jueves, 26 de diciembre de 2013

Calor

A Saelig Luper no le gustaban los inviernos. El frío se le adhería a los huesos haciéndolos rechinar como madera hinchada. Por desgracia, el invierno había llegado sin concesiones ni treguas calientes, con la escuálida confianza de un falso amigo. La acera estaba salpicada por charcos casi congelados y débilmente iluminados que le devolvían una imagen confusa de él mismo. Ahí abajo se veía con más arrugas y más delgado, tanto que prefirió levantar la cabeza y seguir caminando. Las ráfagas de viento parecían portar cuchillas invisibles que impactaban contra su rostro, atravesando también sus raídas prendas para causar mayor dolor. Algunas latas rodaron empujadas por el aire, y pudo percibir algunas risas a no mucha distancia. Gracias al instinto pudo esconderse entre las esenciales sombras, esas a las que tanto les debía, las cuáles, como ángeles guardianes, le habían protegido durante tanto tiempo. Entonces esperó, mientras subía el volumen sordo de los pasos y las risas. Apretó sus dientes para evitar el inminente escalofrío y, al verlos, acarició con ternura la hoja de su cuchillo. Cuando acabaron las risas, sintió un agradable calor. Y es que calor, es lo único que Saelig buscaba.

Navidad

He visto llegar la Navidad con los ojos de un niño. Él no verá ninguna más.

martes, 17 de diciembre de 2013

Generalfeldmarschall

Erwin, de puertas para adentro, no era la bestia inhumana que podía parecer. Cuando le comunicaron su ascenso a mariscal de campo, tan sólo esbozó una leve sonrisa, pues para él lo importante no eran los galones sino dar a conocer al mundo la superioridad del imperio ario. Su madre le enseñó que la suciedad se limpiaba con jabón. Durante las batallas de limpieza racial siempre percibía el sabor alcalino del hidróxido de sodio del jabón de tocador con el que su madre le frotaba la lengua cuando decía palabras impropias de su estirpe. Siempre era mejor lamer la perfumada y grasa pastilla que recibir los latigazos secos de su progenitor, que armado con su cinturón de cuero y la hebilla de plata con el águila federal, le partió literalmente las costillas en dos ocasiones. Tal vez por eso siempre hablaba de imperializar y de grabar a fuego el emblema del Sacro Imperio Romano Germánico, para que todos lo recordaran más allá de este mundo. Y es que también sabía que el dolor tiene propiedades increíblemente buenas sobre la memoria. Cuando cerraba la puerta tras de sí, se quitaba las botas, colgaba el uniforme y se dirigía en ropa interior al comedor, en el que le esperaba una cena siempre exquisita sobre la mesa. Nunca, nunca, se lavaba las manos antes de cenar; él ya estaba lo suficientemente limpio.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Balas y velos

Algunos se piensan que los infiernos sólo salen en las noticias. No piensa lo mismo Carmen, que los ha vivido desde que con dieciocho años llegó a Las Barranquillas. Yo la conocí con veintidós, ya casada. A su marido le llamaban El cajero, porque se ocupaba de la recaudación de la zona este del poblado. La droga les reportaba sus mayores beneficios, pero vendían de todo, desde fruta robada en Mercamadrid, hasta radios de coche, baterías, o cualquier otra cosa. A las puertas de su casa estaba siempre José, toxicómano de diccionario, depresivo y un buen tipo. Cuando le conocí tenía cuarenta años y aparentaba setenta. Dicen que murió de sobredosis hace doce años, pero yo estoy convencido de que murió de pena. Se casó con veintidós años con su amor de la infancia y juntos se engancharon a la heroína, primero fumada, después pinchada. Tenía todas las venas quemadas y en los últimos tiempos se pinchaba en pequeños capilares. Las arterias llevan la sangre demasiado deprisa, eso decía, así que muchas veces le veíamos recostado sobre la pared de la casa de Carmen con la jeringuilla colgando del cuello o por detrás de la oreja. No tenía ni un diente, aunque no los necesitaba para comer sopa y beber agua. Se desenganchó cuando nació su hija y cuando la niña cumplió dos años su mujer se fue con otro. Él volvió entonces a sus picotazos y a engancharse con más fuerza. Siempre lloraba hablando de ellas. Siempre. El día que encontraron su cadáver, la policía molestó demasiado y El cajero con los nervios salió de su casa agitando una pistola sin balas. No hizo caso a las advertencias de los pitufos, y en una de éstas se llevó dos tiros. Uno en la yugular y otro en el pecho. Carmen le dio sin exagerar cien o doscientos besos mientras él se desangraba. Desde las cintas del cordón policial veíamos como allí quieta y rota le nacía el luto.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Cero grados

Hace un frío que escarcha las esquinas. Las aceras, grises por naturaleza, se mimetizan con la helada que está cayendo. La bajada de la temperatura ha sido como un salto al vacío, el sol se borró del mapa dando paso a una noche de cielo raso y sin estrellas. La luna nos muestra su culo sombrío, entonando un cara al sol de espaldas. Eso convierte a la noche en un congelador herméticamente cerrado en el que duele cada inspiración. Pronto estaré quemando el gas natural, tapado hasta los ojos con un edredón de plumas de un ave que estaba de paso y me olvidaré de este maldito frío que me apuñala con sus témpanos de maldad. Hay otros mal nacidos, por el hecho único de haber nacido dónde nadie les manda, que tendrán que recibir las cuchilladas con el pecho descubierto, usando como escudo cartones de televisiones de cuarenta pulgadas, mientras se cagan en los avances tecnológicos que suprimieron el culo de los televisores.

jueves, 5 de diciembre de 2013

El concreto

Decía crocreta. Yo para decirlo necesito hacer una pausa entre sílabas y aún así me cuesta. Cocreta o croqueta, pues vale, pero crocreta, manda huevos. Le llamaban el concreto por eso. Bueno por eso y por no llamarle el crocreta, que se hacía complicado, más aún cuando llevábamos en el hígado una decena de chatos del tinto de Marcelino.

La tasca de Marcelino era como la iglesia de los borrachos. Olía a destilería de sobaqueras y calzoncillos, a piratas somalíes, a cuento de hadas marchitadas y aplastadas como mosquitos. Lo de las hadas lo decía Ramón, que leía los libros de cuando su hijo era pequeño, ahora eso era lo único que le acercaba a él, unos malditos cuentos de hadas.

Al caso. El concreto era con diferencia el más limpio y menos culto, el más bueno y menos listo. Abría la puerta despacio, haciendo sonar el sonajero de la bodeguilla un buen rato, y siempre lo miraba como para que se callara. Pensaba que al abrir despacio sonaría menos. Diez años con el mismo juego. Una vez dentro soltaba "Un vasito de vino Marcelino. Y dos crocretas de esas". Y todos sonreíamos y él nos miraba como un actor de teatro agradecido a su público.

Y un día sin más no vino. Se quedaron sus crocretas y sus chatitos de vino. Hubo, en honor a la verdad, lágrimas de dolor, lágrimas que olían a alcohol pero de corazón. Entre todos compramos una corona de flores y le escribimos una frase. "Tu familia no te olvida, guarda crocretas para la cuadrilla".

viernes, 29 de noviembre de 2013

El océano del dolor

De nuevo sueño con Eolín, la montaña de entrañas de fuego a la que me condené yo mismo. Las pesadillas han mutado, convirtiéndose en auténticas experiencias de dolor. Huele a sangre y a moscas, a cicatrices sin curar y a soledad. El guardián mantiene su posición erguida y, como en mis anteriores visitas, ignora mi presencia cuando atravieso el umbral de sus dominios. Estoy empezando a pensar que soy alguien importante aquí, pues mientras los demás sufren sus castigos, yo paseo entre los gritos con total impunidad. Aunque tal vez sea la visión de lo que me espera, un intento de mermar mi esperanza y matarme antes de tiempo. El río Uneon serpentea entre los condenados y escupe desde sus aguas negras el hedor de la muerte. Peces rojos como tus labios se asoman desde sus aguas, con los dientes afilados, esperando algún fragmento de carne con el que calmar su hambre. La desagradable experiencia se torna ahora más amable, cuando asumo como lógico el dolor de los otros. La desembocadura de Uneon se abre en un océano inmenso y oscuro, en el que boquean como pescados y agitan sus brazos pidiendo ayuda multitud de personas. Un improvisado altar me sirve como la atalaya desde la que ver mi creación. Alzo los brazos como un dios y siento como el dolor que se dispone ante mí, es bueno.

sábado, 6 de abril de 2013

El paraíso

Arrastran los pies. Todos ellos. El sonido que producen las suelas contra la acera se asemeja demasiado a las uñas del muerto contra la madera del ataúd. Lo pude escuchar en el cementerio de La Almudena, poco antes de que se convirtiera en plaga lo que al principio fue un episodio aislado. Tras el último estertor, la señora Etxeberria abrió los ojos. El sufrimiento había desaparecido de sus facciones, y con una tez relajada observó a su alrededor. Los médicos no daban crédito, pues el último suspiro ronco es la señal estipulada para declarar cadáver a una persona. No hablaba, sólo miraba, con la actitud de una persona viva. Tras unos minutos de confusión se sentó en la cama del hospital y comenzó a quitarse las vías con tranquilidad. El Doctor Uriarte, con suma calma, puso una mano en su hombro y le invitó a tumbarse de nuevo, creyendo que la enfermedad continuaba ahí, y que era inevitable un segundo estertor. La anciana rehusó el ofrecimiento y continuó con su propósito de levantarse. Los fluidos corporales habían comenzado a abandonar su cuerpo, junto con el vaciado intestinal y el enfriamiento de la piel, signo inequívoco de que el fallecimiento había acontecido. Ninguno de los presentes entendían lo que estaba pasando y tan solo contemplaron la extraña escena. Nada hacía que el miedo les asaltara, pues pese a ser una muerta, no había comportamiento violento ni demoníaco en sus movimientos. Y así fue como la primera muerta salió del hospital. Con el paso de los días muchos de los fallecidos abrieron sus ojos y sin decir una sola palabra, abandonaron el lugar en el que les sorprendió la muerte y comenzaron a caminar. Al final comprendimos que sólo se comunicaban entre ellos y que el resto sólo aparecíamos como objetos que esquivar. Al final, las autoridades decidieron enterrarlos pese a su apariencia de vivos. Era extremadamente sencillo, pues no oponían resistencia, y de ese modo empezaron a meter los cuerpos en nichos, en tumbas, o en los panteones que les correspondían, tal como si fueran auténticos muertos. Pero pronto empezaron los ruidos de uñas contra madera y se convirtieron en insoportables, por ello se decidió habilitar un campo de concentración en el que pudiesen deambular e interactuar entre ellos. Y ese es el motivo de que yo escuche como arrastran los pies, porque me encomendaron la labor de vigilante de una de las docenas de prisiones. Se les ve felices, sin comer, sin beber, únicamente recorriendo las hectáreas acotadas por vallas de alambre trenzado y conversando en silencio entre ellos. Es por eso que pienso que el paraíso se llenó de almas y alguien decidió que desde ese momento la vida eterna se acometiera en la tierra hasta que por falta de espacio se deba buscar otro lugar.