sábado, 6 de abril de 2013

El paraíso

Arrastran los pies. Todos ellos. El sonido que producen las suelas contra la acera se asemeja demasiado a las uñas del muerto contra la madera del ataúd. Lo pude escuchar en el cementerio de La Almudena, poco antes de que se convirtiera en plaga lo que al principio fue un episodio aislado. Tras el último estertor, la señora Etxeberria abrió los ojos. El sufrimiento había desaparecido de sus facciones, y con una tez relajada observó a su alrededor. Los médicos no daban crédito, pues el último suspiro ronco es la señal estipulada para declarar cadáver a una persona. No hablaba, sólo miraba, con la actitud de una persona viva. Tras unos minutos de confusión se sentó en la cama del hospital y comenzó a quitarse las vías con tranquilidad. El Doctor Uriarte, con suma calma, puso una mano en su hombro y le invitó a tumbarse de nuevo, creyendo que la enfermedad continuaba ahí, y que era inevitable un segundo estertor. La anciana rehusó el ofrecimiento y continuó con su propósito de levantarse. Los fluidos corporales habían comenzado a abandonar su cuerpo, junto con el vaciado intestinal y el enfriamiento de la piel, signo inequívoco de que el fallecimiento había acontecido. Ninguno de los presentes entendían lo que estaba pasando y tan solo contemplaron la extraña escena. Nada hacía que el miedo les asaltara, pues pese a ser una muerta, no había comportamiento violento ni demoníaco en sus movimientos. Y así fue como la primera muerta salió del hospital. Con el paso de los días muchos de los fallecidos abrieron sus ojos y sin decir una sola palabra, abandonaron el lugar en el que les sorprendió la muerte y comenzaron a caminar. Al final comprendimos que sólo se comunicaban entre ellos y que el resto sólo aparecíamos como objetos que esquivar. Al final, las autoridades decidieron enterrarlos pese a su apariencia de vivos. Era extremadamente sencillo, pues no oponían resistencia, y de ese modo empezaron a meter los cuerpos en nichos, en tumbas, o en los panteones que les correspondían, tal como si fueran auténticos muertos. Pero pronto empezaron los ruidos de uñas contra madera y se convirtieron en insoportables, por ello se decidió habilitar un campo de concentración en el que pudiesen deambular e interactuar entre ellos. Y ese es el motivo de que yo escuche como arrastran los pies, porque me encomendaron la labor de vigilante de una de las docenas de prisiones. Se les ve felices, sin comer, sin beber, únicamente recorriendo las hectáreas acotadas por vallas de alambre trenzado y conversando en silencio entre ellos. Es por eso que pienso que el paraíso se llenó de almas y alguien decidió que desde ese momento la vida eterna se acometiera en la tierra hasta que por falta de espacio se deba buscar otro lugar.