viernes, 10 de febrero de 2012

Nación libre. Uno a cero.


Al amanecer del cuarto día el olor era insoportable. Desde la atarjea y a través del sumidero penetraba ese hedor que se instalaba en el epitelio, provocando arcadas en los primeros momentos hasta que, a la fuerza, te acostumbrabas. Fue ese día el que supimos que nada sería como antes. Las heridas, las micciones y las deposiciones, pese a nuestros esfuerzos por disimularlas, empezaban a ser un problema serio. Nunca sabes lo importante que son las cosas que nos pasan desapercibidas hasta que no están; es el caso del agua. Podríamos decir que esta cuarentena no era para nada médica, sino autoimpuesta para evitar el contagio de algo peor. El primer día, el de las sirenas y los desalojos, muchos hablaron de un virus que despertaba a los muertos, o lo que es lo mismo de zombis, pero no tenían ni idea de lo que decían y sólo eran palabras absurdas que lamentablemente y al ser encadenadas formaban frases que provocaban miedos. Es cierto que los contagiados se volvían violentos, y que tras un periodo de incubación de cuarenta y ocho horas aproximadamente, sus aspectos parecían más de muertos que de vivos, pero de ahí a que fueran zombis había una larga distancia. Tuve a uno tan cerca que pude ver como le palpitaban las carótidas mientras abría su boca, por suerte una verja de hierro nos separaba, pero comprendí que dentro de ese cuerpo aún había vida y que si pudiera hacer algo por él lo haría. A ese, por ser el primero y por el susto inicial, le atravesé el pecho con un destornillador de estrella, lo que tenía a mano, y tras los estertores típicos de los vivos, murió. Es decir que para matarlos no era necesario reventarles la cabeza de un disparo, cortársela, o meterlos en un triturador de basura; la muerte no debía ser tan sucia. Otra cosa es que por gusto y ya puestos a matar sin sentimiento de culpa ni pecado que expiar, te ensañaras un poco; pero ya digo que por mero placer. Los dos primeros días tras la reubicación fueron un caos, entre gritos, lamentos y demás miserias, pero fue a partir del cuarto, como decía, cuando empezó el verdadero calvario.

El almacén convertido en bunker en el que nos ubicaron los militares carece de ventanas al exterior. Tiene una puerta anterior y una posterior, ambas cerradas por una persiana metálica que nos protege de lo que sea que está pasando ahí fuera. Dispuestas en el suelo a unos escasos diez centímetros las unas de las otras, están los colchones, mantas, cartones y todo lo que se pueda utilizar como una cama; aunque aquí pocos duermen. Aproximadamente somos doscientas personas, entre mujeres, niños y hombres, aunque entre estos últimos haya mucho maricón. Y no hablo de tendencias sexuales, sino de la falta de huevos y el exceso de lágrimas. Llorar por miedo es parecido a hacerlo por contagio, una estupidez que sólo trae problemas. Pero sigamos con el solar; en las esquinas hay servicios, sin duchas porque el suministro de agua cesó el día de la alarma. Son pocos para tanta gente, y alguno, mayores sobre todo, a veces no aguantan, eso se suma al olor de los sumideros y en cuatro días esto era peor que una pocilga. Lo que habría dado ahora por vivir con cerdos. Y eso es todo, no hay nada más, salvo doscientas almas hacinadas y algunas de ellas cagadas.

Ese cuarto día las mallas que nos ocultaban empezaron a vibrar. El sonido de los golpes no presagiaba nada bueno, pero cada uno lo asumía a su forma. Algunos, pocos, permanecimos en guardia, dispuestos a defender nuestra “fortaleza”, otros retrocedieron hasta las esquinas, temblando por el miedo. Me quedé con ganas de explicar a golpes que el miedo solo engendra más miedo, pero me dediqué a mirar todo lo mal que podía sin perder la compostura. Qué asco de gente; a esos les utilizaría sin remordimientos como cebos. Tras muchas horas de golpes, el angustioso sonido cesó; lo hizo de repente y sin dejar rastro. Pero cuando la tempestad parecía haber dado paso a la calma, las persianas comenzaron a vibrar de forma mucho más violenta. Desde entonces el sonido no ha cesado y el terror se puede palpar. Algunos tapan sus oídos, evitando contactar con la realidad; y es que me da que los que provocan el ruido, tienen ganas de comer. El quinto y el sexto día transcurrieron de la misma forma. Algunos aún tenían esperanzas de que esos militares que nos encerraron ahí casi sin provisiones, volvieran. Ilusos.

Soy Gerard, francés de ascendencia suiza y con raíces escandinavas. Mi abuelo contaba que el tatarabuelo de su bisabuelo había patrullado los mares del norte con los vikingos noruegos, arrasando, matando y robando a todos aquellos europeos o británicos que se ponían a tiro. Por eso me tatué el filo de un hacha en la nuca, para advertir a los incautos de que no me gustan los juegos de poder. Siempre gano. Tengo treinta y cuatros años, y un cero por ciento de grasa en mi cuerpo, el cuál es recorrido por fibra endurecida en los gimnasios más marginales de Francia. Puede parecer que tengo un defecto de humildad, pero no lo es, es una virtud.

El séptimo día estaba tan cansado de gritos, lágrimas y ataques de ansiedad que estuve a punto de saltar al cuello de alguno de los que se limitaban con sus paranoias a incrementar el nerviosismo de esa comunidad. Decidí después hablar con Neil, la única persona junto con Brad que mantenía el tipo y estaba dispuesto a repeler un ataque en caso de necesidad.

-       Neil – le dije – hay que hacer algo.
-       Algo, ¿pero qué?
-       Pues salir fuera, y arrasar con todo. No hay agua, queda poca comida y aquí huele a mierda. Tendremos que encontrar ayuda y dar esperanza a estas personas. – Esa frase final me quedó genial, aunque la esperanza y esa gente me importaban más bien poco.
-       Salgamos, pero ¿por dónde?

Hay personas que gozan de mi simpatía, pero que en ocasiones hacen preguntas que les haría tragar.

-       ¿Qué te parece por la puerta? – solté –

Es cierto que tal vez esos ruidos fueran ocasionados por una marea de enfermos, pero era nuestra única posibilidad. O eso creía yo.

-       Saldremos por el sumidero – dijo como si se tratara de un Capitán general.

Que conste que en cualquier otro momento de mi vida hubiera reaccionado diciendo que los imperativos se los metiera por donde le cupieran, pero el caso es que no me pareció una idea tan mala. Sin pensar en que tendríamos que arrastrarnos entre las digestiones de ese grupo de gente, pensé que tal vez podríamos salir lejos de la puerta.

Levantamos la tapa de acceso al pozo y tras inhalar los vapores y las consiguientes arcadas, cubrimos nuestros rostros con algunas telas para minimizar el insoportable olor y bajamos. Nadie nos acompañó; es fácil esperar que unos salvadores te aseguren el porvenir y algunos esbozaron sonrisas y nos animaron. Esos ánimos no sirvieron salvo para acrecentar mi odio por ellos, pero por otro lado me sentí como un dios ante a sus fieles; de puta madre, vamos. Sabíamos a lo que nos exponíamos bajando allí, pero no pensé que tuviéramos que arrastrar nuestros cuerpos por ese fango en descomposición. Neil vomitó cuatro veces, yo solo una, tampoco tenía gran cosa que echar. Evitando más detalles escatológicos, que los hubo, llegamos a la escalerilla de acero que ascendía hasta la salida de la alcantarilla. Neil iba delante y fue el que levanto la tapa con sumo cuidado. Tras correr la pesada pieza, asomó la cabeza.

-       Todo despejado. – dijo

Y salimos al exterior. No sé si olía bien o mal, pero respiré como si nunca lo hubiera hecho, y él hizo lo mismo. Aire al fin. Desde ahí se veía el almacén, y una tropa de infectados aporreando las mallas metálicas, tanto la delantera como la trasera. La calle estaba salpicada de personas que deambulaban de un lado a otro con sus miradas perdidas. Parecía que no nos prestaban atención, pero de repente, al volver a poner la tapa, todos se giraron hacia nosotros y empezaron a caminar en nuestra dirección. No arrastraban los pies ni nada parecido, avanzaban a paso rápido pero sin correr, y por evitar una confrontación en la que estábamos vendidos, corrimos en dirección opuesta. Llegamos a una zona más tranquila, en la que había crespones blancos que parecían indicar algo, aunque no sabíamos qué. Podían ser las migas de pan para encontrar un refugio, podía ser que la zona estaba limpia e incluso que a falta de crespones rojos indicara que la zona estaba invadida por los enfermos. Nunca había visto aquella calle tan desierta y ambos caminamos en silencio buscando con la mirada más indicadores. De repente, sin saber de dónde, apareció frente a nosotros un grupo de unas veinte personas, todas ellas con muy mal aspecto. Las ropas raídas, completamente llenos de heridas, algunos mutilados; pero lo peor era el ruido que emitían, un gruñido constante y grave enfocado a nosotros. Estaban quietos, como nosotros.

-       Neil, ¿qué opinas? Son pocos – la verdad es que se percibía que su opinión me importaba poco, tenía ganas de mancharme de sangre.
-       Vamos a por ellos – estaba claro que él también tenía las mismas ansias que yo.

Recogimos lo que nos podía servir para la hazaña. Una regadera de aluminio, una pala y un rastrillo de un jardín que nos quedaba al lado nos parecieron sufientes armas. Y así, armados como jardineros, comenzamos a correr en su dirección.

No voy a mentir, no fue tan fácil, pero en menos de cinco minutos estábamos rodeados de cadáveres. Me encantó utilizar la regadera con el primero; le metí con tanta fuerza la alcachofa en la boca que le rompí los dientes y noté como el paladar cedía con el empujón, con el codo le hundí la nuez y quedó como un pez fuera del agua retorciéndose en el suelo. “Ve con Dios”, pensé como buen samaritano. Diez para cada uno, palazos, rastrillazos y regaderazos sin compasión y con algo de ensañamiento, hasta que como he dicho, acabamos rodeados de cuerpos sin alma. Uno a cero.

8 comentarios :

  1. ¡bravo!
    vaya que imaginación
    saludos, che

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  2. Aupa Jose!!!!
    jajajaja ufffff... han venido unas musas con hachas de guerra... y esto sólo es el primer capítulo... jajajaja
    Un saludo!!!!

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  3. Woooooooooooooooooooooooooooooowwwww. GENIAL Sucede!!!
    Para cuando el siguiente?
    Besos desde el aire

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  4. Bueno hace tiempo que no sabia nada de ti, no se porque no me dejaba entrar en tu blog, pero esta noche he podido entrar y me sorprendes con tu relato novela, si que tienes fuerza e imaginaciòn, todo un capitulo de una novela que me imagino estaràs escribiendo. Enhorabuena.

    un fuerte abrazo

    fus

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  5. Tiempo sin leerte, y vuelves fuerte, esto parece el inicio de algo ¿no? cuando le siguiente?

    Besitos

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  6. Es el primer capítulo y ya has conseguido que tu protagonista me resulte odioso. Tiene mucha fuerza.

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  7. Esto promete y el protagonista es un crack. Ya me he comprado dos regaderas diosssssss !!!!

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