martes, 24 de abril de 2012

Caliéntame sol (cuento)


I

- El diablo corta la noche con cuchillo de acero inoxidable – me dijo.
- ¿Como sabes de qué material es el cuchillo? – pregunté.
- Porque es frío – contestó.

II

Eila me habló de temperaturas una noche salpicada de estrellas. Me dijo:

- Toca esto.

Y lo toqué.

- ¡Está frío! – dije mientras contenía un escalofrío y rechinaba los dientes. - ¿Qué es?
- Es acero, hierro y carbono a proporciones justas.
- ¡Ah!... ¿Así que este objeto se llama acero?
- No, no, esto es un cuchillo. Sientes frío el filo porque el metal conduce los electrones a una velocidad muy alta, produciéndose un intercambio espontáneo entre tu temperatura y la suya. Él te enfría mientras tú le calientas.

III

- Padre, ¿dónde vive el diablo? – pregunté a cincuenta centímetros del suelo y mirando hacia arriba.

Los ojos de mi padre, creo que eran marrones, pero ya no lo recuerdo pues han pasado algunos años desde que los miré por última vez, se posaron en los míos con suavidad.

- En la maldad, hijo, vive en la maldad.
- ¿Se puede vivir ahí? – dije sorprendido.
- Él sí – sentenció.

IV

Hoy, veintinueve años después, he vuelto a ver a Eila. Sigue igual de joven. Sigue preciosa. En su mano sigue llevando lo que ahora sé que es una daga; puño de marfil y filo de acero. Inoxidable. Y sé porqué ha venido.

- Eila, querría saber una cosa antes – susurré tan bajo que el viento tuvo que ayudarme a llevarle mis palabras, aunque supongo que hasta en silencio me habría oído.
- Es justo.
- ¿Forjaste esa daga sólo para mí?
- Sí, sólo para ti
- ¿Sufriré?
- Sí, lo harás.
- ¿Será lento?
- Lo será.
- Entonces cuanto antes empieces antes terminará.

Y recuerdo a mi cuerpo vomitando mi alma por una abertura en el pecho. Sentí frío, un frío que no cesa. Mi padre me dijo una vez que la luz y la oscuridad se necesitan como el frío al calor; pienso en él mientras el invierno me conserva en este infierno de hielo y tan solo grito. Grito. ¡Grito! ¡Caliéntame sol!

lunes, 23 de abril de 2012

Pieles

- Muere.

Lo dijiste en voz baja. Un susurro casi imperceptible pero que ambos sabemos que estaba ahí. Y morí. Lo hice en tus brazos, como el envoltorio plástico de una cajetilla de tabaco. Por los poros de mi piel se escapaban hilos de humo tibio de lo que fue mi alma. Ahora me encuentro perdido y dividido en un espacio demasiado abierto. Me gustaría seguir contenido por la impemeabilidad de mi piel, y sentir el muro poroso de la tuya, dónde el éter de nuestros cuerpos desnudos formaban una unidad; una humilde unidad dónde nada más importaba. Pero ahora estoy muerto, y mi cadáver son los rastrojos de un cuerpo incinerado desde dentro.

La pequeña montaña de Eolín, en mis sueños más salvajes, no es tan pequeña. Esnifo el azufre que mana por sus chimeneas mientras busco la entrada. Un ser con túnica negra y cuencas vacías señala la cumbre. Le pido un cigarro y me da el que sujeta con sus húmedos labios. Ahora mismo los escrúpulos no son óbice para decir que no. Fumo mientras asciendo, y cuando llego a la cima veo la entrada.

Te oí llorar muchas veces, una por mí, el resto por cosas importantes. He oído llorar a demasiadas personas, y te puedo asegurar que aún los muertos lloran.

He de irme, porque el mundo se me hizo una bola en la garganta y fui incapaz de tragarlo. Y me ahogué. Antes de franquear la puerta del lugar que será mi nueva y eterna piel, me giro. Lanzo un beso al pesado aire e imagino como se depositará como un inmortal beso en tus maravillosos labios. Ese será el sello, la rúbrica del documento formal de un descorazonado muerto.

lunes, 16 de abril de 2012

Pausa

Hay una casa en mis sueños. Una casa engullida por la hiedra. A sus pies, mal digerido, vomitado, estoy yo. Huelo a bilis y a ácido, huelo a escombro, a hierro oxidado y a carne vacía, sin alma. Son las doce de una noche que tirita por el frío, en la que se disponen los cadavéricos minutos unos detrás de los otros en la morgue del tiempo. Un camino húmedo y virgen se arrastra hasta la puerta principal. Sacudo el polvo de mi cuerpo, cubierto tan solo por una piel raída y descompuesta, antes de golpear el portón con la pesada aldaba. El eco de la llamada retumba en el interior, y es tan omnipresente el ruido que estoy cerca de rendirle devoción. Pero no hay dioses con cimientos de hormigón ni con paredes de piedra, ni envueltos en enredaderas, ni con tejados de pizarra negra. Negra. Continúo golpeando la puerta, cada vez con más ansia, con más odio, hasta que por fin, con un chirrido que proviene de la garganta del infierno, se abre. Dentro luz, fuera oscuridad, y el quicio de la puerta la frontera imaginaria entre ellas. Y entonces todo se para, como si alguien no quisiera ver como acaba. Y despierto entre sudores fríos y rechinar de dientes bajo ese pesado quicio que será mi sepulcro sin lápida.

sábado, 14 de abril de 2012

Barcos de papel

El capitán Moliner carecía de autoestima. El título de patrón de barco lo ganó en una mesa de tapiz verde en el que se disponían aleatoriamente gotas de sangre seca. Cansado de respirar aire respiraba ahora el polvo de las estrellas. Es lo más cerca que se había sentido jamás del cielo. Voy con todo, pensó. Eufórico desánimo era la descripción más real de su estado. Cuando no se mueven intereses sino hilos de marionetas ajadas y sucias no hay nada que perder. Por fin era patrón. Por fin era algo. Noche cerrada con cerrojo de acero frío; oscuridad casi total. Salió a la calle y se detuvo a mirar como era posible que el viento, desde su invisibilidad, lograra moverlo todo a su antojo, como un dios de bronce sobre pedestal de mármol que desde su quietud y silencio era capaz de convocar a miles de fieles a sus gélidos pies. Un río de agua de lluvia se deslizaba hacia el alcantarillado, y con sendas servilletas de la tasca de Mariano hizo dos barquitos de papel que depositó en pro de la corriente. Y vió como se alejaban hasta perderse en la boca de hierro mellado que era la puerta al segundo nivel de una tierra marchita. Y se sintió de nuevo capitán, aunque fuera sobre el papel.

domingo, 8 de abril de 2012

Sentimientos

Edmund Golin nunca tuvo sentimientos. Esa era su enfermedad, difícil de detectar y más difícil de curar. Durante su juventud, los médicos trataron de estimular la parte del cerebro que maneja las emociones, pero sólo consiguieron acrecentar la ira que llevaba dentro. Después trataron de mermar esa errónea híper estimulación, pero ya era tarde, y sus estímulos viajaban sin timón por los alambres nerviosos de su cerebro. Rendido ante la idea de ser una cobaya, Edmund decidió buscar su propio equilibrio renunciando a los estúpidos medicamentos que le habían anulado casi por completo. Y lo logró; aunque la primera vez fue de manera accidental. Un semáforo en ámbar y alguien con mucha prisa, obraron el milagro. En un estado de seminconsciencia y habiendo perdido una abundante cantidad de sangre, llegó al hospital, dónde tras estabilizar sus constantes, procedieron a realizarle una transfusión. Al día siguiente, en una cama fría, se alegró de ver a su madre; sí, se alegró. Lo primero que pensó fue que tal vez había sido el golpe en la cabeza, pero a los pocos días sintió, valga la redundancia, que carecía de sentimientos nuevamente. Así que, pese a las evidencias, Edmund montó su propia versión de los hechos, llegando a la conclusión de que era la sangre nueva que fluía por su cerebro la que le hacía sentir hasta que se contaminaba y alimentaba su desconexión. Debía conseguir sangre nueva que recorriera sus viales, pero no era un asesino ni un loco que se inyectara lo primero que encontrara; el grupo sanguíneo, las enfermedades… Quería sentir, no morir, aunque para ello tuvo que acercarse demasiado a la muerte. Atropellos, palizas, puñaladas, suicidios que no lo eran; todo por conseguir esa sangre que le haría sentir. Cien transfusiones en un año y nadie le detuvo. Cien. Fue en aquél accidente en el que falleció. Entre transfusión y transfusión dejaba pasar cuatro días, pues era el tiempo que según su teoría le duraban los sentimientos. Carente de ellos fue atravesado por una tubería mal asida en la baca del coche que le devolvería los sentimientos por otros cuatro días, pero mientras se desangraba sobre un asfalto caliente de verano y siendo consciente de que su cuello casi diseccionado jamás sería reparado, sintió miedo de la muerte. Sintió miedo. ¡Lo sintió!