domingo, 8 de abril de 2012

Sentimientos

Edmund Golin nunca tuvo sentimientos. Esa era su enfermedad, difícil de detectar y más difícil de curar. Durante su juventud, los médicos trataron de estimular la parte del cerebro que maneja las emociones, pero sólo consiguieron acrecentar la ira que llevaba dentro. Después trataron de mermar esa errónea híper estimulación, pero ya era tarde, y sus estímulos viajaban sin timón por los alambres nerviosos de su cerebro. Rendido ante la idea de ser una cobaya, Edmund decidió buscar su propio equilibrio renunciando a los estúpidos medicamentos que le habían anulado casi por completo. Y lo logró; aunque la primera vez fue de manera accidental. Un semáforo en ámbar y alguien con mucha prisa, obraron el milagro. En un estado de seminconsciencia y habiendo perdido una abundante cantidad de sangre, llegó al hospital, dónde tras estabilizar sus constantes, procedieron a realizarle una transfusión. Al día siguiente, en una cama fría, se alegró de ver a su madre; sí, se alegró. Lo primero que pensó fue que tal vez había sido el golpe en la cabeza, pero a los pocos días sintió, valga la redundancia, que carecía de sentimientos nuevamente. Así que, pese a las evidencias, Edmund montó su propia versión de los hechos, llegando a la conclusión de que era la sangre nueva que fluía por su cerebro la que le hacía sentir hasta que se contaminaba y alimentaba su desconexión. Debía conseguir sangre nueva que recorriera sus viales, pero no era un asesino ni un loco que se inyectara lo primero que encontrara; el grupo sanguíneo, las enfermedades… Quería sentir, no morir, aunque para ello tuvo que acercarse demasiado a la muerte. Atropellos, palizas, puñaladas, suicidios que no lo eran; todo por conseguir esa sangre que le haría sentir. Cien transfusiones en un año y nadie le detuvo. Cien. Fue en aquél accidente en el que falleció. Entre transfusión y transfusión dejaba pasar cuatro días, pues era el tiempo que según su teoría le duraban los sentimientos. Carente de ellos fue atravesado por una tubería mal asida en la baca del coche que le devolvería los sentimientos por otros cuatro días, pero mientras se desangraba sobre un asfalto caliente de verano y siendo consciente de que su cuello casi diseccionado jamás sería reparado, sintió miedo de la muerte. Sintió miedo. ¡Lo sintió!

7 comentarios :

  1. Muy bien contada la historia de esta busqueda por conocer los sentimientos y muy extrema también.

    Besitos

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  2. No puedo imaginarme que sería vivir sin sentimientos, este personaje me gusta, pues en vez de aprovechar esta falta para cometer atropellos sin sentirse culpable, sale en busca de la manera de sentir...
    Muy bueno Sucede.
    Besos desde el aire

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  3. Edmund Golin sabe lo que busca. Sentir es maravilloso, y sentir junto con otro es experimentar un milagro en carne propia. Pequeños milagros.
    Besos

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  4. Quizás le habían puesto algo de sangre ¿vasca? ¿eh? ¿eh? ¿he?
    ¿yorugua? ¡ta!
    ...
    Hablando en serio, ¡aplausos!!
    siempre enorme microrelatista,
    un abrazo para vos

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  5. Me gusta mucho esta historia. Bordas el personaje y ese final es como la negación del principio que es redondo. Felicidades
    saludillos

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  6. Pero que bueno eres !Tron!
    Cuando sea mayor quiero escribir como tú.
    Un abrazo.

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  7. Un psicópata muy original.

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