lunes, 28 de mayo de 2012

Liebster Blog


En ocasiones se tienen sorpresas agradables. Puck, desde sus verdosos jardines me ha concedido la distinción de "Liebster Blog". La verdad es que no sé lo que significa, pero el simple echo de acordarse de mí, es un premio.

Pero no queda ahí la cosa... Rosa, desde el aire me ha concedido también esta ditinción, por lo que es doble el sentimiento.

Por lo tanto voy a hacer lo propio con mis cinco blogs de menos de doscientos seguidores. No me gusta excluir, y a veces me cuesta ser objetivo.Puesto que Rosa y Puck ya tienen su distinción voy a recomendar otros cinco, aunque las dos están entre mis blogs de cabecera.

Bicefalepena de Bicefalepena, porque me hace pensar con los diálogos que cierran sus historias.
La Guarida del Coyote de Cybrghost, porque siente lo que escribe.
Había palabras, pero no servían de mucho de Citizen, porque me hace sentir lo que leo.
En el mismo río entramos y no entramos... de Corina, porque sus palabras se pueden oler.
La toalla del boxeador de Ernesto, por sus acertados ganchos y sus historias tangibles.

Me ha costado decidirme por unos o por otros porque, para mí, todo el que tiene algo que decir debe ser escuchado, y en este caso leído.

Abrazos .


Las reglas del Liebster son: 
1.   Copiar y pegar el premio en el blog y enlazarlo al blogger que te lo otorgó. 
2.  Señalar tus cinco blogs preferidos con menos de 200 seguidores y escribir comentarios en sus blogs para que conozcan que han recibido el premio, 
3.  Y, por último, esperar a que esas bitácoras continúen con la cadena y elijan a sus 5 blogs preferidos.



jueves, 24 de mayo de 2012

Cipreses que no guardan cruces

La calle de los chopos precede a la de los plátanos y los castaños, y cada una de ellas es más y más angosta que la anterior. Mis pies se mueven por inercia, llevándome lentamente al muro de los lamentos. Sopla un viento racheado; inquieta su ulular y que, pese a su violencia, los mosquitos sigan perennes en cada una de las farolas de la trocha por la que se llega al cementerio. Me deleito en la contemplación de las estrellas, verdes, intermitentes y serenas, que acompañan a una luna a la que le falta un mordisco para estar completa. Entre mis dedos se consume un cigarro apático y desaliñado que tuvo la mala suerte de ser pisoteado. Pero tengo que fumar, y los desperfectos de lo que empieza a ser una colilla, no lo afean a mi vista. Continúo bajando y entre castaños ya se difuminan los mastodónticos cipreses que cobijan a los que ya no están. Cada vez es más nítido el muro de madera, y su extremada delgadez los hace parecer enfermos crónicos de inanición. Atravieso la verja del cementerio y veo las cruces, dispares y miméticas cruces que no se diferencian de la oscuridad. Pero mi destino no es este, y tras atravesar el más impoluto de los silencios, donde nadie se atreve a molestar, llego a la extensa campa de jugosa hierba, alfombra de despedida para los que consiguen salir de la huerta de carne y huesos. Y aquí, libres, campan otros cipreses, junto a castaños, plátanos y chopos, que decidieron, pese al abono, no ser testigos de la muerte.

martes, 15 de mayo de 2012

La fortuna de William

No tengo ningún apodo. Me llamo, y me llaman, William. Jamás toleraría que nadie me llamara Will, Willy, ni nada por el estilo, aunque es cierto que siempre deseo que lo hagan, pues de esa forma tendría algún motivo de cara a la sociedad. No todos podemos sobresalir en tareas tan dispares como la contabilidad, el mercadeo marítimo o la construcción; pese a haber tratado de ganarme la vida de una manera más convencional, he de decir que nada me llenaba. Ejecutaba los trabajos de una manera metódica, siguiendo las pautas establecidas, y de esa forma todo se convertía en una rutina demasiado cansina. Eso es lo que me trajo hasta aquí. Ahora puedo innovar, imaginar paso a paso como va a ser, y poner todo en mi empeño en que salga bien, pero al ser cada persona distinta a las demás, la estrategia no siempre es la misma. Perdón, si me vieran ahora les contagiaría la risa, porque estoy hablando y hablando y aún no les he dicho a qué me dedico.

Empezaré por hablarles del Dr. Knox. Le conocí por casualidad en la taberna de la calle Surgeons Square, cerca de su estudio. Debía estar de celebración e invitó a todos los que allí nos encontrábamos. Yo siempre bebo Whisky escocés con café negro, y parece que le llamó la atención. Mantuvimos una conversación de la que salió un proyecto y un acuerdo. El alcohol ayudó a que la encomienda no me resultara tan descabellada. El primer cadáver lo extraje del depósito de cadáveres no reclamados de la escuela de medicina, pero Knox me dijo que el cadáver debía ser más fresco para llevar a buen puerto sus estudios. Me pagó, pero mantuvimos otra breve charla en la que me explicó de una manera más clara que es lo que quería. Y no, no me escandalicé. Considérenlo un trabajo.

Eso es, comencé una carrera brillante, aunque corta, en lo que se podía considerar suministrador de cadáveres. Algunos le llegaron aún calientes, por esos me pagaba catorce libras. ¿Quién no mataría por catorce libras? ¿Quién?

Y esa es mi historia, corta como digo, pues un matrimonio de malditos entrometidos destaparon un negocio próspero y tremendamente rentable. Arderán en el infierno.

lunes, 7 de mayo de 2012

Caviar

Siempre que pienso en ti se me llena la boca de pescado crudo. Es angustioso sentir asco y devoción en el mismo momento, pero supongo que tú también lo sentirías, que me verías como el cebo que mordiste aun sabiendo que te clavarías el anzuelo.

Recuerdo ahora los primeros encuentros, tus historias para justificar la humedad de las sábanas, el fuerte olor a las mañanas o tu sabor salado. Al principio me hacía gracia lo de las tres duchas diarias, aunque mi economía sólo me permitiera dos o tres por semana. Me volví loco para conseguirte Porphyra columbina o Himanthalia Elongata, pero una sonrisa tuya aún merecía la pena.

El día que saltaste desde el muelle y te perdiste en el océano, dejé de valorar tus risas. Arrojé contra el mar la nota en la que decías que diera mi vida por ellos, y pese a que fue una sensación horrible, me comí a mis propios hijos.