miércoles, 13 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (I)

- Quieres que entre, ¿verdad? –

El timbre del número cincuenta y siete de Bitter Valley aún funciona. Una verja de hierro forjado corta el paso al basto y baldío terreno que precede a la casa. Clavados en la tierra, los cadavéricos alcornoques se resisten a caer, como improvisadas cruces de madera en un cementerio olvidado.

El joven Halburt dio un paso atrás cuando la verja se abrió. Un chasquido eléctrico precedió a la apertura que, a espasmos mecánicos, cedió lo justo para que pudiera pasar.

El viento removía el polvo sobre la tierra, causando una niebla marrón y tan opaca como el humo de un incendio. Pese a ser un día soleado, más allá de la puerta todo se veía en sepia por acción de la tierra y el viento. La casa se asemejaba a la mellada dentadura de un viejo decrépito y con malos vicios. No había ni una sola ventana con un cristal entero y por todos esos ojos negros asomaban cortinillas blancas y tan raídas como el traje de un muerto. Las paredes estaban llenas de cicatrices, como si una garra enorme se hubiera ensañado con ella. La puerta sin embargo estaba intacta, pausada en el tiempo, como un enorme guardián en las puertas del infierno.

A Halburt le recorrió un escalofrío cuando, tras dudarlo unos instantes, franqueó el portón. Estaba dentro. Lentamente avanzó unos pasos. Los chirridos espasmódicos de la puerta al cerrarse tensaron sus nervios. Se giró mientras deslizaba rápidamente la mano hasta su cintura, agarrando con fuerza la empuñadura de su arma. La textura rugosa de la culata en su mano consiguió templar sus nervios como el Zetran templaba sus ganas de beber.

2 comentarios :

  1. Me atraparon esos ojos negros...

    Besos desde el aire

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  2. Normalmente cuando leo un libro prefiero la acción a la descripción, pero reconozco que me ha encantado esas descripciones que te ponen la piel de gallina, pensar en cada detalle y hasta casi temblar pensando en lo que leo. Muy buena entrada. Esperemos que haya una salida.

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