viernes, 16 de septiembre de 2016

Cuarto de kilo

Un letrero luminoso revela la posición de la carnicería de Ramón Utreras. Este desgraciado porta el virus del mal desde que nació. Una injusta deformidad en su labio superior le otorgaba desde entonces un aspecto menos afable de lo habitual para un recién nacido. Ni siquiera los familiares más cercanos demostraban ningún afecto por él. Fue en esos primeros años en los que forjó el carácter apático e insidioso que lo marcaría para siempre.

Una tarde del otoño en el que cumplió ocho años, los abuelos paternos le comunicaron que sus padres habían muerto. No dijo nada, tan solo tragó saliva. Ocho años más tragando saliva. Ocho años más de hospicio. Ocho años odiando y renegando de su familia. Ocho años callado, frunciendo el ceño. Era en la oscuridad de su habitación en la que el gesto de su cara se relajaba, mientras meditaba la forma en la que devolvería todo el sufrimiento al que le habían sometido.

Aprendió a cortar carne. A despiezar. Aprendió a hacerlo sin dejar de odiar. El letrero luminoso es para que se vea de noche. Él sólo trabaja de noche. Los que una noche cualquiera y por pura casualidad se topan con su carnicería suelen entrar. Pocos resisten la tentación al ver la inusitada delicadeza con la que se disponen las piezas de carne en el mostrador, ni el fastuoso escaparate que lo precede. Algunos salen con medio kilo de costillas, trescientos gramos de carne picada o un cuarto de kilo de entrecot. Otros no.

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