jueves, 5 de mayo de 2016

La piedra de David

Apartó el pelo de su cara y lo besó. Fuera el aire se estrellaba contra las ventanas, como unos ojos extraños que sacian así su curiosidad. Las primeras gotas de lluvia reventaron al chocar contra los cristales, que al poco rato se inundaron de lágrimas dulces. Keren miró a su padre, que tenía los ojos cerrados, pero una pequeña abertura dejaba ver parte de sus pupilas azules. Recordó entonces las salidas en barca, aquellas largas horas mecidos por las suaves olas y la excusa de pescar algo para la cena. Nunca pescaron nada, ni tampoco hacía falta. El olor del mar se coló en su memoria y de allí viajó hasta sus fosas nasales. Delante del cadáver de su padre, sonrió por primera vez desde que él enfermó. En aquella pequeña barca de pintura blanca carcomida, le contó las más inverosímiles historias. Y siempre le hacía sonreír, pese a que la soledad les hubiera atrapado de manera prematura. Ella y él. Padre e hija. Una lágrima se escurrió por su mejilla y consiguió detenerla con el antebrazo. Tendrían que viajar mañana hasta el cementerio hebrero, ella sabía que algunas tumbas tendrían muchas piedras. Sabía que en la lápida de su padre tan solo habría una. Pero sabía también que algunas personas no necesitaban ninguna. La lluvia cesó pronto, y el cielo se apresuró en despejar todas las nubes. Durmió al lado de su padre y él durmió al lado de ella. El fulgor de la luna llena iluminó durante toda la noche aquella escena.

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