domingo, 23 de septiembre de 2012

Las moscas de la fruta

Eran las tres de la mañana de una noche especialmente calurosa. La niebla se había depositado a escasos metros del suelo, concentrando ahí toda la humedad, por lo que era imposible no sudar. Silver se despertó empapado, y pese a su corta edad, tan solo seis años, y su afasia, consiguió emitir algunos sonidos para llamar a su madre. En tan solo unos segundos el pequeño percibió el sonido de las zapatillas de su madre al recorrer el pasillo. Era un sonido que calmaba sus pesadillas, que las devolvía a ese profundo pozo del olvido del que nunca debían salir. Por desgracía volvían, siempre volvían. Moscas, moscas y más moscas. Eran recurrentes en sus pesadillas. Pequeñas pero incontables moscas de la fruta. La puerta de la habitación se abrió suavemente, produciendo un chasquido característico desde que una de las bisagras se había aflojado. Silver se sobresaltó, como si aquél ruido fuera desconocido para él. Alcanzó a ver la sombra de su madre, pero ésta permaneció inmóvil unos segundos, antes de cruzar el oscuro umbral de la puerta. Al niño se le hicieron eternos, y en ese corto espacio de tiempo su imaginación le devolvió seres dantéscos y espeluznantes monstruos. Era tal su imaginación que si su madre no hubiera entrado en ese preciso momento, aquellos seres lo habrían devorado o algo peor.

- Hijo, ¿estás bien? - dijo su madre acercándose a la cabecera de la cama.

Silver sonrió con la cara aún congestionada por los inmerecidos sueños.

- Tienes calor, ¿verdad? - y esbozando una sonrisa se dispuso a abrir la ventana.

El niño comenzó a temblar y a emitir unos sonidos que pese a la incomprensión de su madre llevaban implícito el terror a la acción que pretendía su madre. Así que ella le tranquilizó al tiempo que encendía la lámparita de la mesilla.

- ¿Mejor así?

Y la sonrisa fue la respuesta que esperaba. Vanesa, se puso en pie, se inclinó para besar su frente y se despidió dejándole la luz encendida.

La indecisión de Vanesa al entrar en la habitación se debía a que su marido no estaba en la cama cuando se despertó. Supuso que debido al calor habría bajado al piso inferior y que posiblemente se hubiera quedado dormido en el sofá, así que descendió las escaleras y se dirigió a la sala contínua al recibidor. Las dos puertas de madera se hallaban abiertas de par en par, pero Alberto no estaba en el sofá. Se percató en este momento de que la luz del porche estaba encendida, y con una sonrisa se encaminó a la puerta, la abrió, salió al exterior y la cerro con suavidad. Alberto estaba dormido en su butaca de mimbre en una postura un tanto incómoda.

- Alberto... Alberto... - dijo con su dulce voz.

Alberto se removió perezosamente en la silla y abrió lentamente los ojos antes de hablar.

- Hola cariño, me quedé dormido. - dijo.
- Ya lo veo. Silver se ha despertado de nuevo con las pesadillas. ¿Volvemos dentro?

Alberto dio un pequeño salto de la butaca.

- ¡Dime que has cogido las llaves!
- No...
- Maldita sea. Salí a tomar un poco de aire y la puerta se cerró, yo tampoco tengo llaves.
- Silver... - a Vanesa es lo primero que le vino a la cabeza.

Sin tiempo a pensar la forma de entrar, la niebla fue espesando, hasta cubrirlo todo con un manto opaco a través del cuál no se veía absolutamente nada, y acto seguido comenzaron los gritos de Silver. Pensaron que se trataría otra vez de las malditas pesadillas.

- ¡Hay que entrar! - espetó Alberto, mientras empezó a probar suerte con cada una de las ventanas.

A Vanesa se le congestionaba más la cara con cada nuevo chillido de su hijo y los nervios la tenían tan atenazada como una soga invisible.

- ¡Está todo cerrado! - maldijo Alberto.

El niño no paraba de gritar y tanto el padre como la madre daban absurdas vueltas sobre sí mismos sin saber cómo actuar. Pero pasó algo tan inaudito que Alberto agarró de repente la butaca arrojándola contra la puerta con fuerza. Silver había gritado claramente "Mamá". Era la primera palabra que pronunciaba en seis años y pese a que significara una leve mejoría en su afasia, no les hizo ninguna ilusión. Asustados golpearon la puerta con todas sus fuerzas hasta que ésta cedió con el estrépito de la madera al crujir. Con las manos desnudas arrancaron poco a poco trozos de la puerta y, primero Alberto y después Vanesa, subieron las escaleras a toda prisa. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Silver el corazón se les encogió como una ciruela seca. Miles o tal vez millones de pequeñas moscas formaban la silueta de un ser que tenía levantado a Silver por el cuello, flotando este a unos setenta centímetros del suelo. La cabeza de moscas se giró y con el hueco que debían ocupar los ojos les escrutó durante unos segundos. Alberto, sin pensar, se abalanzó sobre las moscas y sostuvo a su hijo y mientras Vanesa se interpuso en mitad de todas aquellas pequeñas y negras moscas. Con un desagradable zumbido la silueta se desvaneció y la nebulosa de moscas desapareció por la puerta, descendió las escaleras y abandonó la casa.

Silver lloraba mientras su padre lo abrazaba, Vanesa lloraba también presa del miedo. La noche se consumió con ese abrazo infinito y el sol les sacó del aterrador letargo en el que habían estado. Todos se miraron de nuevo ante la luz del día y volvieron a fundirse en un cálido abrazo. Recordando el grito de Silver, el padre le preguntó para tratar de volver a la normalidad.

- Silver, antes has llamado a mamá ¿verdad?

Pero Silver miró extrañado a su progenitor y negó con la cabeza. Trató de llamarla en ese instante y sólo se produjeron una serie de sonidos indescifrables. Alberto y Vanesa se miraron y se dijeron con la mirada que seguramente esa llamada no se volvería a producir. Cuando clavaron de nuevo la vista en el pequeño, vieron como una de esas pequeñas moscas salía por el lacrimal del niño y se posaba en la pared. Vanesa, asustada, volvió a abrazar con fuerza a su pequeño y Alberto, con un golpe certero, la aplastó contra la pared. Al menos esa maldita mosca ya no volvería.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Scargots


La suave textura en su paladar le reconforta. Palillo y dedos sucios. Mastica el viscoso cuerpo del caracol, que aún mantiene sus estrábicos ojos abiertos, y traga.

- ¡María! Coge uno, mujer.
- Prefiero las ancas.
- Mañana compramos si podemos. Cocinas tú.
- Es la hora. Me voy.

Mueve sus caderas al andar. Y al situarse junto al siguiente banco, agita el canastillo, en el que descansan algunas monedas cobrizas. Todo ha cambiado, piensa mientras de reojo va sumando los céntimos. Se escucha un ‘Amén’.

- Amén. – gritan los fieles casi al unísono, produciéndose una breve cacofonía.

Antes de salir de la iglesia hinca la rodilla en el suelo y se santigua; pide perdón entre dientes por los céntimos de más que le acompañan a casa.

- ¿Cuánto hemos sacado? – pregunta desde el sofá su dolor mientras se chupa los dedos.
- Seis euros.
- ¿Y una hora para sacar sólo eso? Mañana no hay ancas, otra vez caracoles.

Se queja y bosteza. El colchón de la habitación lo orinaron en otra casa. El hedor no lo quita María ni frotando una tarde entera. Por eso siempre están en el sofá. Roto está, pero no huele mal.

Y María se anima a faltar al respeto. Se quita el sudario del alma.

- ¿Cuándo vas a buscar un trabajo?
- ¡No hay! ¡Ya lo sabes! ¿No estamos en crisis?
- Sí, sí. Voy a limpiar caracoles.

Él, viscoso, no saca los cuernos al sol. Siempre cubierto con ese caparazón de ladrillo. Cómo se asemeja a un caracol, piensa María. Y piensa también en el asco que le dan; muertos. Sangran sus costados.

Hay muertos vivientes caminando por las calles, entrando a las iglesias, robando los cepillos, visitando supermercados para comprar sin pagar, apostando a cinco o seis números sin saber que no tocará. O tal vez sí lo sepan, pero hay que apostar.

- ¿María?

Pero María ya no está. Está a siete infiernos de aquí, saltando en colchones limpios, con ángeles caídos.

Y el caracol, de una vez, saca sus malditos cuernos al sol y muge.

martes, 4 de septiembre de 2012

Destruyendo tus besos

Caí desde una altura considerable. Al impactar contra el suelo sangré como sangran los ojos de los boxeadores después cortarlos con afiladas cuchillas. Pese a que la acera estaba caliente e invitaba a descansar, despegué la boca de los cementosos adoquines y tras escupir trozos de marfil, esculpí en mi cabeza un monumento en tu honor, aunque no te lo merezcas.

En el mercado negro se venden las pistolas por cuatrocientos euros, y te regalan seis balas lijadas, por si se te antoja disparar. Si no quieres matar no necesitas un arma. La defensa es la mayor ofensa, la mayor mentira que te puedes contar. Eres un asesino.

Cinco pisos más arriba ni siquiera te asomas a la ventana para ver como me voy cojeando. Pero soy incapaz de pensar mal y supongo que no te has enterado de mi suicidio frustrado. ¿Como puedo haber fallado? Cinco pisos, catorce metros, y sigo vivo. Mis ojos, indignados, supuran agua salada mezclada con venas rotas. Y me difumino entre las farolas sin que nadie se de cuenta, dejando tan solo un rastro escarlata que refleja una luna que simula ser una uña mordida.

En el mercado negro uno se llama Manuel. Tiene de todo. De todo lo que no se debería tener, porque las guerras no las provocan los hombres sino las armas, si no, no serían guerras sino peleas. Y Manuel me tiende el hierro frío y el regalito, y me sonríe. El muy mierda me sonríe.

Después de dos lunas te miro de frente, pero entre tus ojos y los míos, una cruz negra se interpone, y te suelto mordiscos con el dedo índice, destruyendo tus besos, como piedra contra tijera, y cuando revive el silencio me asomo de nuevo al vacío del quinto piso.

Y Manuel seguirá sonriendo y contando.