martes, 13 de marzo de 2012

Cementerio de flores

Caen las hojas de los árboles; como copos de nieve en un invierno muerto. Me produce arcadas el frío, y ni la sangre que resbala por la comisura de mis labios consigue templar mis nudos. Esta noche la luna reflecta la luz del sol desde su cuarto menguante, ansiando desaparecer y dejar el cielo sumido en una negrura salpicada de estrellas. Repugnantes estrellas que se clavan como miradas indiscretas en mi piel. Estoy a punto de vomitar entre prosa poética; oscura y deprimente prosa poética. Si tuviera alas carecerían de plumas, tendrían una angustiosa textura plástica y olerían a goma quemada, pero por suerte carezco de ellas, y para volar me sobra con alcalinizar el tiempo. Hace días que el reloj es como la mano huesuda de un dios de palo, y prefiero darle la espalda antes que aguantar sus puñetazos. Entre tantos pozos negros deshecho la poesía y en mi basura quedan solo palabras huecas que ocultan historias.

Observo las colillas del cenicero. Me hipnotizan. - ¿Desde cuando fumo tanto? – Pienso mientras enciendo el siguiente cigarro. Recuerdo la última Navidad, entre asfalto y rallas blancas, y como los cimientos de rosas se fueron por el sumidero. Diciembre de nubes y de huracanes; diciembre de mierda. Antes de extirparme las venas con un abrelatas reparé en el color hepático de la luna y escupí al suelo, y al sacarme los ojos lo seguí viendo todo igual de negro.

Se han muerto todas las flores del vertedero, pero no son esas todas las flores, frente a mi casa, ahora, hay un jardín inmenso.