domingo, 13 de julio de 2014

Costras

El señor Zhukovski está acostumbrado al frío indómito de los Urales. La botella de Vodka parece una extensión de su brazo, y de su boca emana siempre un alcoholizado aliento a mierda. Tal vez sea ese el motivo de sus excreciones vocales cuando se trata de Dios. Y es que el señor Zhukovski se caga, metafóricamente claro, en Dios, hostias y Santos. De su eufórica oratoria se desprende un obstinado nihilismo hacia las cuestiones divinas y religiosas, hecho que le ha llevado a tener grandes disputas con los ortodoxos más devotos de la colonia. Por extraño que parezca, es una persona querida, pues los motivos de su discurso nacieron de un dolor insoportable. La pérdida repentina de su esposa, su pilar, lo consumió por dentro lentamente, pero fue con la muerte de sus dos hijas cuando su alma literalmente se rompió. El luto de la primera le llevó al luto de las segundas, y ayudado por el alcohol comenzó su caída. Las lágrimas y la pena dieron paso al odio, enclaustrando a su corazón en una cueva de difícil acceso. En su perturbada vida no dedica minutos a la melancolía, tan solo bebe. Bebe y esputa. Y blasfema. Pero cuando duerme, siempre lo visitan Irina y las dos pequeñas. En sus sueños llora, se rompe y las echa de menos. Y también en ellos, siempre, absolutamente siempre, reza.