domingo, 23 de septiembre de 2012

Las moscas de la fruta

Eran las tres de la mañana de una noche especialmente calurosa. La niebla se había depositado a escasos metros del suelo, concentrando ahí toda la humedad, por lo que era imposible no sudar. Silver se despertó empapado, y pese a su corta edad, tan solo seis años, y su afasia, consiguió emitir algunos sonidos para llamar a su madre. En tan solo unos segundos el pequeño percibió el sonido de las zapatillas de su madre al recorrer el pasillo. Era un sonido que calmaba sus pesadillas, que las devolvía a ese profundo pozo del olvido del que nunca debían salir. Por desgracía volvían, siempre volvían. Moscas, moscas y más moscas. Eran recurrentes en sus pesadillas. Pequeñas pero incontables moscas de la fruta. La puerta de la habitación se abrió suavemente, produciendo un chasquido característico desde que una de las bisagras se había aflojado. Silver se sobresaltó, como si aquél ruido fuera desconocido para él. Alcanzó a ver la sombra de su madre, pero ésta permaneció inmóvil unos segundos, antes de cruzar el oscuro umbral de la puerta. Al niño se le hicieron eternos, y en ese corto espacio de tiempo su imaginación le devolvió seres dantéscos y espeluznantes monstruos. Era tal su imaginación que si su madre no hubiera entrado en ese preciso momento, aquellos seres lo habrían devorado o algo peor.

- Hijo, ¿estás bien? - dijo su madre acercándose a la cabecera de la cama.

Silver sonrió con la cara aún congestionada por los inmerecidos sueños.

- Tienes calor, ¿verdad? - y esbozando una sonrisa se dispuso a abrir la ventana.

El niño comenzó a temblar y a emitir unos sonidos que pese a la incomprensión de su madre llevaban implícito el terror a la acción que pretendía su madre. Así que ella le tranquilizó al tiempo que encendía la lámparita de la mesilla.

- ¿Mejor así?

Y la sonrisa fue la respuesta que esperaba. Vanesa, se puso en pie, se inclinó para besar su frente y se despidió dejándole la luz encendida.

La indecisión de Vanesa al entrar en la habitación se debía a que su marido no estaba en la cama cuando se despertó. Supuso que debido al calor habría bajado al piso inferior y que posiblemente se hubiera quedado dormido en el sofá, así que descendió las escaleras y se dirigió a la sala contínua al recibidor. Las dos puertas de madera se hallaban abiertas de par en par, pero Alberto no estaba en el sofá. Se percató en este momento de que la luz del porche estaba encendida, y con una sonrisa se encaminó a la puerta, la abrió, salió al exterior y la cerro con suavidad. Alberto estaba dormido en su butaca de mimbre en una postura un tanto incómoda.

- Alberto... Alberto... - dijo con su dulce voz.

Alberto se removió perezosamente en la silla y abrió lentamente los ojos antes de hablar.

- Hola cariño, me quedé dormido. - dijo.
- Ya lo veo. Silver se ha despertado de nuevo con las pesadillas. ¿Volvemos dentro?

Alberto dio un pequeño salto de la butaca.

- ¡Dime que has cogido las llaves!
- No...
- Maldita sea. Salí a tomar un poco de aire y la puerta se cerró, yo tampoco tengo llaves.
- Silver... - a Vanesa es lo primero que le vino a la cabeza.

Sin tiempo a pensar la forma de entrar, la niebla fue espesando, hasta cubrirlo todo con un manto opaco a través del cuál no se veía absolutamente nada, y acto seguido comenzaron los gritos de Silver. Pensaron que se trataría otra vez de las malditas pesadillas.

- ¡Hay que entrar! - espetó Alberto, mientras empezó a probar suerte con cada una de las ventanas.

A Vanesa se le congestionaba más la cara con cada nuevo chillido de su hijo y los nervios la tenían tan atenazada como una soga invisible.

- ¡Está todo cerrado! - maldijo Alberto.

El niño no paraba de gritar y tanto el padre como la madre daban absurdas vueltas sobre sí mismos sin saber cómo actuar. Pero pasó algo tan inaudito que Alberto agarró de repente la butaca arrojándola contra la puerta con fuerza. Silver había gritado claramente "Mamá". Era la primera palabra que pronunciaba en seis años y pese a que significara una leve mejoría en su afasia, no les hizo ninguna ilusión. Asustados golpearon la puerta con todas sus fuerzas hasta que ésta cedió con el estrépito de la madera al crujir. Con las manos desnudas arrancaron poco a poco trozos de la puerta y, primero Alberto y después Vanesa, subieron las escaleras a toda prisa. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Silver el corazón se les encogió como una ciruela seca. Miles o tal vez millones de pequeñas moscas formaban la silueta de un ser que tenía levantado a Silver por el cuello, flotando este a unos setenta centímetros del suelo. La cabeza de moscas se giró y con el hueco que debían ocupar los ojos les escrutó durante unos segundos. Alberto, sin pensar, se abalanzó sobre las moscas y sostuvo a su hijo y mientras Vanesa se interpuso en mitad de todas aquellas pequeñas y negras moscas. Con un desagradable zumbido la silueta se desvaneció y la nebulosa de moscas desapareció por la puerta, descendió las escaleras y abandonó la casa.

Silver lloraba mientras su padre lo abrazaba, Vanesa lloraba también presa del miedo. La noche se consumió con ese abrazo infinito y el sol les sacó del aterrador letargo en el que habían estado. Todos se miraron de nuevo ante la luz del día y volvieron a fundirse en un cálido abrazo. Recordando el grito de Silver, el padre le preguntó para tratar de volver a la normalidad.

- Silver, antes has llamado a mamá ¿verdad?

Pero Silver miró extrañado a su progenitor y negó con la cabeza. Trató de llamarla en ese instante y sólo se produjeron una serie de sonidos indescifrables. Alberto y Vanesa se miraron y se dijeron con la mirada que seguramente esa llamada no se volvería a producir. Cuando clavaron de nuevo la vista en el pequeño, vieron como una de esas pequeñas moscas salía por el lacrimal del niño y se posaba en la pared. Vanesa, asustada, volvió a abrazar con fuerza a su pequeño y Alberto, con un golpe certero, la aplastó contra la pared. Al menos esa maldita mosca ya no volvería.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Scargots


La suave textura en su paladar le reconforta. Palillo y dedos sucios. Mastica el viscoso cuerpo del caracol, que aún mantiene sus estrábicos ojos abiertos, y traga.

- ¡María! Coge uno, mujer.
- Prefiero las ancas.
- Mañana compramos si podemos. Cocinas tú.
- Es la hora. Me voy.

Mueve sus caderas al andar. Y al situarse junto al siguiente banco, agita el canastillo, en el que descansan algunas monedas cobrizas. Todo ha cambiado, piensa mientras de reojo va sumando los céntimos. Se escucha un ‘Amén’.

- Amén. – gritan los fieles casi al unísono, produciéndose una breve cacofonía.

Antes de salir de la iglesia hinca la rodilla en el suelo y se santigua; pide perdón entre dientes por los céntimos de más que le acompañan a casa.

- ¿Cuánto hemos sacado? – pregunta desde el sofá su dolor mientras se chupa los dedos.
- Seis euros.
- ¿Y una hora para sacar sólo eso? Mañana no hay ancas, otra vez caracoles.

Se queja y bosteza. El colchón de la habitación lo orinaron en otra casa. El hedor no lo quita María ni frotando una tarde entera. Por eso siempre están en el sofá. Roto está, pero no huele mal.

Y María se anima a faltar al respeto. Se quita el sudario del alma.

- ¿Cuándo vas a buscar un trabajo?
- ¡No hay! ¡Ya lo sabes! ¿No estamos en crisis?
- Sí, sí. Voy a limpiar caracoles.

Él, viscoso, no saca los cuernos al sol. Siempre cubierto con ese caparazón de ladrillo. Cómo se asemeja a un caracol, piensa María. Y piensa también en el asco que le dan; muertos. Sangran sus costados.

Hay muertos vivientes caminando por las calles, entrando a las iglesias, robando los cepillos, visitando supermercados para comprar sin pagar, apostando a cinco o seis números sin saber que no tocará. O tal vez sí lo sepan, pero hay que apostar.

- ¿María?

Pero María ya no está. Está a siete infiernos de aquí, saltando en colchones limpios, con ángeles caídos.

Y el caracol, de una vez, saca sus malditos cuernos al sol y muge.

martes, 4 de septiembre de 2012

Destruyendo tus besos

Caí desde una altura considerable. Al impactar contra el suelo sangré como sangran los ojos de los boxeadores después cortarlos con afiladas cuchillas. Pese a que la acera estaba caliente e invitaba a descansar, despegué la boca de los cementosos adoquines y tras escupir trozos de marfil, esculpí en mi cabeza un monumento en tu honor, aunque no te lo merezcas.

En el mercado negro se venden las pistolas por cuatrocientos euros, y te regalan seis balas lijadas, por si se te antoja disparar. Si no quieres matar no necesitas un arma. La defensa es la mayor ofensa, la mayor mentira que te puedes contar. Eres un asesino.

Cinco pisos más arriba ni siquiera te asomas a la ventana para ver como me voy cojeando. Pero soy incapaz de pensar mal y supongo que no te has enterado de mi suicidio frustrado. ¿Como puedo haber fallado? Cinco pisos, catorce metros, y sigo vivo. Mis ojos, indignados, supuran agua salada mezclada con venas rotas. Y me difumino entre las farolas sin que nadie se de cuenta, dejando tan solo un rastro escarlata que refleja una luna que simula ser una uña mordida.

En el mercado negro uno se llama Manuel. Tiene de todo. De todo lo que no se debería tener, porque las guerras no las provocan los hombres sino las armas, si no, no serían guerras sino peleas. Y Manuel me tiende el hierro frío y el regalito, y me sonríe. El muy mierda me sonríe.

Después de dos lunas te miro de frente, pero entre tus ojos y los míos, una cruz negra se interpone, y te suelto mordiscos con el dedo índice, destruyendo tus besos, como piedra contra tijera, y cuando revive el silencio me asomo de nuevo al vacío del quinto piso.

Y Manuel seguirá sonriendo y contando.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Agua y fuego

Pese a su incredulidad y falta de fe, el señor Newman cada día reza más. A duras penas se arrodilla junto a su desvencijado camastro, polvoriento y maloliente, y junta sus manos entrelazando sus dedos mientras apoya los codos sobre la asquerosa colcha que cubre el incómodo colchón. No tiene sábanas de franela o algodón con las que evadirse de la mierda de vida a través del tacto de sus dedos. Recuerda la suave sensación que recorría como un escalofrío su alma cuando tan sólo era un niño, cuando su cama olía bien, cuando la colcha cubría unas impolutas y sedosas sábanas que cubrían a su vez un colchón que le regalaba sueños tan dulces como el algodón de azúcar. La primera vez que se orinó en la cama sintió vergüenza, pese a la soledad; las siguientes la tristeza le mordió por dentro como una boca afilada y le invitó a sentirse terriblemente mal. Así comenzó a descender en su propio infierno, incapaz de controlar sus esfínteres, ni el temblor de sus manos, ni el sentimiento de culpa. Y por eso reza, a un dios en el que no cree, para ir a un paraíso que intuye que no existe, y lo hace siempre antes de sacar el viejo revólver del cajón de la mesilla y de metérselo en la boca, antes justo de apretar con suavidad el gatillo, como cuando acariciaba el algodón, cuando dormía a gusto, y lo saca de la boca y lo vuelve a dejar dónde estaba cuando comprueba que sigue vivo. Y piensa que cuándo se cumplirá eso de que las armas las carga el diablo.

sábado, 28 de julio de 2012

Camino de las cien cruces

"Llueve. Siempre llueve."

Hay caminos que guardan las huellas como una cámara acorazada en el corazón del infierno. Huellas imborrables, impertérritas; huellas que no se pintan sobre la tierra sino que permanecen flotando sobre los guijarros, como el permanente y estático polvo en el hogar deshabitado. Y uno de ellos es este sobre el que arrastro los pies como un condenado a vagar eternamente.

Lucía silbó para llamar a su perro. Los ladridos del can se escuchaban cada vez más lejos, perdidos entre matorrales y árboles espesos. Pronto dejaron de escucharse, y tan solo permaneció en el aire el sonido del crujir de la hojarasca peleando con el viento. Lucía corrió entre las sombras de las copas, pero no había ases en su jugada y al cabo de varias horas lo dio por perdido. Sus ojos se aguaron en el preciso instante en que dio media vuelta para retornar sola por el camino andado en pareja.

En una casa al borde del monte de los laureles, por el que se accede al camino de las cien cruces, hay una mujer en la ventana. Una mujer que es madre y cuenta nerviosa las horas, porque Lucía nunca se ausentaría por tanto tiempo sin avisar de ello. El eco de los ladridos le devuelve la sonrisa, pero esta queda truncada al ver que Troy vuelve sin la compañía de su querida hija.

- ¿Dónde está, Troy? - solloza mientras lo abraza.

Y el perro ladra y se gira esperando que ella lo siga.

Lucía no cuenta el tiempo, tan solo camina, y es curioso que la tierra no guarda constancia de sus pisadas. Camina y llora, y piensa en su amigo de cuatro patas. Pero el paisaje no cambia desde hace mucho, y pese a que le es familiar, la distancia no lo es.

La madre de Lucía comienza a llorar en el mismo instante en el Troy se para al borde de una sima. Y al asomarse se quiere morir, desea con todas sus fuerzas ser ella la que no camina, ni llora, ni sufre. No existe la magia, así que continúa llorando y sufriendo, mientras los ladridos bajan de volumen y se difuminan en su pena.

Lucía se para, porque caminar no le ha servido de nada. Y sabe que si antes eran cien cruces ahora serán ciento una.

Y llueve sobre el perro y la mujer que regresan corriendo a casa. Y llueve dentro ellos igual que lo hace por fuera, porque llueve, siempre llueve.

martes, 24 de julio de 2012

Moscas


Pude oírlas. De verdad que lo hice.

Inhalé y exhalé el humo del cigarro tantas veces que, cuando quise darme cuenta, una colilla se incineraba sobre mis dedos índice y corazón. Aún estaba en un estado tan incorpóreo que no fui consciente hasta más tarde de la quemadura. Ahora prefiero que fuera así, pues las quemaduras sanan.

Un ser tan repugnante como minúsculo giraba alrededor de uno similar pero algo más grande. Ambos frotaban sin cesar sus ojos compuestos con las propleuras de sus patas delanteras. Eran hembras. Y hablaban. Deduje por la conversación que se trataba de una despedida. La pequeña no entendía el por qué de la separación, ni el sentido de su existencia. La madre movía rápidamente y a espasmos su cabeza y le explicaba lo importante que era. Le habló de la aceleración en la descomposición de los cadáveres, de la polinización, incluso del control biológico. De lo que no le habló fue de aquella parte que le convertía en alimento de anfibios, aves y roedores, aunque era igual de importante. Debió pensar que igual, con suerte, moriría en su estado adulto sin ser devorada, ni aplastada. Los días, a tan pequeña escala, deben parecer años.

Permanecí quieto, absorto en la conversación, hasta que esta llegó a su punto final. Creo que pude ver un beso, un beso de mosca, pero beso al fin y al cabo. Y mientras la madre se alejaba pude oír llorar a su hija y creo también que aquello que resbaló por cada una de sus miles de minúsculas facetas fotosensibles, pudo ser una lágrima.

jueves, 12 de julio de 2012

Bodas de oro - Narración por Javier Merchante

Hoy he tenido una grata sorpresa. Javier Merchante, desde su Taberna del Callao, ha puesto voz y mucho más a uno de mis microrrelatos, Bodas de oro.

El resultado, desde mi punto de vista nada objetivo, es genial.

Aquí pongo los links en los que se puede leer y escuchar.

http://latabernadelcallao.blogspot.com.es/2012/07/bodas-de-oro.html
http://elmaestrocuentacuentos.wikispaces.com/Bodas+de+oro

Muchas gracias Javier!!

jueves, 5 de julio de 2012

Cristal

Luz. Estoy cansado de ti. Paseo por verdes prados, verdes y alucinógenos prados que embriagan los sentidos más sinsentido de mi ultrajada alma. Estoy espeso. Me pesan los zapatos, el reloj, la camisa, la piel que se aferra a mi carne como una sanguijuela, chupándome la sangre. Te veo de rodillas ante mí, bajando la cabeza, rindiéndome devoción como la puta al proxeneta, aunque le odie, aunque sueñe con meterle una pistola en la boca y apretar el gatillo, aunque sepa que será su boca la que acabe aceptando otras pistolas. Y así me odio, pues soy delito, soy pecado sin condena viviendo siempre en culpa, con conciencia negra ardiendo en el sulfuroso infierno del benceno de mis propios humos. Y al final, machacando el cristal, fragmentándolo, inhalando el hedor de mis miedos, de mi estiercol. Luz. Apágate porque prefiero no ver.

martes, 3 de julio de 2012

Cuando la lune se borre

Atravieso una puerta cerrada. Tras ella hay miles de balas desperdigadas por el suelo. Son de calibres distintos. Veo también las armas que esperan ansiosas a que alguien las cargue. También hay cuchillas, afiladas, y sogas, y piedras, y piedras atadas a cuerdas, y lágrimas cristalizadas y charcos de miedo y culpa que saben que las botas llegarán tarde o temprano para hundirse en un centímetro escaso de negrura, suficiente para marchitar las luces y apagar las flores. Entonces se formarán impertinentes ondas que irán y vendrán como las bisectrices de un telón al finalizar la función. Y escucho los pasos rotos bajo caras lánguidas, y siento un pinchazo profundo, tanto que arqueo la espalda para recibir el latigazo al hijo de Dios, al hijo de un dios. Mientras, observo como decrece la luna cuando la pluma acaricia el papel en el que sangran profusamente las heridas. Y se desbordan finalmente fuentes llenas de espinas, de rosas con espinas.

lunes, 25 de junio de 2012

Calaveras

El cielo escupe sus últimas gotas sobre una primavera apática que le da paso a un verano excesivamente caluroso. Las flores destiñen sus colores y los árboles mimetizan sus hojas con el color del sol. Mientras sudo mis malos hábitos, ansío la llegada de un nuevo invierno que me apague un poco más, esperando que éste sí sea el definitivo, el que me duerma bajo el hielo y me conserve por una eternidad antes de atravesar las murallas del viento. Primaveras, veranos, otoños e inviernos que sólo sirven para contar los minutos de una existencia en decadencia desde que tú no estás. Pero en el panteón de mi memoria, nuestras calaveras, siempre, siempre se besarán.

De nada

Lola está sentada como siempre en el porche de su casa, en su hamaca de mimbre, con su camisón azul y sus zapatillas de tela. Suspira. Ríe entre dientes cuando le ve pasar, y se le eriza la piel, y flota, y sueña que la lleva a lomos de un inmaculado corcel blanco y que la saca de allí, de esa casa, de ese barrio en el que se marchitan los huesos y las ilusiones. A Lola se le acelera el corazón cuando él le tiende las cartas que ya no lee, y si la roza con la punta del dedo índice le recorre un gusanillo que mitiga el dolor de sus espinas. Y por un momento los años se suicidan y vuelve a sentirse joven cuando le da las gracias con su afónica y desgastada voz. Y un "de nada" tiene el óxigeno suficiente para respirar un día más, un día menos.

viernes, 22 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (IV)

-Bostezo-

El marco que sostenía el portón crujió como la madera seca en la chimenea. La puerta se abrió lentamente y en el más sepulcral de los silencios, como si estuviera perfectamente engrasada. Un hálito espeso emergió como un mal presagio cuando estuvo completamente abierta. Pudo percibir incluso un suspiro quedo que se marchitaba en los pulmones del infierno, pero debía entrar. Frente a él una casa asolada, de piso arcilloso en el que se disponía un amplio mobiliario de vetusta madera. Pese a lo viejo y rancio, Halburt se sintió acogido. Acarició una mesa de madera levantando un polvo tan acomodado que volvió a cubrir la huella de su mano en unos pocos segundos. Olía a sangre, como en el depósito de Death Valley el día del desalojo.

Anselmo había trabajado como auxiliar de la morgue desde mucho antes que a Halburt se le antojara hacerse policía. Era un hombre callado, de semblante serio y feo, tanto que el solo hecho de mirarle se le atragantaba como papel chupado por ratas y sentía unas ganas irremediables de acudir a misa y pedir expiación para sus pecados. Una cara que le hacía, en definitiva, sentirse extremadamente mal. Se saludaban por cortesía pese a no tener ninguno de ellos ganas de hacerlo. Anselmo habría y cerraba frigoríficos, extrayendo las metálicas camas en las que reposaban los cuerpos que requerían de una autopsia para aclarar algún caso. El día que Anselmo cumplió sesenta y dos años se suicidó. Primero abrió todas las cámaras frigoríficas, dejando los cuerpos descongelándose. Extrajo todas las camillas ocupadas y delante de esos espectadores tan respetuosos se cortó el cuello por debajo de la nuez y se tumbó boca arriba antes de desangrarse. La fotografía de la escena aún se alojaba en la memoria de Halburt, pero lo que realmente recordaba era el olor a putrefacción y a sangre. Ese día, cuando desalojaron el depósito, Halburt sonrió. Al menos no tendría que volver a ver esa cara.

Al final del inmenso salón de la casa, subía una escalera de catorce peldaños al piso superior. Una escalera empinada en exceso y que carecía de lógica. Proveniente de ese nivel, descendía el sonido amortiguado de un grifo abierto. Respiró hondo un par de veces y comenzó el ascenso. Uno, dos, tres, catorce.

viernes, 15 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (III)

- Hogueras –

Tras escapar del cementerio de sus recuerdos, volvió a centrar la vista en la puerta. Aún mantenía la mano sobre la pistola cuando comenzó a caminar. Sus botas levantaban el polvo creando pequeñas nebulosas a escasos centímetros del suelo. Tal vez olía a goma quemada, o a entrañas en descomposición; confundía ambos olores desde el caso de las piras humanas hacía ya bastantes años.

En un descampado de Burned Land, como hogueras para brujas, encontraron doce pilas de ruedas de tractor en llamas, cada una formada por cuatro de estas. Una vez extinguido el fuego tuvo la visión más espeluznante que recordaba; cada montón de neumáticos era el contenedor de un cuerpo encadenado, abrasado y sobre el que, bajo las muecas aún perceptibles del insoportable dolor, se disponía el caucho que, tras haberse deshecho en ese infierno, había vuelto a su estado sólido. Todos los cuerpos tenían una pequeña abertura en la zona abdominal por la que asomaban algo más de cuarenta centímetros de intestino calcinado. Por eso, y sólo por eso, confundía los olores.

Buscó la fuente del olor y sintió como su estómago se anudaba. Tres peldaños de madera precedían a un porche apolillado y tan ajado y desnutrido como su hígado. Tres escalones y en cada uno una mancha negra, viscosa y todavía caliente. Hundió el dedo en la primera e inhaló. Esos pequeñas charcos negros eran el origen del olor. Genuflexionado levantó la cabeza y miró de nuevo a la casa. ¿Qué es esto?, le preguntó.




Cuarenta y dos escalones (I) - Quieres que entre, ¿verdad?-

Cuarenta y dos escalones (II) - Polímero-

miércoles, 13 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (II)

- Polímero -

La rugosa y calmante culata era de un polímero muy común, polietileno, lo que le confería una zona más templada; todo lo templado que puede estar un plástico. Al acariciar el revólver al joven agente Halburt se le revolvieron de nuevo las tripas y se acordó de su padre.

- Papá – le decía – ¿eso que haces es magia?

Y el padre le respondía que no, que era ciencia. Le hablaba del eteno, de cómo dos átomos de carbono enlazados con el hidrógeno eran tan importantes. De su polimerización, decía, sale uno de los plásticos más comunes, el polietileno. Pero el pequeño no entendía prácticamente nada, sólo quería imaginar que lo que su padre hacía era magia; auténtica magia.

No tardó demasiado en comprender que la magia no existía, y que su padre era tan solo otro ilusionista. De hecho, aún piensa que su desaparición fue otra ilusión y que un día terminará con una aparición estelar. Enterrar ataúdes vacíos debería estar prohibido, piensa.



Cuarenta y dos escalones (I) - ¿Quieres que entre, verdad?-

Cuarenta y dos escalones (I)

- Quieres que entre, ¿verdad? –

El timbre del número cincuenta y siete de Bitter Valley aún funciona. Una verja de hierro forjado corta el paso al basto y baldío terreno que precede a la casa. Clavados en la tierra, los cadavéricos alcornoques se resisten a caer, como improvisadas cruces de madera en un cementerio olvidado.

El joven Halburt dio un paso atrás cuando la verja se abrió. Un chasquido eléctrico precedió a la apertura que, a espasmos mecánicos, cedió lo justo para que pudiera pasar.

El viento removía el polvo sobre la tierra, causando una niebla marrón y tan opaca como el humo de un incendio. Pese a ser un día soleado, más allá de la puerta todo se veía en sepia por acción de la tierra y el viento. La casa se asemejaba a la mellada dentadura de un viejo decrépito y con malos vicios. No había ni una sola ventana con un cristal entero y por todos esos ojos negros asomaban cortinillas blancas y tan raídas como el traje de un muerto. Las paredes estaban llenas de cicatrices, como si una garra enorme se hubiera ensañado con ella. La puerta sin embargo estaba intacta, pausada en el tiempo, como un enorme guardián en las puertas del infierno.

A Halburt le recorrió un escalofrío cuando, tras dudarlo unos instantes, franqueó el portón. Estaba dentro. Lentamente avanzó unos pasos. Los chirridos espasmódicos de la puerta al cerrarse tensaron sus nervios. Se giró mientras deslizaba rápidamente la mano hasta su cintura, agarrando con fuerza la empuñadura de su arma. La textura rugosa de la culata en su mano consiguió templar sus nervios como el Zetran templaba sus ganas de beber.

lunes, 28 de mayo de 2012

Liebster Blog


En ocasiones se tienen sorpresas agradables. Puck, desde sus verdosos jardines me ha concedido la distinción de "Liebster Blog". La verdad es que no sé lo que significa, pero el simple echo de acordarse de mí, es un premio.

Pero no queda ahí la cosa... Rosa, desde el aire me ha concedido también esta ditinción, por lo que es doble el sentimiento.

Por lo tanto voy a hacer lo propio con mis cinco blogs de menos de doscientos seguidores. No me gusta excluir, y a veces me cuesta ser objetivo.Puesto que Rosa y Puck ya tienen su distinción voy a recomendar otros cinco, aunque las dos están entre mis blogs de cabecera.

Bicefalepena de Bicefalepena, porque me hace pensar con los diálogos que cierran sus historias.
La Guarida del Coyote de Cybrghost, porque siente lo que escribe.
Había palabras, pero no servían de mucho de Citizen, porque me hace sentir lo que leo.
En el mismo río entramos y no entramos... de Corina, porque sus palabras se pueden oler.
La toalla del boxeador de Ernesto, por sus acertados ganchos y sus historias tangibles.

Me ha costado decidirme por unos o por otros porque, para mí, todo el que tiene algo que decir debe ser escuchado, y en este caso leído.

Abrazos .


Las reglas del Liebster son: 
1.   Copiar y pegar el premio en el blog y enlazarlo al blogger que te lo otorgó. 
2.  Señalar tus cinco blogs preferidos con menos de 200 seguidores y escribir comentarios en sus blogs para que conozcan que han recibido el premio, 
3.  Y, por último, esperar a que esas bitácoras continúen con la cadena y elijan a sus 5 blogs preferidos.



jueves, 24 de mayo de 2012

Cipreses que no guardan cruces

La calle de los chopos precede a la de los plátanos y los castaños, y cada una de ellas es más y más angosta que la anterior. Mis pies se mueven por inercia, llevándome lentamente al muro de los lamentos. Sopla un viento racheado; inquieta su ulular y que, pese a su violencia, los mosquitos sigan perennes en cada una de las farolas de la trocha por la que se llega al cementerio. Me deleito en la contemplación de las estrellas, verdes, intermitentes y serenas, que acompañan a una luna a la que le falta un mordisco para estar completa. Entre mis dedos se consume un cigarro apático y desaliñado que tuvo la mala suerte de ser pisoteado. Pero tengo que fumar, y los desperfectos de lo que empieza a ser una colilla, no lo afean a mi vista. Continúo bajando y entre castaños ya se difuminan los mastodónticos cipreses que cobijan a los que ya no están. Cada vez es más nítido el muro de madera, y su extremada delgadez los hace parecer enfermos crónicos de inanición. Atravieso la verja del cementerio y veo las cruces, dispares y miméticas cruces que no se diferencian de la oscuridad. Pero mi destino no es este, y tras atravesar el más impoluto de los silencios, donde nadie se atreve a molestar, llego a la extensa campa de jugosa hierba, alfombra de despedida para los que consiguen salir de la huerta de carne y huesos. Y aquí, libres, campan otros cipreses, junto a castaños, plátanos y chopos, que decidieron, pese al abono, no ser testigos de la muerte.

martes, 15 de mayo de 2012

La fortuna de William

No tengo ningún apodo. Me llamo, y me llaman, William. Jamás toleraría que nadie me llamara Will, Willy, ni nada por el estilo, aunque es cierto que siempre deseo que lo hagan, pues de esa forma tendría algún motivo de cara a la sociedad. No todos podemos sobresalir en tareas tan dispares como la contabilidad, el mercadeo marítimo o la construcción; pese a haber tratado de ganarme la vida de una manera más convencional, he de decir que nada me llenaba. Ejecutaba los trabajos de una manera metódica, siguiendo las pautas establecidas, y de esa forma todo se convertía en una rutina demasiado cansina. Eso es lo que me trajo hasta aquí. Ahora puedo innovar, imaginar paso a paso como va a ser, y poner todo en mi empeño en que salga bien, pero al ser cada persona distinta a las demás, la estrategia no siempre es la misma. Perdón, si me vieran ahora les contagiaría la risa, porque estoy hablando y hablando y aún no les he dicho a qué me dedico.

Empezaré por hablarles del Dr. Knox. Le conocí por casualidad en la taberna de la calle Surgeons Square, cerca de su estudio. Debía estar de celebración e invitó a todos los que allí nos encontrábamos. Yo siempre bebo Whisky escocés con café negro, y parece que le llamó la atención. Mantuvimos una conversación de la que salió un proyecto y un acuerdo. El alcohol ayudó a que la encomienda no me resultara tan descabellada. El primer cadáver lo extraje del depósito de cadáveres no reclamados de la escuela de medicina, pero Knox me dijo que el cadáver debía ser más fresco para llevar a buen puerto sus estudios. Me pagó, pero mantuvimos otra breve charla en la que me explicó de una manera más clara que es lo que quería. Y no, no me escandalicé. Considérenlo un trabajo.

Eso es, comencé una carrera brillante, aunque corta, en lo que se podía considerar suministrador de cadáveres. Algunos le llegaron aún calientes, por esos me pagaba catorce libras. ¿Quién no mataría por catorce libras? ¿Quién?

Y esa es mi historia, corta como digo, pues un matrimonio de malditos entrometidos destaparon un negocio próspero y tremendamente rentable. Arderán en el infierno.

lunes, 7 de mayo de 2012

Caviar

Siempre que pienso en ti se me llena la boca de pescado crudo. Es angustioso sentir asco y devoción en el mismo momento, pero supongo que tú también lo sentirías, que me verías como el cebo que mordiste aun sabiendo que te clavarías el anzuelo.

Recuerdo ahora los primeros encuentros, tus historias para justificar la humedad de las sábanas, el fuerte olor a las mañanas o tu sabor salado. Al principio me hacía gracia lo de las tres duchas diarias, aunque mi economía sólo me permitiera dos o tres por semana. Me volví loco para conseguirte Porphyra columbina o Himanthalia Elongata, pero una sonrisa tuya aún merecía la pena.

El día que saltaste desde el muelle y te perdiste en el océano, dejé de valorar tus risas. Arrojé contra el mar la nota en la que decías que diera mi vida por ellos, y pese a que fue una sensación horrible, me comí a mis propios hijos.

martes, 24 de abril de 2012

Caliéntame sol (cuento)


I

- El diablo corta la noche con cuchillo de acero inoxidable – me dijo.
- ¿Como sabes de qué material es el cuchillo? – pregunté.
- Porque es frío – contestó.

II

Eila me habló de temperaturas una noche salpicada de estrellas. Me dijo:

- Toca esto.

Y lo toqué.

- ¡Está frío! – dije mientras contenía un escalofrío y rechinaba los dientes. - ¿Qué es?
- Es acero, hierro y carbono a proporciones justas.
- ¡Ah!... ¿Así que este objeto se llama acero?
- No, no, esto es un cuchillo. Sientes frío el filo porque el metal conduce los electrones a una velocidad muy alta, produciéndose un intercambio espontáneo entre tu temperatura y la suya. Él te enfría mientras tú le calientas.

III

- Padre, ¿dónde vive el diablo? – pregunté a cincuenta centímetros del suelo y mirando hacia arriba.

Los ojos de mi padre, creo que eran marrones, pero ya no lo recuerdo pues han pasado algunos años desde que los miré por última vez, se posaron en los míos con suavidad.

- En la maldad, hijo, vive en la maldad.
- ¿Se puede vivir ahí? – dije sorprendido.
- Él sí – sentenció.

IV

Hoy, veintinueve años después, he vuelto a ver a Eila. Sigue igual de joven. Sigue preciosa. En su mano sigue llevando lo que ahora sé que es una daga; puño de marfil y filo de acero. Inoxidable. Y sé porqué ha venido.

- Eila, querría saber una cosa antes – susurré tan bajo que el viento tuvo que ayudarme a llevarle mis palabras, aunque supongo que hasta en silencio me habría oído.
- Es justo.
- ¿Forjaste esa daga sólo para mí?
- Sí, sólo para ti
- ¿Sufriré?
- Sí, lo harás.
- ¿Será lento?
- Lo será.
- Entonces cuanto antes empieces antes terminará.

Y recuerdo a mi cuerpo vomitando mi alma por una abertura en el pecho. Sentí frío, un frío que no cesa. Mi padre me dijo una vez que la luz y la oscuridad se necesitan como el frío al calor; pienso en él mientras el invierno me conserva en este infierno de hielo y tan solo grito. Grito. ¡Grito! ¡Caliéntame sol!

lunes, 23 de abril de 2012

Pieles

- Muere.

Lo dijiste en voz baja. Un susurro casi imperceptible pero que ambos sabemos que estaba ahí. Y morí. Lo hice en tus brazos, como el envoltorio plástico de una cajetilla de tabaco. Por los poros de mi piel se escapaban hilos de humo tibio de lo que fue mi alma. Ahora me encuentro perdido y dividido en un espacio demasiado abierto. Me gustaría seguir contenido por la impemeabilidad de mi piel, y sentir el muro poroso de la tuya, dónde el éter de nuestros cuerpos desnudos formaban una unidad; una humilde unidad dónde nada más importaba. Pero ahora estoy muerto, y mi cadáver son los rastrojos de un cuerpo incinerado desde dentro.

La pequeña montaña de Eolín, en mis sueños más salvajes, no es tan pequeña. Esnifo el azufre que mana por sus chimeneas mientras busco la entrada. Un ser con túnica negra y cuencas vacías señala la cumbre. Le pido un cigarro y me da el que sujeta con sus húmedos labios. Ahora mismo los escrúpulos no son óbice para decir que no. Fumo mientras asciendo, y cuando llego a la cima veo la entrada.

Te oí llorar muchas veces, una por mí, el resto por cosas importantes. He oído llorar a demasiadas personas, y te puedo asegurar que aún los muertos lloran.

He de irme, porque el mundo se me hizo una bola en la garganta y fui incapaz de tragarlo. Y me ahogué. Antes de franquear la puerta del lugar que será mi nueva y eterna piel, me giro. Lanzo un beso al pesado aire e imagino como se depositará como un inmortal beso en tus maravillosos labios. Ese será el sello, la rúbrica del documento formal de un descorazonado muerto.

lunes, 16 de abril de 2012

Pausa

Hay una casa en mis sueños. Una casa engullida por la hiedra. A sus pies, mal digerido, vomitado, estoy yo. Huelo a bilis y a ácido, huelo a escombro, a hierro oxidado y a carne vacía, sin alma. Son las doce de una noche que tirita por el frío, en la que se disponen los cadavéricos minutos unos detrás de los otros en la morgue del tiempo. Un camino húmedo y virgen se arrastra hasta la puerta principal. Sacudo el polvo de mi cuerpo, cubierto tan solo por una piel raída y descompuesta, antes de golpear el portón con la pesada aldaba. El eco de la llamada retumba en el interior, y es tan omnipresente el ruido que estoy cerca de rendirle devoción. Pero no hay dioses con cimientos de hormigón ni con paredes de piedra, ni envueltos en enredaderas, ni con tejados de pizarra negra. Negra. Continúo golpeando la puerta, cada vez con más ansia, con más odio, hasta que por fin, con un chirrido que proviene de la garganta del infierno, se abre. Dentro luz, fuera oscuridad, y el quicio de la puerta la frontera imaginaria entre ellas. Y entonces todo se para, como si alguien no quisiera ver como acaba. Y despierto entre sudores fríos y rechinar de dientes bajo ese pesado quicio que será mi sepulcro sin lápida.

sábado, 14 de abril de 2012

Barcos de papel

El capitán Moliner carecía de autoestima. El título de patrón de barco lo ganó en una mesa de tapiz verde en el que se disponían aleatoriamente gotas de sangre seca. Cansado de respirar aire respiraba ahora el polvo de las estrellas. Es lo más cerca que se había sentido jamás del cielo. Voy con todo, pensó. Eufórico desánimo era la descripción más real de su estado. Cuando no se mueven intereses sino hilos de marionetas ajadas y sucias no hay nada que perder. Por fin era patrón. Por fin era algo. Noche cerrada con cerrojo de acero frío; oscuridad casi total. Salió a la calle y se detuvo a mirar como era posible que el viento, desde su invisibilidad, lograra moverlo todo a su antojo, como un dios de bronce sobre pedestal de mármol que desde su quietud y silencio era capaz de convocar a miles de fieles a sus gélidos pies. Un río de agua de lluvia se deslizaba hacia el alcantarillado, y con sendas servilletas de la tasca de Mariano hizo dos barquitos de papel que depositó en pro de la corriente. Y vió como se alejaban hasta perderse en la boca de hierro mellado que era la puerta al segundo nivel de una tierra marchita. Y se sintió de nuevo capitán, aunque fuera sobre el papel.

domingo, 8 de abril de 2012

Sentimientos

Edmund Golin nunca tuvo sentimientos. Esa era su enfermedad, difícil de detectar y más difícil de curar. Durante su juventud, los médicos trataron de estimular la parte del cerebro que maneja las emociones, pero sólo consiguieron acrecentar la ira que llevaba dentro. Después trataron de mermar esa errónea híper estimulación, pero ya era tarde, y sus estímulos viajaban sin timón por los alambres nerviosos de su cerebro. Rendido ante la idea de ser una cobaya, Edmund decidió buscar su propio equilibrio renunciando a los estúpidos medicamentos que le habían anulado casi por completo. Y lo logró; aunque la primera vez fue de manera accidental. Un semáforo en ámbar y alguien con mucha prisa, obraron el milagro. En un estado de seminconsciencia y habiendo perdido una abundante cantidad de sangre, llegó al hospital, dónde tras estabilizar sus constantes, procedieron a realizarle una transfusión. Al día siguiente, en una cama fría, se alegró de ver a su madre; sí, se alegró. Lo primero que pensó fue que tal vez había sido el golpe en la cabeza, pero a los pocos días sintió, valga la redundancia, que carecía de sentimientos nuevamente. Así que, pese a las evidencias, Edmund montó su propia versión de los hechos, llegando a la conclusión de que era la sangre nueva que fluía por su cerebro la que le hacía sentir hasta que se contaminaba y alimentaba su desconexión. Debía conseguir sangre nueva que recorriera sus viales, pero no era un asesino ni un loco que se inyectara lo primero que encontrara; el grupo sanguíneo, las enfermedades… Quería sentir, no morir, aunque para ello tuvo que acercarse demasiado a la muerte. Atropellos, palizas, puñaladas, suicidios que no lo eran; todo por conseguir esa sangre que le haría sentir. Cien transfusiones en un año y nadie le detuvo. Cien. Fue en aquél accidente en el que falleció. Entre transfusión y transfusión dejaba pasar cuatro días, pues era el tiempo que según su teoría le duraban los sentimientos. Carente de ellos fue atravesado por una tubería mal asida en la baca del coche que le devolvería los sentimientos por otros cuatro días, pero mientras se desangraba sobre un asfalto caliente de verano y siendo consciente de que su cuello casi diseccionado jamás sería reparado, sintió miedo de la muerte. Sintió miedo. ¡Lo sintió!

martes, 13 de marzo de 2012

Cementerio de flores

Caen las hojas de los árboles; como copos de nieve en un invierno muerto. Me produce arcadas el frío, y ni la sangre que resbala por la comisura de mis labios consigue templar mis nudos. Esta noche la luna reflecta la luz del sol desde su cuarto menguante, ansiando desaparecer y dejar el cielo sumido en una negrura salpicada de estrellas. Repugnantes estrellas que se clavan como miradas indiscretas en mi piel. Estoy a punto de vomitar entre prosa poética; oscura y deprimente prosa poética. Si tuviera alas carecerían de plumas, tendrían una angustiosa textura plástica y olerían a goma quemada, pero por suerte carezco de ellas, y para volar me sobra con alcalinizar el tiempo. Hace días que el reloj es como la mano huesuda de un dios de palo, y prefiero darle la espalda antes que aguantar sus puñetazos. Entre tantos pozos negros deshecho la poesía y en mi basura quedan solo palabras huecas que ocultan historias.

Observo las colillas del cenicero. Me hipnotizan. - ¿Desde cuando fumo tanto? – Pienso mientras enciendo el siguiente cigarro. Recuerdo la última Navidad, entre asfalto y rallas blancas, y como los cimientos de rosas se fueron por el sumidero. Diciembre de nubes y de huracanes; diciembre de mierda. Antes de extirparme las venas con un abrelatas reparé en el color hepático de la luna y escupí al suelo, y al sacarme los ojos lo seguí viendo todo igual de negro.

Se han muerto todas las flores del vertedero, pero no son esas todas las flores, frente a mi casa, ahora, hay un jardín inmenso.

viernes, 24 de febrero de 2012

Mañana

Mañana será otro día, pienso tirado en el sofá azul. Hago un reconocimiento de lo que me rodea, contabilizo las motas de polvo que se aferran a las paredes como estrellas al cielo. En las grietas se esconden dioses de cemento que me observan y que me conocen solo a medias. El crepúsculo fue de un rojo intenso y me sentí tan dentro de una vena como lo haría una plaqueta. Cicatrizar heridas es lo que quisiera.

De la habitación llega el susurro del viento; me dejé la ventana abierta. Me levanto y me dirijo hacia ella. En el camino me entretengo con las partículas de desidia que flotan en el ambiente. Las soplo, pero no se mueven, ancladas como un sentimiento a un corazón desbocado. Atravieso la invisible cortina y por fin llego a la ventana. La cierro. Mañana será otro día, o eso creo, porque el reloj ya se pasa de las doce por una hora larga; mañana es hoy, me obligo a pensar, y me desvanezco entre unas sábanas frías que caliento por etapas. Calor; a veces necesito calor.

Por fin el sueño me acaricia como una mano suave, aunque fría, y me bajo del caballo de la tristeza en el que monté por hipocresía. Y sé que mañana, por hoy lo digo, no será otro día; y esperaré que otro mañana sea por fin otro día.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Hoy

Hoy he comprendido lo que no comprendo. Me he contestado a cientos de preguntas que me marchitaban, y que adheridas a mi conciencia como moscas a la mierda, dónde las moscas son mi conciencia y las preguntas la mierda, no me permitían ver más allá del bidón de gasolina que reposaba a mis pies. Porque me gusta quemarlo todo, incinerar los recuerdos, los miedos e incluso las risas. Todas las preguntas las he contestado con el mismo monosílabo. No. ¿Es digna la vida de mí? No. ¿Amar y ser amado es la cara y la cruz de una misma moneda? No. ¿Por dónde sale el sol cuando la noche lo esconde? No; no quiero contestar a esa pregunta.

Hoy no he desayunado, he abierto y cerrado el frigorífico buscando algo, pero no sabía el qué, así que al final he preferido masticar mi desgana y salir a la calle con el estómago contrariado. Gruñía; mi estómago digo. Y yo trataba de no escuchar sus protestas. Al final sus gritos eran más altos que mis pensamientos, así que he fumado un cigarro, después otro y otro después, para confundirle, para mentirle. Y se ha callado mientras digería el humo que no acababa en los pulmones. Ahora no sé si he desayunado.

He caminado siguiendo un plan. Cada cruce tomaba una dirección. Primer cruce, a la derecha, segundo a la izquierda, tercero a la derecha, y así sucesivamente. Algo ha salido mal, quería irme muy lejos, pero estoy en el punto de partida. Supongo que es lo que tiene que las calles no formen ángulos de noventa grados las unas con las otras, que al final o te alejas más o te acabas acercando. Probaré al revés, primero izquierda, después derecha, pero mejor otro día, hoy ya estoy cansado.

Me ha sacado de mi aletargamiento el ladrido de un perro. Era precioso. Gris y blanco, con un ojo azul y otro castaño. No recuerdo cuando me ha mordido, pero me ha dado igual. El dueño le ha dado un golpe en los cuartos traseros que casi lo dobla. He escupido en su perdón y le he mirado con asco. Creo que no lo ha entendido; el mundo está lleno de imbéciles que no saben que se puede vivir sin levantar la mano. Pobre perro. Pobre. Pobre amo. Que palabra tan sucia cuando no acompaña un sentimiento sino que habla de posesión.

Había un banco y me he sentado. Algún mendigo dejó su cartón de vino. Sin ánimo de beber he cogido el cartón para ver si estaba acabado; lo he agitado. Quedaba algo. Una señora y un caballero me han echado unos euros a los pies; me han confundido con un borracho. ¿Para qué le dan dinero a un borracho? ¿Para que siga bebiendo? ¿Para que se siga matando? Y se irán pensando en su buena acción; qué asco. He recogido los euros, he apurado el tetrabrik y me he levantado. Y ahora me planteo si era yo el borracho que había estado ahí sentado; si ese vino era mi vino y ese banco mi banco.

He vuelto a casa. He subido escalón tras escalón y cada dos he tropezado. Las mirillas de las puertas eran ojos. Una vecina me ha saludado y ha bajado las escaleras corriendo y taconeando. No sé por qué me teme, jamás he hecho nada malo. Habían cambiado la cerradura de la puerta, no por otra, sino de lado, y me ha costado encontrarla pues la puerta es muy ancha. He entrado. He llegado hasta la sala, hasta el sillón de la sala, y me he desplomado. Y he soñado; con tus ojos, con tu cara, con tus labios, con los años que se han muerto desde que nos separamos. Y por eso he disparado, pero temblaba tanto la mano que he fallado. Mañana no beberé y acertaré el disparo.

martes, 14 de febrero de 2012

Nación libre. Dos a cero.

La noche del séptimo día transcurrió más o menos en calma. Tras forzar la puerta del garaje de una casa con jardín, pudimos descansar. Matar cansa. Neil quiso mantener una conversación nocturna, pero hablar con un tío a solas pasadas las doce me pone nervioso, así que me apoyé contra la pared y cerré los ojos.
A falta de sol en un garaje estanco, unos golpes nos despertaron. Neil tiró de un cordón que encendió una bombilla, iluminando tenue pero suficientemente el garaje. La luz nos desveló que al dueño de la casa le gustaba el bricolaje.

-      Pásame la motosierra – le dije a Neil ansioso.

Me la lanzó y la pude alcanzar sin problemas, ahora faltaba ver si tenía gasolina. Serrar en off sería algo bastante complicado, aunque seguramente divertido. A él le encantó un mazo que colgaba en la pared. Así que como dos manitas nos acercamos a la persiana y la alzamos.
Sin preguntar, Neil balanceó violentamente el martillo hacia la cara de la supuesta contagiada; por suerte ni la rozó, pero el aire le movió el pelo. En la película de mi cabeza vi volar sus dientes y casi me mareo. No sé por qué, pero según la vi, sentí algo y creo que no eran gases, aunque de la impresión eructé.

-      ¡Para! – grité.

Frente a nosotros había una mujer espectacular. Estuve a punto de hacer una reverencia y presentarle mis respetos, pero las palabras se me atragantaron y sólo tartamudeé como si fuera tonto. Una melena negra caía en cascada sobre sus hombros y sus enormes ojos nos miraban con asombro; quizá no es agradable oler el óxido de un martillo con el que pretenden partirte la cara. Era, sin lugar a dudas, la cara más bonita que había visto nunca. Y el resto iba en concordancia. Ni a Neil ni a mí nos saláin las palabras, pero a ella no le costó hablar.

-      Como vuelvas a pasarme ese mazo tan cerca de la cara te lo meto por el culo – dijo tranquilamente.

Dios, qué frase. Me quedé absorto. Era la frase más bonita que había escuchado nunca y salía de una boca flanqueada por los labios más increíbles que había imaginado. Me relajé y al fin pude hablar.

-      Neil, ¡observa antes de atacar! –dije para ganar puntos – Perdona, ayer fue un día moviditido. Soy Gerard, y ¿tú?
-      Dhelia – dijo mientras miraba frunciendo el ceño a Neil.

El nombre me sonó como el “Heaven and Hell“de Ronnie James Dio. Es decir que me recorrió un escalofrío desde las uñas de los pies hasta los pelos de la nuca.

-      Pasa, estamos más seguros dentro – yo te protejo, pensé, y te abrazo, te beso, haría hasta el espagat si me lo pidieras jugándome una torsión testicular.

Dentro nos explicó que venía del norte, y que el asedio mantenido por las hordas de los enfermos se extendía como una plaga. Había llegado hasta allí sin mancharse las manos de sangre, caminando con sigilo y ocultándose de los malolientes; el caso es que cuando se acercaban olía mal, a pus o algo así. Comimos unos snacks de chocolate y unas barritas de proteínas que trajimos del bunker junto con unos pocos zumos y agua embotellada. Había que racionar, pero teníamos tal hambre que nos habríamos comido entre nosotros. Sobre el mediodía salimos de allí, teníamos que seguir avanzando en busca de un refugio; yo era la única esperanza de ese grupo de malnacidos que a ciencia cierta seguirían cagándose de miedo en el almacén.

Poco después de salir comenzaron a escucharse los típicos arrastrar de pies y gemidos guturales. Lo que darían Cannibal Corpse por tener estas fuentes de inspiración. Al girarnos, vimos que de todas direcciones venían más y más contagiados. Ya me estaban cansando con sus ronquidos, sus babas y demás, pero eran demasiados como para hacerse el héroe; aunque lo fuera. [Antes de salir del garaje, Dhelia reparó en un arma que le gustó, una grapadora de moquetas de aire comprimido. Verla empuñando tanto metal me hizo suspirar. Parecía Xena, la guerrera, pero mucho más dura.] La única escapatoria de esa especie de emboscada no preparada era un angosto camino entre casas ocupado casi por completo por espesos matorrales. Era el mejor momento para probar la sierra, así que tiré de la cuerda y la sierra rugió un poco antes de pararse. A la tercera, la cadena dentada estaba girando a toda velocidad y rugiendo. Abrí el camino entre los arbustos y pudimos atravesar sin problemas, pero no todo iba a ser tan bonito y justo antes de salir a la calle posterior apareció un grupo inmenso ante nosotros. Los veinte del día anterior eran una broma comparado con eso. Quizá eran cien, quizá más, pero no nos quedaba más remedio que atacar. La única estrategia que seguimos fue la de ir a por los que se iban abriendo del grupo, para minimizar el riesgo de ser atacados de improviso por los demás. Y así lo hicimos, motosierra, martillo y grapadora en mano hicimos la sangría más impresionante que se pueda imaginar. Dhelia usaba las grapas para cegar, con una destreza sobrenatural, Neil con su martillo, aunque fuese casi al azar dejó fuera de juego casi a la mitad, y yo me dediqué más a disfrutar del momento; cortaba un brazo y le guiñaba un ojo a Dhelia y ella hacía lo propio cuando cegaba a otro. Me dedicó un disparo increíble que unió las cejas de uno de los infectados y después con una ráfaga lateral le cerró la boca. Yo estaba como un adolescente y una vez que terminamos la masacre bañados literalmente en sangre, nos miramos, agarré su cintura y le atraje hacia mí para darle un maravilloso beso; el bofetón es lo que no sé de dónde vino, pero el calor de mi cara iba y venía junto con una sensación de palpitante inflamación. Al menos al separarse me sonrió. Esa quédatela, debió pensar, mientras cabalgaba con sus ojos sobre los míos. Pese a que no era el final que esperaba para esta historia, indudablemente habíamos vuelto a ganar y un marcador imaginario mostró sobre la pila de cadáveres desmembrados y la impresionante casquería un fabuloso dos a cero.

viernes, 10 de febrero de 2012

Nación libre. Uno a cero.


Al amanecer del cuarto día el olor era insoportable. Desde la atarjea y a través del sumidero penetraba ese hedor que se instalaba en el epitelio, provocando arcadas en los primeros momentos hasta que, a la fuerza, te acostumbrabas. Fue ese día el que supimos que nada sería como antes. Las heridas, las micciones y las deposiciones, pese a nuestros esfuerzos por disimularlas, empezaban a ser un problema serio. Nunca sabes lo importante que son las cosas que nos pasan desapercibidas hasta que no están; es el caso del agua. Podríamos decir que esta cuarentena no era para nada médica, sino autoimpuesta para evitar el contagio de algo peor. El primer día, el de las sirenas y los desalojos, muchos hablaron de un virus que despertaba a los muertos, o lo que es lo mismo de zombis, pero no tenían ni idea de lo que decían y sólo eran palabras absurdas que lamentablemente y al ser encadenadas formaban frases que provocaban miedos. Es cierto que los contagiados se volvían violentos, y que tras un periodo de incubación de cuarenta y ocho horas aproximadamente, sus aspectos parecían más de muertos que de vivos, pero de ahí a que fueran zombis había una larga distancia. Tuve a uno tan cerca que pude ver como le palpitaban las carótidas mientras abría su boca, por suerte una verja de hierro nos separaba, pero comprendí que dentro de ese cuerpo aún había vida y que si pudiera hacer algo por él lo haría. A ese, por ser el primero y por el susto inicial, le atravesé el pecho con un destornillador de estrella, lo que tenía a mano, y tras los estertores típicos de los vivos, murió. Es decir que para matarlos no era necesario reventarles la cabeza de un disparo, cortársela, o meterlos en un triturador de basura; la muerte no debía ser tan sucia. Otra cosa es que por gusto y ya puestos a matar sin sentimiento de culpa ni pecado que expiar, te ensañaras un poco; pero ya digo que por mero placer. Los dos primeros días tras la reubicación fueron un caos, entre gritos, lamentos y demás miserias, pero fue a partir del cuarto, como decía, cuando empezó el verdadero calvario.

El almacén convertido en bunker en el que nos ubicaron los militares carece de ventanas al exterior. Tiene una puerta anterior y una posterior, ambas cerradas por una persiana metálica que nos protege de lo que sea que está pasando ahí fuera. Dispuestas en el suelo a unos escasos diez centímetros las unas de las otras, están los colchones, mantas, cartones y todo lo que se pueda utilizar como una cama; aunque aquí pocos duermen. Aproximadamente somos doscientas personas, entre mujeres, niños y hombres, aunque entre estos últimos haya mucho maricón. Y no hablo de tendencias sexuales, sino de la falta de huevos y el exceso de lágrimas. Llorar por miedo es parecido a hacerlo por contagio, una estupidez que sólo trae problemas. Pero sigamos con el solar; en las esquinas hay servicios, sin duchas porque el suministro de agua cesó el día de la alarma. Son pocos para tanta gente, y alguno, mayores sobre todo, a veces no aguantan, eso se suma al olor de los sumideros y en cuatro días esto era peor que una pocilga. Lo que habría dado ahora por vivir con cerdos. Y eso es todo, no hay nada más, salvo doscientas almas hacinadas y algunas de ellas cagadas.

Ese cuarto día las mallas que nos ocultaban empezaron a vibrar. El sonido de los golpes no presagiaba nada bueno, pero cada uno lo asumía a su forma. Algunos, pocos, permanecimos en guardia, dispuestos a defender nuestra “fortaleza”, otros retrocedieron hasta las esquinas, temblando por el miedo. Me quedé con ganas de explicar a golpes que el miedo solo engendra más miedo, pero me dediqué a mirar todo lo mal que podía sin perder la compostura. Qué asco de gente; a esos les utilizaría sin remordimientos como cebos. Tras muchas horas de golpes, el angustioso sonido cesó; lo hizo de repente y sin dejar rastro. Pero cuando la tempestad parecía haber dado paso a la calma, las persianas comenzaron a vibrar de forma mucho más violenta. Desde entonces el sonido no ha cesado y el terror se puede palpar. Algunos tapan sus oídos, evitando contactar con la realidad; y es que me da que los que provocan el ruido, tienen ganas de comer. El quinto y el sexto día transcurrieron de la misma forma. Algunos aún tenían esperanzas de que esos militares que nos encerraron ahí casi sin provisiones, volvieran. Ilusos.

Soy Gerard, francés de ascendencia suiza y con raíces escandinavas. Mi abuelo contaba que el tatarabuelo de su bisabuelo había patrullado los mares del norte con los vikingos noruegos, arrasando, matando y robando a todos aquellos europeos o británicos que se ponían a tiro. Por eso me tatué el filo de un hacha en la nuca, para advertir a los incautos de que no me gustan los juegos de poder. Siempre gano. Tengo treinta y cuatros años, y un cero por ciento de grasa en mi cuerpo, el cuál es recorrido por fibra endurecida en los gimnasios más marginales de Francia. Puede parecer que tengo un defecto de humildad, pero no lo es, es una virtud.

El séptimo día estaba tan cansado de gritos, lágrimas y ataques de ansiedad que estuve a punto de saltar al cuello de alguno de los que se limitaban con sus paranoias a incrementar el nerviosismo de esa comunidad. Decidí después hablar con Neil, la única persona junto con Brad que mantenía el tipo y estaba dispuesto a repeler un ataque en caso de necesidad.

-       Neil – le dije – hay que hacer algo.
-       Algo, ¿pero qué?
-       Pues salir fuera, y arrasar con todo. No hay agua, queda poca comida y aquí huele a mierda. Tendremos que encontrar ayuda y dar esperanza a estas personas. – Esa frase final me quedó genial, aunque la esperanza y esa gente me importaban más bien poco.
-       Salgamos, pero ¿por dónde?

Hay personas que gozan de mi simpatía, pero que en ocasiones hacen preguntas que les haría tragar.

-       ¿Qué te parece por la puerta? – solté –

Es cierto que tal vez esos ruidos fueran ocasionados por una marea de enfermos, pero era nuestra única posibilidad. O eso creía yo.

-       Saldremos por el sumidero – dijo como si se tratara de un Capitán general.

Que conste que en cualquier otro momento de mi vida hubiera reaccionado diciendo que los imperativos se los metiera por donde le cupieran, pero el caso es que no me pareció una idea tan mala. Sin pensar en que tendríamos que arrastrarnos entre las digestiones de ese grupo de gente, pensé que tal vez podríamos salir lejos de la puerta.

Levantamos la tapa de acceso al pozo y tras inhalar los vapores y las consiguientes arcadas, cubrimos nuestros rostros con algunas telas para minimizar el insoportable olor y bajamos. Nadie nos acompañó; es fácil esperar que unos salvadores te aseguren el porvenir y algunos esbozaron sonrisas y nos animaron. Esos ánimos no sirvieron salvo para acrecentar mi odio por ellos, pero por otro lado me sentí como un dios ante a sus fieles; de puta madre, vamos. Sabíamos a lo que nos exponíamos bajando allí, pero no pensé que tuviéramos que arrastrar nuestros cuerpos por ese fango en descomposición. Neil vomitó cuatro veces, yo solo una, tampoco tenía gran cosa que echar. Evitando más detalles escatológicos, que los hubo, llegamos a la escalerilla de acero que ascendía hasta la salida de la alcantarilla. Neil iba delante y fue el que levanto la tapa con sumo cuidado. Tras correr la pesada pieza, asomó la cabeza.

-       Todo despejado. – dijo

Y salimos al exterior. No sé si olía bien o mal, pero respiré como si nunca lo hubiera hecho, y él hizo lo mismo. Aire al fin. Desde ahí se veía el almacén, y una tropa de infectados aporreando las mallas metálicas, tanto la delantera como la trasera. La calle estaba salpicada de personas que deambulaban de un lado a otro con sus miradas perdidas. Parecía que no nos prestaban atención, pero de repente, al volver a poner la tapa, todos se giraron hacia nosotros y empezaron a caminar en nuestra dirección. No arrastraban los pies ni nada parecido, avanzaban a paso rápido pero sin correr, y por evitar una confrontación en la que estábamos vendidos, corrimos en dirección opuesta. Llegamos a una zona más tranquila, en la que había crespones blancos que parecían indicar algo, aunque no sabíamos qué. Podían ser las migas de pan para encontrar un refugio, podía ser que la zona estaba limpia e incluso que a falta de crespones rojos indicara que la zona estaba invadida por los enfermos. Nunca había visto aquella calle tan desierta y ambos caminamos en silencio buscando con la mirada más indicadores. De repente, sin saber de dónde, apareció frente a nosotros un grupo de unas veinte personas, todas ellas con muy mal aspecto. Las ropas raídas, completamente llenos de heridas, algunos mutilados; pero lo peor era el ruido que emitían, un gruñido constante y grave enfocado a nosotros. Estaban quietos, como nosotros.

-       Neil, ¿qué opinas? Son pocos – la verdad es que se percibía que su opinión me importaba poco, tenía ganas de mancharme de sangre.
-       Vamos a por ellos – estaba claro que él también tenía las mismas ansias que yo.

Recogimos lo que nos podía servir para la hazaña. Una regadera de aluminio, una pala y un rastrillo de un jardín que nos quedaba al lado nos parecieron sufientes armas. Y así, armados como jardineros, comenzamos a correr en su dirección.

No voy a mentir, no fue tan fácil, pero en menos de cinco minutos estábamos rodeados de cadáveres. Me encantó utilizar la regadera con el primero; le metí con tanta fuerza la alcachofa en la boca que le rompí los dientes y noté como el paladar cedía con el empujón, con el codo le hundí la nuez y quedó como un pez fuera del agua retorciéndose en el suelo. “Ve con Dios”, pensé como buen samaritano. Diez para cada uno, palazos, rastrillazos y regaderazos sin compasión y con algo de ensañamiento, hasta que como he dicho, acabamos rodeados de cuerpos sin alma. Uno a cero.

viernes, 27 de enero de 2012

Cruces (desambiaguación)

Fría noche, madrugada lluviosa. Paso militar. La bota interfiere en la quietud de los charcos, que se ven obligados a formar estúpidas ondas huyendo del pisotón. Huele a humo, a cigarro incinerado a unos pocos centímetros de unos labios secos. Te cruzaste en su camino; él no te buscaba. Ahora escuchas cuero contra metal cuando saca lentamente su cuchillo de cazador. Y ese insignificante grito que exhibes no es más que un acelerador en la descarga de su ira. Tal vez aún no seas consciente, pero te va a matar.

miércoles, 18 de enero de 2012

Crónica de una espera

El sol irradia su marchitado calor como un dios impotente; pese al frío, mi sangre permanece caliente. Con la boca trato de contener la hemorragia de mi antebrazo izquierdo, pero es tan profusa la emanación que me veo obligado a tragar sin parar. No me detengo en su sabor, sino en su temperatura. Trato de averiguar los grados que voy perdiendo a medida que me vacío. Es lógico pensar que debería hacerme un torniquete o cubrir la herida con la palma de mi mano derecha, pero el brazo que la sostiene no responde a mis deseos. La rotura del omóplato derecho es más que evidente, y el dolor de la raíz vertebral me invita a pensar que mis piernas son ahora el objeto de decoración de un cuerpo machacado. No me dejo llevar por las emociones y dejo que sean los nociceptores los encargados de devolverme el insoportable dolor que estoy sufriendo. La valoración que hago de mis daños me deja a la espera de una muerte segura, aunque agónica y espeluznantemente lenta, no tanto por el tiempo en sí, sino por lo largo que se hace en este estado. Por desgracia mi cabeza no ha sufrido ningún daño, lo que me hace estúpidamente consciente de cómo terminará esto. Si al menos pasaran ante mí las diapositivas de mis mejores momentos… pero ni eso. Solamente espero.

miércoles, 11 de enero de 2012

Cuatro tiros

Uno. La rodilla derecha suelta esquirlas de hueso mientras obliga a mi cuerpo a postrarse en el suelo sobre la fría acera.
Dos. Mi cavidad estomacal recibe la luz del sol y alienta a mis intestinos en pro de una sucia libertad.
Tres. La escápula de mi hombro izquierdo pierde su juego y deja mi brazo consternado y sin fuerzas para cubrirme la boca y ahogar el ridículo grito que provoca el dolor.
Cuatro. Mi cráneo recibe el último impacto y a medida que la masa encefálica revienta en gris, un telón rojo bermellón se cierra sobre mis pupilas.

miércoles, 4 de enero de 2012

El cumpleaños

Gjermund Braivik es de los que sujetan la puerta y ceden el paso, pero no por cordialidad. Esa noche de julio sostuvo la puerta de acero para que Hanna Wilders pasara. Nada más franquear el quicio de la puerta, esta se giró para darle las gracias. Gjermund inhalaba con fuerza sin abrir los ojos, y se mantuvo en silencio. La señorita Wilders, al alejarse, volvió la cabeza, confusa por el gesto del extraño, pero Gjermund ya no estaba allí. Los efímeros pensamientos de la esbelta mujer se difuminaron entre las hojas de los árboles que mecía el viento. La temperatura había descendido drásticamente, y de los veintisiete grados de la tarde sólo quedaban diecinueve; aún así, el paseo resultaba agradable. La ausencia de movimiento inducía a pensar que era después de medianoche. Oficialmente ya era su cumpleaños, y una sonrisa leve se dibujaba en su rostro. Hanna recorría cada noche la distancia que separaba el café de su casa, apenas quince minutos a paso normal. La sonrisa quedó oculta tras la mano de Gjermund al doblar la última esquina, y con ella se borró también el sentimiento de felicidad. Hanna ni sopló ni soplará más velas, pues sin aire en los pulmones es imposible si quiera intentarlo. En el necrocomio tratan de dar nombre al cadáver y estiman que su edad son veintinueve años; en realidad ya tenía treinta. El señor Braivik continúa abriendo puertas y cediendo el paso; y olfatea, siempre olfatea.