sábado, 28 de julio de 2012

Camino de las cien cruces

"Llueve. Siempre llueve."

Hay caminos que guardan las huellas como una cámara acorazada en el corazón del infierno. Huellas imborrables, impertérritas; huellas que no se pintan sobre la tierra sino que permanecen flotando sobre los guijarros, como el permanente y estático polvo en el hogar deshabitado. Y uno de ellos es este sobre el que arrastro los pies como un condenado a vagar eternamente.

Lucía silbó para llamar a su perro. Los ladridos del can se escuchaban cada vez más lejos, perdidos entre matorrales y árboles espesos. Pronto dejaron de escucharse, y tan solo permaneció en el aire el sonido del crujir de la hojarasca peleando con el viento. Lucía corrió entre las sombras de las copas, pero no había ases en su jugada y al cabo de varias horas lo dio por perdido. Sus ojos se aguaron en el preciso instante en que dio media vuelta para retornar sola por el camino andado en pareja.

En una casa al borde del monte de los laureles, por el que se accede al camino de las cien cruces, hay una mujer en la ventana. Una mujer que es madre y cuenta nerviosa las horas, porque Lucía nunca se ausentaría por tanto tiempo sin avisar de ello. El eco de los ladridos le devuelve la sonrisa, pero esta queda truncada al ver que Troy vuelve sin la compañía de su querida hija.

- ¿Dónde está, Troy? - solloza mientras lo abraza.

Y el perro ladra y se gira esperando que ella lo siga.

Lucía no cuenta el tiempo, tan solo camina, y es curioso que la tierra no guarda constancia de sus pisadas. Camina y llora, y piensa en su amigo de cuatro patas. Pero el paisaje no cambia desde hace mucho, y pese a que le es familiar, la distancia no lo es.

La madre de Lucía comienza a llorar en el mismo instante en el Troy se para al borde de una sima. Y al asomarse se quiere morir, desea con todas sus fuerzas ser ella la que no camina, ni llora, ni sufre. No existe la magia, así que continúa llorando y sufriendo, mientras los ladridos bajan de volumen y se difuminan en su pena.

Lucía se para, porque caminar no le ha servido de nada. Y sabe que si antes eran cien cruces ahora serán ciento una.

Y llueve sobre el perro y la mujer que regresan corriendo a casa. Y llueve dentro ellos igual que lo hace por fuera, porque llueve, siempre llueve.

martes, 24 de julio de 2012

Moscas


Pude oírlas. De verdad que lo hice.

Inhalé y exhalé el humo del cigarro tantas veces que, cuando quise darme cuenta, una colilla se incineraba sobre mis dedos índice y corazón. Aún estaba en un estado tan incorpóreo que no fui consciente hasta más tarde de la quemadura. Ahora prefiero que fuera así, pues las quemaduras sanan.

Un ser tan repugnante como minúsculo giraba alrededor de uno similar pero algo más grande. Ambos frotaban sin cesar sus ojos compuestos con las propleuras de sus patas delanteras. Eran hembras. Y hablaban. Deduje por la conversación que se trataba de una despedida. La pequeña no entendía el por qué de la separación, ni el sentido de su existencia. La madre movía rápidamente y a espasmos su cabeza y le explicaba lo importante que era. Le habló de la aceleración en la descomposición de los cadáveres, de la polinización, incluso del control biológico. De lo que no le habló fue de aquella parte que le convertía en alimento de anfibios, aves y roedores, aunque era igual de importante. Debió pensar que igual, con suerte, moriría en su estado adulto sin ser devorada, ni aplastada. Los días, a tan pequeña escala, deben parecer años.

Permanecí quieto, absorto en la conversación, hasta que esta llegó a su punto final. Creo que pude ver un beso, un beso de mosca, pero beso al fin y al cabo. Y mientras la madre se alejaba pude oír llorar a su hija y creo también que aquello que resbaló por cada una de sus miles de minúsculas facetas fotosensibles, pudo ser una lágrima.

jueves, 12 de julio de 2012

Bodas de oro - Narración por Javier Merchante

Hoy he tenido una grata sorpresa. Javier Merchante, desde su Taberna del Callao, ha puesto voz y mucho más a uno de mis microrrelatos, Bodas de oro.

El resultado, desde mi punto de vista nada objetivo, es genial.

Aquí pongo los links en los que se puede leer y escuchar.

http://latabernadelcallao.blogspot.com.es/2012/07/bodas-de-oro.html
http://elmaestrocuentacuentos.wikispaces.com/Bodas+de+oro

Muchas gracias Javier!!

jueves, 5 de julio de 2012

Cristal

Luz. Estoy cansado de ti. Paseo por verdes prados, verdes y alucinógenos prados que embriagan los sentidos más sinsentido de mi ultrajada alma. Estoy espeso. Me pesan los zapatos, el reloj, la camisa, la piel que se aferra a mi carne como una sanguijuela, chupándome la sangre. Te veo de rodillas ante mí, bajando la cabeza, rindiéndome devoción como la puta al proxeneta, aunque le odie, aunque sueñe con meterle una pistola en la boca y apretar el gatillo, aunque sepa que será su boca la que acabe aceptando otras pistolas. Y así me odio, pues soy delito, soy pecado sin condena viviendo siempre en culpa, con conciencia negra ardiendo en el sulfuroso infierno del benceno de mis propios humos. Y al final, machacando el cristal, fragmentándolo, inhalando el hedor de mis miedos, de mi estiercol. Luz. Apágate porque prefiero no ver.

martes, 3 de julio de 2012

Cuando la lune se borre

Atravieso una puerta cerrada. Tras ella hay miles de balas desperdigadas por el suelo. Son de calibres distintos. Veo también las armas que esperan ansiosas a que alguien las cargue. También hay cuchillas, afiladas, y sogas, y piedras, y piedras atadas a cuerdas, y lágrimas cristalizadas y charcos de miedo y culpa que saben que las botas llegarán tarde o temprano para hundirse en un centímetro escaso de negrura, suficiente para marchitar las luces y apagar las flores. Entonces se formarán impertinentes ondas que irán y vendrán como las bisectrices de un telón al finalizar la función. Y escucho los pasos rotos bajo caras lánguidas, y siento un pinchazo profundo, tanto que arqueo la espalda para recibir el latigazo al hijo de Dios, al hijo de un dios. Mientras, observo como decrece la luna cuando la pluma acaricia el papel en el que sangran profusamente las heridas. Y se desbordan finalmente fuentes llenas de espinas, de rosas con espinas.