viernes, 29 de noviembre de 2013

El océano del dolor

De nuevo sueño con Eolín, la montaña de entrañas de fuego a la que me condené yo mismo. Las pesadillas han mutado, convirtiéndose en auténticas experiencias de dolor. Huele a sangre y a moscas, a cicatrices sin curar y a soledad. El guardián mantiene su posición erguida y, como en mis anteriores visitas, ignora mi presencia cuando atravieso el umbral de sus dominios. Estoy empezando a pensar que soy alguien importante aquí, pues mientras los demás sufren sus castigos, yo paseo entre los gritos con total impunidad. Aunque tal vez sea la visión de lo que me espera, un intento de mermar mi esperanza y matarme antes de tiempo. El río Uneon serpentea entre los condenados y escupe desde sus aguas negras el hedor de la muerte. Peces rojos como tus labios se asoman desde sus aguas, con los dientes afilados, esperando algún fragmento de carne con el que calmar su hambre. La desagradable experiencia se torna ahora más amable, cuando asumo como lógico el dolor de los otros. La desembocadura de Uneon se abre en un océano inmenso y oscuro, en el que boquean como pescados y agitan sus brazos pidiendo ayuda multitud de personas. Un improvisado altar me sirve como la atalaya desde la que ver mi creación. Alzo los brazos como un dios y siento como el dolor que se dispone ante mí, es bueno.