martes, 17 de mayo de 2016

Besos muertos

Andrei murió contra la pared. Su cabeza literalmente se rompió, y entre los mechones grasientos de pelo se escurrieron la sangre y los sesos. Sus sueños se desvanecieron y acabaron formando grumos rojos sobre la acera. Vega lo vio todo desde la parte trasera de un chevrolet rojo, haciendo esfuerzos por ahogar el llanto entre sus temblorosas manos para no llamar la atención de aquél hombre que lo aplastaba una y otra vez contra los arcillosos ladrillos de la factoría. El olor a amoniaco y a otros químicos pesaba en el aire, así como el sonido cada vez más hueco del cráneo de Andrei retumbaba en el laberíntico complejo de naves. Vega no entendía como un encuentro amoroso podía tener un final así, en un punto en el que le costaba mantener los ojos abiertos y el corazón dentro del pecho. Andrei se había sentido indispuesto momentos después de estacionar el vehículo, y el ataque se había producido segundos después de que apoyara su mano en la pared tratando de controlar el mareo. Vega, desde el asiento de atrás de aquél flamante coche, atónita, indispuesta e impotente, no supo como reaccionar cuando aquella bestia con rostro humano la miró fijamente a través de los cristales del coche. Sólo esperó. Y poco.

martes, 10 de mayo de 2016

Orina

El señor del sombrero negro esconde una mirada extraña. El cerco que muestra sin reparos en la entrepierna de su pantalón gris no es más que un indicador de su enfermedad. El olor de la orina se mantiene fijo en su recorrido los días que no hay viento y más cuando el calor aprieta, dejando claro por dónde pasó. Los pañales no le gustan, pese a la repugnancia que provoca en las personas con las que se cruza, incluso en aquellas que conocen su bondad. Porque el señor, del que nadie o casi nadie conoce el nombre, es más bueno que un perro. Sonríe, saluda, posa su mano huesuda y temblorosa sobre la cabeza de los niños, hasta que sus madres los alejan con asco tratando de mantener una sonrisa falsa para no ser tan evidentes. Y eso que él siempre sale de casa oliendo a limpio, hasta que se mea, y en ese momento ya es tarde, y vuelve para casa a toda prisa, aunque sabe que ya lo han visto, que ya huele, que ya lo repugnan. Cuando llega no vuelve a salir hasta el día siguiente. Lo sé porque las paredes son muy finas, y desde la sala escucho la lavadora. También le escucho llorar hasta que se cansa. Al menos tiene suerte, pues a la mañana siguiente ya no se acuerda de nada.

Papá

La noche se lo ha tragado todo. Kilómetros de asfalto negro como la boca de un lobo, masticando el haz de luz de los apáticos focos del coche. Las luminarias se suceden en ciclos, y por cada cinco apagadas, una parpadea. Una bola va creciendo en mi estómago, y el frío escarcha mis vísceras con la rabia de un animal herido. A medida que la sangre se seca sobre mi piel, mis remordimientos afloran con menos decencia, haciéndome parecer humano. Aunque no lo sea, aunque mi hambre venza siempre a mi conciencia. Incluso el amargo trago de whisky caliente no logra eliminar por completo el ancestral sabor de la sangre al recorrer mi garganta. Tal vez aquella mujer tuviera un nombre, un hijo, un marido o un perro. Tal vez, todo. Pese a que la culpa se acabe diluyendo mañana, hoy no podré besar a mi hija antes de meterme en la cama.

jueves, 5 de mayo de 2016

La piedra de David

Apartó el pelo de su cara y lo besó. Fuera el aire se estrellaba contra las ventanas, como unos ojos extraños que sacian así su curiosidad. Las primeras gotas de lluvia reventaron al chocar contra los cristales, que al poco rato se inundaron de lágrimas dulces. Keren miró a su padre, que tenía los ojos cerrados, pero una pequeña abertura dejaba ver parte de sus pupilas azules. Recordó entonces las salidas en barca, aquellas largas horas mecidos por las suaves olas y la excusa de pescar algo para la cena. Nunca pescaron nada, ni tampoco hacía falta. El olor del mar se coló en su memoria y de allí viajó hasta sus fosas nasales. Delante del cadáver de su padre, sonrió por primera vez desde que él enfermó. En aquella pequeña barca de pintura blanca carcomida, le contó las más inverosímiles historias. Y siempre le hacía sonreír, pese a que la soledad les hubiera atrapado de manera prematura. Ella y él. Padre e hija. Una lágrima se escurrió por su mejilla y consiguió detenerla con el antebrazo. Tendrían que viajar mañana hasta el cementerio hebrero, ella sabía que algunas tumbas tendrían muchas piedras. Sabía que en la lápida de su padre tan solo habría una. Pero sabía también que algunas personas no necesitaban ninguna. La lluvia cesó pronto, y el cielo se apresuró en despejar todas las nubes. Durmió al lado de su padre y él durmió al lado de ella. El fulgor de la luna llena iluminó durante toda la noche aquella escena.

martes, 3 de mayo de 2016

La aparición

Parece absolutamente inverosímil el hecho de que aquél niño flotara. Incluso aunque sólo fueran un par de centímetros. Un sólo milímetro habría sido considerado un milagro en cualquier otra circunstancia, pese a que nadie lo hubiera advertido, pero la distancia que separaba sus pies descalzos del suelo no lo era. Lo inadmisible de aquella situación no era tanto que el pequeño no tocara el suelo, sino el motivo. Y pese a lo que pudiera parecer, no era nada sobrenatural, sino extremadamente triste. Hasta el árbol que sujetaba la soga, lloraba.

lunes, 2 de mayo de 2016

Bastarda

A la señorita Becher no le preocupaba la existencia de dios, pese a que no pudiera explicar las laceraciones que de improviso aparecían en las palmas de sus manos. Su padre le decía que eran estigmas, y que dichas marcas aparecían sólo en los cuerpos consagrados bajo el yunque de la divinidad. Después golpeaba con fuerza la mesa y salía de allí. 

Ese golpe se asemejaba al mazazo del juez al dar el veredicto, y era en esos momentos en los que más echaba en falta a su madre, aunque nunca la hubiera tenido. Jamás había escuchado a su padre hablar de ella, y las pocas veces que se había atrevido a preguntar, él se levantaba, gruñía y huía.

Un día los estigmas se extendieron. Aparecieron en su espalda las marcas de los latigazos, es sus piernas los moretones de las piedras, en su costado la herida de la lanza, en sus pies la provocada por los clavos y en su frente los profundos rasguños de las espinas. Trató de disimularlos para evitar el enfado de su padre, pero aquellas marcas eran tan evidentes como el desánimo de un boxeador en el ocaso de su carrera. Su padre la miró durante un largo rato, en silencio. Después lloró y abandonó la casa.

Para él, renegar de su hermano fue extremadamente duro, olvidar a su mujer, en exceso doloroso, pero confirmar que su hija no era tal, no podía compararse ni siquiera con el lamento de las almas que ardían en el infierno.