miércoles, 28 de septiembre de 2016

Siempre es otoño

Las hojas se arrastran como reptiles bajo la lluvia. Las aceras se cubren de apáticos ocres y se descomponen hasta que es demasiado tarde para recordar el gris de las aceras. No deja de soplar el viento, y en mi piel mueren cientos de latigazos que me hacen estremecer. Son esos escalofríos los que me penetran inconexos convirtiendo mi cuerpo en una masa infame de carne fría y sangre seca. Pero no sirve de nada gritar, pues dios yace en el fondo del río, con una bolsa en la cabeza y las manos atadas. Ni el calor de los grados del alcohol al recorrer mis vías es capaz de templar mis latidos. Nunca va a parar de llover, pienso mientras me niego a olvidarte y lloro abrazado a tu ausencia.

Dime lo que sucede...

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