud de cadáveres. Avanzamos lentamente, como si se tratara de un sepelio colectivo y no quisiéramos molestar. Las invariables muecas de sus caras reflejan el miedo; lo peor son los que mantienen sus ojos abiertos, haciendo sus expresiones mucho más angustiosas. Las nubes, diseminadas por un cielo decolorado, filtran la luz de un sol sin fuerza de mediados de noviembre, dibujando unas ingratas sombras que oscurecen aún más el día.

Más allá todo es gris. El paisaje devastado por las llamas lo tiñe todo de un insufrible gris y mi hijo hace preguntas que ni su madre ni yo queremos contestar, aunque conozcamos las respuestas.

- ¿Falta mucho? – pregunta.

Y es una pregunta tan típica que me saca la primera sonrisa de los últimos días.

- Sí cariño, aún queda bastante. Duerme un poco. – dice mi mujer con su armoniosa voz.

Mientras, yo, me limito a mantener la sonrisa en mi cara y trato de entender lo que pasa. Hace días que no vemos aviones militares surcando el cielo. Hace días que el silencio es el denominador común de cada hora que pasa. Y entretanto seguimos avanzando como podemos hacia el ansiado sur. Es fácil repostar en las gasolineras vacías. Prometo pagar mis deudas cuando todo esto termine. Lo prometo. Y sigo intentando encontrar alguna emisora que nos diga que no estamos solos, pero es una tarea infructuosa. Parece que sólo quedamos nosotros tres en este mundo.

Hemos recorrido casi dos mil kilómetros y por fin vemos los primeros indicios de vida, aunque no es lo que esperábamos. Aquí también el gris lo abarca todo, pero nos reconforta ver otros coches y algunas personas corriendo. De momento no vemos cuerpos sin vida en las aceras, aunque se mastica una tensión tan extraña como la del norte.

Antes de que nos hagamos ilusiones, una sombra enorme se posa sobre nuestras cabezas, apagando casi por completo este marchito atardecer. Recuerdo esas últimas noticias que hablaban de la oscuridad y la consiguiente luminiscencia; esa que empieza ahora. La intensidad lumínica crece, así como la temperatura y mi mujer y yo abrazamos a nuestro hijo con toda la fuerza que nos queda.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Te mataré

Hace tiempo que el fuego cruzado se limita a unas esporádicas bombas a un lado u otro de una línea imaginaria que no sale ni en los mapas. No hay dinero ni para balas, y estos tristes artefactos son los vestigios oxidados de guerras ya acabadas.

Desde la ventana del barracón vemos como acompañan al Coronel hacia un coche del Sanatorio militar Kreus; los cromados brillan con fuerza sobre el verde oscuro que camufla el emblema blanco del hospital mental. Hace meses que nadie duda de su locura, así que no hay tensión que masticar ni preguntas en el aire, y nos limitamos a ver como lo engulle la puerta trasera del automóvil, que se aleja levantando una inmensa nube de polvo ocre. La nube me hace recordar los bombardeos de la calle LeatherGreen y aquella tropa de niños abatidos como verdaderos soldados. Aún siento arcadas al recordar los cánticos victoriosos de algunos “de los míos”, mientras otros como yo nos llevábamos las manos a la cabeza y tratábamos de rescatar a algún pequeño que aún se retorcía en la ardiente arena de la deshidratada tierra.

- Coronel, buen trabajo. – le dije aquél día con ironía reprimiendo el dolor.
- Gracias hijo, estos malnacidos tienen que aprender lo que es una guerra. – me contestó sonriendo.

 ¿Cómo podía hablar así ese cabrón? Cuando me dio la espalda desenfundé mi pistola y le apunté a la nuca. El Dedo llegó a la mitad del recorrido del gatillo, pero me contuve al pensar en que eso habría significado el final de mi vida en libertad y habría acarreado muchos otros finales. Ahora me arrepiento y desearía poder volver atrás en el tiempo para haberle puesto punto final a su retrógrada ideología. Lo único que he conseguido es su alejamiento del frente y el internamiento en un hospital psiquiátrico que no solucionará nada, por no hablar de las miradas amenazantes de los que luchan bajo la misma bandera que la mía. Él volverá en la próxima guerra, que la habrá, y yo volveré a odiarme por no haberle matado antes.

sábado, 6 de agosto de 2011

Aimar

Bueno gente, ya hay otra personita entre los nuestros!!! Mi pequeño nació el jueves y está perfecto, aunque no nos ha dejado dormir ni a su madre ni a mí, jeje. Pero más felices que ni sé. Estaré un poco ausente un tiempo, pero volveré!!
Un abrazo fuerte para todos!!

lunes, 1 de agosto de 2011

El dolor del verdugo

Miro por última vez a un cielo que ya no me asusta con sus amenazas de lluvia. Recibo el primer impacto de una gota que se deshidrata sobre mi estuosa piel, aunque las siguientes se amontonan rápidamente empapando mi enjuto rostro. Inhalo el último anochecer del que seré testigo y agacho la cabeza al sentirme vencido. Descubro en tu mano la enraizada soga que asirás a mi cuello, la que quebrará el final de mis días cuando mis pies ya no toquen el suelo. Lo peor de la horca es no poder exhalar el aire y morir con los pulmones llenos, por eso espiro hasta que todo sinónimo de vida me abandona. Y mientras me balanceo en el infructuoso aire y me agoto, soy consciente de que tus ojos albergan el dolor del que aplica el castigo; entonces me doy cuenta de que cuando mi sufrimiento termina, el tuyo continúa.