lunes, 2 de mayo de 2016

Bastarda

A la señorita Becher no le preocupaba la existencia de dios, pese a que no pudiera explicar las laceraciones que de improviso aparecían en las palmas de sus manos. Su padre le decía que eran estigmas, y que dichas marcas aparecían sólo en los cuerpos consagrados bajo el yunque de la divinidad. Después golpeaba con fuerza la mesa y salía de allí. 

Ese golpe se asemejaba al mazazo del juez al dar el veredicto, y era en esos momentos en los que más echaba en falta a su madre, aunque nunca la hubiera tenido. Jamás había escuchado a su padre hablar de ella, y las pocas veces que se había atrevido a preguntar, él se levantaba, gruñía y huía.

Un día los estigmas se extendieron. Aparecieron en su espalda las marcas de los latigazos, es sus piernas los moretones de las piedras, en su costado la herida de la lanza, en sus pies la provocada por los clavos y en su frente los profundos rasguños de las espinas. Trató de disimularlos para evitar el enfado de su padre, pero aquellas marcas eran tan evidentes como el desánimo de un boxeador en el ocaso de su carrera. Su padre la miró durante un largo rato, en silencio. Después lloró y abandonó la casa.

Para él, renegar de su hermano fue extremadamente duro, olvidar a su mujer, en exceso doloroso, pero confirmar que su hija no era tal, no podía compararse ni siquiera con el lamento de las almas que ardían en el infierno.

3 comentarios :

  1. uuuffff, con toda la fuerza del admirado microrelatista de la red
    felicitaciones, amigo
    te mando un enorme abrazo

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    1. Omar!! Gracias por pasar por este rincón tan oscuro!!! Un abrazo!!

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  2. Él tenía sus propios estigmas.

    Saludos

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