lunes, 25 de junio de 2012

Calaveras

El cielo escupe sus últimas gotas sobre una primavera apática que le da paso a un verano excesivamente caluroso. Las flores destiñen sus colores y los árboles mimetizan sus hojas con el color del sol. Mientras sudo mis malos hábitos, ansío la llegada de un nuevo invierno que me apague un poco más, esperando que éste sí sea el definitivo, el que me duerma bajo el hielo y me conserve por una eternidad antes de atravesar las murallas del viento. Primaveras, veranos, otoños e inviernos que sólo sirven para contar los minutos de una existencia en decadencia desde que tú no estás. Pero en el panteón de mi memoria, nuestras calaveras, siempre, siempre se besarán.

De nada

Lola está sentada como siempre en el porche de su casa, en su hamaca de mimbre, con su camisón azul y sus zapatillas de tela. Suspira. Ríe entre dientes cuando le ve pasar, y se le eriza la piel, y flota, y sueña que la lleva a lomos de un inmaculado corcel blanco y que la saca de allí, de esa casa, de ese barrio en el que se marchitan los huesos y las ilusiones. A Lola se le acelera el corazón cuando él le tiende las cartas que ya no lee, y si la roza con la punta del dedo índice le recorre un gusanillo que mitiga el dolor de sus espinas. Y por un momento los años se suicidan y vuelve a sentirse joven cuando le da las gracias con su afónica y desgastada voz. Y un "de nada" tiene el óxigeno suficiente para respirar un día más, un día menos.

viernes, 22 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (IV)

-Bostezo-

El marco que sostenía el portón crujió como la madera seca en la chimenea. La puerta se abrió lentamente y en el más sepulcral de los silencios, como si estuviera perfectamente engrasada. Un hálito espeso emergió como un mal presagio cuando estuvo completamente abierta. Pudo percibir incluso un suspiro quedo que se marchitaba en los pulmones del infierno, pero debía entrar. Frente a él una casa asolada, de piso arcilloso en el que se disponía un amplio mobiliario de vetusta madera. Pese a lo viejo y rancio, Halburt se sintió acogido. Acarició una mesa de madera levantando un polvo tan acomodado que volvió a cubrir la huella de su mano en unos pocos segundos. Olía a sangre, como en el depósito de Death Valley el día del desalojo.

Anselmo había trabajado como auxiliar de la morgue desde mucho antes que a Halburt se le antojara hacerse policía. Era un hombre callado, de semblante serio y feo, tanto que el solo hecho de mirarle se le atragantaba como papel chupado por ratas y sentía unas ganas irremediables de acudir a misa y pedir expiación para sus pecados. Una cara que le hacía, en definitiva, sentirse extremadamente mal. Se saludaban por cortesía pese a no tener ninguno de ellos ganas de hacerlo. Anselmo habría y cerraba frigoríficos, extrayendo las metálicas camas en las que reposaban los cuerpos que requerían de una autopsia para aclarar algún caso. El día que Anselmo cumplió sesenta y dos años se suicidó. Primero abrió todas las cámaras frigoríficas, dejando los cuerpos descongelándose. Extrajo todas las camillas ocupadas y delante de esos espectadores tan respetuosos se cortó el cuello por debajo de la nuez y se tumbó boca arriba antes de desangrarse. La fotografía de la escena aún se alojaba en la memoria de Halburt, pero lo que realmente recordaba era el olor a putrefacción y a sangre. Ese día, cuando desalojaron el depósito, Halburt sonrió. Al menos no tendría que volver a ver esa cara.

Al final del inmenso salón de la casa, subía una escalera de catorce peldaños al piso superior. Una escalera empinada en exceso y que carecía de lógica. Proveniente de ese nivel, descendía el sonido amortiguado de un grifo abierto. Respiró hondo un par de veces y comenzó el ascenso. Uno, dos, tres, catorce.

viernes, 15 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (III)

- Hogueras –

Tras escapar del cementerio de sus recuerdos, volvió a centrar la vista en la puerta. Aún mantenía la mano sobre la pistola cuando comenzó a caminar. Sus botas levantaban el polvo creando pequeñas nebulosas a escasos centímetros del suelo. Tal vez olía a goma quemada, o a entrañas en descomposición; confundía ambos olores desde el caso de las piras humanas hacía ya bastantes años.

En un descampado de Burned Land, como hogueras para brujas, encontraron doce pilas de ruedas de tractor en llamas, cada una formada por cuatro de estas. Una vez extinguido el fuego tuvo la visión más espeluznante que recordaba; cada montón de neumáticos era el contenedor de un cuerpo encadenado, abrasado y sobre el que, bajo las muecas aún perceptibles del insoportable dolor, se disponía el caucho que, tras haberse deshecho en ese infierno, había vuelto a su estado sólido. Todos los cuerpos tenían una pequeña abertura en la zona abdominal por la que asomaban algo más de cuarenta centímetros de intestino calcinado. Por eso, y sólo por eso, confundía los olores.

Buscó la fuente del olor y sintió como su estómago se anudaba. Tres peldaños de madera precedían a un porche apolillado y tan ajado y desnutrido como su hígado. Tres escalones y en cada uno una mancha negra, viscosa y todavía caliente. Hundió el dedo en la primera e inhaló. Esos pequeñas charcos negros eran el origen del olor. Genuflexionado levantó la cabeza y miró de nuevo a la casa. ¿Qué es esto?, le preguntó.




Cuarenta y dos escalones (I) - Quieres que entre, ¿verdad?-

Cuarenta y dos escalones (II) - Polímero-

miércoles, 13 de junio de 2012

Cuarenta y dos escalones (II)

- Polímero -

La rugosa y calmante culata era de un polímero muy común, polietileno, lo que le confería una zona más templada; todo lo templado que puede estar un plástico. Al acariciar el revólver al joven agente Halburt se le revolvieron de nuevo las tripas y se acordó de su padre.

- Papá – le decía – ¿eso que haces es magia?

Y el padre le respondía que no, que era ciencia. Le hablaba del eteno, de cómo dos átomos de carbono enlazados con el hidrógeno eran tan importantes. De su polimerización, decía, sale uno de los plásticos más comunes, el polietileno. Pero el pequeño no entendía prácticamente nada, sólo quería imaginar que lo que su padre hacía era magia; auténtica magia.

No tardó demasiado en comprender que la magia no existía, y que su padre era tan solo otro ilusionista. De hecho, aún piensa que su desaparición fue otra ilusión y que un día terminará con una aparición estelar. Enterrar ataúdes vacíos debería estar prohibido, piensa.



Cuarenta y dos escalones (I) - ¿Quieres que entre, verdad?-

Cuarenta y dos escalones (I)

- Quieres que entre, ¿verdad? –

El timbre del número cincuenta y siete de Bitter Valley aún funciona. Una verja de hierro forjado corta el paso al basto y baldío terreno que precede a la casa. Clavados en la tierra, los cadavéricos alcornoques se resisten a caer, como improvisadas cruces de madera en un cementerio olvidado.

El joven Halburt dio un paso atrás cuando la verja se abrió. Un chasquido eléctrico precedió a la apertura que, a espasmos mecánicos, cedió lo justo para que pudiera pasar.

El viento removía el polvo sobre la tierra, causando una niebla marrón y tan opaca como el humo de un incendio. Pese a ser un día soleado, más allá de la puerta todo se veía en sepia por acción de la tierra y el viento. La casa se asemejaba a la mellada dentadura de un viejo decrépito y con malos vicios. No había ni una sola ventana con un cristal entero y por todos esos ojos negros asomaban cortinillas blancas y tan raídas como el traje de un muerto. Las paredes estaban llenas de cicatrices, como si una garra enorme se hubiera ensañado con ella. La puerta sin embargo estaba intacta, pausada en el tiempo, como un enorme guardián en las puertas del infierno.

A Halburt le recorrió un escalofrío cuando, tras dudarlo unos instantes, franqueó el portón. Estaba dentro. Lentamente avanzó unos pasos. Los chirridos espasmódicos de la puerta al cerrarse tensaron sus nervios. Se giró mientras deslizaba rápidamente la mano hasta su cintura, agarrando con fuerza la empuñadura de su arma. La textura rugosa de la culata en su mano consiguió templar sus nervios como el Zetran templaba sus ganas de beber.