martes, 29 de noviembre de 2011

Cuestión de corazones

Llueve sin cesar. Un viento gélido corta con su cizalla un mundo ensombrecido como si fuera papel. El barro asume sus pasos, convirtiendo en eternas las huellas que se dejan al marchar. En su cara, las gotas de agua adquieren la salinidad propia del dolor que vomita un lacrimal. Y con paso húmedo, firme y silencioso se aleja sin mirar atrás.

Desde el exterior parece una casa cualquiera; la chimenea exhala sus bocanadas de humo indicando que en su interior hace calor. Pero hay fuegos que no calientan, ella lo sabe. Y no puede contener unas lágrimas que brotan directamente de un alma en proceso de congelación.

Sobre las huellas de antes se posa el pie de una mujer. Más lágrimas se mezclan con más agua. El barro salta sobre su ropa, parece que diga déjale marchar, pero no lo hará. A lo lejos una sombra distorsionada avanza sin cesar. Ella grita, pero el viento le roba las palabras. Acelera el paso y vuelve a gritar, pero el maldito viento le vuelve a robar. Corre sin dejar de llorar. Y grita, grita tanto que el viento se detiene, que la lluvia se seca y las nubes se van; y a una corta distancia le puede ver girar. Ojos en ojos; y una sonrisa que empieza a aflorar. Ella sigue sus huellas, él las desanda, y en la mitad de la línea que trazaría un compás, se abrazan dos corazones que vuelven a calentar. Y un beso, un inmarcesible beso, será el punto final.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Caro data vermibus

Curiosamente y pese al dolor que se sostiene en mi gesto, agradezco estar ahora lamiendo mis propias heridas. Más allá del sabor férreo de la sangre que brota de ellas, me hipnotiza su aroma. Por debajo del corte comienza a ennegrecerse la zona y me recuerda que pudrirse también es de humanos. Caro; carne. No me reconforta ese sol que desde su atalaya azul trata de evitar el enfriamiento de mi cuerpo. No puedo mover las piernas y la distensión muscular de mis antebrazos los convierte en meros espectadores de mi degradación. Data; dada. La sangre en el estómago sacia mi hambre, pero no recarga los viales que llenaban de vida este contendor cárnico en pleno derrocamiento. Vermibus; gusanos. Y mientras espero a ser devorado siento el último escalofrío que me brinda morir a la intemperie.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El carnicero


Armin Meiwes se comió literalmente a un ingeniero alemán residente en Berlín. Supuestamente el hombre acudió a la cita conociendo las intenciones del cheff, así que se puede decir que el ingeniero no tenía inconveniente en ser devorado. Este preámbulo es la base para decir que hay personas con gustos… digamos extraños. Este es el caso de Rosa Martínez, del blog Van al aire que me ha pedido, muy a mi pesar, que la convierta en comida. Por supuesto ella se refiere a un microrrelato, a ficción tétricoalimentaria, y en eso quedará. Espero que a nadie le entren ganas de comérsela por muy bueno que sea el plato que yo prepare. Y como motivos personales me impiden llevar a un final tan indigno a una persona llamada Rosa, en esta historia hablaré de Mary Ann, aunque todos sabréis de quién se trata.

El carnicero

La calle de los plátanos es angosta y sin salida. Por el día no llama la atención, pero al amparo de la noche se transforma en un lugar extremadamente tenebroso. El silencio que sostiene la oscuridad sólo lo rompe el afónico grito de las herramientas del señor Millet. Este regenta la carnicería que se encuentra al final del callejón y una vez que cierra continúa trabajando. Mary Ann conoce bien los cortes de la vaca; costillar, aguja, falda, morcillo, redondo y demás. Se queda absorta cuando el señor Millet filetea un solomillo o tritura el añojo. En realidad se puede decir que a Mary Ann le gusta el carnicero. A Millet también le gusta Mary Ann, aunque por distintos motivos. Cuando ella entra su local, él mentalmente la marca con su línea de puntos, recreándose en la textura y el sabor de cada una de sus partes. El día que Millet invitó a Mary Ann a la trastienda, ella no pensó en que las intenciones del matarife eran precisamente darle muerte y no sepultura. Millet extrae ahora los lomos, la contra, el pescuezo, la aleta o la babilla con suma delicadeza; como un cirujano, diría Mary Ann. Después los dispondrá tras la vitrina refrigerada del mostrador y marcará los precios. Ni siquiera la probará, porque el señor Millet, aunque parezca increíble, es vegetariano.

martes, 22 de noviembre de 2011

Vol au vent

El señor Wainewright no sueña. Ve anochecer y amanecer cada día apoltronado en su viejo sillón por culpa del insomnio. Hace días que no deshace la cama; ese es el motivo de que en su dormitorio flote aún el olor del almidón. Ahora, a la luz de un quinqué eléctrico, se dedica a escribir. La única forma de soñar es hacerlo despierto, piensa.

La señorita Wildbrand nunca duerme sola, pero siempre sueña. La pesadilla que da forma a su vida muere al menos durante las ocho horas que pasa con los ojos cerrados. En la región anterior del hipotálamo de su encéfalo, se recrea una vida paralela mucho más digna. La única forma de vivir es soñar, piensa.
A Thomas le llamó la atención la chica que estaba sentada en el banco del parque Wells. Era la única que no gritaba ni hacía gestos obscenos para atraer a los clientes; eso le atrajo.

-    Señorita, ¿me concede una hora?

Helena, que no estaba acostumbrada a un trato tan correcto, abrió los ojos y sonriendo se puso en pie.

-    Por supuesto, caballero.

La casa de Wainewright destacaba por el orden, y a Wildbrand no le pasó inadvertido. En el comedor, Thomas le invitó a sentarse.

-    ¿Puedo invitarle a cenar?

La respuesta fue un sí ilusionado, pues ya nadie se prestaba a seducirla como a una mujer sino como a una prostituta. El señor Wainewright colocó con delicadeza la mesa, situando en el centro de la misma una fuente repleta de volovanes. Agradecida, Helena comió ante la atenta mirada de su anfitrión, el cual se deleitaba con cada bocado de aquella delicada mujer. Entre vómitos y estertores a Helena se le fueron cerrando los ojos, visitando por última vez ese sueño que le daba la vida. Thomas guardó la estricnina junto al resto de especias y se tumbó en la cama. Esa noche durmió; esa noche soñó con Helena.

martes, 15 de noviembre de 2011

Carne de cañón

No hace frío. Un sol más grande de lo habitual se alza como un dios en un cielo completamente raso. La sombra de algunas aves se proyecta sobre la tierra, manchándola con su oscuridad. Ondean las hojas de los árboles como banderas que esperan que les juren lealtad, pero nadie se levanta. La hierba, empapada en sudor, cambia el rocío por gotas de sangre que brotan de los incontinentes cuerpos. Y reina el silencio; digno guardián de un improvisado cementerio en el que las vainas metálicas de las bombas hacen la función de lápidas sin nombres. Huele a carne.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Se le hizo añicos el alma (minicuento)

Ya no hay castillos en la isla de Tul, tras la caída del imperio, asesinaron al rey y a la reina y demolieron sus hogares. El pequeño aprendiz de ser humano, que ya no creía en princesas, volvió a creer cuando la vio. Sentada junto a las ruinas del castillo, la princesa contaba las estrellas en una noche rasa. - Contar todas las estrellas lleva un tiempo - pensó el aprendiz sin querer interrumpirla. Pero la princesa paró de repente de contar estrellas, ante la que más brillaba en el firmamento. - Esta es mi oportunidad - pensó el proyecto de humano. Se acercó a ella, que obnubilada aún por el candor de aquél astro, le dedicó su mejor mirada. La princesa y el casi humano se dedicaron sus mejores palabras, y el aprendiz volvió a casa con el corazón palpitando, pensando que Tul volvía a ser de colores. Pasaron los días y las noches contemplando las estrellas, hasta que un día amaneció nublado, unas nubes grises, casi negras, cubrieron el cielo. La noche fue igual que el día, y entonces, ante la imposibilidad de contemplar las estrellas, se miraron a la cara. En realidad, el aprendiz nunca había mirado a las estrellas, siempre, siempre le miraba a ella, a su princesa. Y entonces, cuando sus miradas se cruzaron, ella bajó la cabeza. El aprendiz se quedó helado, pues de la princesa se había enamorado. Entonces le preguntó, - ¿por qué bajas la cabeza? - A lo que la princesa le respondió, - porque otras estrellas iluminan mi sendero. Y desde entonces el aprendiz está petrificado junto a las ruinas del castillo. Dejó entonces de ser humano, para convertirse en piedra. Y a sus pies, junto a sus lágrimas, su alma hecha pedazos.

martes, 8 de noviembre de 2011

Segunda divagación

¿Es sangre o pintura? Me pregunto al ver los restos del fusilamiento de mi corazón contra el paredón de mis sueños. El sabor óxido que embriaga mi paladar no deja lugar a dudas; la anemia ferropénica que me lapida son los clavos de Cristo en mi alma condenada.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Primera divagación

¿Son molinos o son gigantes? Me pregunto a un paso de ser aplastado por una enorme bota. Me aparto del camino marcado por si la parte de mi cerebro que debe distinguir entre la realidad y la fantasía me juega otra mala pasada; prefiero saltar y que me llamen loco antes que convertirme en una masa informe de huesos y carne bajo la suela de un zapato.