viernes, 27 de enero de 2012

Cruces (desambiaguación)

Fría noche, madrugada lluviosa. Paso militar. La bota interfiere en la quietud de los charcos, que se ven obligados a formar estúpidas ondas huyendo del pisotón. Huele a humo, a cigarro incinerado a unos pocos centímetros de unos labios secos. Te cruzaste en su camino; él no te buscaba. Ahora escuchas cuero contra metal cuando saca lentamente su cuchillo de cazador. Y ese insignificante grito que exhibes no es más que un acelerador en la descarga de su ira. Tal vez aún no seas consciente, pero te va a matar.

miércoles, 18 de enero de 2012

Crónica de una espera

El sol irradia su marchitado calor como un dios impotente; pese al frío, mi sangre permanece caliente. Con la boca trato de contener la hemorragia de mi antebrazo izquierdo, pero es tan profusa la emanación que me veo obligado a tragar sin parar. No me detengo en su sabor, sino en su temperatura. Trato de averiguar los grados que voy perdiendo a medida que me vacío. Es lógico pensar que debería hacerme un torniquete o cubrir la herida con la palma de mi mano derecha, pero el brazo que la sostiene no responde a mis deseos. La rotura del omóplato derecho es más que evidente, y el dolor de la raíz vertebral me invita a pensar que mis piernas son ahora el objeto de decoración de un cuerpo machacado. No me dejo llevar por las emociones y dejo que sean los nociceptores los encargados de devolverme el insoportable dolor que estoy sufriendo. La valoración que hago de mis daños me deja a la espera de una muerte segura, aunque agónica y espeluznantemente lenta, no tanto por el tiempo en sí, sino por lo largo que se hace en este estado. Por desgracia mi cabeza no ha sufrido ningún daño, lo que me hace estúpidamente consciente de cómo terminará esto. Si al menos pasaran ante mí las diapositivas de mis mejores momentos… pero ni eso. Solamente espero.

miércoles, 11 de enero de 2012

Cuatro tiros

Uno. La rodilla derecha suelta esquirlas de hueso mientras obliga a mi cuerpo a postrarse en el suelo sobre la fría acera.
Dos. Mi cavidad estomacal recibe la luz del sol y alienta a mis intestinos en pro de una sucia libertad.
Tres. La escápula de mi hombro izquierdo pierde su juego y deja mi brazo consternado y sin fuerzas para cubrirme la boca y ahogar el ridículo grito que provoca el dolor.
Cuatro. Mi cráneo recibe el último impacto y a medida que la masa encefálica revienta en gris, un telón rojo bermellón se cierra sobre mis pupilas.

miércoles, 4 de enero de 2012

El cumpleaños

Gjermund Braivik es de los que sujetan la puerta y ceden el paso, pero no por cordialidad. Esa noche de julio sostuvo la puerta de acero para que Hanna Wilders pasara. Nada más franquear el quicio de la puerta, esta se giró para darle las gracias. Gjermund inhalaba con fuerza sin abrir los ojos, y se mantuvo en silencio. La señorita Wilders, al alejarse, volvió la cabeza, confusa por el gesto del extraño, pero Gjermund ya no estaba allí. Los efímeros pensamientos de la esbelta mujer se difuminaron entre las hojas de los árboles que mecía el viento. La temperatura había descendido drásticamente, y de los veintisiete grados de la tarde sólo quedaban diecinueve; aún así, el paseo resultaba agradable. La ausencia de movimiento inducía a pensar que era después de medianoche. Oficialmente ya era su cumpleaños, y una sonrisa leve se dibujaba en su rostro. Hanna recorría cada noche la distancia que separaba el café de su casa, apenas quince minutos a paso normal. La sonrisa quedó oculta tras la mano de Gjermund al doblar la última esquina, y con ella se borró también el sentimiento de felicidad. Hanna ni sopló ni soplará más velas, pues sin aire en los pulmones es imposible si quiera intentarlo. En el necrocomio tratan de dar nombre al cadáver y estiman que su edad son veintinueve años; en realidad ya tenía treinta. El señor Braivik continúa abriendo puertas y cediendo el paso; y olfatea, siempre olfatea.