viernes, 24 de febrero de 2012

Mañana

Mañana será otro día, pienso tirado en el sofá azul. Hago un reconocimiento de lo que me rodea, contabilizo las motas de polvo que se aferran a las paredes como estrellas al cielo. En las grietas se esconden dioses de cemento que me observan y que me conocen solo a medias. El crepúsculo fue de un rojo intenso y me sentí tan dentro de una vena como lo haría una plaqueta. Cicatrizar heridas es lo que quisiera.

De la habitación llega el susurro del viento; me dejé la ventana abierta. Me levanto y me dirijo hacia ella. En el camino me entretengo con las partículas de desidia que flotan en el ambiente. Las soplo, pero no se mueven, ancladas como un sentimiento a un corazón desbocado. Atravieso la invisible cortina y por fin llego a la ventana. La cierro. Mañana será otro día, o eso creo, porque el reloj ya se pasa de las doce por una hora larga; mañana es hoy, me obligo a pensar, y me desvanezco entre unas sábanas frías que caliento por etapas. Calor; a veces necesito calor.

Por fin el sueño me acaricia como una mano suave, aunque fría, y me bajo del caballo de la tristeza en el que monté por hipocresía. Y sé que mañana, por hoy lo digo, no será otro día; y esperaré que otro mañana sea por fin otro día.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Hoy

Hoy he comprendido lo que no comprendo. Me he contestado a cientos de preguntas que me marchitaban, y que adheridas a mi conciencia como moscas a la mierda, dónde las moscas son mi conciencia y las preguntas la mierda, no me permitían ver más allá del bidón de gasolina que reposaba a mis pies. Porque me gusta quemarlo todo, incinerar los recuerdos, los miedos e incluso las risas. Todas las preguntas las he contestado con el mismo monosílabo. No. ¿Es digna la vida de mí? No. ¿Amar y ser amado es la cara y la cruz de una misma moneda? No. ¿Por dónde sale el sol cuando la noche lo esconde? No; no quiero contestar a esa pregunta.

Hoy no he desayunado, he abierto y cerrado el frigorífico buscando algo, pero no sabía el qué, así que al final he preferido masticar mi desgana y salir a la calle con el estómago contrariado. Gruñía; mi estómago digo. Y yo trataba de no escuchar sus protestas. Al final sus gritos eran más altos que mis pensamientos, así que he fumado un cigarro, después otro y otro después, para confundirle, para mentirle. Y se ha callado mientras digería el humo que no acababa en los pulmones. Ahora no sé si he desayunado.

He caminado siguiendo un plan. Cada cruce tomaba una dirección. Primer cruce, a la derecha, segundo a la izquierda, tercero a la derecha, y así sucesivamente. Algo ha salido mal, quería irme muy lejos, pero estoy en el punto de partida. Supongo que es lo que tiene que las calles no formen ángulos de noventa grados las unas con las otras, que al final o te alejas más o te acabas acercando. Probaré al revés, primero izquierda, después derecha, pero mejor otro día, hoy ya estoy cansado.

Me ha sacado de mi aletargamiento el ladrido de un perro. Era precioso. Gris y blanco, con un ojo azul y otro castaño. No recuerdo cuando me ha mordido, pero me ha dado igual. El dueño le ha dado un golpe en los cuartos traseros que casi lo dobla. He escupido en su perdón y le he mirado con asco. Creo que no lo ha entendido; el mundo está lleno de imbéciles que no saben que se puede vivir sin levantar la mano. Pobre perro. Pobre. Pobre amo. Que palabra tan sucia cuando no acompaña un sentimiento sino que habla de posesión.

Había un banco y me he sentado. Algún mendigo dejó su cartón de vino. Sin ánimo de beber he cogido el cartón para ver si estaba acabado; lo he agitado. Quedaba algo. Una señora y un caballero me han echado unos euros a los pies; me han confundido con un borracho. ¿Para qué le dan dinero a un borracho? ¿Para que siga bebiendo? ¿Para que se siga matando? Y se irán pensando en su buena acción; qué asco. He recogido los euros, he apurado el tetrabrik y me he levantado. Y ahora me planteo si era yo el borracho que había estado ahí sentado; si ese vino era mi vino y ese banco mi banco.

He vuelto a casa. He subido escalón tras escalón y cada dos he tropezado. Las mirillas de las puertas eran ojos. Una vecina me ha saludado y ha bajado las escaleras corriendo y taconeando. No sé por qué me teme, jamás he hecho nada malo. Habían cambiado la cerradura de la puerta, no por otra, sino de lado, y me ha costado encontrarla pues la puerta es muy ancha. He entrado. He llegado hasta la sala, hasta el sillón de la sala, y me he desplomado. Y he soñado; con tus ojos, con tu cara, con tus labios, con los años que se han muerto desde que nos separamos. Y por eso he disparado, pero temblaba tanto la mano que he fallado. Mañana no beberé y acertaré el disparo.

martes, 14 de febrero de 2012

Nación libre. Dos a cero.

La noche del séptimo día transcurrió más o menos en calma. Tras forzar la puerta del garaje de una casa con jardín, pudimos descansar. Matar cansa. Neil quiso mantener una conversación nocturna, pero hablar con un tío a solas pasadas las doce me pone nervioso, así que me apoyé contra la pared y cerré los ojos.
A falta de sol en un garaje estanco, unos golpes nos despertaron. Neil tiró de un cordón que encendió una bombilla, iluminando tenue pero suficientemente el garaje. La luz nos desveló que al dueño de la casa le gustaba el bricolaje.

-      Pásame la motosierra – le dije a Neil ansioso.

Me la lanzó y la pude alcanzar sin problemas, ahora faltaba ver si tenía gasolina. Serrar en off sería algo bastante complicado, aunque seguramente divertido. A él le encantó un mazo que colgaba en la pared. Así que como dos manitas nos acercamos a la persiana y la alzamos.
Sin preguntar, Neil balanceó violentamente el martillo hacia la cara de la supuesta contagiada; por suerte ni la rozó, pero el aire le movió el pelo. En la película de mi cabeza vi volar sus dientes y casi me mareo. No sé por qué, pero según la vi, sentí algo y creo que no eran gases, aunque de la impresión eructé.

-      ¡Para! – grité.

Frente a nosotros había una mujer espectacular. Estuve a punto de hacer una reverencia y presentarle mis respetos, pero las palabras se me atragantaron y sólo tartamudeé como si fuera tonto. Una melena negra caía en cascada sobre sus hombros y sus enormes ojos nos miraban con asombro; quizá no es agradable oler el óxido de un martillo con el que pretenden partirte la cara. Era, sin lugar a dudas, la cara más bonita que había visto nunca. Y el resto iba en concordancia. Ni a Neil ni a mí nos saláin las palabras, pero a ella no le costó hablar.

-      Como vuelvas a pasarme ese mazo tan cerca de la cara te lo meto por el culo – dijo tranquilamente.

Dios, qué frase. Me quedé absorto. Era la frase más bonita que había escuchado nunca y salía de una boca flanqueada por los labios más increíbles que había imaginado. Me relajé y al fin pude hablar.

-      Neil, ¡observa antes de atacar! –dije para ganar puntos – Perdona, ayer fue un día moviditido. Soy Gerard, y ¿tú?
-      Dhelia – dijo mientras miraba frunciendo el ceño a Neil.

El nombre me sonó como el “Heaven and Hell“de Ronnie James Dio. Es decir que me recorrió un escalofrío desde las uñas de los pies hasta los pelos de la nuca.

-      Pasa, estamos más seguros dentro – yo te protejo, pensé, y te abrazo, te beso, haría hasta el espagat si me lo pidieras jugándome una torsión testicular.

Dentro nos explicó que venía del norte, y que el asedio mantenido por las hordas de los enfermos se extendía como una plaga. Había llegado hasta allí sin mancharse las manos de sangre, caminando con sigilo y ocultándose de los malolientes; el caso es que cuando se acercaban olía mal, a pus o algo así. Comimos unos snacks de chocolate y unas barritas de proteínas que trajimos del bunker junto con unos pocos zumos y agua embotellada. Había que racionar, pero teníamos tal hambre que nos habríamos comido entre nosotros. Sobre el mediodía salimos de allí, teníamos que seguir avanzando en busca de un refugio; yo era la única esperanza de ese grupo de malnacidos que a ciencia cierta seguirían cagándose de miedo en el almacén.

Poco después de salir comenzaron a escucharse los típicos arrastrar de pies y gemidos guturales. Lo que darían Cannibal Corpse por tener estas fuentes de inspiración. Al girarnos, vimos que de todas direcciones venían más y más contagiados. Ya me estaban cansando con sus ronquidos, sus babas y demás, pero eran demasiados como para hacerse el héroe; aunque lo fuera. [Antes de salir del garaje, Dhelia reparó en un arma que le gustó, una grapadora de moquetas de aire comprimido. Verla empuñando tanto metal me hizo suspirar. Parecía Xena, la guerrera, pero mucho más dura.] La única escapatoria de esa especie de emboscada no preparada era un angosto camino entre casas ocupado casi por completo por espesos matorrales. Era el mejor momento para probar la sierra, así que tiré de la cuerda y la sierra rugió un poco antes de pararse. A la tercera, la cadena dentada estaba girando a toda velocidad y rugiendo. Abrí el camino entre los arbustos y pudimos atravesar sin problemas, pero no todo iba a ser tan bonito y justo antes de salir a la calle posterior apareció un grupo inmenso ante nosotros. Los veinte del día anterior eran una broma comparado con eso. Quizá eran cien, quizá más, pero no nos quedaba más remedio que atacar. La única estrategia que seguimos fue la de ir a por los que se iban abriendo del grupo, para minimizar el riesgo de ser atacados de improviso por los demás. Y así lo hicimos, motosierra, martillo y grapadora en mano hicimos la sangría más impresionante que se pueda imaginar. Dhelia usaba las grapas para cegar, con una destreza sobrenatural, Neil con su martillo, aunque fuese casi al azar dejó fuera de juego casi a la mitad, y yo me dediqué más a disfrutar del momento; cortaba un brazo y le guiñaba un ojo a Dhelia y ella hacía lo propio cuando cegaba a otro. Me dedicó un disparo increíble que unió las cejas de uno de los infectados y después con una ráfaga lateral le cerró la boca. Yo estaba como un adolescente y una vez que terminamos la masacre bañados literalmente en sangre, nos miramos, agarré su cintura y le atraje hacia mí para darle un maravilloso beso; el bofetón es lo que no sé de dónde vino, pero el calor de mi cara iba y venía junto con una sensación de palpitante inflamación. Al menos al separarse me sonrió. Esa quédatela, debió pensar, mientras cabalgaba con sus ojos sobre los míos. Pese a que no era el final que esperaba para esta historia, indudablemente habíamos vuelto a ganar y un marcador imaginario mostró sobre la pila de cadáveres desmembrados y la impresionante casquería un fabuloso dos a cero.

viernes, 10 de febrero de 2012

Nación libre. Uno a cero.


Al amanecer del cuarto día el olor era insoportable. Desde la atarjea y a través del sumidero penetraba ese hedor que se instalaba en el epitelio, provocando arcadas en los primeros momentos hasta que, a la fuerza, te acostumbrabas. Fue ese día el que supimos que nada sería como antes. Las heridas, las micciones y las deposiciones, pese a nuestros esfuerzos por disimularlas, empezaban a ser un problema serio. Nunca sabes lo importante que son las cosas que nos pasan desapercibidas hasta que no están; es el caso del agua. Podríamos decir que esta cuarentena no era para nada médica, sino autoimpuesta para evitar el contagio de algo peor. El primer día, el de las sirenas y los desalojos, muchos hablaron de un virus que despertaba a los muertos, o lo que es lo mismo de zombis, pero no tenían ni idea de lo que decían y sólo eran palabras absurdas que lamentablemente y al ser encadenadas formaban frases que provocaban miedos. Es cierto que los contagiados se volvían violentos, y que tras un periodo de incubación de cuarenta y ocho horas aproximadamente, sus aspectos parecían más de muertos que de vivos, pero de ahí a que fueran zombis había una larga distancia. Tuve a uno tan cerca que pude ver como le palpitaban las carótidas mientras abría su boca, por suerte una verja de hierro nos separaba, pero comprendí que dentro de ese cuerpo aún había vida y que si pudiera hacer algo por él lo haría. A ese, por ser el primero y por el susto inicial, le atravesé el pecho con un destornillador de estrella, lo que tenía a mano, y tras los estertores típicos de los vivos, murió. Es decir que para matarlos no era necesario reventarles la cabeza de un disparo, cortársela, o meterlos en un triturador de basura; la muerte no debía ser tan sucia. Otra cosa es que por gusto y ya puestos a matar sin sentimiento de culpa ni pecado que expiar, te ensañaras un poco; pero ya digo que por mero placer. Los dos primeros días tras la reubicación fueron un caos, entre gritos, lamentos y demás miserias, pero fue a partir del cuarto, como decía, cuando empezó el verdadero calvario.

El almacén convertido en bunker en el que nos ubicaron los militares carece de ventanas al exterior. Tiene una puerta anterior y una posterior, ambas cerradas por una persiana metálica que nos protege de lo que sea que está pasando ahí fuera. Dispuestas en el suelo a unos escasos diez centímetros las unas de las otras, están los colchones, mantas, cartones y todo lo que se pueda utilizar como una cama; aunque aquí pocos duermen. Aproximadamente somos doscientas personas, entre mujeres, niños y hombres, aunque entre estos últimos haya mucho maricón. Y no hablo de tendencias sexuales, sino de la falta de huevos y el exceso de lágrimas. Llorar por miedo es parecido a hacerlo por contagio, una estupidez que sólo trae problemas. Pero sigamos con el solar; en las esquinas hay servicios, sin duchas porque el suministro de agua cesó el día de la alarma. Son pocos para tanta gente, y alguno, mayores sobre todo, a veces no aguantan, eso se suma al olor de los sumideros y en cuatro días esto era peor que una pocilga. Lo que habría dado ahora por vivir con cerdos. Y eso es todo, no hay nada más, salvo doscientas almas hacinadas y algunas de ellas cagadas.

Ese cuarto día las mallas que nos ocultaban empezaron a vibrar. El sonido de los golpes no presagiaba nada bueno, pero cada uno lo asumía a su forma. Algunos, pocos, permanecimos en guardia, dispuestos a defender nuestra “fortaleza”, otros retrocedieron hasta las esquinas, temblando por el miedo. Me quedé con ganas de explicar a golpes que el miedo solo engendra más miedo, pero me dediqué a mirar todo lo mal que podía sin perder la compostura. Qué asco de gente; a esos les utilizaría sin remordimientos como cebos. Tras muchas horas de golpes, el angustioso sonido cesó; lo hizo de repente y sin dejar rastro. Pero cuando la tempestad parecía haber dado paso a la calma, las persianas comenzaron a vibrar de forma mucho más violenta. Desde entonces el sonido no ha cesado y el terror se puede palpar. Algunos tapan sus oídos, evitando contactar con la realidad; y es que me da que los que provocan el ruido, tienen ganas de comer. El quinto y el sexto día transcurrieron de la misma forma. Algunos aún tenían esperanzas de que esos militares que nos encerraron ahí casi sin provisiones, volvieran. Ilusos.

Soy Gerard, francés de ascendencia suiza y con raíces escandinavas. Mi abuelo contaba que el tatarabuelo de su bisabuelo había patrullado los mares del norte con los vikingos noruegos, arrasando, matando y robando a todos aquellos europeos o británicos que se ponían a tiro. Por eso me tatué el filo de un hacha en la nuca, para advertir a los incautos de que no me gustan los juegos de poder. Siempre gano. Tengo treinta y cuatros años, y un cero por ciento de grasa en mi cuerpo, el cuál es recorrido por fibra endurecida en los gimnasios más marginales de Francia. Puede parecer que tengo un defecto de humildad, pero no lo es, es una virtud.

El séptimo día estaba tan cansado de gritos, lágrimas y ataques de ansiedad que estuve a punto de saltar al cuello de alguno de los que se limitaban con sus paranoias a incrementar el nerviosismo de esa comunidad. Decidí después hablar con Neil, la única persona junto con Brad que mantenía el tipo y estaba dispuesto a repeler un ataque en caso de necesidad.

-       Neil – le dije – hay que hacer algo.
-       Algo, ¿pero qué?
-       Pues salir fuera, y arrasar con todo. No hay agua, queda poca comida y aquí huele a mierda. Tendremos que encontrar ayuda y dar esperanza a estas personas. – Esa frase final me quedó genial, aunque la esperanza y esa gente me importaban más bien poco.
-       Salgamos, pero ¿por dónde?

Hay personas que gozan de mi simpatía, pero que en ocasiones hacen preguntas que les haría tragar.

-       ¿Qué te parece por la puerta? – solté –

Es cierto que tal vez esos ruidos fueran ocasionados por una marea de enfermos, pero era nuestra única posibilidad. O eso creía yo.

-       Saldremos por el sumidero – dijo como si se tratara de un Capitán general.

Que conste que en cualquier otro momento de mi vida hubiera reaccionado diciendo que los imperativos se los metiera por donde le cupieran, pero el caso es que no me pareció una idea tan mala. Sin pensar en que tendríamos que arrastrarnos entre las digestiones de ese grupo de gente, pensé que tal vez podríamos salir lejos de la puerta.

Levantamos la tapa de acceso al pozo y tras inhalar los vapores y las consiguientes arcadas, cubrimos nuestros rostros con algunas telas para minimizar el insoportable olor y bajamos. Nadie nos acompañó; es fácil esperar que unos salvadores te aseguren el porvenir y algunos esbozaron sonrisas y nos animaron. Esos ánimos no sirvieron salvo para acrecentar mi odio por ellos, pero por otro lado me sentí como un dios ante a sus fieles; de puta madre, vamos. Sabíamos a lo que nos exponíamos bajando allí, pero no pensé que tuviéramos que arrastrar nuestros cuerpos por ese fango en descomposición. Neil vomitó cuatro veces, yo solo una, tampoco tenía gran cosa que echar. Evitando más detalles escatológicos, que los hubo, llegamos a la escalerilla de acero que ascendía hasta la salida de la alcantarilla. Neil iba delante y fue el que levanto la tapa con sumo cuidado. Tras correr la pesada pieza, asomó la cabeza.

-       Todo despejado. – dijo

Y salimos al exterior. No sé si olía bien o mal, pero respiré como si nunca lo hubiera hecho, y él hizo lo mismo. Aire al fin. Desde ahí se veía el almacén, y una tropa de infectados aporreando las mallas metálicas, tanto la delantera como la trasera. La calle estaba salpicada de personas que deambulaban de un lado a otro con sus miradas perdidas. Parecía que no nos prestaban atención, pero de repente, al volver a poner la tapa, todos se giraron hacia nosotros y empezaron a caminar en nuestra dirección. No arrastraban los pies ni nada parecido, avanzaban a paso rápido pero sin correr, y por evitar una confrontación en la que estábamos vendidos, corrimos en dirección opuesta. Llegamos a una zona más tranquila, en la que había crespones blancos que parecían indicar algo, aunque no sabíamos qué. Podían ser las migas de pan para encontrar un refugio, podía ser que la zona estaba limpia e incluso que a falta de crespones rojos indicara que la zona estaba invadida por los enfermos. Nunca había visto aquella calle tan desierta y ambos caminamos en silencio buscando con la mirada más indicadores. De repente, sin saber de dónde, apareció frente a nosotros un grupo de unas veinte personas, todas ellas con muy mal aspecto. Las ropas raídas, completamente llenos de heridas, algunos mutilados; pero lo peor era el ruido que emitían, un gruñido constante y grave enfocado a nosotros. Estaban quietos, como nosotros.

-       Neil, ¿qué opinas? Son pocos – la verdad es que se percibía que su opinión me importaba poco, tenía ganas de mancharme de sangre.
-       Vamos a por ellos – estaba claro que él también tenía las mismas ansias que yo.

Recogimos lo que nos podía servir para la hazaña. Una regadera de aluminio, una pala y un rastrillo de un jardín que nos quedaba al lado nos parecieron sufientes armas. Y así, armados como jardineros, comenzamos a correr en su dirección.

No voy a mentir, no fue tan fácil, pero en menos de cinco minutos estábamos rodeados de cadáveres. Me encantó utilizar la regadera con el primero; le metí con tanta fuerza la alcachofa en la boca que le rompí los dientes y noté como el paladar cedía con el empujón, con el codo le hundí la nuez y quedó como un pez fuera del agua retorciéndose en el suelo. “Ve con Dios”, pensé como buen samaritano. Diez para cada uno, palazos, rastrillazos y regaderazos sin compasión y con algo de ensañamiento, hasta que como he dicho, acabamos rodeados de cuerpos sin alma. Uno a cero.