viernes, 22 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (IV)

-Bostezo-

El marco que sostenía el portón crujió como la madera seca en la chimenea. La puerta se abrió lentamente y en el más sepulcral de los silencios, como si estuviera perfectamente engrasada. Un hálito espeso emergió como un mal presagio cuando estuvo completamente abierta. Pudo percibir incluso un suspiro quedo que se marchitaba en los pulmones del infierno, pero debía entrar. Frente a él una casa asolada, de piso arcilloso en el que se disponía un amplio mobiliario de vetusta madera. Pese a lo viejo y rancio, Halburt se sintió acogido. Acarició una mesa de madera levantando un polvo tan acomodado que volvió a cubrir la huella de su mano en unos pocos segundos. Olía a sangre, como en el depósito de Death Valley el día del desalojo.

Anselmo había trabajado como auxiliar de la morgue desde mucho antes que a Halburt se le antojara hacerse policía. Era un hombre callado, de semblante serio y feo, tanto que el solo hecho de mirarle se le atragantaba como papel chupado por ratas y sentía unas ganas irremediables de acudir a misa y pedir expiación para sus pecados. Una cara que le hacía, en definitiva, sentirse extremadamente mal. Se saludaban por cortesía pese a no tener ninguno de ellos ganas de hacerlo. Anselmo habría y cerraba frigoríficos, extrayendo las metálicas camas en las que reposaban los cuerpos que requerían de una autopsia para aclarar algún caso. El día que Anselmo cumplió sesenta y dos años se suicidó. Primero abrió todas las cámaras frigoríficas, dejando los cuerpos descongelándose. Extrajo todas las camillas ocupadas y delante de esos espectadores tan respetuosos se cortó el cuello por debajo de la nuez y se tumbó boca arriba antes de desangrarse. La fotografía de la escena aún se alojaba en la memoria de Halburt, pero lo que realmente recordaba era el olor a putrefacción y a sangre. Ese día, cuando desalojaron el depósito, Halburt sonrió. Al menos no tendría que volver a ver esa cara.

Al final del inmenso salón de la casa, subía una escalera de catorce peldaños al piso superior. Una escalera empinada en exceso y que carecía de lógica. Proveniente de ese nivel, descendía el sonido amortiguado de un grifo abierto. Respiró hondo un par de veces y comenzó el ascenso. Uno, dos, tres, catorce.

1 comentario :

  1. Tensión, hay mucha tensión en este final. Voy a por la siguiente.

    Besitos

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