miércoles, 1 de agosto de 2012

Agua y fuego

Pese a su incredulidad y falta de fe, el señor Newman cada día reza más. A duras penas se arrodilla junto a su desvencijado camastro, polvoriento y maloliente, y junta sus manos entrelazando sus dedos mientras apoya los codos sobre la asquerosa colcha que cubre el incómodo colchón. No tiene sábanas de franela o algodón con las que evadirse de la mierda de vida a través del tacto de sus dedos. Recuerda la suave sensación que recorría como un escalofrío su alma cuando tan sólo era un niño, cuando su cama olía bien, cuando la colcha cubría unas impolutas y sedosas sábanas que cubrían a su vez un colchón que le regalaba sueños tan dulces como el algodón de azúcar. La primera vez que se orinó en la cama sintió vergüenza, pese a la soledad; las siguientes la tristeza le mordió por dentro como una boca afilada y le invitó a sentirse terriblemente mal. Así comenzó a descender en su propio infierno, incapaz de controlar sus esfínteres, ni el temblor de sus manos, ni el sentimiento de culpa. Y por eso reza, a un dios en el que no cree, para ir a un paraíso que intuye que no existe, y lo hace siempre antes de sacar el viejo revólver del cajón de la mesilla y de metérselo en la boca, antes justo de apretar con suavidad el gatillo, como cuando acariciaba el algodón, cuando dormía a gusto, y lo saca de la boca y lo vuelve a dejar dónde estaba cuando comprueba que sigue vivo. Y piensa que cuándo se cumplirá eso de que las armas las carga el diablo.