miércoles, 28 de septiembre de 2011

Incidencia 2341 de un alma en defunción

Se escapa por la comisura de mis labios, por debajo de las uñas y por los poros de mi piel. Es la incidencia dos mil trescientas cuarenta y una de esta alma marchita que porto. Y no hay luz que me alumbre ni brújula que me guie, porque estar acabado consiste en eso, en morir como un insecto aplastado contra la pared. Solsticios de invierno y de verano que tan solo consiguen alterar más una cordura ya de por sí desvencijada que se preocupa más de molestarme que de cualquier otra cosa. Dios, ¿estás? ¿Por qué no sujetas las lágrimas que se me caen? ¿Por qué no me concedes un tiro de gracia? Me duele todo. Y tú sin embargo, princesa, me sigues soplando, mitigando el calor de estás brasas que vomita mi corazón. Es demasiado tarde para solventar esta incidencia; la dos mil trescientos cuarenta y uno será la última que tenga.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sanaciones

El sol se presenta como una masa pulsátil e incandescente que aparta la madrugada con su mazazo de luz. Huele a pescado; y esas nubes densas vomitan su polución sobre un mar verdeazulado. A veces se necesita sangrar para darse cuenta de que se tienen heridas. Ahora pasea sus temblorosas manos por sus canas y le besa con unos labios marchitados por el tiempo. Las historias de amor no se cuentan nunca con una sonrisa, sino entre lágrimas, por eso ella deposita sus penas sobre su cuerpo yermo en el último día juntos. Cuando él despierte, ella estará muy lejos de allí, rompiendo sus miedos contra el acantilado y purificando sus traiciones.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Por ti

No respira. La tensión inicial ha dado paso a un rostro relajado que solo desentona por esas gotas de sudor frío que se disponen en cada uno de los poros de su frente. El pelo se retuerce sobre sus mejillas, reptando por su cara como cientos de gusanos; gusanos negros. Y mientras tanto, su cuerpo descansa distendido, desacoplándose del colchón de látex con cada grado de temperatura que pierde. Aún está templada; aún es capaz de calentar este corazón que llevo en las manos y con el que la besé hasta dejarle sin respiración.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Polonia

Permanece impertérrito tras su escritorio mientras sacude un cigarro contra el cenicero de plata. El emblema de las SS acoge con orgullo las cenizas del Davidoff; el sabor de las montañas suizas sale incinerado por la comisura de sus labios. Es difícil explicar como se siente Rudolf Veiel en este momento, pero por el brillo de sus ojos culaquiera diría que bien. Seguramente estará orgulloso de liderar la Segunda División Panzer, inmersa ya en la invasión contra Polonia bajo la atenta mirada del Décimo Cuarto Ejército. Pero él no manchará sus botas, otros lo harán por él.

La industria maderera de Lubomir ha sido reducida a astillas. Mientras cae de rodillas frente al decapitado cuerpo de su hijo, mira alrededor en busca de su cabeza; sabe que ya no sirve de nada, pero se niega a quedarse tan solo con esa macabra imagen. Allí está, aparentemente en buen estado, el proyectil ha debido sesgarla del tronco sin causar mayores daños. Desde dónde está, tan solo ve la parte de atrás, en la que el pelo se arremolina aún con vida. Casi a rastras llega junto a ella, la gira; y ahora deseraría no haberla encontrado nunca.

Hermann barre la zona en la que aún crepitan los escombros. La Balkenkreuz que lleva sobre el corazón estiliza su figura. Con sus diecisiete años está hecho todo un hombre, por eso cuando apoya el fusil contra su hombro derecho esto se traduce en un problema menos. La imagen es cuanto menos extraña, un hombre de unos cincuenta años sujetando una cabeza sin cara, y a unos metros el cuerpo del joven Frank. No ha venido aquí a pensar, sino a conseguir anexionar Polonia al imperio Nazi, así que saluda. "Heil..." y dispara. Un problema menos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cansado del ataúd

El día que mis venas se coagularon definitivamente lo comprendí. No es necesario que lata un corazón para poder amar; lo hago por imperativo romántico pese a estar continuamente desanimado. Y esta maldita digestión que tiñe mis intersticios de un rojo metalizado es la única droga que aleja mi vida del apartadero de la mortalidad. Pensaba que era una buena jugada hacer esperar al infierno, pero esto no puede ser peor que el fuego. Y mientras apilo los últimos cuerpos que me sirvieron de alimento, me descompongo víctima de la desnutrición a la que voluntariamente me someto; y aunque ansíe la decapitación, moriré por inanición.

martes, 6 de septiembre de 2011

Sin salida

¿Te acuerdas de mí? El que maldecía las horas e incluso los minutos. A tu lado, en ese lugar tan concreto les decía “Dadme más, dadme más”. Pero el tiempo, que perece, que subyuga ante el espacio como una sonrisa en el anfiteatro de tus penas, me ponía trabas, me insultaba, durando ni más ni menos que lo que tenía que durar. Y ahora ya no soy nada; un recuerdo, ni siquiera un recuerdo. Muerte bastarda, déjame en paz, ronda a tu puta madre. Con tu casaca hago pañuelos, pañuelos negros, negros, como un abismo imperecedero y letal. Pero si sale mal, si no encuentro la salida de este laberinto de tierra que me contiene y me descompongo como un susurro en el viento… ¿pensarás en mí?

lunes, 5 de septiembre de 2011

Ocres mares

Los restos de las tempestades no siempre forman regueros de sangre. En esta ocasión sí; desde las impolutas telas algodonadas, hasta la ensangrentada blusa, hay un camino a base de gotas rojas que demuestra que en los amarillentos campos de trigo también se esconden tiburones.

microrrelato presentado en la primera ronda del III Concurso de microjustas literarias
tema: Malotes - Tiburón